Saturday, September 13, 2014

Quién mató a la Izquierda Israelí - Shmuel Rosner



Cuando mi padre nació en Palestina, antes del establecimiento del Estado de Israel, menos de medio millón de judíos vivían en este territorio. En 1949 - un año después del nacimiento de Israel – se cruzó el umbral del millón y ese hecho fue celebrado con un poema de una figura literaria del momento. "Es bueno ser un millón", escribió Natan Alterman. Dos décadas más tarde, cuando yo aún estaba creciendo, el número mágico fue "tres millones". En el 2014, la cuenta es de más de Seis millones de judíos. Diez veces el número de judíos que los existentes en el momento de la creación de Israel.

Resulta por lo tanto divertido seguir el último y rabioso debate israelí motivado por las amenazas de algunos israelíes de abandonar el barco y salir del país. El número de judíos de Israel ha crecido, pero los israelíes aún no han superado su sentido de aprehensión demográfica.

Para los ilustrados, liberales y progresistas israelíes resulta muy fácil ventilar su propia frustración con el país actual y ganarse un titular al declarar con voz rigurosa su intención de irse. El año pasado, el público parloteaba acerca de esos jóvenes israelíes que se movían a Berlín, de entre todos los lugares, debido a los altos alquileres existentes en Tel Aviv. Ahora, Israel está siendo amenazada con otro tipo de abandono, ya que resulta ser "un lugar peligroso, que pide mucho más de lo que da, y por unas razones que no acepto", así se expresaba el columnista Rogel Alpher en el inevitable, e inefable Haaretz, la semana pasada [N.P.: donde estos artículos ya representan una auténtica tradición, aderezada con una sección dedicada a las “salidas” del país].

Esta amenaza se parece a la esos perros ladradores poco mordedores. Algunos izquierdistas israelíes se sienten marginados y sin poder [N.P.: lean sin influencia real sobre la opinión pública], por lo que su salida es amenazar con irse, lo que vuelve el resto de los israelíes aún menos atentos a sus opiniones. (¿Por qué deberíamos escuchar a aquellos que ni siquiera quieren vivir aquí?) Esto, a su vez, hace que esos izquierdistas se sienten aún más aislados.

La izquierda israelí está en auténticos problemas, como la mayoría de los izquierdistas admitirían, y la guerra de Gaza que terminó hace dos semanas los puso aún bajo más presión.

Durante la guerra, el sentido de unidad y de propósito común de los israelíes se volvió muy pronunciado, dejando a los pocos opositores internos de la guerra con la sensación de estar siendo marginalizados. Después de la guerra, las cosas se pusieron peor para esta izquierda; ahora que los votantes aparentan aún ser más tercos en su apoyo a los partidos y las políticas de derecha. Según las últimas encuestas, los partidos de derecha son cada vez más fuertes, y el número de escaños que se proyecta en la Knesset para la actual coalición de centro-derecha se ha disparado.

No menos significativo, algunos conocidos izquierdistas me admiten en privado que fueron sacudidos por la guerra, y que tuvieron que reconsiderar arraigadas algunas posiciones de su ideario. Su aversión a las políticas de derecha se mantiene, pero su fe en los remedios propuestos por la izquierda se ha erosionado.
Se trata, primero y ante todo, de un subproducto de la región en que vivimos. Los israelíes echan un vistazo al barrio y por instinto se aferran a sus armas. Pero también hay una segunda razón, a menudo descuidada, de la desaparición de la izquierda israelí.

Durante muchos años, la "comunidad internacional" se ha convertido en el aliado más importante de la izquierda israelí. Cuando los israelíes estaban perdiendo la fe en el llamado proceso de paz, una menguante izquierda encontró consuelo en el continuo apoyo de los europeos y americanos más liberales y progresistas, (incluyendo a los estadounidenses de origen judío). Y cuanto menos fue capaz la izquierda israelí de convencer a sus compatriotas israelíes de que se adhirieran a sus ideas, de que liberaran a los prisioneros palestinos y/o congelaran los asentamientos, más tendían a encontrar consuelo en el apoyo internacional, invitando a su vez a la intervención y a la presión internacional sobre el gobierno de Israel.

Y cuanto más invitaba esa izquierda israelí a una presión extranjera sobre Israel, en menos legítimas se convertían sus acciones a ojos de los israelíes no izquierdistas.

Mientras tanto, la comunidad internacional también malinterpretaba la situación. Los líderes extranjeros y los formadores de opinión no se dieron cuenta que su fuerte apoyo a una izquierda marginada, en realidad, en vez de potenciarla, la convertía inclusive en menos influyente.

Parece que la comunidad internacional no se percató de que al confiar en un campo político menguante sólo reduciría su capacidad para afectar las políticas de Israel. Los jugadores internacionales, en particular el Presidente Barack Obama, ha ejercido presión sobre Israel en parte debido a las exhortaciones de la izquierda israelí. El resultado fue desastroso para la Casa Blanca: Israel perdió la fe en Mr. Obama (y la mayoría de los otros jugadores internacionales) y por lo tanto el gobierno israelí se vio menos inclinado a seguir su consejo, o en dar una oportunidad a sus políticas propuestas.

La decepción fue el lógico siguiente paso.

Hace un mes, el ex diplomático Alon Liel escribía que "mientras que yo y mis amigos, los restos del destrozado campo de la paz israelí, pusimos nuestra confianza en el presidente Obama, ahora resulta que él estaba apostando por nosotros para una solución".

Mr. Liel y sus amigos cometieron el error de pensar que las fuerzas externas podrían obligar a Israel a que actuara a su antojo, en lugar de darse cuenta de que en una democracia como es Israel la misión principal de cualquier grupo o sector político es adjuntar conciudadanos a su causa.

Mr. Obama y los líderes del mundo de ideas afines cometieron el error de pensar que la mejor manera de influir sobre los israelíes era presionar a su gobierno, en lugar de darse cuenta de que los israelíes responden mejor a las propuestas políticas del exterior si tienen confianza en sus líderes (la estrechas y respetuosas relaciones con Israel de los ex presidentes Bill Clinton y George W. Bush son la mejor prueba de que los israelíes sólo te escuchan si confían en ti).

El estímulo por vía internacional de la izquierda israelí fue en realidad el instrumento que aceleró su asesinato. El mundo exterior, al promover los impopulares puntos de vista de una minoría política israelí, dio a la izquierda israelí un sentido exagerado de su propia importancia en el país. Esta ilusión la llevó, al confrontarse con la realidad, a la desesperación, y luego a la alienación de la sociedad israelí en general. Todo ello dio lugar a una reducción adicional del encanto político de la izquierda.

Los israelíes pueden escuchar perfectamente las opiniones de los disidentes. De hecho lo hacen. Pero también quieren confiar en que sus disidentes sigan siendo una parte de la familia.

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