Sunday, November 23, 2014

Echarle la culpa a Israel por la violencia palestina es racista: niega que los árabes sean responsables de sus actos y juzgados por ellos - Alan Johnson - Telegraph



Hubo algunas sorprendentes reacciones en los medios de comunicación esta semana ante el asesinato de cuatro fieles judíos mientras oraban en una sinagoga (y el del heroico policía druso israelí Zidan Saif que intentó rescatarlos) por dos palestinos en Jerusalén.

• La Canadian Broadcast Company tuiteó "la policía de Jerusalén disparar mortalmente a dos palestinos después de un aparente ataque a una sinagoga"

• En los titulares de la CNN se pudo leer "4 israelíes, 2 palestinos, muertos en Jerusalén" sin hacer referencia a que esos dos palestinos eran los terroristas. (la CNN se disculpó más tarde)

• The Guardian alteró un despacho de Reuters sobre la masacre en Jerusalén para eliminar cualquier referencia a los palestinos.

• En el diario izquierdista israelí Haaretz, su periodista Amira Hass escribió sobre la "desesperación y la ira" que empujó a los Jamals Abu a atacar a los judíos en una sinagoga (énfasis añadido).

Por supuesto que no todos los informes era de este cariz. Pero aún así, ¿cómo explicar ese impulso por descargar a los palestinos de su culpabilidad, algo muy difundido entre los medios de comunicación social?

Parte de la explicación radica en la profunda influencia que la ideología antisionista (un sistema que demoniza las ideas y representaciones acerca de Israel y de los judíos) ahora ejerce en nuestra cultura. En el corazón de ésta ideología está, aunque de manera soterrada y a menudo de manera inconsciente, la suposición de unas naturalezas dicotómicos de israelíes y palestinos que se refuerza con la comprensión políticamente correcta del conflicto. En resumen, es la siguiente: "los palestinos (y los árabes en general) no tienen voluntad propia ni posibilidad de elección, y por lo tanto, no se les puede hacer responsables de sus actos; sin embargo, los israelíes si tienen voluntad y posibilidad de elección, por lo tanto sí son responsables, y de hecho lo son siempre y exclusivamente".

A los palestinos se les ve como un pueblo dominado por las circunstancias, la emoción y la impulsividad, imposible por lo tanto considerarlos responsables de sus actos e imposible de ser juzgados. Los israelíes son totalmente lo opuesto: son los amos de todas las circunstancias, racionales y calculadores, la causa y la raíz de todo, los únicos responsables.

Es, evidentemente, una visión orientalista de los palestinos como "el Otro", excepto que esta vez ellos son considerados como "nobles salvajes o indígenas". Desde luego es algo racista para ser honestos. Por ejemplo, el diputado británico del partido liberal demócrata David Ward - con varias declaraciones juzgadas antisemitas -, tuiteó que los terroristas palestinos habían actuado en la sinagoga "llevados por la locura", lo que no sólo elimina su voluntad de  asesinar, sino que también incorpora el eximente de la falta de cordura.

Esta forma de pensamiento de ciertas élites y creadores de opinión es la razón por la que los medios de comunicación se muestren reacios a desafiar al movimiento nacional palestino cuando es culpable de irredentismo, terrorismo, autoritarismo y corrupción, además de promoción de una cultura de incitación vil, de demonización y de antisemitismo. Después de todo, esas cosas van en contra de "la historia de Israel" que se quiere narrar, ¿no es verdad? Como Matt Seaton, el editor de comentarios en el New York Times tuiteó recientemente, sus páginas de opinión sólo cubrirán el racismo palestino cuando "tengan un estado soberano con el que discriminen".

Esta visión del mundo está siendo difundida por una red de intelectuales públicos enormemente influyentes. Ellos están dando forma a gran parte del debate sobre el conflicto israelo-palestino en Gran Bretaña debido a que sus ideas no se quedan en sus seminarios y conferencias, sino que se "traducen y popularizan" por activistas y militantes con estatus y autoridad en las universidades, las iglesias, los sindicatos, las organizaciones no gubernamentales, los partidos políticos y la cultura popular.

• La académica y escritora Jacqueline Rose dice que Israel es "el agente" responsable del terrorismo suicida palestino. Ella transmite acríticamente a sus lectores la defensa del terrorista suicida dada por el líder de Hamas Abdul Aziz al-Ratansi ("Si él quiere sacrificar su alma con el fin de derrotar al enemigo y por el amor de su Dios, bien, entonces es un mártir") .

• El novelista israelí (y fundador de Paz Ahora) Amos Oz se queja de que la incitación por parte de intelectuales palestinos extremistas lleva a algunos palestinos a ser "sofocados y envenenados por un odio ciego". El escritor antisionista israelí Yitzhak Laor reaccionó indignado, denunciando a Oz por... "incitación" contra los palestinos.

• Shlomo Sand - cuyos libros se encuentran en todas las grandes tiendas de todo el Reino Unido - expresó su disgusto por los intelectuales judíos israelíes que se opusieron a Saddam Hussein durante la primera Guerra del Golfo. Ahora bien, Saddam disparó misiles Scud contra los civiles israelíes en aquellos momentos, así que, ¿cómo se justifica su postura? Pues porque los palestinos sintieron "alegría" y fue para ellos una demostración de "orgullo y de fuerza árabe", según escribió Sand, y eso debería haber sido decisivo para evitar las críticas.

• El reciente libro de Ilan Pappe "La Idea de Israel" (resumen: fue una idea muy mala y ahora debería ser corregida) ofrece una apología del líder palestino pro-nazi durante la II Guerra Mundial Al-Husseini. No importa que Al-Husseini fuera un aliado de Adolf Hitler y formara una unidad de la SS compuesta por musulmanes, para Pappe todo esto es "un mero episodio" en la "compleja vida" de un nacionalista, un "flirteo tonto" que solamente debe ser de interés para el lector porque ha sido explotado por los sionistas para "demonizar" a los palestinos. Pappe afirma que Al-Husseini fue - tomen nota - "forzado" a una alianza con Hitler.

La idea de que los buenos/inocentes/auténticos palestinos están inmersos en una lucha maniquea contra los malos/culpables/inauténticos israelíes es parte de un modo de pensar - de una "teoría" de clases - que se ha convertido en dominante en gran parte de la izquierda occidental después de la década de 1960.

Digamos que se trata de anti-imperialismo reaccionario, pues divide el mundo, y todo en él, en dos "campos" opuestos: El imperialismo frente al antiimperialismo. Cualquier persona que dispare contra el imperialismo (los EEUU, el Reino Unido, Israel, "Occidente", "el Norte Global", o simplemente "el hombre o macho"), forma parte ahora de la "resistencia" antiimperialista y progresiva al imperialismo. Una vez esclavos de esta "teoría", gran parte de la izquierda se redefinió a sí misma como muy poco crítica, o peor aún, partidaría y apologista, de esas fuerzas reaccionarias que promueven la violencia contra todo lo que represente Occidente, incluidos por supuesto los islamistas radicales.

Aquí tienen al teórico del Partido Socialista Obrero británico, John Molyneux, instruyendo a los militantes sobre los puntos más delicados del antiimperialismo reaccionario:
"Para poner el asunto tan crudamente como sea posible: desde el punto de vista del marxismo y del socialismo internacional, un campesino musulmán palestino, analfabeto, supersticioso y conservador, y que apoya a Hamás, es más progresista que un ateo, ilustrado y liberal israelí que apoya el sionismo (e incluso si lo crítica)".
Y aquí tienen a Judith Butler - profesora en Berkeley y una de las académicos más influyentes en el planeta - sacando de esto las conclusiones políticas: "[Hamas y Hezbolá son] movimientos sociales que son progresistas, y que están en la izquierda, formando parte de la izquierda mundial".

Lo que hemos aprendido (una vez más) esta semana es que la ideología antisionista, los supuestos ridículamente simplistas que se hacen sobre los palestinos y los israelíes, y la demonización (de los israelíes) / exculpación (de los palestinos)  a través del cual se distorsiona nuestra comprensión del conflicto, ahora está trasladándose desde los claustros del mundo académico hacia estructuras más amplias que delimitan la forma y el sentimiento con que llegan a la opinión pública. Una predicción: no hemos visto nada todavía.

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Sunday, January 26, 2014

Un gran artículo sobre la judeofobia de la izquierda: "Anelka, la quenelle y la demonización de los judíos" - Alan Johnson - Telegraph



Cuando se le preguntó sobre su saludo haciendo la "quenelle", Nicolas Anelka aseveró que la quenelle era un "saludo antisistema", no un gesto antisemita [N.P.: resulta sorprendente que este jugador del West Brom, el mejor pagado con mucha diferencia de todos sus compañeros, y con muy jugosos contratos publicitarios, pueda reivindicar un gesto antisistema].

El futbolista del West Brom casi seguramente no se da cuenta, pero la quenelle forma parte de una larga y desastrosa tradición que demoniza a los judíos (y más tarde a Israel) mientras se imagina que al hacerlo se da un llamativo golpe al "establishment". El horrible fenómeno que fue denominado el "socialismo de los tontos" en el siglo XIX, se convirtió en el "antimperialismo de los tontos"' en el siglo XX, y es hoy en día - con selfies y videos de You Tube - lo que podríamos denominar el “anti-establishment de los necios”.

Esta tradición se puso en marcha durante los cimientos del movimiento socialista en el siglo XIX, cuando algunos en la izquierda, a menudo como una maniobra táctica, reemplazaron la lucha de clases por la lucha anti-judía. Ellos identificaron al "judío" con el capitalismo financiero. August Bebel, el líder socialdemócrata alemán, sacudió la cabeza ante todo esto, se burló de este "socialismo de los tontos", y lo combatió.

Y había mucho contra lo que pelear. El anarquista Bakunin escribió: "El mundo judío en conjunto constituye una secta explotadora, un pueblo de sanguijuelas". En 1883, el líder de la Federación Socialdemócrata (SDF) Hyndman aplaudió el antisemitismo popular en Austria sobre la base de que "el ataque contra los judíos es una excusa conveniente para un ataque mucho más directo contra los grandes terratenientes y los capitalistas cristianos". En 1891, el Labour Leader, el órgano del Independent Labour Party (ILP), clamaba que "siempre que hay problemas en Europa, donde circulan rumores de guerra y la mente de los hombres están consternada ante el miedo al cambio y a la calamidad, usted puede estar seguro de que un Rothschild narigudo está promoviendo desde algún lugar que esa región se hunda en los disturbios". Ruth Fischer, una figura prominente del Partido Comunista de Alemania de principios de 1920, escribió: "El que lucha contra el capital judío... es realmente un luchador de clase, incluso si él no lo sabe... Hay que derribar a los capitalistas judíos, colgarlos de las farolas, aplastarlos".

La enfermedad en la izquierda era mucho más profunda que la de algunos de sus miembros.

Dos ideas que eran muy populares en la izquierda, el asimilacionismo y el universalismo, tan admirables en muchos aspectos, adquirieron un significado más oscuro cuando se trataba de los judíos.

En el siglo XIX, la mayoría de la izquierda consideraba que la asimilación era la única respuesta judía aceptable a la modernidad y al antisemitismo. Se desaprobaba la supervivencia del judaísmo - de los judíos como pueblo con derecho a la autodeterminación nacional, y como algo opuesto a los individuos particulares con derechos civiles -. En cambio, la izquierda esperaba la disolución del pueblo judío en el disolvente del universalismo progresista. Sería el proletariado, entendido como la clase universalista por excelencia, quien protagonizaría una revolución que resolvería "la cuestión judía" de una vez por todas. En realidad, en el siglo XIX y principios del siglo XX, muchos judíos europeos estuvieron de acuerdo tanto con el universalismo como con la asimilación, y ese también era su deseo.

Pero la historia del mundo fue por otro camino y la historia judía con ella. El fracaso de la revolución socialista europea, el auge del fascismo y el nazismo, y la transformación sin precedentes del ataque a los judíos - bajo la forma de la Shoah, un genocidio a escala industrial en el corazón de Europa - dejaron la apelación al asimilacionismo y al universalismo por los suelos. En respuesta, los judíos insistieron en la definición de su propio modo de participación en la emancipación universal: el sionismo y el apoyo a la creación del Estado de Israel. Ya sea mudándose a Israel o no, esa fue la elección que ganó adeptos entre los judíos del mundo. Y ese sigue siendo el caso hoy en día.

Fundamentalmente, una gran parte de la izquierda - no toda – fracasó a la hora de adaptarse a esta gran ruptura en la historia del mundo, y ese fracaso ha tenido profundas consecuencias para la relación entre la izquierda y los judíos. Consumando su inicial y amplia hostilidad hacia el sionismo, la izquierda se ha convertido en la práctica en ampliamente hostil a los judíos.

Dos acontecimientos de la posguerra hicieron todo esto mucho peor.

En primer lugar el estalinismo, que se extendió sobre amplias zonas del mundo después de la Segunda Guerra Mundial. Las raíces del moderno antisemitismo de la izquierda se remontan a su maligna influencia. El 1952, el juicio espectáculo de Slánsky, cuando la mayoría de los miembros judíos del Comité Central del Partido Comunista de Checoslovaquia fueron fusilados, resultó ser un hecho típico. Se les acusó de ser cosmopolitas desarraigados, y de formar parte de una conspiración global general. A medida que la Unión Soviética no podía utilizar el viejo lenguaje del antisemitismo, empezó a llamar a los condenados "sionistas". Por supuesto, el término quería decir "judíos".

En segundo lugar, estuvo la asunción por parte de la izquierda del "antimperialismo". Lo que antes solía ser un valor entre muchos, equilibrado con la democracia, la libertad, la igualdad de la mujer, la libertad sexual y la lucha contra el totalitarismo, ya no lo era más. Como expone David Hirsh, un experto académico en el antisemitismo de la izquierda, el antimperialismo se ha convertido en "el valor central, primero y superior a todos los demás".

Israel ha sido replanteado por esta izquierda como un "lugar clave del sistema imperialista" y el "sionismo" ha comenzado, poco a poco, a asumir las viejas formas que habían sido reservadas para el "judío". (Sólo tenías que recordar utilizar, en vez de judío, el término "sionista").

Las consecuencias son un empobrecimiento de las ideas y creencias. Por ejemplo, en 1976, dos extremistas de izquierda alemanes, Wilfried Böse y Brigitte Kuhlmann, secuestraron el vuelo 139 de Air France junto con sus camaradas Fayez Abdul-Rahim Jaber y Jayel Naji al-Arjam, y exigieron la liberación de terroristas palestinos y de miembros de la banda Baader-Meinhof. Volaron con el avión hasta Entebbe, en Uganda, separaron a los judíos de los no judíos, y se prepararon para ejecutar a los primeros [N.P.: El diario francés de la izquierda, Liberatión, calificó en sus titulares la liberación de los rehenes por los comandos israelíes como un "ataque terrorista"].

Es hora de que se nombre esta mentalidad de la izquierda: un "antimperialismo reaccionario" que ha ido carcomiendo a la izquierda como un cáncer desde la década de 1960.

Si el universalismo del siglo XIX y el asimilacionismo dieron a la izquierda socialista la predisposición a ser hostil a los judíos como pueblo, el auge del "antisionismo" estalinista y del "antimperialismo reaccionario" del siglo XX ha dado a la izquierda la predisposición de ser ampliamente hostil a los "sionistas" - es decir, a casi todos los judíos del mundo - y a ver a Israel como un estado más allá de lo aceptable.

Lo que nos lleva de nuevo a Nicolas Anelka y a su quenelle. El antisemitismo haciéndose pasar por antisistema es actualmente el "socialismo de los tontos" del siglo XXI.

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Sunday, March 10, 2013

La judeidad y los “caminos separados” de la crítica del sionismo - Alan Jonhson - Fathom



La intelectual y teórica cultural Judith Butler ha escrito lo que pretende ser una crítica del sionismo derivada de las propias fuentes judías. Su argumento: la experiencia de la diáspora era buena y judía, mientras que la soberanía en Palestina ha sido mala y no judía. Su conclusión política: "¡Judíos, volved a la diáspora!". Lo que en términos prácticos significa poner fin a la soberanía judía mediante la abolición de la Ley del Retorno para los judíos, y reconocer el derecho al retorno de los palestinos, acordando también una "solución de un único Estado". ¿La denominación de sus deseos? "Un conjunto de normas de la diáspora como base de un Estado bi-nacional en Israel”.

Y es que en la diáspora, según argumenta Butler, los judíos vivieron una vida de "irreversible  heterogeneidad" como cohabitantes (el gueto y la zona de residencia de Pale, en Rusia, aparecen poco en este relato), y como tal, se desarrolló una rica tradición ética basada en "la relación con el no judío y con el no judaísmo", y donde la justicia estaba en el primer plano junto al respeto por el Otro, valores que se vivieron como "una obligación ética y una exigencia de la judeidad”.

Butler posteriormente excava en una tradición de voces judías diaspóricas - el crítico cultural y mesiánico marxista Walter Benjamin, la teórica política Hannah Arendt, el filósofo moral Emmanuel Levinas y el escritor Primo Levi -. Con sus luces, cada uno de ellos tiene un valor actual para esos judíos, como la propia Butler, que buscan una forma específicamente judía de efectuar una separación radical (la "bifurcación de caminos" del título del libro) entre el judaísmo y el sionismo. Cada uno de esos pensadores que propone puede ayudar a los judíos "a pensar acerca de la cohabitación, el binacionalismo y una crítica de la violencia del Estado [israelí]".

La dispersión, según Butler, se debe pensar “no sólo como una situación geográfica, sino también como una modalidad ética”. Volviendo a la experiencia diaspórica, nos encontraremos con una "ruta judía para la idea de que la igualdad debe asegurarse para la población, independientemente de su afiliación religiosa", y es un medio para llevar a cabo "un desplazamiento del marco de la nación al marco exclusivo de las relaciones éticas”. Y ese desplazamiento hará posible "una lucha colectiva para encontrar unas formas de gestión política guiadas por los principios íntimos de igualdad y justicia para todos los grupos demográficos de la región”.

El oscuro villano del libro de Butler es, por supuesto, el sionismo. En sus términos, cuando “el sionismo cultural (Israel entendido como una nación) fue superado por el sionismo político (Eretz Israel entendido como una tierra)", los judíos perdieron el contacto con la ética basada en la justicia de la diáspora y cayeron en "un violento proyecto de colonialismo". El impulso de la soberanía judía en Palestina dictó la negativa a reconocer las necesidades del Otro no judío (es decir, de los palestinos, y con el tiempo, los árabes israelíes). Todas las formas de sionismo fueron “cómplices” para Butler: el sionismo socialista era "una parte integral del proyecto colonial de asentamientos" y de sus resultados inevitables – expropiación forzosa, subyugación colonial y expansionismo -. (Un argumento similar se ha hecho recientemente por el activista Tikva Honig Matzpen-Parnass en sus “Falsos profetas de la paz: el sionismo liberal y la lucha por Palestina” , y por el poeta novelista israelí, además de editor de Mitaam , Yitzhak Lahor en su "Los Mitos del sionismo liberal”).

Para Butler, el único camino de regreso para los judíos es poner "fin a la política del sionismo y de la soberanía judía en Israel”. La aceptación de la existencia de lo que el filósofo político Michael Walzer llamó un "Little Israel" seguro dentro de algo parecido a sus fronteras de 1967, sería un desastre para Butler, pues ratificaría la ilegalidad y el colonialismo, y "traicionaría a los refugiados palestinos" (algo que Butler, escribiendo desde Berkeley, acusa a Abu Mazen de realizar) y “mantendría la judeidad encarcelada dentro del proyecto sionista-colonial-racista”. No, la película de la historia no debe ser rebobinada hasta 1967, debe serlo hasta 1948.

Para este viaje de regreso al futuro, Butler sugiere un principio ético: "ningún derecho de los refugiados podría ejercerse de manera que los derechos de los [otros]  refugiados sean negados”. Suena prometedor, pero no lo es, pues inmediatamente rechaza el acuerdo de status final que más o menos podría acomodar ese principio: dos estados para dos pueblos.

Por contra, Butler apoya la "solución de un único Estado" definido de manera más bien optimista ya que "erradicaría todas las formas de discriminación basadas en el origen étnico, la raza y la religión". "Estoy tratando de imaginar", escribe Butler, "lo que podría ocurrir si las dos tradiciones de desplazamientos [quiere decir la judía y la palestina] llegaran a converger para producir un sistema político post-nacional". Admitiendo que se trata de "una tarea imposible", añade que es "por esa razón no es menos necesaria”.

A mediados del siglo XIX, Karl Marx comenzó a hablar de "La ideología alemana" como una forma de reafirmar las pretensiones terrenales del materialismo contra el airoso idealismo de la filosofía alemana. Propongo que comencemos a hablar de ideología antisionista (AZI) para recordarle a la gente la primacía de la enorme materialidad del peso de la historia en la propia historia del sionismo y de Israel, desde las raíces pre-exílicas a la catástrofe posterior a la Ilustración.

Mientras, la ideología antisionista interpone en el camino el relato de un "decente materialismo justificado entre otros aspectos por el anhelo de sus grandes objetivos".

Esta reseña no es el lugar para establecer una crítica exhaustiva de esta ideología, pero como aperitivo un par de clarificaciones sí podemos poner de manifiesto.

- Primer punto: la ideología antisionista es teleológica e idealista. En otras palabras, la compleja historia de un pueblo (el pueblo judío) y de la naturaleza de un Estado (Israel) se reducen a la simple expresión de una idea  ("sionismo") y a los hombres y mujeres que la siguen ("los sionistas").

La historia material, como tal, es compleja y contradictoria, envolviendo e involucrando a muchos más actores que a “unos diversos y todopoderosos sionistas", además de existir de manera decisiva unos factores que son ajenos a la misma idea sionista, pero todo ello parece representar un misterio para la ideología antisionista. El resultado es lo que Marx habría llamado una "eterna, abstracta y ahistórica concepción" de la historia del sionismo y de Israel, de la que está ausente las emergencias reales y las experiencias del momento, y de la que se han borrado todas las diferencias concretas (entre los períodos de la historia de Israel,  entre las diferentes corrientes del sionismo, entre los partidos políticos dentro de Israel, entre las diferentes clases sociales israelíes), y en la que todo se reduce a identificar de manera inevitable al sionismo con una Mala Idea.

A la vista de estas simplificaciones, el escritor antirracista David Hirsh nos solicita una tarea necesaria: “temiendo el desarrollo de una historia unidimensional, ideológica y conspirativa”,  debemos traerla de vuelta con todas sus "complejidades, contradicciones, desarrollos y, sobre todo, materialidades".

Es tal el fracaso argumentativo de Butler que consigue que su libro se nos haga tan políticamente crudo. Carlo Strenger expone sin rodeos este problema en el Haaretz:
A juzgar por lo expuesto en "Parting Ways" (la necesaria bifurcación de caminos entre el judaísmo y el sionismo), se podría pensar que el sionismo ha sido una ideología unitaria dirigida por algún tipo de politburó. En ningún momento se reconoce la complejidad de la historia del sionismo, y cómo de diferentes pueden haber sido sus diversos matices. Yo no diría que Butler ha comprendido a esos sionistas liberales que defienden una constitución secular para Israel que diera plena igualdad a los árabes y que condujera a una completa separación entre religión y Estado. 
De manera muy notable, Butler, cuya vida académica se vincula a trabajar sobre los matices, acepta sin cuestionarlas premisas simplistas sobre el sionismo dictadas, por un lado, por sus oponentes árabes que definen al sionismo como racismo, y, por el otro, por ideólogos derechistas israelíes.
- Segundo punto. Cada ola de antisionismo - judía, árabe, soviética, de la nueva izquierda, islamista y la actual, es decir, una mezcla de todo lo anterior - ha servido de antesala intelectual al antisemitismo. ¿Por qué? Bueno, el filósofo francés Louis Althusser afirma que toda estructura "problemática o sistemática de pensamiento", contiene tanto pensamientos potenciales como  pensamientos reales, tanto silencios como presencias, tanto preguntas que no se pueden plantear  como otras que sí se pueden formular. Aplicar esta idea a la ideología antisionista resulta muy fructífera.

Podemos ver como sus pensamientos potenciales son capaces de "engalanar los clásicos tropos antisemitas de una nueva manera" y en un lenguaje aparentemente "progresista". También encontramos silencios, más que evidentes, con respecto a la "larga tradición de antisemitismo árabe e islámico opuesto a cualquier forma de soberanía judía", y que siempre ha entendido la utilidad política de presentar este hecho  como una cuestión de "anti-imperialismo". Y nos damos cuenta que hay una serie de preguntas que la ideología antisionista no se puede plantear, como destacó Zeev Sternhell en su respuesta crítica en New Left Review a un texto central del antisionismo de Gabriel Piterburg, “El regreso del sionismo: Mitos, política y academia en Israel”.

Por supuesto, Judith Butler es un antirracista. La familia de su abuela murió en un pequeño pueblo del sur de Budapest durante el Holocausto, y creo que las acusaciones de que ella es antisemita son muy equivocadas. Sin embargo, como todos los antirracistas saben, las declaraciones y las acciones pueden tener efectos no intencionados. La supresión de esta distinción en la actualidad, cuando se trata de una forma de racismo (el antisemitismo), es una especie de escándalo.

Notoriamente, Judith Butler afirmó lo siguiente acerca de unos violentos grupos que odian a los judíos, Hamas y Hezbollah:
Yo pienso que sí, que debemos comprender a Hamas y Hezbollah como movimientos sociales progresistas, que están en la izquierda, que forman parte de una izquierda global, y esto es extremadamente importante. Eso no nos impide ser críticos de ciertas dimensiones de ambos movimientos. (...) 
Así que nuevamente, un importante compromiso crítico. Quiero decir, yo ciertamente pienso que debemos introducirlos (a Hamas y Hezbollah) dentro de las conversaciones de la izquierda. Y me parece igualmente que los boicots y los procedimientos de desinversión son, de nuevo, un componente esencial de cualquier movimiento de resistencia.
Sorprendida por la reacción indignada ante sus comentarios, Butler "reescribió” lo que había dicho en su declaración pública:
Mis observaciones sobre Hamas y Hezbollah fueron sacadas de contexto... me preguntó un miembro de una audiencia académica... si yo creía que Hamas y Hezbollah pertenecían a "la izquierda global" y yo le respondí haciendo referencia a dos aspectos. El primero era meramente descriptivo: esas organizaciones políticas se definen como anti-imperialistas, y el anti-imperialismo es una característica de la izquierda global, por lo que sobre esa base se podría describirlas como parte de la izquierda mundial. 
El segundo aspecto era entonces fundamental: al igual que con cualquier otro grupo de la izquierda, uno tiene que decidir si está a favor o en contra de ese grupo, y uno tiene que evaluar críticamente su postura. No obstante, yo no acepto ni apruebo todos los grupos de la izquierda mundial.
Pero esto sólo no es suficiente. Como Jay Adler ha señalado: "Poco de lo que ahora afirma Butler es verdad. Sus observaciones no eran 'meramente descriptivas'. Las dos organizaciones, en 'realidad, no son descritas por lo que son, sino como 'progresistas', y Butler las llamó 'importantes (para la izquierda mundial)' para que lo entiendan".

Adler, con razón, agrega: "Ella dice no ofrecer la opción de su apoyo a esos grupos - ¿y por qué avalar esa elección? -. Pero pidió comprensión hacia Hamas y Hezbollah como movimientos sociales progresistas, de izquierda, y por tener un 'compromiso crítico muy importante'".

No es una cuestión de jugar al "te pille" con Judith Butler, pero de su lectura da a entender algo profundamente importante: la ideología antisionista es un peligro no sólo para la patria del pueblo judío, sino también - y lo irónico es esto, dado el sentido del libro de Butler - para los judíos de la diáspora. 


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