Saturday, January 24, 2015

La invención de la nariz judía - Sara Lipton - New York Books









 En 1940 los nazis lanzaron una película de propaganda llamada “El judío eterno”. La película pretendía mostrar a los judíos en su "estado original", "antes de ponerse la máscara de europeos civilizados". Las puestas en escena de los rituales judíos fueron intercaladas con escenas de judíos con kipás y desgastados caftan  arrastrando los pies por los callejones llenos de gente, con la intención de mostrar la naturaleza ignorante de la vida judía. Por encima de todo, los realizadores se centraron en los rostros judíos. Sus cámaras enfocaron de una manera persistente primeros plano de los sujetos, sus ojos, narices, barbas y bocas, confiando en que la visión de ciertas características estereotipadas despertarían respuestas de odio y desprecio.

El diseñador del cartel de la película, evidentemente, estuvo de acuerdo en evitar los símbolos más evidentes de la identidad judía (gorros, tirabuzones, la estrella de David) en favor de una singularmente única y oscura nariz aguileña en una cara carnosa. De hecho, el cartel no necesitaba el título que lo acompañaba. En Europa, en 1940, esta representación de la judeidad era generalizada: representaciones similares de los judíos se podían ver en carteles, panfletos, periódicos, incluso en los libros para niños.

Esta imagen del judío, sin embargo, estaba lejos de ser "eterna". Aunque el antisemitismo es notoriamente "el odio de más larga vida", hasta el año 1.000 de nuestra era no existían unos judíos fácilmente distinguibles del resto de personas en cualquier tipo de imaginería occidental, y mucho menos ese estereotipado judío de tez morena y nariz ganchuda. Los primeros monumentos y manuscritos también representaron a los profetas hebreos, a los ejércitos de Israel a y los reyes judíos, pero ellos eran solamente identificables por el contexto, de ninguna manera se destacaban por un físico diferente al de otros sabios, soldados, o reyes. Incluso los personajes judíos más nefastos, como los sacerdotes del sanedrín que instaron a Poncio Pilato a crucificar a Cristo en la Egbert Codex (alrededor del año 980), se representaron visualmente sin estereotipar, requiriendo etiquetas para identificarlos como judíos.

Cuando los artistas cristianos comenzaron a singularizar a los judíos, no fue a través de sus cuerpos, funciones, o incluso prácticas rituales, sino por medio de sus sombreros. Alrededor del año 1.100, en un momento de intensificación del estudio bíblico y de creciente interés por el pasado, así como de una gran innovación artística, los artistas comenzaron a experimentar una nueva atención por las imágenes del Antiguo Testamento, el cual había sido relativamente descuidado en favor de la ilustración del Nuevo Testamento en el arte altomedieval. Los profetas hebreos comenzaron entonces a aparecer con sombreros y gorros puntiagudos distintivos en las Biblias ricamente iluminadas y en las fachadas talladas de las iglesias románicas, las cuales se fueron extendiendo a través la cristiandad occidental.

Esos gorros y demás tocados de los profetas no tenían nada que ver con la ropa judía real (no hay evidencia de que los judíos en aquellos momentos llevaran esos sombreros, gorras o tocados, además de que los judíos más observantes en religiosa no cubrieron sus cabezas con regularidad hasta el siglo XVI). El "gorro o tocado puntiagudo judío" se basaba en las mitras de los antiguos sacerdotes persas que simbolizaban la autoridad religiosa. Esos mismos gorros o tocados habían aparecido abundantemente en los manuscritos, frescos, mosaicos y tallas de marfil sobre las cabezas de los Tres Reyes Magos, los "sabios de Oriente" que trajeron regalos al niño Jesús, por lo que obviamente no tenían una connotación negativa. Más bien, los gorros o tocados de esas obras de arte innovadoras dotaban a los hebreos de una apariencia o  aura sagrada de la antigüedad, y así ayudó a defender a estas nuevas imágenes talladas y pintadas en los manuscritos de las acusaciones de "novedad", un cargo grave en la cristiandad medieval, una sociedad conservadora temerosa del cambio  Por la misma razón, los profetas llevaban barbas, un símbolo de la madurez, la sabiduría y la dignidad. (Al igual que con los gorros y sombreros, las barbas tienen poco que ver con las apariencias reales de los judíos o de sus prácticas religiosas. Los hombres judíos no portaban de una manera uniforme barbas en esos momentos).

Pero el aspecto y significado de los judíos en el arte occidental cambiaría con el tiempo, como cambiaron las preocupaciones y necesidades devocionales cristianas. Por otra parte, el arte también afecta como reflejo de las ideas. La apariencia con que luego se presentó a los hebreos en el arte influenció la manera en que los cristianos se imaginaron y pensaron acerca de los judíos. En consecuencia, junto a las imágenes, también se transformaron las actitudes cristianas y políticas hacia los judíos. En un caso notable de arte imitando a la vida, en el año 1267 dos concilios de la iglesia ordenaron que se obligara a los judíos a que utilizaran gorros o sombreros puntiagudos "como sus antepasados ​​solían utilizar". En ausencia de álbumes de fotos de esos siglos de la antigüedad, uno debe concluir que la evidencia primaria de cómo los judíos "utilizaban como vestimenta" radicaba en el arte cristiano.

Después de aparecer durante décadas esos profetas hebreos con gorros y tocados puntiagudos en las obras de arte cristianas, en torno a 1140 esa original “asociación persa” fue olvidada. Los tocados y sombreros puntiagudos se convirtieron en signos de la judeidad. Es decir, comenzaron a aparecer en una amplia gama de figuras judías que no solamente representaban a los profetas del Antiguo Testamento y a los patriarcas, principalmente en personajes judíos de la literatura y de la leyenda. En estos nuevos contextos, las cualidades previamente positivas propias de autoridad que desprendían estas figuras de la antigüedad ahora poseían connotaciones menos positivas. En un tríptico esmaltado fechado alrededor del año 1155 ahora en la Biblioteca Morgan, un judío llamado Judas Cyriacus, a quien la emperatriz romana Helena le forzó a revelar la ubicación de la Vera Cruz, ya no había ningún profeta venerado. Desde luego su sombrero y su barba sirven para confirmar la antigüedad, y dar fiabilidad a la historia de la que nos informa. Pero también le estigmatizan porque le “marcan”  como aferrado a una ley estéril (la Torah) y ya superada. Aquí el sombrero sirve como una representación de la doctrina cristiana de la superación, que sostiene que las reglas y ritos hebreos estaban obsoletos por ser las prácticas cristianas más "espirituales".

En la segunda mitad del siglo XII, una nueva tendencia devocional promovió una compasiva contemplación de los mortales, y las escenas de sufrimiento de Cristo provocaron que los artistas dirigieran su atención a los rostros judíos. En un ataúd de esmalte que data de alrededor de 1170, el judío situado en el centro de un grupo situado a la izquierda del Cristo crucificado posee una gran nariz aguileña, fuera de toda proporción, tanto con respecto a su propio rostro como a las otras narices de las figuras presentes. A pesar de que este grotesco perfil parezca “moderno” por su semejanza con las modernas caricaturas antisemitas y racistas, no parece que por esas fechas tuviera el mismo significado. No hay ningún texto cristiano escrito hasta ese momento que atribuyera características físicas particulares a los judíos, y mucho menos que se refiriera a la existencia de una peculiar "nariz judía". De hecho, en lugar de reflejar una muestra de odio étnico, el desagradable rostro de ese judío refleja más bien las preocupaciones cristianas de la época. De acuerdo con las nuevas tendencias devocionales cristianas, las obras de arte no hacían más que comenzar a retratar a Cristo como humillado y muerto. Algunos cristianos lucharon contra esas nuevas imágenes desconcertados por la visión de ese sufrimiento divino. Los defensores de estas nuevas tendencias devocionales criticaron dicha resistencia. Aquellos que no podían apreciar estas representaciones de la aflicción de Cristo parecían estar más bien identificados con la mirada “de corazón duro e insensible de los judíos". En esta y en otras muchas imágenes posteriores, la nariz prominente del judío sirve principalmente para llamar la atención sobre el ángulo de la cabeza, alejada ostentosamente de los ojos de Cristo, y vinculando por lo tanto el rostro falso y desagradable del judío a su mirada testarudamente contraria a la verdad cristiana.

Durante el resto del siglo, y durante varias décadas más allá, la forma de la nariz de los judíos en el arte siguió siendo demasiado variada como para constituir un marcador o delimitador de identidad. Es decir, los judíos lucían muchos tipos de “desagradables o extravagantes” narices, algunas muy largas y estrechas, otros con forma de hocico, pero esas mismos tipos de narices “desagradables o extravagantes” también aparecían en rostros de no judíos, por lo que aún no existía una sola e identificable "nariz judía". A finales del siglo XIII, sin embargo, se produce un movimiento hacia el realismo en el arte y un mayor interés por la fisonomía estimula a los artistas para que identifiquen signos visuales de la etnicidad. La gama de características asignadas a los judíos consolidó una muy limitada interpretación de sus rostros, simultaneándose un rostro grotesco y naturalista, y allí nació la caricatura del judío con nariz ganchuda y barba puntiaguda.

Esta imagen servía para muchos propósitos. Al ser tan carnalmente gráfica y realista, la cara del judío pareció encarnar para los espectadores cristianos lo físico y lo secular, el mundo material en definitiva, un reino con el que los judíos siempre habían sido asociados en las polémicas cristianas. Esto explica por qué una ilustración diseñada para mostrar la soberanía mundana del emperador alemán Enrique VII le representa aceptando un manuscrito ofrecido por un judío fisionómicamente caricaturizado.

En otros casos, la caricatura transmitía error e infidelidad (teológicos). En una ilustración del siglo XIV del Salmo 52 ("Dice el necio en su corazón: 'No existe Dios' "), no se necesita de un sombrero puntiagudo para identificar al Necio alcoholizado representado como un judío, pues se desprende de su aspecto por sí mismo. Sin embargo, esta ilustración no acusa exclusivamente a la incredulidad judía. Era una costumbre que en el Salmo 52 el Necio fuera retratado como un idiota empuñando un garrote, como una especie de patán pecador o bufón. Es por eso que podemos identificar a esa otra figura en la imagen como un segundo Necio. Sin embargo, el que acompaña a nuestro caricaturizado judío, y a la luz de sus muy diferentes características (perfectamente genéricas), nos vemos obligados a interpretarlo como un "cristiano" (o al menos un gentil) necio e incrédulo. A pesar de la desagradable caricatura antisemita, estas imágenes apenas actúan para diferenciar a los judíos de los cristianos. De hecho, se confunde la idea del judío con la de esos cristianos con otra "moral", haciendo hincapié en el carácter defectuoso de ambos, tanto el que representa a la fe judía como el que representa al cristiano errado.

No obstante, es difícil permanecer tranquilo ante esta especie de moralismo ecuménico. Con demasiada frecuencia el poder de las imágenes – la "enérgica" diferenciación que implica la caricaturización del “judío carnal” – colma y sobrepasa el sutil mensaje espiritual. Las actitudes cristianas hacia uno mismo, hacia la fe y hacia Dios cambiaron bastante menos hacia el final de la Edad Media que las actitudes cristianas hacia los judíos. Cuatro siglos viendo en el arte a los judíos portando gorros y tocados puntiagudos, con sus barbas y sus grandes narices aguileñas habían condicionado a los cristianos a considerar a los judíos como sumamente diferentes y socialmente distantes. Cuando posteriormente ya no encontraron tales diferencias y tanta distancia en la realidad, les impusieron leyes - notoriamente estatutos -  e insignias, obligándoles a residir en barrios marginales y a dedicarse a determinadas ocupaciones al excluirles del resto, o bien flexionaron al máximo los músculos de los soberanos para que expulsaran a los judíos de sus reinos.

El "judío eterno" y "el odio de más larga duración" son etiquetas igualmente engañosas. Ni los propios judíos ni las actitudes hacia los judíos fueron estáticas o invariables. E inclusive al parecer imágenes idénticas pueden tener significados radicalmente diferentes. Pero la historia de la iconografía antijudía nos revela una constante en la cultura occidental, bien conocida por los propagandistas nazis, la fuerza visceral de la imagen visual.

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