Sunday, June 15, 2014

Los judíos como un "no acontecimiento" según la vieja-nueva filosofía de los viejos-nuevos gurús de la izquierda occidental - Leon Wieseltier - New Republic


 (Título original del artículo "Non-Event")

Por mis pecados, he estado leyendo a Alain Badiou. (El trabajo del intelectual nunca termina). Él es, según sus propias palabras, "el filósofo francés más leído y traducido en el mundo". De una manera más banal, se trata de lo último “profesor de la liberación”; y más banal aún, el último profesor de la liberación desde el liberalismo. En su trayectoria conceptualmente delirante, se burla "de los presuntos derechos del hombre" y "del humanismo de los derechos humanos", y todo ello en favor de una "política emancipadora". Si la palabra "democracia" pudiera ser salvada, lo sería únicamente por medio de "un desvío a través de la idea del comunismo". Badiou considera como una "tarea apasionante dar una nueva vida a la hipótesis comunista". Él aduce que la "Guerra Popular de Liberación de China, 1927-1949",  "el bolchevismo en Rusia entre 1902-1917" y "la Gran Revolución Cultural china, en todo caso desde 1965 hasta 1968", son grandes ejemplos de "una nueva práctica de emancipación colectiva". También enumera con admiración a "la primera etapa de la revolución iraní" y a los zapatistas en México, junto al movimiento Solidaridad en Polonia. En un momento dado escribe este comentario, "guiado por la idea de la eternidad de la verdad", acerca de los escritos de Mao sobre Stalin.

Esta devoción servil a un cataclismo histórico, esta afiliación sin culpa del progresismo con la barbarie, se deriva de la mística del "acontecimiento" explícita en su obra maestra “Ser y Acontecimiento” ("Yo era muy consciente de haber escrito un gran libro de filosofía", dixit) , un sistema ranciamente sobresaturado y casi un ridículo arcano de la ontología, según el cual "los procedimientos de verdad" en el arte, la ciencia, la política y en el amor están melodramáticamente inaugurados por una ruptura en el orden normal de las cosas y por las nuevas posibilidades violentamente reveladas. "Un acontecimiento" para Badiou es algo que sitúa entre “una revolución y una revelación”, y expresa su profundo desprecio por las trascendencias que puedan dar lugar a experiencias culminantes, extáticas y apocalípticas, en acontecimientos que no sean auténticos "acontecimientos". El sujeto humano no es "otra cosa más que una fidelidad activa con el acontecimiento de la verdad", o "un militante de la verdad". Esto no se trata en absoluto de postmodernismo (que es todo lo bueno que se puede decir de él), se trata de una teología sin Dios en el que los elegidos de Badiou, en el resplandor del "acontecimiento", marchan para liberarnos de "nuestro totalitarismo democrático'" para poder alcanzar "la emancipación de la humanidad en su totalidad". En suma, un bastardo sin corazón.

Y en ninguna parte más que en su análisis de los judíos, Badiou demuestra su desprecio por Israel. El sionismo fue un "acontecimiento" – esa gran bendición que preconiza Badiou - debido a "la aparición [en él] de elementos del gran proyecto socialista y comunista revolucionario", pero a la vez se trataba de un "contra-acontecimiento" - la mayor maldición para Badiou - debido a su "colonialismo". Israel es un "estado colonial" en el que los palestinos son "los esclavos", y está comprometido en “un proyecto de genocidio de los palestinos”. Y es por eso que Israel debe desaparecer con "la creación de una Palestina laica y democrática". Todo esto hace que Badiou sólo sea otro miembro más de esa “mafia altamente progresista que desea borrar a Israel". Pero luego añade su propia contribución al discurso de la deslegitimación. A raíz de Auschwitz, nos instruye, "la identidad judía ha triunfado a través de una glorificación histórica de su nombre". Es por eso que el "nombre 'judío' se ha convertido, al igual que todos los nombres de las víctimas de un sacrificio terrible, en un nombre sagrado", y “el predicado 'judío' y su dimensión religiosa y comunitaria... han recibido de alguna manera una singular y excesiva valorización", todo un anuncio trascendente, al que pienso que quizás podría añadir: "¿quién se benefició realmente del Holocausto?".

El objetivo de la obra de Badiou al escribir sobre los judíos es despojar al "judío" de ese glamour oscuro negando toda particularidad judía. Su principio es que "la intrusión de cualquier predicado de identidad, dotándole de un papel central a la hora de la determinación de las políticas, conduce al desastre". En efecto, como él dice "los estados o países verdaderamente contemporáneos son siempre cosmopolitas, perfectamente indistintos en su configuración identitaria". (¿Pero de qué países o estados está hablando? No importa. ¿No hay muchos estados o países que eviten tal "desastre"? Poco importa).

Se trata en realidad de que los judíos deben practicar y enseñar un universalismo perfecto, “uno que conlleve la disolución de toda identidad", al resto del mundo. Es Israel quien "debe convertirse en el estado menos racial, menos religioso y menos nacionalista de todos los estados. Debe convertirse en el más universal de todos". Y según Badiou "debemos acordar un significado a la palabra ‘judío’ que tenga prestancia e importancia universal". Así la gloria de una Palestina democrática y secular, como verán, se deberá a que "se sustrae a todos los predicados" (¿Pero qué pasa con el predicado ‘Palestina’?. Ese ya no le importa).

¿Cuál es la autoridad que esgrime Badiou para preconizar esta purificación, es decir, esta aniquilación de la identidad judía? Spinoza, Marx y Freud, por supuesto, esos “judíos no judíos”, muchos de los cuales se comportaron como desertores, subvertidores y destructores, cuando no ignorantes por propia voluntad, de la identidad judía, esos que han permitido más de un siglo de críticas radicales de la vida judía, como si ellos, ignorantes de ella, realmente hubieran llegado hasta el fondo de ese sujeto. Pero Badiou no sabe nada acerca de los judíos y de su historia, de hecho ni siquiera le importa, y así la resume o sumariza crudamente con la abreviatura "SIT": "Shoah, (Estado de) Israel, y tradición talmúdica" - der Talmudjude -. Y da un paso aún más virulento. Su descalificación de la especificidad judía tiene el mandato de nada menos que del apóstol Pablo, "el mayor judío de la antigüedad", según Badiou, quien proféticamente reconoció que "todos los procedimientos de la verdad derrumban las diferencias cuando proclamó que (con Jesús) ya no hay ni judío ni griego". Y así el discípulo de Althusser y Lacan llega y se acoge al canoso dogma cristiano de la usurpación del judaísmo por un nuevo universalismo. Y esto el altamente progresista y una muestra del gran Progreso.

Debo añadir que los predicados "francés" en "Revolución Francesa" y "chino" en "Revolución China" no repelen a Badiou, para quienes no son más que "unos índices empíricos de esa localización" de un acontecimiento. ¿Así que esto no se trata de antisemitismo, se preguntarán? Pero no voy a caer en su trampa. Sé que hoy en día ya casi nada es antisemitismo, y que el hecho de la acusación de antisemitismo "es generalmente más ofensiva que las propias formulaciones del antisemitismo", así que no voy a caer en ella. Digamos más bien que el tratamiento agresivo de Badiou del judaísmo y de la judeidad es una abominación con precedentes históricos. Aquí no hay ningún avance con respecto a la conclusión infame de Marx de que "la emancipación de los judíos es la emancipación de la humanidad del judaísmo", algo que en cierta manera es el texto marco del universalismo coercitivo. Está claro, espero, que haya justicia para los palestinos, tal como así lo desean muchos judíos, y que ello no requiera de este odio: es una auténtica indecencia.

Por lo tanto, dejemos que Bélgica o Pakistán sean la luz para las naciones. La filosofía de la intolerancia de Badiou es una vergüenza para una verdadera universalidad. No habrá justicia para nadie hasta que nos emancipamos de esta "emancipación".

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