Sunday, March 10, 2013

La judeidad y los “caminos separados” de la crítica del sionismo - Alan Jonhson - Fathom



La intelectual y teórica cultural Judith Butler ha escrito lo que pretende ser una crítica del sionismo derivada de las propias fuentes judías. Su argumento: la experiencia de la diáspora era buena y judía, mientras que la soberanía en Palestina ha sido mala y no judía. Su conclusión política: "¡Judíos, volved a la diáspora!". Lo que en términos prácticos significa poner fin a la soberanía judía mediante la abolición de la Ley del Retorno para los judíos, y reconocer el derecho al retorno de los palestinos, acordando también una "solución de un único Estado". ¿La denominación de sus deseos? "Un conjunto de normas de la diáspora como base de un Estado bi-nacional en Israel”.

Y es que en la diáspora, según argumenta Butler, los judíos vivieron una vida de "irreversible  heterogeneidad" como cohabitantes (el gueto y la zona de residencia de Pale, en Rusia, aparecen poco en este relato), y como tal, se desarrolló una rica tradición ética basada en "la relación con el no judío y con el no judaísmo", y donde la justicia estaba en el primer plano junto al respeto por el Otro, valores que se vivieron como "una obligación ética y una exigencia de la judeidad”.

Butler posteriormente excava en una tradición de voces judías diaspóricas - el crítico cultural y mesiánico marxista Walter Benjamin, la teórica política Hannah Arendt, el filósofo moral Emmanuel Levinas y el escritor Primo Levi -. Con sus luces, cada uno de ellos tiene un valor actual para esos judíos, como la propia Butler, que buscan una forma específicamente judía de efectuar una separación radical (la "bifurcación de caminos" del título del libro) entre el judaísmo y el sionismo. Cada uno de esos pensadores que propone puede ayudar a los judíos "a pensar acerca de la cohabitación, el binacionalismo y una crítica de la violencia del Estado [israelí]".

La dispersión, según Butler, se debe pensar “no sólo como una situación geográfica, sino también como una modalidad ética”. Volviendo a la experiencia diaspórica, nos encontraremos con una "ruta judía para la idea de que la igualdad debe asegurarse para la población, independientemente de su afiliación religiosa", y es un medio para llevar a cabo "un desplazamiento del marco de la nación al marco exclusivo de las relaciones éticas”. Y ese desplazamiento hará posible "una lucha colectiva para encontrar unas formas de gestión política guiadas por los principios íntimos de igualdad y justicia para todos los grupos demográficos de la región”.

El oscuro villano del libro de Butler es, por supuesto, el sionismo. En sus términos, cuando “el sionismo cultural (Israel entendido como una nación) fue superado por el sionismo político (Eretz Israel entendido como una tierra)", los judíos perdieron el contacto con la ética basada en la justicia de la diáspora y cayeron en "un violento proyecto de colonialismo". El impulso de la soberanía judía en Palestina dictó la negativa a reconocer las necesidades del Otro no judío (es decir, de los palestinos, y con el tiempo, los árabes israelíes). Todas las formas de sionismo fueron “cómplices” para Butler: el sionismo socialista era "una parte integral del proyecto colonial de asentamientos" y de sus resultados inevitables – expropiación forzosa, subyugación colonial y expansionismo -. (Un argumento similar se ha hecho recientemente por el activista Tikva Honig Matzpen-Parnass en sus “Falsos profetas de la paz: el sionismo liberal y la lucha por Palestina” , y por el poeta novelista israelí, además de editor de Mitaam , Yitzhak Lahor en su "Los Mitos del sionismo liberal”).

Para Butler, el único camino de regreso para los judíos es poner "fin a la política del sionismo y de la soberanía judía en Israel”. La aceptación de la existencia de lo que el filósofo político Michael Walzer llamó un "Little Israel" seguro dentro de algo parecido a sus fronteras de 1967, sería un desastre para Butler, pues ratificaría la ilegalidad y el colonialismo, y "traicionaría a los refugiados palestinos" (algo que Butler, escribiendo desde Berkeley, acusa a Abu Mazen de realizar) y “mantendría la judeidad encarcelada dentro del proyecto sionista-colonial-racista”. No, la película de la historia no debe ser rebobinada hasta 1967, debe serlo hasta 1948.

Para este viaje de regreso al futuro, Butler sugiere un principio ético: "ningún derecho de los refugiados podría ejercerse de manera que los derechos de los [otros]  refugiados sean negados”. Suena prometedor, pero no lo es, pues inmediatamente rechaza el acuerdo de status final que más o menos podría acomodar ese principio: dos estados para dos pueblos.

Por contra, Butler apoya la "solución de un único Estado" definido de manera más bien optimista ya que "erradicaría todas las formas de discriminación basadas en el origen étnico, la raza y la religión". "Estoy tratando de imaginar", escribe Butler, "lo que podría ocurrir si las dos tradiciones de desplazamientos [quiere decir la judía y la palestina] llegaran a converger para producir un sistema político post-nacional". Admitiendo que se trata de "una tarea imposible", añade que es "por esa razón no es menos necesaria”.

A mediados del siglo XIX, Karl Marx comenzó a hablar de "La ideología alemana" como una forma de reafirmar las pretensiones terrenales del materialismo contra el airoso idealismo de la filosofía alemana. Propongo que comencemos a hablar de ideología antisionista (AZI) para recordarle a la gente la primacía de la enorme materialidad del peso de la historia en la propia historia del sionismo y de Israel, desde las raíces pre-exílicas a la catástrofe posterior a la Ilustración.

Mientras, la ideología antisionista interpone en el camino el relato de un "decente materialismo justificado entre otros aspectos por el anhelo de sus grandes objetivos".

Esta reseña no es el lugar para establecer una crítica exhaustiva de esta ideología, pero como aperitivo un par de clarificaciones sí podemos poner de manifiesto.

- Primer punto: la ideología antisionista es teleológica e idealista. En otras palabras, la compleja historia de un pueblo (el pueblo judío) y de la naturaleza de un Estado (Israel) se reducen a la simple expresión de una idea  ("sionismo") y a los hombres y mujeres que la siguen ("los sionistas").

La historia material, como tal, es compleja y contradictoria, envolviendo e involucrando a muchos más actores que a “unos diversos y todopoderosos sionistas", además de existir de manera decisiva unos factores que son ajenos a la misma idea sionista, pero todo ello parece representar un misterio para la ideología antisionista. El resultado es lo que Marx habría llamado una "eterna, abstracta y ahistórica concepción" de la historia del sionismo y de Israel, de la que está ausente las emergencias reales y las experiencias del momento, y de la que se han borrado todas las diferencias concretas (entre los períodos de la historia de Israel,  entre las diferentes corrientes del sionismo, entre los partidos políticos dentro de Israel, entre las diferentes clases sociales israelíes), y en la que todo se reduce a identificar de manera inevitable al sionismo con una Mala Idea.

A la vista de estas simplificaciones, el escritor antirracista David Hirsh nos solicita una tarea necesaria: “temiendo el desarrollo de una historia unidimensional, ideológica y conspirativa”,  debemos traerla de vuelta con todas sus "complejidades, contradicciones, desarrollos y, sobre todo, materialidades".

Es tal el fracaso argumentativo de Butler que consigue que su libro se nos haga tan políticamente crudo. Carlo Strenger expone sin rodeos este problema en el Haaretz:
A juzgar por lo expuesto en "Parting Ways" (la necesaria bifurcación de caminos entre el judaísmo y el sionismo), se podría pensar que el sionismo ha sido una ideología unitaria dirigida por algún tipo de politburó. En ningún momento se reconoce la complejidad de la historia del sionismo, y cómo de diferentes pueden haber sido sus diversos matices. Yo no diría que Butler ha comprendido a esos sionistas liberales que defienden una constitución secular para Israel que diera plena igualdad a los árabes y que condujera a una completa separación entre religión y Estado. 
De manera muy notable, Butler, cuya vida académica se vincula a trabajar sobre los matices, acepta sin cuestionarlas premisas simplistas sobre el sionismo dictadas, por un lado, por sus oponentes árabes que definen al sionismo como racismo, y, por el otro, por ideólogos derechistas israelíes.
- Segundo punto. Cada ola de antisionismo - judía, árabe, soviética, de la nueva izquierda, islamista y la actual, es decir, una mezcla de todo lo anterior - ha servido de antesala intelectual al antisemitismo. ¿Por qué? Bueno, el filósofo francés Louis Althusser afirma que toda estructura "problemática o sistemática de pensamiento", contiene tanto pensamientos potenciales como  pensamientos reales, tanto silencios como presencias, tanto preguntas que no se pueden plantear  como otras que sí se pueden formular. Aplicar esta idea a la ideología antisionista resulta muy fructífera.

Podemos ver como sus pensamientos potenciales son capaces de "engalanar los clásicos tropos antisemitas de una nueva manera" y en un lenguaje aparentemente "progresista". También encontramos silencios, más que evidentes, con respecto a la "larga tradición de antisemitismo árabe e islámico opuesto a cualquier forma de soberanía judía", y que siempre ha entendido la utilidad política de presentar este hecho  como una cuestión de "anti-imperialismo". Y nos damos cuenta que hay una serie de preguntas que la ideología antisionista no se puede plantear, como destacó Zeev Sternhell en su respuesta crítica en New Left Review a un texto central del antisionismo de Gabriel Piterburg, “El regreso del sionismo: Mitos, política y academia en Israel”.

Por supuesto, Judith Butler es un antirracista. La familia de su abuela murió en un pequeño pueblo del sur de Budapest durante el Holocausto, y creo que las acusaciones de que ella es antisemita son muy equivocadas. Sin embargo, como todos los antirracistas saben, las declaraciones y las acciones pueden tener efectos no intencionados. La supresión de esta distinción en la actualidad, cuando se trata de una forma de racismo (el antisemitismo), es una especie de escándalo.

Notoriamente, Judith Butler afirmó lo siguiente acerca de unos violentos grupos que odian a los judíos, Hamas y Hezbollah:
Yo pienso que sí, que debemos comprender a Hamas y Hezbollah como movimientos sociales progresistas, que están en la izquierda, que forman parte de una izquierda global, y esto es extremadamente importante. Eso no nos impide ser críticos de ciertas dimensiones de ambos movimientos. (...) 
Así que nuevamente, un importante compromiso crítico. Quiero decir, yo ciertamente pienso que debemos introducirlos (a Hamas y Hezbollah) dentro de las conversaciones de la izquierda. Y me parece igualmente que los boicots y los procedimientos de desinversión son, de nuevo, un componente esencial de cualquier movimiento de resistencia.
Sorprendida por la reacción indignada ante sus comentarios, Butler "reescribió” lo que había dicho en su declaración pública:
Mis observaciones sobre Hamas y Hezbollah fueron sacadas de contexto... me preguntó un miembro de una audiencia académica... si yo creía que Hamas y Hezbollah pertenecían a "la izquierda global" y yo le respondí haciendo referencia a dos aspectos. El primero era meramente descriptivo: esas organizaciones políticas se definen como anti-imperialistas, y el anti-imperialismo es una característica de la izquierda global, por lo que sobre esa base se podría describirlas como parte de la izquierda mundial. 
El segundo aspecto era entonces fundamental: al igual que con cualquier otro grupo de la izquierda, uno tiene que decidir si está a favor o en contra de ese grupo, y uno tiene que evaluar críticamente su postura. No obstante, yo no acepto ni apruebo todos los grupos de la izquierda mundial.
Pero esto sólo no es suficiente. Como Jay Adler ha señalado: "Poco de lo que ahora afirma Butler es verdad. Sus observaciones no eran 'meramente descriptivas'. Las dos organizaciones, en 'realidad, no son descritas por lo que son, sino como 'progresistas', y Butler las llamó 'importantes (para la izquierda mundial)' para que lo entiendan".

Adler, con razón, agrega: "Ella dice no ofrecer la opción de su apoyo a esos grupos - ¿y por qué avalar esa elección? -. Pero pidió comprensión hacia Hamas y Hezbollah como movimientos sociales progresistas, de izquierda, y por tener un 'compromiso crítico muy importante'".

No es una cuestión de jugar al "te pille" con Judith Butler, pero de su lectura da a entender algo profundamente importante: la ideología antisionista es un peligro no sólo para la patria del pueblo judío, sino también - y lo irónico es esto, dado el sentido del libro de Butler - para los judíos de la diáspora. 


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