Saturday, February 22, 2014

Lo equivocado en un artículo del NYT: ¿Por qué el judaísmo religioso está ligado al nacionalismo? - Liel Leibovitz - Tablet



Este fin de semana, el New York Times publicó una columna de Mark Oppenheimer en la que el autor identifica correctamente a una pequeña y curiosa minoría de judíos religiosos americanos profundamente opuestos al sionismo. El artículo estaba bien escrito y era convincente, y los cinco entrevistados de Oppenheimer aparecían como personas reflexivas y morales. Pero nada, por desgracia, sonaba muy judío.

Todos ellos parecían estar unidos en su creencia de que el judaísmo, en el fondo, es de alguna manera incompatible con el tipo de poder terrenal del que dependen los estados para su existencia, y que aplican a diario cuando les resulta necesario. "Creo que el nacionalismo y la religión, unidas, son tóxicos", dijo Stefan Krieger, un profesor de Derecho de la Universidad de Hofstra. Corey Robin, un profesor de ciencias políticas de la Universidad de Brooklyn, lo expresó aún más poéticamente, "Hay un montón de maneras de ser judío", dijo, "pero adorar a un estado altamente militarizado me parece un bajón con respecto a nuestro pasado".

Usted no tiene que ser un erudito rabínico para saber que el pasado al que alude Robin comenzó con un pacto que eligió a los judíos y a su descendencia como elegidos por Dios, y los dirigió hacia la Tierra Prometida, donde fueron instruidos para asentarse y vivir de acuerdo a los mandamientos de la Torah. Lo cual, a primera vista, parece una idea extraña: si el pueblo elegido estaba realmente destinado a servir como una luz para las naciones, ¿no podría cumplir mejor su misión estableciéndose entre los goyim y predicando su verdad a cada nación de entre ellos? ¿Por qué pastoreaban ellos, como Abraham, por Canaán? ¿Por qué insistir en el establecimiento de un sistema judío en esa Tierra Prometida?

La respuesta es un principio fundamental del judaísmo, es decir, la comprensión de que el poder terrenal es indispensable. Como Michael Walzer señaló elegantemente en su "Éxodo y Revolución", nada volvía inherente Canaan salvo abandonar Egipto y su casa de servidumbre; la promesa de la Tierra Prometida no radicaba en algún fragmento externo de magia, sino en la capacidad de los judíos de aplicar su propia soberanía y de dirigir su Estado-nación como ejemplo concreto de un reino justo y misericordioso. En otras palabras, el judaísmo sugiere que si usted desea vivir de acuerdo con su vocación y proporcionar un ejemplo moral, no debe arrastrar sus pies fuera de su cuerpo mortal declarándose a sí mismo como demasiado puro para esa empresa y para lidiar con los habituales compromisos imperfectos ligados al gobierno, ya que si desea actuar de modo que pueda servir de ejemplo de cómo una verdadera nación aborda los problemas reales, deberá entonces habitar en el mundo real.

Lo cual no quiere decir que los actuales medios con lo que Israel hace frente a sus problemas sean perfectos o quizás los mejores, ni mucho menos. Pero lo que quiere decir es que la "búsqueda de definir al judaísmo como la antítesis de nacionalismo" cuando es, en su auténtico corazón, en gran manera una nacionalidad y una religión, resulta una farsa teológica que va en contra de esa antigua fe. Incluso la oposición religiosa tradicional al sionismo, que Oppenheimer cita en su obra, surgió no de un rechazo categórico a la existencia de un Estado-nación, sino debido a la creencia de que tal entidad política solamente podría establecerse después de la llegada del Mesías. El judaísmo, así pues, sin duda podría ser entendido como una crítica del poder, pero nunca como un llamamiento a su abdicación.

Los sujetos de Oppenheimer, sin embargo, no lo ven de esta manera. Inmersos en su rechazo pauloviano a toda forma de nacionalismo, tendencia prevaleciente en muchas partes del mundo académico actual, parecen tolerar únicamente la religión si ésta se ocupa solamente del reino etéreo de la moral universal. Lo cual, de nuevo, parece tener muy poco en común con nuestra antigua fe. Por supuesto, es una mala práctica juzgar el sistema de creencias de una persona sobre la base de unas cuantas citas selectas, aunque elocuentes, en el artículo de un periódico. Los hombres y mujeres entrevistados por Oppenheimer son todos eruditos y unos escritores prolíficos, y esta es una conversación que bien vale la pena tener. Tengo curiosidad por ver cómo van a reconciliar sus ideas aparentemente modernas con los principios más tradicionales de la teología judía.

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