Finkie a la hoguera. De la crítica de las ideas a los procesos de brujería - Luc Rosenzweig - Causeur

Era de esperar: después de la publicación de "La identidad desdichada" de Alain Finkielkraut, la izquierda intelectual dominante y segura de si misma se desataría contra él. La reputación del autor y su audiencia se extiende más allá del pequeño círculo de iniciados del establishment académico y editorial que reserva a su última obra ese destino generalmente reservado a los textos que no tienen el visto bueno de los funcionarios del pensamiento correcto: la aniquilación por el silencio.
Haciendo caso omiso de las advertencias generosamente prodigadas por sus "amigos" respecto a las licencias permitidas ante la doxa multiculturalista, post-nacional y post-colonial dominante, Alain Finkielkraut persiste y firma en su defensa a ultranza de las ideas que le son queridas: el conocimiento se transmite por medio de maestros respetuosos con la herencia cultural, la Nación es una proposición abierta a todos, y no como una ramera utilizada como mejor parezca antes de ser insultada, y como nuestros valores no se limitan a la aceptación sin examen de los de otros. En su combate intelectual por defenderlas, Alain Finkielkraut ha cometido, a los ojos de sus detractores, un pecado mortal: él ya no es el imprecador solitario en el seno de esa izquierda de la que continúa reclamándose, ese viejo tío gruñón exasperante que hay en cada familia. Él se ha hecho amigos, de izquierda también, cuyos trabajos austeros y científicos sólo refuerzan sus intuiciones: Christophe Guilluy, geógrafo, el sociólogo Hugues Lagrange, el politólogo Laurent Bouvet, por citar sólo los más conocidos.
Todas estas personas no solamente insultan a esa parte sensible de la población atenta a los cantos de sirena del partido de Le Pen, sino que intentan explicar, con sus herramientas y sus palabras, las razones de esta situación: fractura geográfica, inseguridad cultural, indiferencia de las élites políticas, aunque sean de izquierda, ante las ansiedades de la gente común.
Por lo tanto, es peligroso permanecer silentes y entonces todo está permitido: no se trata de combatir las ideas de Finkielkraut, se trata del hombre Finkie quien debe ser sacrificado. Y van codo con codo a la carga: Aude Lancelin en Marianne, Frederic Martel en Slate.fr y Jean Birnbaum, el director del Monde des Livres, en Le Monde. La característica común de estos "críticos" es su "reductio ad lepenum" (convertirlo en un agente del FN, la extrema derecha liderada por Marine Le Pen) del autor de "La identidad desdichada" (para Martel, !! Finkielkraut es responsable de la elección de un concejal del FN en Brignoles !!) e intentar excluirlo de la comunidad de la gente cuerda y sensata para enviarlo al asilo, de los viejos para los más indulgentes, y el psiquiátrico para los más severos. Finkie es el "enfebrecido por la identidad" (Lancelin), una "mente enferma" (Martel) en las garras de una "alienación exaltada" (Birnbaum). Este último emplea en una media página de Le Monde una metáfora sobre el fuego y las llamas que revela un deseo inconsciente: pasar a Finkielkraut por un lanzallamas afirmando que el ensayista "juega con fuego" y ha caído bajo la influencia de un escritor sulfuroso, Renaud Camus, que "ha declarado oficialmente su amor por la presidenta del Frente Nacional".
Birnbaum maneja el insulto, la insinuación, la difusión de chismes leídos en Causeur y Le Point, y que supuestamente son "agitadores desenvueltos" que ni siquiera han leído el texto en cuestión, una acusación que Birnbaum tendría difícil de justificar. Los lectores de Causeur han podido constatar que los temas reunidos en "La identidad desdichada" forman parte del diálogo exigente y fecundo realizado con Elizabeth Levy en la radio RCJ, y en la publicación mensual de Causeur. Y que Le Point, como Causeur, tienen la elegancia de dar voz a sus oponentes, Ghaleb Bencheikh en Le Point y Jean-Christophe Rufin en Causeur. De los policías del pensamiento de Le Monde, Slate y Marianne, comentar que nos vemos obligados a testificar que han fracasado en hacernos pasar por paranoicos, aunque realmente tengamos enemigos reales. Nosotros siempre preferimos el arte de la conversación y la discusión civilizada, en particular gracias a Alain Finkielkraut.
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