Sunday, June 21, 2015

Artículo muy interesante: Cómo la controversia sobre los "judíos de corte" vuelve a entrar en erupción - Lee Smith - Tablet



La semana pasada, un tema que se ha cocido a fuego lento durante bastante tiempo en conversaciones privadas, salió a la luz pública de una manera muy desagradable. En la conferencia del Jerusalem Post celebrada en Nueva York este 7 de junio, el secretario del Tesoro Jacob Lew ofreció una agitada defensa del acuerdo nuclear con Irán propuesto por la Casa Blanca, pero su alocución resultó casi abucheada ante el escenario a mediados de discurso. Desde luego no es un acto muy cívico o simpático hacer estas cosas por parte de la audiencia, tal como muchos expertos ya han señalado.

Por otra parte, muchos dirían que no resulta muy agradable que la administración Obama siga tratando de vender su acuerdo con Irán ante la comunidad pro-Israel como si fuera bueno para la seguridad de Israel, que es lo que Lew estaba tratando de hacer en la conferencia. Algunos trataron de disfrazar esta pretensión de la Casa Blanca diciendo que el abucheo resultó ser un hecho bastante predecible en una conferencia más bien antipática. "Bueno, por supuesto el secretario del Tesoro Jack Lew fue abucheado en una conferencia Jerusalem Post", escribió en Twitter el periodista del Atlántic Jeffrey Goldberg. "¿Han leído últimamente (lo que cuenta) el The Jerusalem Post?"

Otros, sin embargo, vieron en estas respuestas de la audiencia la última iteración de un drama histórico de siglos de duración, centrado en torno a los judíos cercanos al poder. Lew, a diferencia del secretario de Estado, del secretario de defensa, del asesor de seguridad nacional, o incluso del vicepresidente, tiene poco que decir en el interior del gabinete de seguridad nacional de la Casa Blanca. Como secretario del Tesoro, técnicamente maneja las sanciones a Irán, pero este es un trabajo que requiere que él ponga en práctica la política adoptada, no llegando a influir en la determinación de la misma. Por lo tanto, era difícil no ver como la administración Obama, pensando en la mejor manera de convencer a esos judíos estadounidenses reticentes con respecto a sus políticas relacionadas con Israel, decidió recurrir a alguien a quien este público pudiera creer: a otro judío. Y no a cualquier judío. Un judío ortodoxo que camina con el sello de la aprobación oficial.

"Casi cada afirmación atrajo gritos y abucheos", informaba JJ Goldberg del Forward. "En un determinado momento, un miembro del público le gritó: Usted es un judío de corte".

El término se refiere a una clase particular de judíos que han existido a lo largo de la historia moderna, esas personas que han obtenido privilegios de las autoridades en el poder y que luego adquirieron un doble papel: convencer a la comunidad judía de la bondad y beneficencia de las autoridades en el poder, y también interceder ante dichas autoridades en nombre de la comunidad. En algunos casos, estos "judíos de corte" han protegido a las comunidades judías en cuyo nombre hablaban. En otros casos, son recordados como agentes de un desastre histórico, personas que ayudaron a que los judíos cayeran a plomo en las masacres. Pero lo que puede ser más fascinante de esta última iteración del "judío de corte" es la forma en que la historia - y la dinámica del poder judío - ha cambiado radicalmente, y lo que estos cambios significan para los involucrados.

La idea de Obama de presentarse a sí mismo como "un miembro honorario de la tribu", algo que ha repetido casi textualmente en su reciente discurso ante la congregación de la sinagoga de Adas Israel, en Whashington,  se hacía eco de la evaluación de uno de sus interlocutores periodísticos favoritos, el periodista judío Jeffrey Goldberg, quien ha argumentado que Obama es el "presidente más judío de la historia". Lo que verdaderamente molesta a Obama, y en lo que insisten tanto el presidente como sus portavoces judíos, no serían tanto los propios judíos o el propio Israel, sino las políticas específicas del gobierno israelí, que el presidente cree que son impulsadas ​​por el miedo. En una reciente entrevista con el Canal II de Israel, explicó que el "miedo del primer ministro israelí Benyamin Netanyahu a perder su coalición y su puesto, el miedo a no encontrar un socio de paz palestino, etcétera, está poniendo en peligro la existencia misma de Israel". Y si Netanyahu es demasiado miedoso para tomar riesgos por la paz, Obama advirtió, será difícil para su administración "seguir vetando los movimientos anti-Israel en las Naciones Unidas".

Tanto si Obama es un "judío honorario o no lo es", la evidencia nos sugiere que entiende profundamente ciertas peculiaridades de las estrategias de supervivencia de la psique-comunitaria judía, algo que distingue a los judíos de otros grupos minoritarios estadounidenses. El uso del presidente de sus ayudantes judíos y de las organizaciones judías para hacer avanzar sus políticas ante la comunidad judía nos demuestra que Obama tiene razón a la hora de creer que la política judía está a menudo motivada por el miedo, "un miedo que puede ir desde el miedo existencial al exterminio en masa, hasta el miedo más prosaico a estar en mala situación ante los goyim". Y desde luego Obama no utiliza su energía y habilidades de liderazgo para ayudar a que estas personas superen dicho miedo, más bien está tratando de utilizarlos con maestría y sin piedad, manipulando a los judíos estadounidense mediante formas que otros grupos minoritarios estadounidenses encontrarían increíblemente insultantes.

Consideren las recientes declaraciones de los ayudantes y asesores judíos del presidente. "Netanyahu es el tipo de político", dijo David Axelrod, "que se dirige a un cargo público porque quiere ser alguien". "Israel no sabe lo que es mejor para si mismo", le dijo a los medios de comunicaciones israelíes la semana pasada el ex enviado de Obama para el proceso de paz palestino-israelí, Martin Indyk. "Ustedes son una nación emocional, no una racional.  Ustedes funcionan desde sus intestinos, y no desde su mente".

Es muy difícil imaginar que existan políticos católicos que ayuden a un presidente de los Estados Unidos a socavar e insultar al Vaticano, y que luego defiendan al presidente cuando diga que "él entiende mejor la Iglesia que el propio Papa". Durante los momentos más oscuros de la crisis del SIDA, no existieron organizaciones homosexuales que alentaran a los políticos estadounidenses a recortar los fondos para su cura. Tampoco existen activistas transgénero que argumenten que la verdadera amenaza para su comunidad no proviene de personas que temen y odian a los transexuales, sino desde dentro de la propia comunidad transgénero. Eric Holder (un consejero afroamericano de Obama) no regaña a la gente de color por ser eminentemente emocionales y no racionales, ni supone que los cargos públicos afroamericanos se meten en política porque "quieren ser alguien".

El problema en la América actual no es que haya personas y organizaciones claramente pro-Obama que liderando a la comunidad judía estadounidense la lleven a la destrucción. Resulta evidente que dos milenios de existencia en la diáspora, y la inseguridad consiguiente, han dejado una profunda huella, una probablemente permanente, en la psique comunitaria judía. Incluso en los Estados Unidos, un país libre en el que los judíos nunca han sido objeto de una opresión o persecución masiva al estilo europeo, el papel desempeñado por los "judíos de corte" todavía tiene un sentido estructural y emocional para esas personas a las que les gusta considerarse como pensadores independientes. De lo contrario, sería difícil explicarse por qué Obama aún retiene el apoyo de la mayoría de la comunidad judía mientras lleva a la práctica unas políticas que, desde cualquier perspectiva racional, no pueden ser vistas más que como muy poco favorables al Estado judío.

Por ejemplo, muchos de los partidarios judíos de Obama son reacios a criticar el acuerdo nuclear con los iraníes, a pesar de que es claramente contrario a lo que se anunció repetidamente a los judíos que sería. Tampoco existe nada demasiado matizado en el detalle de las políticas de la administración Obama que sus defensores puedan utilizar como cobertura. Amenazar con no usar el veto en las Naciones Unidas es malo para Israel. Exigir a Israel que haga la paz con la Autoridad Palestina en estos momentos, es decir, que se produzca la retirada del ejército israelí de Cisjordania dejando a la Autoridad Palestina al albur de la misericordia de Hamas, resulta algo muy malo para Israel. Negarse a criticar a Mahmoud Abbas después de que abandonara la última ronda de las inútiles conversaciones de paz propuestas por la administración Obama, mientras se aprovecha para echar toda la culpa sobre Netanyahu, es hacer muy poco a la hora de contribuir a las probabilidades de éxito de las futuras negociaciones. Permitir que Irán extienda su influencia y sus escuadrones de la muerte a través del Oriente Medio, mientras se legitima su búsqueda de una bomba nuclear, es una materia de ficción del fin del mundo.

Pero, ¿qué pasa con los judíos que hablan por la administración Obama? Ninguno de los antiguos funcionarios judíos de alto rango de su administración parece estar dispuesto a hablar oficialmente sobre este tema, pero cada uno de ellos está de acuerdo en que ese momento fue muy importante. "Ninguna administración hará lo que quiere la comunidad judía, o lo que los judíos creen que es mejor para Israel, al igual que ninguna hará jamás lo que desean los católicos o los agricultores griegos", me dijo un ex responsable político judío estadounidense que sirvió en puestos de alto nivel en varias administraciones. "Cuando estás en una administración sabes que esto ocurre. Si la cuestión sucede en el área particular que debes cubrir, puede resultar algo muy doloroso. Si eso se repite, es necesario cambiar de trabajo o dejar la administración. Es lo normal".

Pero "la situación con Obama no es lo normal", pienso yo, debido a lo extensa y lo profunda que es su confrontación con Israel, y el daño que está produciendo. Debemos pensar en el alma de esas personas nombradas por ser judías. En mi opinión, se han convertido en “facilitadores” de esas dañinas políticas, en el peor sentido de la palabra. Que ni un solo judío haya abandonado en señal de protesta resulta muy notable, teniendo en cuenta que las relaciones no han podido ser peores en mucho, mucho tiempo.

Al no renunciar como forma de protesta, se podría decir que los ayudantes judíos de Obama no sólo han perjudicado a su comunidad, sino que han debilitado su propia posición, lo cual resulta, en cierto sentido y en última instancia, mucho más perjudicial. En una ciudad donde la apariencia de poder es el poder, los defensores judíos de Obama no tenían ni idea de cuál era la realidad del presidente. Ellos únicamente desempeñaban un papel, y ahora todo el mundo lo sabe. El secretario del Tesoro Jack Lew no estaba en la habitación cuando Obama estaba haciendo política con Irán con Ben Rhodes y Valerie Jarrett. Martin Indyk no sabía que una parte central del Oriente Medio de Obama sería imposible sin el acuerdo con Irán, y que eso suponía debilitar al AIPAC, la piedra angular de la comunidad pro-Israel. El AIPAC, a su vez, no se vio a sí mismo como un claro objetivo de la administración Obama. En su lugar, se decía a sí mismo que el apoyo bipartidista a Israel era la premisa de su poder. Si estos actores hubieran ayudado directamente al presidente Obama a la hora de echar por la borda a la comunidad judía, por lo menos habrían demostrado que tenían conexiones con el poder.

El mayor problema con los judíos que orbitan alrededor de Obama no es que hablen en nombre de políticas que pueden ser muy perjudiciales para el Estado judío, su gran problema es que claramente están fuera del circuito, un status quo que ahora se legará a las futuras administraciones.

En este sentido, el ostensible rival del AIPAC, J Street, sí cumplió con su papel con dedicación. Como me dijo un funcionario de alto nivel de la comunidad pro-Israel oficial, sentía que "su situación había decaído mucho. La administración utiliza a J Street y va a sus conferencias porque cree que serán una herramienta útil". Pero J Street no se ha debilitado, tal como piensa este funcionario de la comunidad pro-israelí, porque haya desempeñado su papel de una manera imprudente. Si usted se describe a sí mismo como una organización pro-Israel, entonces su poder y su influencia serán directamente proporcionales a la importancia que desempeñe Israel en la política exterior de los Estados Unidos. Si sus acciones, como las de J Street, van encaminadas y contribuyen a convertir a Israel en tan importante para la política exterior estadounidense como Malasia, entonces tu propia valía acabará siendo no demasiado importante.

La historia tiene un giro más, sin embargo. "Uno tiene que entender que los judíos funcionan de manera diferente a otras personas u otros grupos étnicos, religiosos o minoritarias", me dijo Ruth Wisse, quien ha enseñado literatura yidish durante muchos años en Harvard. "Los judíos de la diáspora actúan de manera diferente debido a su dependencia política, como pueblo que vive dentro del territorio de otro pueblo, lo que les hace perpetuamente vulnerables".

La posición del “judío de corte”, del cercano al poder, podría tener sentido estructuralmente en el inconsciente colectivo de la comunidad judía estadounidense, pero en realidad ahora resulta una anomalía absurda: Obama no va a matar a los judíos, ni siquiera piensa oprimirlos. De hecho, contrató a un montón de judíos para la Casa Blanca. Por otra parte, por primera vez en dos milenios, hay un lugar donde los judíos pueden escapar o refugiarse si las cosas en la diáspora se ponen mal, el Estado judío. Es decir, todo el paisaje de las dinámicas de poder, dentro del cual los “judíos de corte” han tenido sentido, ya no existe. Su única motivación real, es lo que yo pienso, es puro arribismo, algo bastante habitual por otro lado.

Esto explica otro misterio: ¿por qué, tal como dice Abe Foxman, Israel sigue dando por hecho la lealtad de la comunidad judía estadounidense? En el contexto de criticar a Netanyahu por no permanecer en el lado bueno, el de Obama claro está, el jefe de la Liga Anti-Difamación dijo: "Es necesario que haya mucha más sensibilidad y más educación en Israel con respecto al valor de esta comunidad, no solo se trata de los cheques que envía, o del apoyo que brinda en los momentos de crisis, corriendo al Congreso. Yo creo que Israel no entiende y no estima sus propios valores, por lo que no respeta a este socio, a este otro lado de la pareja" (ahora que la población judía mayoritaria reside en los Estados Unidos e Israel).

Foxman seguramente acierta. Al igual que Obama, el actual primer ministro del Estado judío, Benyamin Netanyahu, también se muestra despectivo con la comunidad judía liberal estadounidense. Desde ambas perspectivas, son comunidades débiles, primitivas, de gente asustada, que puede ser manipulada a distancia y succionadas por el poder no porque sus vidas dependan de ello, sino porque sus carreras sí dependen.

La diferencia entre Obama y Bibi, tal como muchos de estos judíos liberales estadounidenses han proclamado y repetido con tanta fuerza en el último año, es que sólo el primero fue elegido por la comunidad judía estadounidense. Pero eso es precisamente algo en lo que tendrán que pensar detenidamente.

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