Sunday, May 24, 2015

Las retorcidas ideas de esos occidentales que odian a Occidente - David Aaronovich - The Times



Hay una frase profundamente controvertida que quizás se utiliza con demasiada frecuencia por algunos judíos con respecto a otros judíos y que afirma que se "odian a sí mismos". Tras los largos años de panfletos y pogromos antisemitas, los antisemitas siempre han podido citar a algún judío diciendo, bien vale, es cierto, los judíos son tan malos como usted dice que son.

Pero aunque esa persona podría estar motivada por el odio hacia sí mismo, he comenzado a creer de manera gradual que lo más probable es que ellos odien tanto a los otros judíos como se aman a si mismos. Y estoy empezando a pensar que algunas personas en Occidente también parecen decididas a mirar exclusivamente el aspecto malo de las cosas con estas afectan a sus propios países, gobiernos o forma de vida. Y no es que ellos se desprecien a sí mismos, de hecho nos desprecian a nosotros, porque ellos mismos se adoran.

Esa es mi acusación y ahora viene mi argumento. Y comienza con la decisión de un grupo de escritores de criticar públicamente al PEN Americano por su decisión de conceder un Premio al Coraje en la defensa de la libertad de expresión a la revistas Charlie Hebdo. Y me interesa analizar el razonamiento, y casi la psicología, de su objeción.

Uno de estos críticos, Francine Prose, explicó el otro día que no quería que el PEN "librara una guerra contra el terrorismo. Ese es el papel de nuestro gobierno". Además, se mostraba recelosa en lo referente a "la narrativa del asesinato de los miembros de Charlie Hebdo - blancos europeos asesinados en sus oficinas por extremistas musulmanes -, porque consideraba que alimentaba los prejuicios culturales que han permitido a nuestro gobierno cometer tantos errores desastrosos en el Oriente Medio". En otras palabras, honrar a Charlie Hebdo suponía tomar partido en una batalla en la que ella no quería tomar parte.

Pero supongamos que un grupo de periodistas, dibujantes y activistas negros hubieran sido masacrados por fundamentalistas cristianos en Seattle o Albuquerque? ¿Podríamos imaginarnos que habría argumentado Francine Prose para mostrarse en contra de que fueran honrados? ¿O bien ella habría sabido perfectamente de qué lado estaba en tal batalla?

Su compañera escritora, y también objetora, Deborah Eisenberg, deletreaba la lógica de la visión del mundo del "no cuenten conmigo" en una carta al director ejecutivo de Pen Americano.

No existía ninguna duda de que los empleados de Charlie eran unos valientes, argumentaba Eisenberg, y que matarlos fue horrible, pero no se merecían un premio ya que satirizando al Islam habían estado atacando a las personas equivocadas. La población musulmana de Francia (que ella consideraba que constituía una unidad monolítica) estaba "asediada, marginada, empobrecida y eran las auténticas víctimas". Era comprensible - aunque lamentable - que algunos de entre ellos iba a reaccionar a las provocaciones de la revista.

Sólo podían haber sido unos sujetos igualmente válidos para la sátira, pensaba Eisenbeeg, "cuando estos dispares objetivos de la sátira ocuparan una posición de igualdad dentro de la cultura dominante". En resumen, las caricaturas, para Eisenberg, solo estaban "destinadas a causarles más humillación y sufrimiento". Ella no podía imaginar ninguna otra razón.

Así que según el virtuoso criterio Eisenbergiano, Mohammed no debería estar sujeto al mismo escrutinio satírico que el que puedan sufrir Jesús o Lenin. Pero, ¿hacia dónde nos llevaría esta forma de pensar? Aplicado de una manera más general, una norma de este tipo significaría no ser demasiado rígidos a la hora de hacer cumplir las leyes creadas por la "cultura dominante", pero que a veces son rechazadas por los marginados. ¿Qué podría ser más alienante que exigir a las minorías que abandonan sus viejas costumbres, como el matrimonio forzado, los crímenes de honor y la mutilación genital femenina?

Si no debía ser para Charlie Hebdo, entonces resultaba muy revelador para quién, según el criterio de Eisenberg, debía haber ido el premio. Debería haber sido otorgado a denunciantes como Chelsea Manning y Edward Snowden, o en su defecto a sus enlaces periodísticos en Occidente, como por ejemplo Glenn Greenwald. Esta gente que desvela los oscuros secretos de Occidente al mundo entero son personas que no sólo han sido valientes, sino que "su valor ha sido meticulosamente ejercido para el bien de la humanidad". No como Charlie Hebdo.

¿Dónde había visto antes este tipo de razonamiento? Se trataba de esa tan familiar línea de argumentación que se desplegó contra aquellos que trataban de apoyar a los escritores disidentes soviéticos durante la Guerra Fría. La vida en el Occidente no era tan buena, afirmaban, ni en Rusia era tan mala, como para justificar prestar atención a los llamados disidentes. Más bien, los elogios debían dirigirse a los disidentes de casa, a esos que valientemente se ponían en pie contra la guerra, el capitalismo y Occidente.

Como era de esperar, el argumento de Eisenberg fue lo suficientemente atractivo como para encontrar espacio en el The Intercept, el vehículo creado por y para Glenn Greenwald cuando salió de The Guardian, y que es financiado por el multimillonario fundador de eBay, Pierre Omidyar.

Greenwald planteaba su propia pregunta al PEN. "Teniendo en cuenta que el PEN se supone que representa puntos de vista impopulares y marginados que están bajo el ataque de la clase dominante, ¿qué propósito tenía hacerse eco del gran consenso existente entre los gobiernos occidentales: que los dibujantes de Charlie Hebdo eran unos héroes?".

Y ahí lo tienen. La contraposición que, por una vez, se explicita directamente. Si los gobiernos occidentales están implicados, entonces debemos estar en contra de ellos, o por lo menos, no con ellos. En otras palabras, debemos estar en cualquier lado, pero el nuestro.

En febrero, un periodista llamado Ken Silverstein escribió sobre por qué había renunciado al equipo de Greenwald. Él había estado trabajando en una historia acerca de un caso de asesinato en los EEUU, y había descubierto que el acusado era realmente culpable, una posición de entrada polémica para la izquierda. Resultado, no pudo conseguir que la historia fuera publicada.

"Los críticos internos de Occidente creen que deben ejercer el papel de fiscales, y por lo tanto también deber fiscalizar al estado", escribió Silverstein. "Un apoyo al estado resultaba totalmente inaceptable para una publicación que decía ser totalmente independiente y adversaria sin tregua del establishment dominante. Eso se mantuvo incluso en el caso de un hombre procesado con éxito como un asesino, y su envió a la cárcel".

Este infantilismo influyente es un área donde la izquierda, la derecha y los nacionalistas convergen. Aunque unos subrayen el papel de la Unión Europea y los otros del "imperialismo" estadounidense, tanto el Partido por la Independencia del Reino Unido como el movimiento Stop a la Guerra apoyado por los Verdes, reprochan más a Occidente que al presidente ruso Vladimir Putin por la crisis de Ucrania. La líder del Partido Nacionalista Escocés, Nicola Sturgeon, tiene una visión mucho más crítica y dura del programa nuclear Trident de Gran Bretaña del que parece tener de las ambiciones atómicas de Irán. Los nacionalistas escoceses me escriben y me dicen que Gran Bretaña ha sido un "desastre" para los últimos 40 años de Escocia.

Glenn, Russell, Nigel, Lutfur, Caroline, Deborah, déjenme preguntarles algo. ¿Acaso nuestra sociedad, con su secularismo, no es mejor que, por ejemplo, Pakistán o Irán? ¿Es mejor su política exterior sin guía que la de Rusia? ¿Debe ser menos valorada su tolerancia en lo referente a la libertad de expresión que su ausencia en el caso de China? ¿Es Occidente, en esencia, menos corrupto que Nigeria? ¿No es nuestra sociedad, con todos sus defectos, el lado correcto con el cual debemos estar?

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