Saturday, November 15, 2014

Todos los muros no son vergonzosos - Luc Rosenzweig - Causeur



Las conmemoraciones son reveladoras del estado de espíritu de un lugar y de una época: sirven menos para transmitir a los contemporáneos las verdades del pasado que para reforzar los mitos y prejuicios de los actores del presente. Lo que acaba de tener lugar con motivo de la celebración este 9 de noviembre del vigésimo quinto aniversario de la apertura (y no caída) del muro de Berlín, no supone una excepción, por desgracia es la regla.

A los que no habían nacido o eran demasiado jóvenes para comprender el significado de los acontecimientos en ese año crucial, y que son ahora invitados por el ruido mediático orquestado en torno a esa conmemoración, se les sugiere que los alemanes del este, concentrados antes ese  "muro de la vergüenza" una hermosa noche de noviembre, tuvieron éxito a la hora de derrocar al orden mundial salido de Yalta.

La apertura del muro sería la causa, y no la consecuencia de la derrota histórica del "socialismo realmente existente", en la que Alemania y su pueblo habrían jugado un papel decisivo. Todos los historiadores serios saben que esa versión es errónea, pero que peso pueden tener ante la cantidad de imágenes a las que se enfrentan y que simbolizan el evento (la masa de alemanes del este yendo hacia Berlín Occidental, Rostropovich tocando el violonchelo en la pared...)?

Si es necesario fijar una fecha que marque la apertura del telón de acero denunciado desde su creación, en 1946, por Winston Churchill, es más bien la del 10 de septiembre de 1989, cuando el gobierno comunista húngaro dirigido por Miklos Nemeth decidió abrir completamente su frontera con Austria. Pierre Waline ha recordado útilmente esta punto de la historia para aquellos que lo han olvidado... Esta medida, que permitía a los ciudadanos de la RDA dirigirse sin obstáculos hacia el oeste, minaba más profundamente el edificio berlinés que las magras manifestaciones de disidentes que desafiaban el poder absoluto de Erich Honecker y de la Stasi.

Sobre el frente político, otro muro, el de la teoría leninista del papel dirigente de la clase obrera y de su partido, acababa de volar en pedazos en Polonia: por primera vez desde la Revolución de Octubre, un Partido Comunista y su secuaces se habían visto obligados a dimitir para dejar su lugar, en agosto de 1989, a un gobierno dominado por los partidarios de Solidaridad encabezados por Tadeusz Mazowiecki. No fue una coincidencia que el 9 de noviembre de 1989 el canciller alemán Helmut Kohl estuviera en Varsovia, negociando con Mazowiecki, la mejora de la situación de unos pocos miles de alemanes étnicos que habían permanecido en Polonia después de la amputación y la atribución, en 1945, a Polonia de las provincias alemanas de Silesia, Pomerania y Prusia Oriental... Si me permiten hacer un poco de ego-historia, aún puedo ver a ese valiente Helmut Kohl abandonando drásticamente en Varsovia a la delegación de periodistas y empresarios que lo acompañaban, mientras yo volaba hacia Berlín tan pronto como se conoció la noticia de la apertura del muro...

Esta derrota del comunismo no cayó del cielo, ni fue la obra de un hombre tocado por la gracia, Mijail Gorbachov. La Guerra Fría, fruto del equilibrio del terror instaurado por la disuasión nuclear, había desplazado la confrontación "caliente" hacia otros campos más exóticos, allí donde el campo comunista fue logrando victoria tras victoria: de la toma del poder de Mao Zedong en China a la debacle de los Estados Unidos en Vietnam, pasando por la revolución de Castro en Cuba, dando la impresión que la rueda de la historia parecía girar inexorablemente a favor de los herederos de Marx y Lenin. Las revueltas populares húngaras, polacas y checoslovacas habían sido aplastadas por los tanques rusos (o, en Polonia, por la mera amenaza de su intervención). La estrategia occidental se basaba en un respeto escrupuloso del status quo existente en Europa, explicado de manera abrupta por Cheysson, el ministro de Asuntos Exteriores de François Mitterrand, cuando fue entrevistado en la televisión en diciembre de 1981 acerca de una posible reacción francesa ante la toma del poder en Polonia por el general Jaruzelski: "!Por supuesto que no vamos a hacer nada!".

El punto de inflexión decisivo fue promovido por Ronald Reagan y su concepción maniquea de una política exterior americana centrada en la lucha contra el "imperio del mal". Desafiando a las multitudes pacifistas alemanas, él impuso, con la ayuda de François Mitterrand, el estacionamiento de euromisiles en Europa en 1983. Unos años más tarde, se aventuró en esa fabulosa apuesta estratégica que fue la "Guerra de las Galaxias", un proyecto de militarización del espacio, a decir verdad bastante fantasioso, pero que fue tomado en serio por el nuevo gobernante de la Unión Soviética, Mijail Gorbachov. Este último, debilitado por el hundimiento del Ejército Rojo en Afganistán y por el desastre de Chernobyl, no tenía más que un objetivo: salvar lo que se pudiera del poder soviético, incluso al precio de abandonar a los camaradas en el poder ante el esmalte imperial occidental...

Ronald Reagan encontró un aliado que encarnaba el "soft power" en la persona de Karol Wojtyla, más conocido como Juan Pablo II, cuya acceso al papado salvaría a la oposición polaca de la desesperación. Ni uno ni el otro fueron honrados por el Premio Nobel de la Paz, lo que resulta manifiestamente injusto a la luz de lo que vino después, por ejemplo cuando se le concedió a Barack Obama pocos meses después de su acceso a la Casa Blanca...

El carácter emblemático del Muro de Berlín también permite una descalificación ética de todos esos edificios de hormigón, o no, que sellan las fronteras. Cualquier pared, u obstáculo físico a la libre circulación de las personas, sería así pues "vergonzoso", según los defensores de la ideología integral y abstracta de los derechos humanos: vergonzosa la verja alrededor de Ceuta y Melilla, vergonzosa la barrera anti-inmigración en la frontera sur de los Estados Unidos, vergonzosa, por último, la barrera de seguridad entre Israel y los territorios palestinos. Sólo la Gran Muralla de China y los restos de "murallas" romanas escapan a este oprobio, por prescripción temporal.

Esta amalgama barata ignora el carácter singular y sin precedentes históricos de la frontera interna alemana entre 1961 y 1989: una barrera que no pretendía proteger a un estado y a una población de las agresiones externas, o de una migración no deseada, sino que se convirtió en un torniquete que trataba de detener la hemorragia de sus propios ciudadanos. Si hay que avergonzarse de esas barreras fronterizas modernas, ¿qué habría que decir de los regímenes y de los gobernantes que no pueden ofrecer a sus súbditos o ciudadanos perspectivas de vida aceptable en su propia tierra natal? ¿Es escandaloso dar crédito a los constructores de barreras que desprenden cierta sabiduría, como por ejemplo la barrera de seguridad israelí diseñada e implementada por Ariel Sharon, que va más allá de su utilidad inmediata de seguridad al representar una señal de moderación de sus reivindicaciones territoriales?

Hace mucho, mucho tiempo, los Han construyeron el muro más imponente nunca construido en la Tierra para protegerse de los Xionju, antepasados ​​de los hunos y de los turcos, que luego se apresuraron a encaminar su destrucción hacia Occidente, mientras que China desarrollaba su civilización, la más avanzada de la época. Y hoy los chinos están totalmente inmunizados contra el virus de arrepentimiento, pues más bien se muestran orgullosos de su existencia.

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