Wednesday, May 27, 2015

Obama ama a un equivocado y nostálgico Israel - David Suissa - Jewish Journal



Cada vez que escucho al presidente Barack Obama decir lo mucho que ama a Israel, me gustaría preguntarle: ¿De qué Israel me está hablando?

Al parecer, él no es demasiado entusiasta del actual Israel. El Israel que es dueño de su corazón es el Israel de antes de 1967, cuando el Estado judío era un pequeña y noble nación que luchaba contra todos sus enemigos y seguía en pie frente a todos los pronósticos.

"Conocí a Israel de joven a través de esas increíbles imágenes de los kibutzim y de Moshe Dayan y Golda Meir, e Israel superando todos los pronósticos en la guerra del 1967", dijo Obama en Washington DC en su visita a una conocida sinagoga el viernes pasado. "Era la noción de los pioneros que se proponían no sólo salvaguardar la propia nación, sino que buscaban rehacer el mundo. No se trataba solamente de hacer florecer el desierto, sino permitir que sus valores prosperarán y así asegurar que lo mejor del judaísmo pudiera prosperar".

Obama no es el único que se escuda en la nostalgia para encubrir la complejidad. Todos lo hacemos. Nos sienta bien, nos da esperanza. En el caso de Obama, le permite soñar con el antiguo Israel, al que él denomina el Israel del Tikkun Olam, el que busca reparar el mundo, un Israel que asegura que "lo mejor del judaísmo pueda prosperar"

Pero como toda nostalgia nebulosa, ese viejo Israel era un espejismo.

El Israel de antes de 1967 estaba lejos de ser el gran ideal que nos describe Obama. Los primeros pioneros sionistas y los padres fundadores no se proponían "rehacer el mundo". De hecho, no tenían tiempo para eso. Estaban demasiado ocupados construyendo un país que a duras penas podría sobrevivir al ataque de unos ejércitos árabes que en verdad soñaban con tirar a su gente al mar.

Como Eli Lake señaló en Bloomberg, cuando Obama rememora de manera romántica los días de Golda Meir, pasa por alto que era fue la propia Golda Meir quien dijo la famosa frase: "La paz llegará cuando los árabes amen a sus hijos más que nos odian a nosotros".

De hecho, hasta 1966, los árabes en Israel vivían bajo un régimen militar y tenía apenas y prácticamente muy pocos derechos. Ni siquiera se les permitía ponerse en contacto con sus hermanos en Cisjordania. Desde 1967, la población árabe de Israel ha pasado de 400.000 a casi 1,8 millones. Y a pesar de los obstáculos que aún enfrentan, los árabes israelíes viven hoy de una manera muy significativa mucho mejor que en 1967, y sus derechos, libertades y oportunidades son ampliamente reconocidas y son mucho mejores que los de cualquier árabe en el Oriente Medio.

Del mismo modo, antes de 1967, Jerusalén era una ciudad oscura y dividida que pisoteaba los derechos religiosos y estaba alejada de los turistas. Desde que Israel unió la ciudad, se convirtió en un importante destino mundial  y una puerta abierta a las tres grandes religiones del mundo.

Aunque lejos de ser perfecto, el moderno y actual Israel posee una complicada y fascinante historia, problemática, ruidosa, abierta, imperfecta y multicultural, con un éxito que ha logrado prosperar a pesar de estar rodeada de vecinos que han deseado su destrucción. Se trataba de un país que ha realizado más Tikkun Olam que el pensado y soñado por los primeros pioneros, un país con una cultura autocrítica propia que permitía los cambios y la autocorreción, en otras palabras, un modelo para el resto del Oriente Medio.

Pero este Israel moderno, desordenado y milagroso no seduce a Obama, él sigue soñando con el viejo modelo. En su discurso de la sinagoga, el presidente sólo pudo expresar su amor por ese antiguo Israel, por ese que según él fue y no por el que realmente es en la actualidad.

Incluso en ese tema tan absorbente como la ocupación de Cisjordania, él no considera el contexto crucial: Israel ya ha ofrecido poner fin a esa ocupación durante varias veces a lo largo de los años, y los palestinos nunca han querido considerar sus propuestas. De hecho, Israel ha sido recompensado con 10.000 cohetes terroristas después de que renunciara a Gaza, y los dirigentes palestinos han seguido con el adoctrinamiento anti judío de su sociedad. Incluso podíamos haber añadido que ese rechazo palestino continuo y crónico, es el principal responsable del endurecimiento de los corazones de muchos pacifistas israelíes.

Nada de esto ha evitado que Obama ponga la mayor parte de su presión sobre Israel, una estrategia fallida que le ha alejado de la mayoría de los judíos de Israel. Mientras Obama sigue retratando esa descompensada y unilateral presión como una "expresión de amor exigente", nunca ha explicado por qué no ofrece ese mismo tipo de amor exigente a los palestinos. ¿Acaso no se lo merecen?

Como siempre lo suele hacer, el presidente Obama suele hablar de "valores compartidos" y de "profunda amistad" entre los Estados Unidos e Israel, y de un compromiso inquebrantable de los Estados Unidos con la seguridad y el derecho a existir del Estado judío. Esos comentarios pueden ser maravillosos y muy tranquilizadores, pero no dejan de ser un cliché y unos comentarios genéricos y automáticos, muy alejados de esas supuestas emociones efusivas que expresa para el antiguo Israel que tanto echa de menos.

Digamos las cosas claramente y tal como son: Obama ha estado allí con Israel cuando se ha tratado de cooperación en seguridad y vetando resoluciones anti-Israel en las Naciones Unidas, pero se ha comportado de manera terrible a la hora de la defensa y protección de la reputación de aliado más grande de Estados Unidos en el Oriente Medio [N.P.: por no hablar de su cuestionable actuación en la última guerra de Gaza, facilitando una tregua favorable a Hamas, retardando la entrega de suministros, contribuyendo a su aislamiento aéreo...].

Por obsesionarse con el conflicto palestino e injustamente señalar a Israel como el principal obstáculo para la paz, por no señalar el valor único de Israel como gran ejemplo para el resto del Oriente Medio, por no haber puesto la misma presión sobre los palestinos para hacer paz, Obama ha puesto a Israel a la defensiva y lo ha dejado a la intemperie para una sesgada condena mundial y para un no menos sesgado aislamiento del Estado judío.

Ningún supuesto gran amor por un viejo y mítico Israel puede justificar el daño causado al nuevo y verdadero Israel.

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