Saturday, September 27, 2014

La inteligencia de la Gran Bretaña alentó a los ejércitos árabes para que invadieran Israel en 1948 (Parte II) - Meir Zamir - Haaretz



El 23 de septiembre de 1947, poco después de la reunión de la Liga Árabe en Saoufar, el agregado francés en Bagdad informó de un plan británico secreto para instigar una guerra árabe-judía en Palestina con el fin de facilitar la aplicación del plan de la Gran Siria. El informe daba a conocer que la posición militante del primer ministro iraquí en Saoufar había sido coordinada con los agentes británicos y "marcaba un punto de inflexión en la política de Oriente Medio de Gran Bretaña":
"Parece en efecto que el gobierno británico, urgido por jóvenes elementos del Foreign Office y por el Servicio de Inteligencia, ha decidido, después de meses de vacilación, llevar a cabo una maniobra a gran escala que le permitiría consolidar, a bajo costo, su actual y vacilante posición en esta parte del mundo. Los británicos creen que la ONU, sin duda, ratificará las decisiones del UNSCOP. Así pues, han comenzado las perturbaciones en Palestina. Los británicos se beneficiarán de la situación para construir nuevas posiciones más ventajosas que las que habían perdido en Egipto. De acuerdo a la información de una fuente inglesa, el plan británico sería el siguiente: 
- Inglaterra renunciaría a su mandato sobre Palestina tan pronto como sea posible, devolviéndolo a la ONU, quien se encargaría de supervisar, en su caso, una fuerza internacional que restableciera el orden en este país. Una retirada de Palestina de la mayor parte de las tropas británicas ya se puede prever. 
- En caso de un conflicto abierto entre los judíos y los árabes, los británicos, con el pretexto de no querer ser atacados por ambas partes con el comienzo de estas hostilidades, donde mantendrán una posición oficialmente neutral, se retirarán a Transjordania, desde donde una o dos divisiones británicas serán capaces de intervenir inmediatamente si fuera necesario.  
- Entonces los agentes británicos empujarían a los países árabes a intervenir para ayudar a sus hermanos en Palestina si eran atacados por los judíos".
El informe indicaba que Gran Bretaña se abstendría en la votación sobre el informe final de la UNSCOP, "dejando a los estadounidenses y a sus satélites la responsabilidad de crear un Estado judío". Además proporcionaba los detalles de un plan destinado a provocar a Siria en una guerra en Palestina, con el fin de abrir el camino para que la Legión Árabe del rey Abdullah y el ejército iraquí avanzaran sobre Damasco con el pretexto de la defensa de Siria de un ataque sionista. "Una vez allí, el rey de Transjordania recibiría un apoyo abrumador y trataría de restablecer la paz en Palestina, mientras que se incorporaría la parte árabe de este país a una nueva Gran Siria, que se uniría con Irak".

Pero, contrariamente al relato del agregado militar francés, el gabinete de Londres ni conocía ni aprobó la acción de instigación de sus propios agentes secretos a la hora de provocar una invasión armada árabe del Estado judío. El primer ministro Attlee, quien decidió retirarse de Palestina a pesar de las objeciones de sus Jefes de Estado Mayor, no hubiera asumido la responsabilidad moral de una trama que podría haber aniquilado a los judíos de Palestina sólo tres años después del Holocausto. Por otra parte, dicho acto podría haber puesto en peligro la posición internacional de Gran Bretaña y sus relaciones con los Estados Unidos.

El secretario del Foreign Office, Bevin, quien todavía creía en la importancia estratégica del Oriente Medio, quedó atrapado entre su primer ministro y los jefes de Estado Mayor y los servicios secretos. Pero era poco probable que hubiera actuado en contra de la decisión de su primer ministro.

El registro de sus tensas relaciones con sus servicios secretos en el Oriente Medio – que se revela en los documentos sirios -, refuerza la hipótesis de que él también fue engañado, víctima de su incapacidad para controlarlos. Así fue llevado a creer que las hostilidades entre los árabes y los judíos en Palestina se parecían a la lucha religiosa e intra-comunitaria en la India - entre los musulmanes y los hindúes - tras la decisión de Gran Bretaña de retirarse. Como en la India, la violencia y la pérdida de vidas obligarían eventualmente a ambas partes a alcanzar un compromiso que la Gran Bretaña había tratado de proponerles. Gran Bretaña no podía por lo tanto ser considerada responsable de una partición en la que no había creído y ser llamada a implementar una solución más aceptable.

Una guerra árabe-judía

Mientras que muchos políticos y funcionarios británicos compartían esta creencia, ni Bevin ni otros ministros del gabinete eran conscientes de que sus servicios secretos en El Cairo y los diplomáticos arabistas en Londres y el Oriente Medio, con el apoyo de las autoridades militares de alto rango, estaban determinados en contra de las decisiones del gabinete y se aferraban al Oriente Medio, incluso si se provocaba una guerra sin cuartel entre árabes y judíos.

Si bien el informe del agregado de Bagdad se centraba en un plan secreto preparado por los agentes británicos para provocar una guerra árabe-judía que favoreciera una Gran Siria y su unión con Irak, otros informes franceses revelan que su objetivo inmediato era salvaguardar la posición estratégica de Gran Bretaña en el Oriente Medio.

Otro de los objetivos era evitar el establecimiento de un Estado judío o un Estado árabe-palestino sobre la base de la partición de la ONU. También hubo medidas de seguridad de emergencia - tanto militares como diplomáticas - para prevenir que el Estado judío ampliara su territorio si eran derrotados los ejércitos árabes. En este caso, las fuerzas británicas estacionadas en Transjordania y Egipto intervendrían, mientras que los diplomáticos británicos en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas actuarían para imponer un alto el fuego.

Fuentes de la inteligencia franceses presentan este esquema como un intento por parte de la Gran Bretaña de barajar sus cartas en el Oriente Medio e inflamar la hostilidad árabe hacia un Estado judío con el fin de asegurar su dominio en la región. Ya sea si los árabes ganaban o eran derrotados, sus instigadores suponían que Gran Bretaña estaría en una mejor posición que la vigente en ese verano de 1947. De hecho, el informe del agregado concluía: "La posición británica, que desde hace algún tiempo parecía precaria, de este modo pasaría a ser nuevamente dominante", y más aún cuando la firma con Egipto de un tratado anglo-egipcio permitiría a las fuerzas británicas  mantener su posición en el canal de Suez.

Durante las deliberaciones en Londres y El Cairo en 1947 sobre una estrategia de defensa en el Oriente Medio, se decidió que Gran Bretaña buscaría tratados militares bilaterales con cada Estado árabe - en lugar de un convenio colectivo negociado a través de la Liga Árabe - para reemplazar los tratados vigentes. Se suponía que Gran Bretaña estaría en una mejor posición para concluir inicialmente unos tratados bilaterales con los amistosos hachemitas de Irak y Transjordania, y más tarde con otros gobiernos árabes, especialmente Siria. Un tratado con Egipto se mantenía como de alta prioridad para el Alto Mando británico. El Foreign Office esperaba que, después de fracasar en la ONU en julio, Egipto sería más favorable a la renovación de las negociaciones, garantizando así el uso militar por parte de Gran Bretaña de su territorio, y una solución a la cuestión de Sudán.

Pero el rey egipcio Faruq y su primer ministro, así como el presidente sirio Quwatli, eran reacios a firmar tratados con la Gran Bretaña, una potencia colonial en declive. Se enfrentaban a un recrudecimiento de la pasión nacionalista entre la generación más joven, que se manifestaba en las calles por la independencia y por reformas sociales y económicas, y se negaron a dejarse arrastrar a una guerra entre las potencias occidentales y la Unión Soviética.

A medida que la amenaza comunista se convertía en menos convincente, los agentes británicos creyeron que tenían que proponer amenazas más eficaces para persuadir a los gobiernos árabes y a la opinión pública de sus países de que necesitaban la ayuda de Gran Bretaña.

Sin el conocimiento de su gabinete, a partir de junio de 1947 y hasta mayo 1948, los agentes secretos británicos llevaron a cabo su propia política encubierta. Si bien se buscaba oficialmente convencer a los gobiernos árabes de la importancia de concluir acuerdos de defensa con Gran Bretaña para hacer frente a la amenaza soviética, secretamente instigaron una confrontación árabe-judía en Palestina para hacer avanzar los fines estratégicos de Gran Bretaña. Trataron de utilizar una guerra en Palestina para desviar la atención de la opinión pública árabe de las negociaciones de unos tratados polémicos. Como un incentivo para que los gobiernos árabes concluyeran tratados de defensa con Gran Bretaña, primeramente destacaron ante los líderes árabes la importancia para sus países de la colaboración militar, la cual reforzaría la dependencia militar de los estados árabes con Gran Bretaña, al tiempo que se evitaba la creación de un Estado judío o en el peor caso se limitaba su tamaño.

Una guerra en Palestina lograría presionar a los Estados Unidos para que revisara su posición sobre la partición. Y entonces ya no podría ser capaz la propaganda sionista de retratar la lucha contra la Gran Bretaña como la de un movimiento nacional que lucha para liberarse de la dominación colonial. Un conflicto árabe-judío también validaría la posición largamente sostenida por Gran Bretaña con respecto a la solución del problema palestino, demostrando que, a pesar de sus buenas intenciones, había sido atrapada en medio de ese conflicto. Finalmente, ayudaría a Gran Bretaña a asegurar sus activos estratégicos en Palestina: Haifa, con su puerto y refinerías, y la región de Negev en el sur.

Las frecuentes visitas del brigadier Clayton a las capitales árabes en los últimos meses de 1947, y su participación detrás de la escena en las reuniones de la Liga Árabe en Saoufar, Aley y El Cairo, formaban parte del plan urdido por los agentes secretos en El Cairo, Bagdad y Ammán. El primer ministro iraquí Nuri al-Said, el secretario general de la Liga árabe Abd al-Rahman al-Azzam, el primer ministro sirio Quwatli Mardam Bey y el primer ministro libanés Sulh, fueron utilizados para ponerlo en práctica. El rey Abdullah era esencial para su éxito, ya que él y su Legión Árabe debían servir como medio para presionar al sirio Quwatli, al rey saudí Ibn Saud y al rey de Egipto Faruq, mientras que obligaba a los líderes sionistas a aceptar las propuestas de Gran Bretaña.

También formaban parte de la estratagema los intentos de los agentes británicos en Transjordania de intimidar al presidente sirio, su posición militante ante el gobierno iraquí en Saoufar y Aley, su insistencia en que la Liga Árabe tomara medidas en Palestina y la propuesta de Clayton de dividir Palestina entre los estados árabes.

A mediados de enero de 1948, el “régimen previsto por los arabistas” parecía estar a punto de tener éxito. Con la atención de la opinión pública árabe vuelto hacia los acontecimientos en Palestina, Gran Bretaña firmó un tratado de defensa con Irak. Un acuerdo similar con Transjordania debía ser firmado sin ningún obstáculo. Después de no haber podido persuadir a los reyes Ibn Saud y Faruq  de que no firmaran un acuerdo con Siria y contra Abdullah, el presidente sirio Quwatli estaba más predispuesto a ceder a la presión británica, especialmente cuando los agentes británicos se habían comprometido a frenar el monarca jordano. Él también estaba ansioso por evitar que se pusieran en peligro sus esfuerzos para ser elegido presidente para un segundo mandato.

El primer ministro libanés Sulh, que se oponía a un Estado judío en la frontera del Líbano ya que podría reforzar el separatismo maronita, secretamente colaboró con Clayton y respaldó públicamente un tratado con la Gran Bretaña. Pero cuando Ronald Campbell, el embajador británico en Egipto, y el brigadier Clayton propusieron al primer ministro egipcio Nuqrashi que Gran Bretaña frustraría el establecimiento de un Estado judío, o bien limitaría su territorio a cambio de un tratado, Nuqrashi rechazó cualquier intento de vincular el conflicto en Palestina con las demandas de Egipto de una evacuación de las fuerzas británicas y de sus unidades del Valle del Nilo.

Junto a las negociaciones con los gobiernos árabes sobre los tratados de defensa, los agentes secretos británicos intensificaron sus esfuerzos para alimentar los enfrentamientos violentos entre árabes y judíos, instando a los líderes árabes a cerrar filas contra la amenaza sionista.

Entre septiembre y diciembre de 1947, el brigadier Clayton y otros agentes secretos tácitamente colaboraron con Azzam, Mardam Bey y Sulh para organizar una fuerza irregular - el Ejército de Liberación Árabe, bajo el mando de Qawuqji - que debía activarse antes de que Gran Bretaña se retirara formalmente de Palestina. Mientras Azzam consideraba a esta fuerza como un medio para que la Liga Árabe interviniera en Palestina, Mardam y Sulh - y el presidente sirio Quwatli en particular - la vieron más bien como una forma de adelantarse a un intento por parte de la Legión Árabe de Abdullah de hacerse cargo de la parte norte de Palestina, que a una fuerza armada que ayudara a sus hermanos palestinos contra los judíos.

Una misión militar británica bajo el mando del coronel Fox, un asesor no oficial del Alto Mando sirio desde 1946, trató de obtener armas y municiones de las existencias del ejército británico en Palestina para armar a los voluntarios árabes en el campo de Katana, al sur de Damasco. Fuentes de la inteligencia francesa informaron que militares y policías británicos desertores disfrazados de árabes se pasearon por las calles de Damasco. Decenas de empleados británicos de la Iraq Petroleum Company llegaron hasta la ciudad, “dando lugar a especulaciones de prensa siria sobre por qué la capital siria se había convertido de repente en una atracción para los turistas británicos".

Agentes británicos negociaron con el Gran Mufti de Jerusalén, inicialmente de manera indirecta a través de Sulh, y más tarde con su enviado, a raíz de su demanda de comandar sus propias fuerzas armadas en Palestina. El Ejército de Liberación Árabe llegó a Palestina en la primera quincena de enero de 1948. Qawuqji más tarde escribió que el ejército británico apenas había obstaculizado el avance de sus fuerzas en el norte de Palestina.

El colapso del Tratado de Portsmouth marcó el fracaso del enfoque de los tratados bilaterales. Aún así, Bevin firmó un nuevo tratado en Londres con el primer ministro jordano Tawfiq Abd al-Huda y otros líderes árabes, incluyendo Azzam, Mardam Bey y Sulh, abiertamente opuestos a tratados con las potencias extranjeras. A los planificadores y a los arabistas del Foreign Office, junto a los militares británicos en el Oriente Medio, se les ocurrió entonces una nueva estrategia: un acuerdo de defensa colectiva con los estados árabes a través de la Liga Árabe.

En marzo de 1948, Azzam y Mardam Bey comenzaron una campaña para revisar el pacto de la Liga Árabe a fin de consolidar los lazos entre sus estados miembros contra la amenaza sionista - una iniciativa tácitamente coordinada con los agentes secretos británicos -. Después de consultar con el rey saudí Ibn Saud, el rey egipcio Faruq declaró que antes de que las negociaciones pudieran tener lugar para un acuerdo de una defensa colectiva, Gran Bretaña tenía que derogar los tratados bilaterales existentes con los países árabes.

En sus informes a Londres, los arabistas vincularon directamente el colapso del Tratado de Portsmouth con los acontecimientos en Palestina. Su fracaso en Irak aumentó la probabilidad de guerra en Palestina, por lo que los agentes secretos británicos se volvieron aún más decididos a provocar el conflicto árabe-judío. La derrota en abril de las fuerzas irregulares del Ejército de Liberación Árabe y de los que estaban al mando de Abd al-Qadir al-Husseini - el sobrino del Mufti -, reforzó su convicción de que sólo los ejércitos regulares árabes podrían impedir el establecimiento de un Estado judío.

En este breve artículo es imposible detallar todas las maniobras e intrigas de los arabistas británicos en El Cairo, Ammán y Bagdad para instigar un ataque árabe contra el Estado judío. Los agentes secretos británicos utilizaron casi todos los "trucos sucios" de su arsenal: temor, celos, avaricia, falsas promesas, información engañosa y jugar con las rivalidades inter-árabes, todo ello para provocar la participación de los gobernantes árabes en una guerra en Palestina. Nuri al-Said (hasta el fracaso del Tratado de Portsmouth), el rey Abdullah (entre junio 1947 y mayo de 1948) y Azzam, Mardam Bey y Sulh, y otros "agentes de influencia" cooptados, todos ellos permitieron a los servicios secretos británicos operar detrás del escenario para poner en práctica sus planes.

El rey Ibn Saud describió acertadamente a los agentes británicos como a unos "titiriteros maestros". Los líderes árabes quedaron atrapados entre su renuencia a ir a la guerra y la presión de su opinión pública, a la que ellos mismos habían incitado con su retórica inflamatoria preconizando la destrucción del Estado judío. Azzam admitió a un representante de la Agencia Judía que "no tenemos más remedio que ir a la guerra, incluso si fueramos a ser derrotados".

Provocar a Egipto para unirse a la guerra en Palestina era fundamental para la estrategia secreta británica. Fuentes francesas dan detalles de las tácticas de los agentes británicos: asociarse con Azzam para presionar al rey Faruq e influir en su ejército para que se uniera a la guerra, y ello a pesar de la oposición de su primer ministro. También incluyeron el compromiso de abastecer al ejército egipcio con armas y municiones de las existencias británicas en la Zona del Canal, presentando deliberadamente una pobre representación del poder militar de las fuerzas judías.

Al igual que otros gobernantes árabes, el rey egipcio Faruq - bajo la presión de la opinión pública para que tomara medidas - era vulnerable a las maquinaciones británicas. No podía permanecer al margen mientras que su rival, el rey Abdullah, estaba enviando fuerzas a Palestina.

Un informe del 11 de mayo del agregado militar francés en Beirut sobre las conversaciones secretas del comité político de la Liga Árabe en Damasco, revela que, aparte del rey Abdullah, los otros líderes árabes no se decidían, buscando una manera de retrasar una invasión de Palestina. También expone la intervención directa de los agentes británicos en sus decisiones. En el último minuto, el rey egipcio Faruq prescindió de la opinión de su renuente primer ministro y ordenó a su ejército ir a la guerra.

La guerra de 1948 barrió a los antiguos regímenes y abrió el camino hacia el poder a una joven generación de oficiales árabes nacionalistas radicales, decididos a vengar la derrota de sus países y a poner fin a la dominación británica en la región.

Los antiguos gobernantes árabes, víctimas de las maquinaciones británicas y de sus propias ambiciones, debieron pagarlo muy caro. El rey Abdullah, el príncipe regente iraquí Abd al-Ilah, Nuri al-Said, Sulh y Nuqrashi, todos ellos perdieron la vida. El rey Faruq y el presidente Quwatli fueron más afortunados, solamente perdieron el poder.

Los agentes secretos británicos, los arabistas, los diplomáticos, los oficiales militares y los funcionarios civiles, todos volvieron a casa dejando atrás su legado en un dividido y violento Oriente Medio, en el que los estados formados por dos potencias coloniales tras las secuelas del Acuerdo Sykes-Picot de 1916 no pudieron soportar la prueba del tiempo.

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