Saturday, March 01, 2014

Clamor contra la "israelización" - Editorial del JPost



Unos 700 voluntarios civiles árabes israelíes se reunieron en el auditorio de Karmiel el martes pasado para una reunión que tenía por objeto mostrarles aprecio. Dentro del local se desarrollaba la celebración, alegre y reconfortante. Felicitaciones y afecto llovieron sobre esos valientes voluntarios que resisten a una descarada intimidación con el fin de cumplir el servicio civil dentro de sus comunidades. A pesar de antagonismo desenfrenado alrededor de ellos, participan en un programa dirigido a cumplir un servicio militar o nacional paralelo al de los judíos.

Pero fuera de esa sala del auditorio de Karmiel existía una hostilidad vehemente. Árabes de las ciudades cercanas de Galilea se reunieron ante el lugar, abordaron a los voluntarios, se burlaron de ellos, les lanzaron obscenidades y les reprendieron como traidores a su pueblo.

Los voluntarios fueron escupidos y empujados amenazadoramente. Hubo violencia en el aire y sólo la policía, que fue alertada para dispersar a esta multitud intimidadora, impidió graves agresiones físicas.

Para los no iniciados todo esto puede parecer totalmente incomprensible. ¿Por qué eran reprendidos esos jóvenes que hacen un servicio civil muy necesario para sus propias comunidades, de una forma tan agresiva y como enemigos de su pueblo? Uno asumiría que los vecinos de estos voluntarios los festejarían en lugar de calumniarlos.

Aunque el reclutamiento de los haredim sigue siendo la principal preocupación en el discurso israelí, se presta escasa atención a las tribulaciones de aquellos árabes que se atreven a presentarse como voluntarios para cumplir con un servicio cívico a pesar de las presiones y amenazas que les llueven desde todas las partes de su sociedad.

Los activistas contra estos servicios sostienen que cualquier tipo de servicio cívico realizado por árabes es un precursor de un proyecto de integración y no representa más que "un brazo civil del ejército de ocupación". Se necesita una gran dosis de coraje para resistir a esas condenas. Sin embargo, el número de voluntarios ha aumentado drásticamente y en la actualidad 3.611 entre las minorías de habla árabe de Israel participan en ellos.

En 2013, el total fue de 2.711, y cuando el programa comenzó en 2005 atrajo a sólo 270 voluntarios. Hoy el 54% de estos voluntarios son musulmanes, el 17% drusos, el 10% cristianos y el resto procede de comunidades beduinas. Desconcertantemente, sin embargo, sólo el 10% son hombres. El objetivo del programa es proporcionar una serie de oportunidades a través de un año de servicio cívico estrictamente voluntario a disposición de los jóvenes árabes, realizando exclusivamente dicha labor en sus propias comunidades, y donde los derechos que devienen por cumplir con ese servicio cívico y voluntario equivalen a una variedad de beneficios obtenidos por los veteranos del IDF (algo que, paradójica y rutinariamente, es reprochado como una manifestación de discriminación ya que los árabes israelíes no están sujetos al servicio militar obligatorio).

Tales ventajas, por supuesto, son habituales en todas las sociedades democráticas. Esta alternativa cívica presenta generosamente unos beneficios equivalentes, incluso para aquellos que no ponen sus vidas en peligro como los soldados, y están obligados a dedicar a dicho servicio cívico tan sólo 12 meses, frente a los tres años de los soldados varones y dos para las mujeres. Es irónico que estos programas que ofrecen esas ventajas y posibilidades de progreso personal a los árabes israelíes den lugar a tantas calumnias.

El rechazo beligerante de esta mano extendida está muy desarrollado en todo el espectro político árabe-israelí, a pesar del carácter voluntario del programa y de las mejoras que promete a las comunidades árabes. Por otra parte, la pasión contra este programa parece unir a las facciones árabes más beligerantes, promoviéndose una competición a la hora de conocer quién lo fulmina más provocativamente. Cualquier plan que tenga como sentido interesar a los árabes-israelíes en cualquier programa identificado con el Estado es calificado como un causus belli.

Más preocupante es el mensaje emergente: No se admiten los gestos de buena voluntad que legítimamente Israel pueda desarrollar para integrar a sus ciudadanos árabes y reducir la brecha entre ellos y la mayoría judía. De hecho, la protesta es ejercida contra una percibida "israelización". Sin embargo, precisamente, la "israelización" debería ser la meta de todos los ciudadanos israelíes, independientemente de su religión o etnia.

Parece que a estos sectores políticos árabes israelíes les resulta exasperante la noción misma de la existencia de ciudadanos israelíes, independientemente de su religión o etnia. Y aún más exasperante para ellos es la noción misma de "integración", que consideran como un anatema, mientras los políticos árabes improvisan en su fervor y compiten entre ellos a la hora de determinar quién puede avivar más el conflicto y conseguir más puntos entre unos votantes que ellos mismos cínicamente radicalizan.

Aquellos que desde dentro de esos sectores y desde la izquierda judía claman por otorgar todos los derechos de ciudadanía a todos los israelíes, deberían ser los primeros en recordar que Israel es el país más libre y más próspero para cualquier árabe en toda esta región. Una postura de desprecio hacia el Estado y de deslegitimación difícilmente permitirá construir puentes que beneficien primordialmente a los árabes de Israel. Los que gritan más fuerte son los que más temen a esos puentes.

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