Thursday, July 11, 2013

La mirada incandescente del obscurantismo - Delphine Horvilleur - Le Monde des Religions




La escena ocurre en el siglo II d. C. Un célebre sabio y su hijo, perseguidos por el poder romano, encuentran refugio en una gruta de Galilea, relata el Talmud. Allí viven los dos, recluidos en la penumbra, y consagrando doce años enteros al estudio de los textos sagrados y a la oración. Hasta que llega el día que marca el momento de  salir de su recogimiento.

Pero una vez fuera, los dos eruditos se mezclan con sus congéneres y observan con sorpresa como dedican su tiempo en ocupaciones profanas: sembrar, plantar, recolectar… más bien que estudiar la Torah.

Ofuscados ante tanta trivialidad, padre e hijo lanzan sobre el mundo a su alrededor una mirada (literalmente) inflamada: así, cada vez que el más joven lanza su mirada sobre un ser o un objeto, éste se convierte rápidamente en fuego. En la obscuridad de su refugio, el niño había adquirido una mirada incandescente, a la manera de una linterna que inflamara todo aquello que ilumina. Surge entonces la voz del Eterno: “Si vosotros habéis salido de vuestra gruta para destruir mi mundo, regresad a ella”. Y es lo que hicieron ellos, padre e hijo, esperando así adquirir un espíritu benevolente y poder al fin encontrar la luz que no quema.

Este episodio mítico del Talmud se parece  a una puesta en guardia contra el potencial destructor de toda vida ascética. Ciertamente, en la gruta, estos hombres ganaron en erudición, pero no visiblemente en sabiduría. Una vez fuera, se ven llamados al orden por una voz divina que les “priva de salir” y les reenvía a sus queridos estudios para que revisen sus enseñanzas.

Tal es la lección que es necesario aprender: el estudio y la vida espiritual, cuando ellas se efectúan en la “penumbra”, alteran la visión de los hombres, haciéndoles dirigir sobre el mundo una mirada devastadora. Ellos se vuelven tan ciegos a la realidad del mundo, que están a punto de destruirlo. El Talmud advierte a su lector y parece indicarle: “Sobre todo, leedme a la luz. No me estudiéis jamás en la oscuridad”.

El integrismo religioso es esa patología que vuelve la mirada incandescente. El obscurantismo, precisamente, reenvía hacia el estudio en la oscuridad, es decir, sin diálogo con los asuntos del mundo, y hacia el desprecio por aquellos que plantan y recolectan.

Es un retirada del mundo que lo inflama paradójicamente cuando se imagina salvarlo. Porque en el nombre de Dios, se vuelve contra su creación. Pero el ser divino ya no interviene hoy en día para indicar a los pirómanos que regresen a sus grutas. Más bien las miradas inflamantes hacen arder el mundo a nuestro alrededor y nuestros hijos siguen a sus padres hasta el interior de las grutas. ¿Podrán salir alguna vez de ellas con su mirada intacta?

Así pues, el ojo humano no puede aprender a ver más que ante la luz. Si educamos a nuestros hijos en la obscuridad, les volveréis ciegos para siempre. Porque la visión  es un continúo aprendizaje: si el ser no aprende a ver en su infancia, estará condenado para siempre a la penumbra, y su capacidad visual se verá aniquilada para siempre. Solo nos queda esperar que no sea demasiado tarde para aprender a ver, ni para salvar las cosechas.

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