Sunday, June 15, 2014

Los judíos como un "no acontecimiento" según la vieja-nueva filosofía de los viejos-nuevos gurús de la izquierda occidental - Leon Wieseltier - New Republic


 (Título original del artículo "Non-Event")

Por mis pecados, he estado leyendo a Alain Badiou. (El trabajo del intelectual nunca termina). Él es, según sus propias palabras, "el filósofo francés más leído y traducido en el mundo". De una manera más banal, se trata de lo último “profesor de la liberación”; y más banal aún, el último profesor de la liberación desde el liberalismo. En su trayectoria conceptualmente delirante, se burla "de los presuntos derechos del hombre" y "del humanismo de los derechos humanos", y todo ello en favor de una "política emancipadora". Si la palabra "democracia" pudiera ser salvada, lo sería únicamente por medio de "un desvío a través de la idea del comunismo". Badiou considera como una "tarea apasionante dar una nueva vida a la hipótesis comunista". Él aduce que la "Guerra Popular de Liberación de China, 1927-1949",  "el bolchevismo en Rusia entre 1902-1917" y "la Gran Revolución Cultural china, en todo caso desde 1965 hasta 1968", son grandes ejemplos de "una nueva práctica de emancipación colectiva". También enumera con admiración a "la primera etapa de la revolución iraní" y a los zapatistas en México, junto al movimiento Solidaridad en Polonia. En un momento dado escribe este comentario, "guiado por la idea de la eternidad de la verdad", acerca de los escritos de Mao sobre Stalin.

Esta devoción servil a un cataclismo histórico, esta afiliación sin culpa del progresismo con la barbarie, se deriva de la mística del "acontecimiento" explícita en su obra maestra “Ser y Acontecimiento” ("Yo era muy consciente de haber escrito un gran libro de filosofía", dixit) , un sistema ranciamente sobresaturado y casi un ridículo arcano de la ontología, según el cual "los procedimientos de verdad" en el arte, la ciencia, la política y en el amor están melodramáticamente inaugurados por una ruptura en el orden normal de las cosas y por las nuevas posibilidades violentamente reveladas. "Un acontecimiento" para Badiou es algo que sitúa entre “una revolución y una revelación”, y expresa su profundo desprecio por las trascendencias que puedan dar lugar a experiencias culminantes, extáticas y apocalípticas, en acontecimientos que no sean auténticos "acontecimientos". El sujeto humano no es "otra cosa más que una fidelidad activa con el acontecimiento de la verdad", o "un militante de la verdad". Esto no se trata en absoluto de postmodernismo (que es todo lo bueno que se puede decir de él), se trata de una teología sin Dios en el que los elegidos de Badiou, en el resplandor del "acontecimiento", marchan para liberarnos de "nuestro totalitarismo democrático'" para poder alcanzar "la emancipación de la humanidad en su totalidad". En suma, un bastardo sin corazón.

Y en ninguna parte más que en su análisis de los judíos, Badiou demuestra su desprecio por Israel. El sionismo fue un "acontecimiento" – esa gran bendición que preconiza Badiou - debido a "la aparición [en él] de elementos del gran proyecto socialista y comunista revolucionario", pero a la vez se trataba de un "contra-acontecimiento" - la mayor maldición para Badiou - debido a su "colonialismo". Israel es un "estado colonial" en el que los palestinos son "los esclavos", y está comprometido en “un proyecto de genocidio de los palestinos”. Y es por eso que Israel debe desaparecer con "la creación de una Palestina laica y democrática". Todo esto hace que Badiou sólo sea otro miembro más de esa “mafia altamente progresista que desea borrar a Israel". Pero luego añade su propia contribución al discurso de la deslegitimación. A raíz de Auschwitz, nos instruye, "la identidad judía ha triunfado a través de una glorificación histórica de su nombre". Es por eso que el "nombre 'judío' se ha convertido, al igual que todos los nombres de las víctimas de un sacrificio terrible, en un nombre sagrado", y “el predicado 'judío' y su dimensión religiosa y comunitaria... han recibido de alguna manera una singular y excesiva valorización", todo un anuncio trascendente, al que pienso que quizás podría añadir: "¿quién se benefició realmente del Holocausto?".

El objetivo de la obra de Badiou al escribir sobre los judíos es despojar al "judío" de ese glamour oscuro negando toda particularidad judía. Su principio es que "la intrusión de cualquier predicado de identidad, dotándole de un papel central a la hora de la determinación de las políticas, conduce al desastre". En efecto, como él dice "los estados o países verdaderamente contemporáneos son siempre cosmopolitas, perfectamente indistintos en su configuración identitaria". (¿Pero de qué países o estados está hablando? No importa. ¿No hay muchos estados o países que eviten tal "desastre"? Poco importa).

Se trata en realidad de que los judíos deben practicar y enseñar un universalismo perfecto, “uno que conlleve la disolución de toda identidad", al resto del mundo. Es Israel quien "debe convertirse en el estado menos racial, menos religioso y menos nacionalista de todos los estados. Debe convertirse en el más universal de todos". Y según Badiou "debemos acordar un significado a la palabra ‘judío’ que tenga prestancia e importancia universal". Así la gloria de una Palestina democrática y secular, como verán, se deberá a que "se sustrae a todos los predicados" (¿Pero qué pasa con el predicado ‘Palestina’?. Ese ya no le importa).

¿Cuál es la autoridad que esgrime Badiou para preconizar esta purificación, es decir, esta aniquilación de la identidad judía? Spinoza, Marx y Freud, por supuesto, esos “judíos no judíos”, muchos de los cuales se comportaron como desertores, subvertidores y destructores, cuando no ignorantes por propia voluntad, de la identidad judía, esos que han permitido más de un siglo de críticas radicales de la vida judía, como si ellos, ignorantes de ella, realmente hubieran llegado hasta el fondo de ese sujeto. Pero Badiou no sabe nada acerca de los judíos y de su historia, de hecho ni siquiera le importa, y así la resume o sumariza crudamente con la abreviatura "SIT": "Shoah, (Estado de) Israel, y tradición talmúdica" - der Talmudjude -. Y da un paso aún más virulento. Su descalificación de la especificidad judía tiene el mandato de nada menos que del apóstol Pablo, "el mayor judío de la antigüedad", según Badiou, quien proféticamente reconoció que "todos los procedimientos de la verdad derrumban las diferencias cuando proclamó que (con Jesús) ya no hay ni judío ni griego". Y así el discípulo de Althusser y Lacan llega y se acoge al canoso dogma cristiano de la usurpación del judaísmo por un nuevo universalismo. Y esto el altamente progresista y una muestra del gran Progreso.

Debo añadir que los predicados "francés" en "Revolución Francesa" y "chino" en "Revolución China" no repelen a Badiou, para quienes no son más que "unos índices empíricos de esa localización" de un acontecimiento. ¿Así que esto no se trata de antisemitismo, se preguntarán? Pero no voy a caer en su trampa. Sé que hoy en día ya casi nada es antisemitismo, y que el hecho de la acusación de antisemitismo "es generalmente más ofensiva que las propias formulaciones del antisemitismo", así que no voy a caer en ella. Digamos más bien que el tratamiento agresivo de Badiou del judaísmo y de la judeidad es una abominación con precedentes históricos. Aquí no hay ningún avance con respecto a la conclusión infame de Marx de que "la emancipación de los judíos es la emancipación de la humanidad del judaísmo", algo que en cierta manera es el texto marco del universalismo coercitivo. Está claro, espero, que haya justicia para los palestinos, tal como así lo desean muchos judíos, y que ello no requiera de este odio: es una auténtica indecencia.

Por lo tanto, dejemos que Bélgica o Pakistán sean la luz para las naciones. La filosofía de la intolerancia de Badiou es una vergüenza para una verdadera universalidad. No habrá justicia para nadie hasta que nos emancipamos de esta "emancipación".

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Saturday, December 21, 2013

El boicot académico de Israel es una farsa - Leon Wieseltier - New Republic


La guía de la ASA para la Paz Mundial


Angela Davis, que apoya el boicot de la ASA con el líder de la Alemania comunista Erich Honecker

El jefe de la ASA admitió más tarde al New York Times que muchas naciones, incluyendo a muchos de los vecinos de Israel, tienen antecedentes de derechos humanos que son peores que los de Israel, pero dijo que "uno tiene que empezar por alguna parte"
"Oh bueno, uno tiene que empezar por alguna parte", explicó Curtis Mares, un profesor asociado de estudios étnicos de la Universidad de California, San Diego, y miembro del Consejo Nacional de la Asociación de Estudios Americanos (ASA), que acababa de anunciar un boicot académico a Israel. Él estaba respondiendo a la sensata pregunta de un reportero sobre la justicia de singularizar a Israel como país a castigar cuando muchos países de este mundo sin corazón tienen un historial de derechos humanos que son significativamente peores, y sus palabras escalofriantemente inanes son una medida de la insipidez moral e intelectual que define al ASA y que ésta orgullosamente describe como "una postura ética".

En un documento de apoyo llamado "Respondiendo a las preguntas sobre el boicot de ASA para jefes de departamento, decanos y administradores", la ASA instruye a sus miembros de que su misión es "hacer una contribución positiva a la comprensión humana", "apoyar la diversidad y la equidad" y "contribuir a la solución de los problemas del mundo" (no se hace mención del elemento académico, por supuesto: esta gente hace mucho tiempo que borró la distinción entre la ciencia academia y el activismo), pero en realidad sólo "un problema mundial", sólo uno de esos problemas de "comprensión humana" les interesa, y es el problema de los palestinos. Ellos y sólo ellos son la piedra de toque universal de la decencia. A pocas horas de Palestina (Siria) cerca de seis millones de personas se han convertido en refugiados en su propio país, donde están siendo bombardeados por su gobierno, y mueren de hambre en la nieve y lucha contra la polio, pero ellos no importan a la ASA, ellos no son víctimas de Israel, y solamente es la depravación del Estado judío, no la miseria realmente existente en la región y en el mundo, lo que ofende a la ASA. En comparación con Alepo, Ramallah es San Diego. Pero claro, "uno tiene que empezar por alguna parte".

Es cierto que no pueden preocuparse por igual de todo, que una acción ética es siempre concreta y, por lo tanto, selectiva. Pero la calidad ética de dicha acción debe ser medida según algún estándar o norma para su selección, y si dicha norma no es ante todo determinada por una evaluación imparcial del sufrimiento y de la necesidad, de modo que si los beneficiarios de esas "energías éticas" no son los más necesitados objetivamente, sino esos otros cuya situación confirma más bien las propias preferencias ideológicas y políticas, estamos ante una falsificación y un fraude. De la lectura de los materiales de la ASA sobre su decisión llama inmediatamente la atención los orígenes decididamente extra-éticos de su boicot. Por otro documento de justificación llamado "Las Preguntas más frecuentes sobre la Resolución de Boicot de ASA" se puede deducir que si la resolución era tan clara en sus razones y virtudes, ¿para qué produce la ASA estas sábanas documentales propias de la cuna del agitprop para sus miembros?

Yo leo ahí que "las instituciones académicas israelíes forman parte del andamiaje ideológico e institucional del proyecto colonial de asentamientos sionistas".  Este lenguaje no es anti-ocupación, es puro antisionismo, y además de una búsqueda de la deslegitimación es un ejemplo del viejo vocabulario de propaganda anti-Israel. (También ignora el hecho de que es precisamente en las universidades israelíes donde la crítica a la ocupación más florece). En la "Declaración del Consejo sobre el Boicot Académico a Israel" leo que "en las últimas décadas, la ASA ha recibido a académicos que analizan críticamente al estado de los EEUU, su papel en el país y en el extranjero", es decir, no se trata solamente del habitual antisionismo, también tenemos el habitual antiamericanismo. Por supuesto, Pakistán también es un aliado de los Estados Unidos cuyo ejército apoyamos, y el ejército paquistaní es cómplice de una barbarie más allá de la que cualquier palestino está sufriendo, pero el terrorismo (y el terrorismo ciertamente musulmán) no interesa a esos progresistas. Esos hechos no entran empíricamente en su mente y en sus compromisos éticos. Ellos, obviamente, responden a impulsos más elevados. También he leído, en la declaración del Consejo Nacional, que "la ASA también tiene una historia de compromiso crítico en el campo de los nativos americanos y estudios indígenas que de manera cada vez mayor dan forma e influir en su investigación". ¿Qué diablos tiene esto que ver con Israel y Palestina? La respuesta es, todo.

Hay una dimensión cómica de esta parodia de la libertad académica. Tras elogiar el boicot de la ASA contra las instituciones israelíes y no contra los individuos que forman parte de ellas, la "piadosa" filósofa judía antisionista Judith Butler [N.P.: la que defendía considerar a Hamas como parte de la izquierda progresista mundial] señaló en La Nación que "la única petición que se está haciendo es que sin financiación institucional para las instituciones israelíes se podría utilizar para los gastos de viaje de los académicos israelíes". !O patria, quanto mi costi! ¿Qué tan importante se consideran estos profesores y cuanta relevancia creen que tienen sus conferencias?

Pero finalmente no hay nada divertido en todo esto. Hay unos principios en juego en toda esta farsa. Butler instruía que un boicot académico "milita en contra del espíritu de censura y de la práctica de la calumnia que corta el debate y participa en envilecedoras caricaturas envilecidos". Sugiero que deje su Levinas y vuelva a coger su Orwell. Es precisamente el espíritu de censura y de conformidad de opinión lo que anima a un boicot de unas instituciones académicas.  En una admirable carta a la ASA un grupo de distinguidos académicos estadounidenses observó esto, y se quejó de que "los estudiosos serían castigados no por lo que ellos piensen, lo que ya sería suficiente, sino simplemente por presuponer su ideario basándose ​​en su nacionalidad... Esto es discriminación pura y simple".

Pero es que a pesar de toda la politización de la ASA, es indiferente a esas políticas que deplora piadosamente. La ocupación de los territorios palestinos es un problema político que requiere una solución política. En el intento de lograr una solución de este tipo, los palestinos no son meras víctimas o espectadores inertes a su suerte. Son actores históricos, y su negativa a aceptar cualquiera de los planes de un Estado palestino que se les han propuesto - la imperfección de la solución les molesta más que la imperfección del problema - es una de las razones - una de las mas relevantes - de que se encuentren en tal situación de debilidad. Es cierto que los asentamientos israelíes en Cisjordania deben terminar, pero incluso si se acaba con ellos, Israel es un estado de derecho con una ansiedad perfectamente comprensible sobre su seguridad. "No apoyamos el boicot a Israel", declaró Mahmoud Abbas en Sudáfrica por el funeral de Mandela. Él admitía solamente un "boicot [de] los productos de los asentamientos". "Tenemos relaciones con Israel", agregó, "tenemos un mutuo reconocimiento con Israel".

Pero, ¿quién es Abu Mazen para hablar por los palestinos en comparación con un profesor asociado de estudios étnicos americanos de la Universidad de California de San Diego?

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Saturday, March 16, 2013

Buenas barreras, malos vecinos: Israel y los palestinos - Leon Wieselier - New Republic



 En enero, el gobierno de Israel anunció que planea construir un muro a lo largo de su frontera con Siria debido a que el ejército sirio parece haberse alejado de la zona fronteriza y las fuerzas yihadistas se han movido hacia allí. No es de extrañar que la anarquía y la atrocidad existentes en Siria provoquen consternación en Israel, pero este anuncio me dejó con el corazón oprimido por otro motivo. Con la construcción de esta barrera en el norte, Israel estará casi completamente cercado, y con barreras en sus lugares más destacados.

Es el caso de las vallas y las altas losas de hormigón que delimitan la separación entre Israel y los palestinos en el este, quizás la más famosa o infame de estas barreras - originalmente una idea de Yitzhak Rabin de la década de 1990, cuando la "separación" era la fantasía reinante de los palomas (pro-paz) de Israel, aunque realmente se comenzó en serio en 2002 -, y con el 62% de su longitud proyectada, unas 440 millas, completada. Hacia el sur, Israel ha construido una barrera de acero y alambre que corre a lo largo de 150 millas de la frontera con el Sinaí, que se ha convertido en un lugar peligroso e ingobernable. A medida que se acerca al Mediterráneo, esta nueva valla se unirá con la antigua barrara que Israel construye alrededor de Gaza, de 32 kilómetros de largo y con una zona de amortiguamiento. También en el norte, Israel hace mucho tiempo erigió una cerca a lo largo de su frontera con el Líbano. La única frontera que queda abierta, aparte del  apolítico y brillante Mar Mediterráneo en el oeste, se encuentra en Jordania, hacia el sureste, desde el Mar Muerto hasta el Mar Rojo. El Estado está pues amurallado.

Hay dos maneras de entender estas fortificaciones integrales. La primera es que hacen a Israel más seguro dado que las amenazas dirigidas contra Israel están detrás de las barreras que rodean a Israel. Su eficacia desde el punto de vista de la seguridad no se puede negar. El muro que se extiende de norte a sur a través de la Ribera Occidental ha reducido espectacularmente la vulnerabilidad de Israel a infiltraciones homicidas, aunque la barrera de Gaza no ha hecho nada para detener la violencia de los cohetes que vuelan por encima de ella. Las amenazas físicas deben ser contrarrestadas físicamente. (Israel no es el único país que ha llegado a tal conclusión: Estados Unidos, India, Sudáfrica, Arabia Saudita, Tailandia y otras organizaciones políticas también han recurrido a las barreras, vallas y muros). No fue hasta que la "resistencia" palestina optó por depender de los terroristas suicidas cuando la barrera y ese muro grande y frío se planteó. Las críticas a Israel por esa "valla de seguridad", la denominación habitual de Israel de lo que los palestinos llaman un "muro de separación racial", no toman en serio su éxito a la hora de frustrar al terrorismo, por lo que no pueden ser tomadas en serio. Por supuesto que tales críticas son abundantes: un muro entre los pueblos es una cosa fea, aunque una masacre y una estrategia dirigida a debilitar al enemigo mediante masacres terroristas es aún más fea. Sobre el carácter racial de la pared, los palestinos se equivocan, pero hay una segunda manera, como ya he dicho, de entender la barrera y los muros, y no tiene nada que ver con la seguridad israelí.

El argumento de la seguridad no puede dar cuenta de los contornos precisos de la partición. "Antes de construir un muro me gustaría poder conocer / lo que estaba dentro y fuera", dice el poema más célebre sobre los muros, "y a quien voy a ofender". El muro de Cisjordania denota no sólo protección, sino también dominación. Una barrera es un instrumento de poder, una interpretación política del espacio. Tiene dos lados, y se vive de manera distinta. La barrera ha sido hábilmente elaborada para incluir muchos asentamientos israelíes en la Ribera Occidental en el lado israelí de la línea: se trata de una premonición contundente de la soberanía. También ha interrumpido la vida, sin sentido común y económico, de muchos palestinos. Si las buenas barreras hacen buenos vecinos, a continuación, hacer malas barreras hacen malos vecinos.

¿Las barreras son fronteras? ¿Son temporales y/o permanentes? Las barreras y muros pueden ser derribados, dicen los liberales más esperanzados. Tal vez, pero en contra de esta observación racional debemos señalar con tristeza que Israel no tiene un historial de vuelta atrás, ni los gobiernos de izquierda ni los de derecha, en la Ribera Occidental. La mayoría de los problemas en el mundo actual se deben a la inconmensurabilidad de las fronteras políticas con barreras de seguridad, de fronteras políticas con fronteras culturales. Es irónico, no, es trágico, que en una época sin precedentes en lo referente a la movilidad y a las migraciones, el ideal de la pluralidad étnica caiga cada vez más en el descrédito, pero es que en casi todo el mundo parece existir una exigencia de claridad étnica y de consolidación sectaria. Israel es una sociedad multi-étnica, cualesquiera que sean las objeciones de los más patriotas. No hay un hambre significativo en Israel de una homogeneidad social o cultural (excepto entre los haredim y sus ayatolás), incluso si el estado se está comportando mal con ciertos aspectos de su heterogeneidad. Sin embargo, la calma chicha de la política palestina de Israel, el estancamiento siniestro que es la contribución de Benjamin Netanyahu a los anales de la diplomacia de su país, es increíblemente miope, una consecuencia de una indiferencia cómplice del fanatismo. La humillación sufrida por Netanyahu en las recientes elecciones fue una delicia, pero Yair Lapid es un fenómeno pasajero. Su participación en el gobierno no va a alterar su política palestina. No se puede luchar contra sentimientos fuertes con sentimientos débiles. Lapid es nuevo para la causa, si es que se ha unido a ella. Se ha limitado a dar más cobertura a la deriva de más y más asentamientos.

El espectáculo del Estado judío detrás de las barreras también es un espectáculo melancólico, e histórica y filosóficamente, es una decepción y un fracaso. Pero si usted cree que la acción o inacción de Israel también es responsable de algunas de esas enemistades, no lo es por el contrario, ni remotamente responsable, de todas las enemistades que lo han llevado a este encerramiento. Por supuesto, Tel Aviv y sus alrededores, el milagro metropolitano en la costa, la antítesis de un confinamiento, se siente como el futuro, aunque a veces también como un paraíso de los tontos, y no hay alambre ni cemento que no pueda ser digitalmente erosionado. La porosidad llega de muchas formas. La idea de que Israel es un gueto es falsa y barata. Hay mucho cosmopolitismo en el interior del recinto. Pero el aislamiento de Israel es tanto voluntario como involuntario, una elección y un destino, y las barreras y los muros se desmoronan físicamente de manera mucho más fácil que las barreras mentales.

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Friday, January 18, 2013

Perdiendo la esperanza de paz - Leon Wieseltier - Letras Libres



Las causas perdidas no son causas equivocadas, a menos que ganarlas sea la medida de su legitimidad. El triunfo histórico de una idea no revela nada sobre su valor: el poder usa ficciones y la popularidad de las mentiras es una característica muy antigua de los sucesos humanos. Siempre me estremece leer las medievales polémicas entre judíos y cristianos; la audacia de la retórica judía hacia el triunfalismo cristiano; la arrogante insistencia cristiana en que la humilde posición social de los judíos es prueba de su pobreza espiritual. ¿Se ha oído un argumento más amañado? Y siempre me siento ofendido por la visión hegeliana, que aún sobrevive en muchas formas, de que la historia es responsable de redimir a la filosofía. No hay vergüenza ni error en una existencia minoritaria. Si uno está equivocado difícilmente se deberá a que no se pertenece a una mayoría. Por esto la legitimidad de las causas perdidas es uno de los obsequios del orden democrático. Ahí la herejía es apenas una opinión más, y no se requiere de gran valor para disentir. La belleza de las causas perdidas puede ser difícil de apreciar en una sociedad como la nuestra, pornográficamente obsesionada con el triunfo, y su tajante suposición de que el fracaso constituye un embate a la dignidad. Por eso, me parece que quienes defienden una causa perdida tienen un poco más de dignidad, porque uno debería ser absolutamente intransigente con aquello que considera verdadero. Esto da una fuerza interior que las circunstancias no pueden derrotar. La columna vertebral le debe mucho a la mente, pero no deberíamos pensar con la columna. Así, paradójicamente, quien persigue una causa perdida puede ser el luchador más obstinado de todos. Y, sin embargo, yo no exageraría el atractivo de las causas perdidas. La tristeza siempre aparece cuando se aplaza un sueño.

He estado pensando en causas perdidas porque llegué a la conclusión de que una de las mías lo está. Ya no creo que la paz entre israelíes y palestinos vaya a ocurrir en el transcurso de mi vida. No he cambiado de opiniones, simplemente he perdido la esperanza. Aún creo con bastante certeza que el establecimiento del Estado palestino es una condición para la supervivencia del Estado israelí, como Estado judío y como Estado democrático; y que sería catastrófico que Israel no fuera un Estado judío, y una catástrofe humana que no fuera un Estado democrático. La única solución para este conflicto fue la que propuso la Comisión Peel en 1937, es decir, la partición de la tierra para formar dos estados. Creo que el asentamiento judío en Cisjordania fue un error colosal, que la ocupación (y la indiferencia que hay hacia ella) corroe el honor de los ocupantes; que el Estado judío es una entidad secular; y que el antisemitismo –que jamás desaparecerá– no explica la totalidad de la historia de los judíos o de su Estado, ni exenta a Israel de hacerse responsable de sus acciones. En resumen, soy un sionista incorregible, y una incorregible paloma, pero, para alarma de algunos de mis colegas, soy una paloma-halcón, ya que advierto que Israel tiene enemigos y creo en la preeminencia ética de la autodefensa. También he irritado a algunos de mis colegas con mi visión poco entusiasta sobre la incapacidad palestina para reconocer la grandeza histórica de llegar a un acuerdo. Desde 1977, o más bien, desde 1947, los palestinos han rechazado sistemáticamente todas y cada una de las soluciones que se les han planteado, como si la “inviabilidad” de un Estado imperfecto no fuera preferible a la inviabilidad de la desnacionalización. En décadas recientes han añadido un nuevo maximalismo religioso al antiguo maximalismo secular. Y, no obstante, coincido con la necesidad y la justicia de su demanda de que haya un Estado palestino, pero me sigue haciendo falta la existencia de una diplomacia palestina seria.

Sin embargo, todas estas opiniones comienzan a parecer un sinsentido. Por lo que se ve, la realidad tiene otros planes. Hamás mantiene sobre Gaza un dominio de orden terrorista y teocrático. De forma criminal lanza cientos de cohetes contra civiles israelíes, y celebra la destrucción que hace Israel de su arsenal y su infraestructura como una suerte de apoteosis. Mahmud Abbas festeja el haber logrado en Naciones Unidas la posición de Estado observador con un mezquino discursito en el que acusa a Israel de “una de las campañas de desposesión y limpieza étnica más terribles de la historia moderna”, de una “agresión” no provocada en Gaza, y de “un sistema apartheid de ocupación colonial, que institucionaliza la plaga del racismo”. Salam Fayad, el líder palestino que añorábamos, es una figura trágica, aniquilado tanto por palestinos como por israelíes. Benjamín Netanyahu responde en Israel con petulancia al voto de la Asamblea General con una monstruosa propuesta de asentamientos judíos en el área este de Jerusalén que se conoce como “E1”, que barrena cualquier posibilidad de un Estado cartográficamente significativo para los palestinos.

Netanyahu alió a su partido con el de Avigdor Lieberman, el rostro fascista de Israel, quien propuso juramentos de lealtad para los árabes israelíes, y después, su partido, es decir, el Likud, degrada a sus moderados y promueve a quienes se asemejan a Moshe Feiglin, el hombre que se refiere a los árabes como “amalecitas” y aboga por su “transferencia voluntaria” de Israel. Estos maniacos antidemócratas florecen en el entorno de Netanyahu, de modo que cada vez más se escucha ese horrendo y antiguo refrán que dice que Jordania es el Estado palestino. No existe una oposición significativa al Likud, solo una variedad despreciable, fragmentada y patética de partidos y figuras que se mueven por intereses propios. Las personas me aseguran que todo esto podría cambiar con voluntad política, pero no la advierto. ¿Y si el remedio de los dos Estados es la única solución cuando nadie busca desesperadamente resolver el conflicto?

Releí el libro The shepherds’ war de mi viejo amigo Meron Benvenisti, un conjunto de polémicos ensayos que aparecieron en los años ochenta. Ahí, describió “la virtual permanencia de la situación actual”, y reportó: “tras implementar un proyecto que atañe a la vida de las personas, puede descubrirse que se trata de algo irreversible”. Benvenisti discutió y se opuso a la visión progresista de que “no existe eso de una pérdida irrecuperable: las opciones nunca están cerradas, no hay necesidad de incomodar a nuestra conciencia con aquello que hemos desperdiciado, no hay motivo para el dolor perpetuo”. A Meron se le vilipendió por fatalista. Creo que se le debe una disculpa. Ha transcurrido casi medio siglo desde que, en una guerra, Israel adquirió los territorios para salvarse, y más de medio siglo desde que surgió el nacionalismo palestino. Aquellas eran las que se llamaban décadas provisionales, el intermedio sin costo en el que ambas facciones debían entrar en razón. Claro, la lucha sigue. El debate debe continuar también. ¿Pero cuánto dura un intermedio? ¿Y si la razón no llega jamás? ¿Cuándo es que la esperanza deja de serlo para convertirse en ilusión?

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Thursday, October 20, 2011

El retorno de los jebuseos - Jeffrey Goldberg - Atlantic


Las nieves de antaño, de Francois Villon

¿Por qué no puede haber una verdadera paz entre palestinos e israelíes a corto plazo? Hay muchas razones, entre ellas una puede ser esta: a muchos palestinos, inclusive los más moderados de ellos, les resulta imposible aceptar la idea de que los judíos sean un pueblo o nación. Los palestinos, por supuesto, exigen a los judíos que les acepten como pueblo o nación, y la gran revolución acontecida en el pensamiento israelí en los últimos treinta años es que la mayoría de los judíos israelíes entienden actualmente que los palestinos son, de hecho, un pueblo y una nación, y ello porque se consideran un pueblo.

Los palestinos, como grupo, se definen a sí mismos quiénes son, y el mundo acepta esa identidad elegida. Es una verdad autoevidente que los judíos también se definen como un pueblo o nación - de hecho, hace ya bastante tiempo -, y también resulta bastante evidente que muchas personas se niegan a aceptar esa autodefinición o al menos la ven como algo intrínsecamente discriminatorio, incluso genocida [N.P.: es decir, todos los demás pueden definirse y conformarse como pueblo o nación, y todo ello sin problemas ni oposición, ahora bien, si eso lo hacen los judíos, entonces "discriminan"].

Sari Nusseibeh, el famoso y "moderado" intelectual palestino, comparte ese prejuicio al parecer, y sus recientes provocaciones han llevado a esta respuesta por parte de Leon Wieseltier:
Qué pobre discípulo de Edward Said se nos revela Sari Nusseibeh! Said enseñó que los pueblos deben crear sus propias representaciones de sí mismos, como una cuestión de derecho y de dignidad, y que esa representación de un pueblo de sí mismo, si es realizada desde fuera por otros, representa un ejercicio de deformación. Sin embargo, aquí está Nusseibeh, en un artículo en Al Jazeera, instruyendo a los judíos de "por qué Israel no puede ser un Estado judío". Nusseibeh prefiere "un Estado civil, democrático y pluralista, cuya religión oficial sea el judaísmo, y de mayoría judía", lo cual está bien si se respeta el deseo de esa mayoría judía de establecer también dicho Estado como un santuario permanente e indiscutible para los judíos del resto del mundo: el sionismo, después de todo, es ante todo un remedio a dicho peligro.

Pero la razonabilidad de Nusseibeh tiene sus límites. Él también participa del viejo argumento de que un "Estado judío" implicaría que Israel fuera, o debiera ser, o bien una teocracia (si tomamos la palabra "judío" para aplicarla al judaísmo como religión oficial) o bien un estado de apartheid (si tomamos el término "judío" para aplicarlo a la etnicidad judía).

Pero esto es completamente absurdo. Las perspectivas de una teocracia judía en Israel son mucho menores que esas otras perspectivas de una teocracia musulmana en Palestina - ninguno de los partidos religiosos de Israel son tan poderosos a nivel político como lo es Hamas dentro de la política palestina -, y por contra son mucho mayores las garantías de una igualdad de derechos ante la ley para todos los habitantes de Israel - judíos, musulmanes y cristianos -, lo que representa un antídoto manifiesto para esa fantasía distópica de un apartheid.

Un Estado judío puede ser justo o injusto, pero no es esencialmente injusto. Nusseibeh señala que "ningún estado en el mundo es - o puede serlo en la práctica - étnica o religiosamente homogéneo", pero si hablamos sólo de Israel, la reclamación de tal homogeneidad por parte de unos pocos y enfermos rabinos y sus secuaces ya ha sido rotundamente condenada (y en ciertos casos con arrestos) por su incitación exclusivista. Nusseibeh hace una ominosa alusión a ellos, a pesar de que no le gusta nada que los desvaríos de los mulás radicales se confundan y equiparen con la corriente principal musulmana.

Pero es que Nusseibeh, un poco más adelante, se vuelve loco. La "razón más seria... por la qué los líderes palestinos - y de hecho, cualquier persona responsable - no puedan reconocer moralmente a Israel como un "Estado judío"... tiene que ver con la Alianza de Dios en la Biblia con los antiguos israelitas". A continuación cita el Génesis, el Deuteronomio, los libros de Josué y Samuel para establecer que "en el Antiguo Testamento, Dios ordena crear un Estado judío en la tierra de Israel al que se llegará mediante la guerra y el despojo violento de los habitantes originales". Y con ello explica que "nadie puede culpar a los palestinos y a los descendientes de los antiguos cananeos, jebuseos y otros pueblos que habitaban esa tierra antes de los antiguos israelitas... de sentir un poco de temor en cuanto a lo que significa reconocer a Israel como un Estado judío".

Es decir, ellos, los palestinos, !se sienten jebuseos! No importa que los palestinos no sean los descendientes de los antiguos cananeos. El vástago árabe del racionalismo de Oxford coincide aquí con los judíos más extremistas de la Ribera Occidental en que la Biblia marca la agenda política diaria en la actualidad.

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