Thursday, November 13, 2014

El terror puede ser derrotado, ¿pero y lo que viene después? - Yoaz Hendel - Ynet


Globos de vigilancia

Las intifadas no comienzan, se descubren retrospectivamente. Los historiadores pueden detectar las señales, los expertos explican las circunstancias que dan lugar a las olas de terror, pero en tiempo real las sirenas suenan claramente. Así la detectan los gobiernos israelíes, o bien la naturaleza de los seres humanos.

En diciembre de 1987, cuando la primera Intifada estalló, yo era un adolescente. La vida me cambió totalmente, pero yo no lo sabía, y tampoco lo sabía la mayoría de los israelíes. El ejército israelí ignoró la situación, el entonces ministro de Defensa Yitzhak Rabin viajó a los Estados Unidos y permaneció allí durante dos semanas, y los colonos esperaron a que pasara.

En septiembre de 2000, cuando la Intifada de Al-Aqsa estalló, yo era un joven reservista. Nos enviaron a la zona del cruce de Erez para controlar el paso. No nos dimos cuenta en esos momentos que había una intifada, e incluso el escalón político trató la situación como una pequeña crisis que terminaría en muy poco tiempo. A veces se hablaba, a veces se disparaba, y en ocasiones se emitieron órdenes contradictorias para apaciguar la situación.

Ahora estamos ante el inicio de una tercera intifada, una ola de violencia basada en el conflicto interno que aún no se ha resuelto hasta ahora. Llevamos así desde hace varias semanas. Los ataques del lunes sólo vuelven la violencia menos periférica.

Una intifada es una espada de doble filo. Me duele sobre todo por los palestinos pues destruye sus vidas y arruina su economía. Pero enseguida nos hace mucho daño.

No obstante, el terror puede ser derrotado a pesar de las miles de alegaciones y argumentos de que "no se puede". Israel lo hizo en la Intifada de Al-Aqsa. Puede dañar las infraestructuras terroristas, matar o arrestar a la mayoría de los activistas, y también crear disuasión.

El debate acerca de su derrota es inútil solamente por el hecho de que cuando estalla una intifada, Israel no tiene otra opción que hacerlo, pero después de la derrota viene la necesidad de una victoria que implique consideraciones de costo y beneficio. La victoria está en las mentes de la gente, y es por eso que es tan importante.

Hay dos conclusiones claras de lo sucedido en el pasado: una es que una guerra contra el terrorismo hace que los israelíes se muevan hacia la derecha y se opongan a acuerdos especulativos con los palestinos. Los sueños son solamente convenientes y convincentes cuando hay tranquilidad. La intifada de Al-Aqsa envió a la izquierda israelí a un estado de bancarrota electoral. Ella no pudo crear ninguna nueva alternativa, sino que simplemente se dedicó a recitar el mantra de la bondad de los acuerdos.

A los políticos de la derecha, por el contrario, las intifadas les sientan como a un pato el agua. Se fotografían en los escenarios de los ataques terroristas, hacen declaraciones mordaces acerca de la destrucción de terror y no paran de instar al gobierno a que haga algo. Cuando están en la oposición, eso funciona espléndidamente. En los últimos años, se las han arreglado para hacerlo también dentro de la coalición gubernamental.

Esperen a la nueva campaña electoral y verán como la gente se ha olvidado del hecho de que formaban parte del núcleo del actual gobierno (que incluye a todos los partidos de la derecha), ese que liberó a terroristas, que dejó a una poderosa Hamas gobernando Gaza y que optó por el apaciguamiento en lo referente a los acontecimientos en Jerusalén.

La segunda conclusión es que, aunque una intifada sea buena para el electorado de la derecha, es mala para su ideología. Después de cada ronda de violencia, Israel cede territorio y se arrastra en un enredo aún más violento.

La primera intifada llevó a Israel a los Acuerdos de Oslo. Eso dio lugar al regreso de Yasser Arafat y de sus hombres que incluso recibieron armas. La ciudad de Gaza fue entregada a la Autoridad Palestina y el 40% de los territorios de Judea y Samaria fueron colocados bajo un control palestino independiente. Ese Gran Israel se convirtió en bastante menos grande.

La intifada de Al-Aqsa llevó el ex primer ministro Ariel Sharon a la desconexión de Gaza y a la evacuación de judíos de la Franja de Gaza y del norte de Samaria. Como consecuencia, la opinión pública se hizo más derechista, pero también había un menor número de asentamientos.

Esta es lo realmente reseñable para aquellos que no quieren contemplar otra evacuación de asentamientos. El Estado de Israel ya no tiene más territorio que poder abandonar. Pero la derrota militar por nuestra parte de la nueva ola de violencia palestina nos obligará a encarar la victoria palestina que la seguirá (ceder más territorio)..

Y aquí es donde entra Mahmoud Abbas, como problema y como solución. Abbas es una figura complicada. Él no es un terrorista al estilo de Arafat, sino un socio o colaborador de mala calidad. Él odia a Israel, y lo combate a través de la diplomacia y la incitación, pero no a través del terror. Él nos desprecia, pero también coopera con nosotros. No podemos confiar en él, no podemos firmar acuerdos con él (a pesar de ser ese el auténtico deseo de los políticos israelíes), pero esa es su manera de ser.

La primera regla que se aprende de los agentes de inteligencia es que tienen que encontrar el "botón adecuado" con el que manipular a la gente: dinero, miedo, afecto, respeto, disuasión. Pero en Abbas ya no parece estar operativo. Pero en lugar de tenerlo en cuenta, la gente cuelga innecesarias esperanzas sobre él y se enojan cuando no las ven satisfechas.

Lo que está sucediendo en este momento es que una intifada está llegando, e Israel está principalmente tratando de tranquilizarse.

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