Monday, July 07, 2014

Israel respondió correctamente, ¿pero y los árabes? - Dan Magalit - Israel Hayom



Los adolescentes judíos que asesinaron a Muhammed Abu Khdeir justo antes del amanecer la semana pasada son criaturas despreciables. Un sociólogo popular argumentó, con cierto grado de probabilidad, que los padres y/o los maestros eran en última instancia los responsables de la falta de humanidad de los perpetradores, algo que ni siquiera pueden mitigar nuestra repulsa en lo más mínimo.

El domingo, el líder del Habayit Hayehudi, Naftali Bennett, sugirió que si la Knesset sigue adelante y aprueba una ley que prohíba el indulto de asesinos por el gobierno, estos asesinos judíos deben ser los primeros en sufrir ese alto precio. La nación judía no puede imponer a los asesinos foráneos lo que no hace cumplir, ante todo, con los suyos.

El Israel oficial, desde el primer ministro Benjamin Netanyahu hacia abajo, respondió adecuadamente ante este tipo de delincuencia. En particular, las reacciones de la derecha fueron muy importantes, con un énfasis en sus rabinos (cuyas voces todavía estamos esperando oír en otras ocasiones). La propia familia de Naftali Frenkel, el adolescente que fue asesinado por los palestinos hace unos pocos días, dio un gran ejemplo al enviar sus condolencias a la familia  de Abu Khdeir.

En este contexto, la reciente politiquería suena como bastante repulsiva. El presidente de la Autoridad Palestina Mahmoud Abbas exigió el domingo pasado una comisión de investigación internacional. Pero ¿para qué? ¿Para aclarar por qué los responsables palestinos bailaron sobre la sangre de los adolescentes judíos y en las calles se celebraba su secuestro?

¿Por qué Abbas y su cohorte emite tales débiles condenas para ciertos casos, contrariamente a las declaraciones explícitas de los líderes judíos, y luego al enterarse del asesinato de Abu Khdeir saca a relucir su ruido y su furia a diestra y siniestra?

La condena no se puede equiparar al consuelo. Se trata de una herramienta que se usa para medir cómo los líderes se relacionan con el asesinato. Los árabes israelíes en la Galilea podían haber admitido que uno de los suyos asesinó a la joven Shelly Dadon, pero ¿qué tipo de reacción oficial, si la hubiere, oímos del partido Balad o los jefes de los municipios árabes? Un leve quejido y nada más.

Al contrario, una buena parte de la comunidad árabe-israelí ha estado muy ocupada avivando las llamas de una tercera intifada. Bloquean los cruces de carreteras, queman neumáticos y lanzan piedras. Merodeadores enmascarados vagan de un lugar a otro azotando el frenesí contra Israel, al parecer en el supuesto de que a causa de la Comisión Or, que examinó las revueltas árabes de 2000, la policía se resistiría al cumplimiento pleno de sus funciones y mostraría una respuesta laxa. El comisionado de la Policía, el inspector general Yohanan Dañino, debe hacerles ver su error de cálculo.

La policía tiene una difícil misión por delante. Deben determinar la forma de defender el derecho a una legítima protesta y pasar por alto las infracciones menores, mientras evita que la violencia sea cada vez más grave inundando la esfera pública y alcanzando niveles ilegales.

El asesinato enfermizo de los tres adolescentes judíos no puede dar luz verde a la venganza, o a los "price tag" o la incitación bajo la bandera de gritos de "muerte a los árabes". El asesinato de un adolescente palestino no justifica la incitación contra la existencia del Estado o arrojar piedras a la policía, a los conductores y a los ciudadanos israelíes inocentes. No podemos permitir que el comportamiento de ambos, judíos y árabes, se convierta en un todo entremezclado.

Hay suficientes individuos itinerantes  de temperamento caliente en la esfera pública. El acalorado debate es entre judíos y árabes, pero también existe entre algunos sectores. Los judíos pueden protagonizarlo de una manera más oral, pero tampoco no hay mucho acuerdo entre los árabes. Fuera de Israel, algunos líderes musulmanes continúan vertiendo aceite sobre el fuego importado por tres tristes años de la Primavera Árabe.

El domingo, la revista británica The Economist dedicó su edición a "La tragedia de los árabes: una historia envenenada". No son sólo nuestros vecinos los que pagan el precio, también Israel. No hay nada que podamos hacer, excepto mostrar los dientes, demostrar nuestra potencia de manera comedida y marcar una frontera en negrita entre lo que está permitido y lo que no lo está.

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