Friday, August 22, 2014

¿A qué juega Qatar? Doha corre el riesgo de pagar el fin de su política de "cero enemigos" - Gil Mihaely - Causeur



Hace aún veinte años, Qatar era sobre todo conocido y apreciado por los amantes de los diccionarios como ese país cuyo nombre comenzaba con Q, algo que no crece en los árboles ... Desde entonces, las cosas han cambiado. Con el lanzamiento de Al Jazeera, la inversión masiva en el fútbol (PSG, la Copa del Mundo de 2022...) y una red de alianzas yendo de los EEUU a Hamas, Doha parece querer ocupar la delantera de la escena mundial.

Añadida a su inteligente estrategia de desarrollar sus recursos de gas, así como la potencia de su fondo de inversión soberano, vemos ahora emerger lo que The Economist llama "un enano con un puño de gigante". No está nada mal para un país que es sesenta y cuatro veces menor que Francia, y con una población de dos millones de personas, de los cuales menos de 300.000 son ciudadanos (los estatutos subalternos del resto de la población pueden ser similares, en ocasiones, a una forma moderna de esclavitud).

Durante los primeros quince años del desarrollo de Qatar, la revolución de palacio de 1995, que vio al padre del actual emir destituir a su propio padre en 2010, la estrategia de Qatar parecía funcionar perfectamente. Hubo un tiempo en que una representación comercial israelí semioficial incluso coronó esta política, la cual podría aproximarse a la antigua diplomacia turca, la famosa de "cero enemigos".

Algo lógico. Tener enemigos es un lujo que los países pequeños no pueden permitirse. Sembrar en todo y hablar con todo el mundo parece de sentido común: incluso los más grandes matones tienen interés en encontrar un actor con múltiples relaciones y que puedan funcionar como mediadores. Pero entonces llegó la "primavera árabe". Del día a la mañana, el niño prodigio de la diplomacia mundial ha entendido que su posición de fuerza, hasta entonces una fuente de prestigio y de beneficios, también tiene algunas desventajas. En Egipto, Siria, Libia y Gaza, el amigo de todo el mundo ha comenzado a tomar partido por unos y contra otros. Las circunstancias inéditas han sin duda apelado a este tipo de posicionamiento, pero no se puede dejar de pensar que el emir y su equipo querían influir en el curso de los acontecimientos árabes. Para decirlo de otro modo, las autoridades de Qatar han abandonado la lógica de una sociedad de seguros para reemplazarla por un razonamiento de fondo de inversión: lo que hace diez o quince años se veía como un riesgo, se ha convertido ahora en una oportunidad. Como tantas veces en la historia, los medios de acción disponibles con el tiempo imponen una visión del mundo y una estrategia. Qatar se ha convertido en demasiado poderoso - al menos, eso es lo ellos creen - para pensar como un actor débil.

Desde el 2011, la política de Qatar de "cero enemigos" ya no es relevante. En primera línea en el frente sirio, mediante la prestación de asistencia a los grupos islamistas en guerra abierta contra el régimen de Bashar Al-Assad, Qatar ya ha cosechado enemigos, Damasco y Hezbolá. Más recientemente, el fracaso de las negociaciones de última hora entre Israel y las delegaciones palestinas (Fatah, Hamas, Yihad Islámica) en El Cairo sería debido a la influencia de Doha. Según la prensa israelí, Qatar habría ejercido presión sobre el líder de Hamas, Khaled Meshaal, huesped de Doha desde que salió de Damasco, para que descarrilara la firma de un acuerdo el martes. Egipto y Arabia Saudí han tomado nota.

Una vez de vuelta en la escena política regional, no tocando las cosquillas a los regímenes árabes más que invitando a sus oponentes ante los platós de Al Jazeera, Qatar crea descontentos, pero sin fabricar jamás enemigos. Toda la cuestión es saber si sus dirigentes creen que se han convertido en lo suficientemente poderosos como para permitirse este lujo.

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