Monday, November 09, 2015

El artículo de Shlomo Avineri, de la izquierda moderada, que ofendió a los partidarios de un acuerdo final con los palestinos: "Sin solución a la vista entre los dos movimientos nacionales" - Shlomo Avineri - Haaretz



Veinte años después de los Acuerdos de Oslo, ha llegado el momento de preguntarse por qué no se ha llegado al histórico compromiso previsto por sus iniciadores y partidarios. Esta es una pregunta a ser planteada sobre todo a aquellos que los apoyaron y los vieron, con razón, como la apertura hacia una época de reconciliación entre los pueblos judío y palestino.

Hay más de una razón para este fracaso a la hora de lograr el fin del conflicto entre Israel y los palestinos: la desconfianza mutua entre las dos poblaciones, las presiones internas de los opositores al acuerdo en ambos lados, los engaños reiterados de Yasser Arafat, el asesinato del primer ministro Yitzhak Rabin, las victorias electorales del Likud en las elecciones israelíes, el terrorismo palestino, las continuas actividades de asentamientos israelíes en los territorios, la sangrienta división entre Fatah y Hamas, los presidentes estadounidenses que hicieron muy poco (George W. Bush) o demasiado y por un camino equivocado (Barack Obama), la debilidad política de Mahmoud Abbas, los gobiernos encabezados por Netanyahu que hizo todo lo posible para socavar unas efectivas negociaciones Todo esto es cierto, y todo el mundo escoge y elige la que se ajusta a sus puntos de vista e intereses, pero más allá de todo esto existe una diferencia fundamental en los términos en que cada lado ve el conflicto, una diferencia de muchos tienden u optan por pasar por alto.

La mayoría de los israelíes ven el conflicto como una lucha entre dos movimientos nacionales: el movimiento nacional judío - el sionismo - y el movimiento nacional palestino, el cual forma parte del movimiento nacional árabe en general. La lógica interna de ese punto de vista conduce en principio a lo que se denomina la solución de dos estados. Incluso si la derecha israelí ha preferido durante años evitar ese punto de vista, con el tiempo también ha sido adoptado por Netanyahu, aunque de mala gana, y ahora es la política oficial de su gobierno.

La cuestión es que los israelíes que ven el conflicto en el marco de una lucha entre dos movimientos nacionales suponen que esa es también la forma de verlo de la otra parte; por lo tanto, cuando las negociaciones fracasan, la receta que se defiende y aplica es volver a jugar con algunos de los detalles, con la esperanza de que más concesiones, de uno u otro lado, darán lugar a un acuerdo.

Desafortunadamente, esto es una ilusión.

La posición básica palestina, que por lo general no siempre se señala explícitamente, es totalmente diferente y se puede detectar fácilmente en numerosas declaraciones palestinas. De acuerdo a la opinión de los palestinos, éste no es un conflicto entre dos movimientos nacionales, sino un conflicto entre un movimiento nacional (el palestino) y una entidad colonial e imperialista (Israel). De acuerdo con este punto de vista, Israel deberá terminar como todos los fenómenos coloniales, siendo derrotado y desapareciendo. Además, según el punto de vista palestino, los judíos no son una nación, sino una comunidad religiosa, y como tal no tienen derecho a la autodeterminación nacional, que es, después de todo, un imperativo universal.

De acuerdo con este punto de vista, los palestinos ven todo Israel - y no sólo Cisjordania y Gaza - como análogo a Argelia: un país árabe del cual los colonialistas extranjeros fueron expulsados ​​en última instancia. Debido a esto, Israel - incluso en sus fronteras anteriores a 1967 - nunca aparece en los libros de texto palestinos; debido a esto, los palestinos nunca renunciarán a su reclamación del derecho de retorno de los refugiados de 1948 y de sus descendientes a Israel.

Los judíos no son un pueblo

Esta es también la razón de la obstinada negativa de los palestinos - de Abbas a Saeb Erekat - a aceptar, en modo alguno, a Israel como el Estado-nación del pueblo judío. Al final de todo, la posición palestina ve a Israel como una entidad ilegítima que, más pronto o más tarde, estará condenada a desaparecer. La analogía de los cruzados sólo añade fuerza a esta afirmación.

Una expresión de la brecha existente entre la percepción de los israelíes y de los palestinos se manifiesta de una manera evidente en el lenguaje diplomático de ambas partes cuando se refieren a la solución de dos estados. La versión israelí habla acerca de "dos estados para dos pueblos", agregando que en algún momento "un Estado-nación palestino se constituirá al lado del Estado-nación judío". La versión palestina se refiere sólo a una "solución de dos estados", nunca a "dos estados para dos pueblos". Resulta obvio: si los judíos no son un pueblo, no tienen derecho a un estado.

Esta es también la razón por la cual no hay arrepentimiento entre los palestinos por su rechazo al Plan de Partición de las Naciones Unidas de 1947. Por lo que yo sé - y sería feliz si me equivocara - hasta el momento no ha existido ningún debate palestina serio en torno a su rechazo a la partición: han existido innumerables debates y publicaciones acerca de su derrota militar en 1948 en su intento de evitar el establecimiento de Israel, pero ningún líder o pensador palestino ha admitido abiertamente que la decisión de rechazar el Plan de Partición de la ONU, y de ir a la guerra en su contra, había sido política o moralmente equivocado.

Al día de hoy, ningún político o intelectual palestino se ha atrevido a admitir que los palestinos debieron aceptar la partición en aquel momento, y el 15 de mayo de 1948 un estado árabe palestino habría sido establecido en una parte de la Palestina del Mandato, y no habrían existido ni refugiados ni Nakba ("catástrofe"). Es mucho más fácil negar la responsabilidad moral por la terrible catástrofe que el liderazgo palestino trajo sobre su propio pueblo.

Esto no es sólo una cuestión de narrativa histórica, tiene implicaciones políticas para el aquí y ahora. Si Israel no es un estado legítimo basado en el derecho a la autodeterminación nacional, sino una entidad imperialista, no hay bases para un acuerdo de fin de conflicto basado en un compromiso.

La mayoría de los israelíes que sostienen que el conflicto es un conflicto territorial entre dos movimientos nacionales tienden a creer que un ordenamiento territorial, vinculado de una manera u otra a la Línea Verde pre-1967, es la forma ideal de llegar a una eventual resolución del conflicto. Sin embargo, el comportamiento de los palestinos bajo Arafat en Camp David de 2000, así como durante las negociaciones entre Abbas y el ex primer ministro israelí, Ehud Olmert, sugiere que algo mucho más profundo está en juego.

Cuando Abbas insiste en repetidas ocasiones que su movimiento no puede renunciar a la pretensión del Derecho al Retorno,  ya que este es "un derecho individual" reservado a todos los refugiados palestinos y a sus descendientes, la implicación es que, incluso si se logra un acuerdo sobre las cuestiones territoriales, e incluso si son evacuados todos los colonos de Cisjordania, el conflicto continuará existiendo y supurando. Esta es también la razón por la que Abbas se niega a seguir al presidente egipcio Anwar Sadat y hablar en la Knesset como un símbolo de reconciliación, ya que esto implicaría aceptar la soberanía y la legitimidad de Israel.

Soy muy consciente de que la opinión pública moderada en Israel - que reconoce el derecho de los palestinos a la autodeterminación y se opone a los asentamientos judíos en los territorios, apoyando la solución de dos estados - tiene dificultades para internalizar el hecho de que los palestinos básicamente no acepten el derecho de Israel a existir. Pero no hay manera de negar esta verdad incómoda. Sin embargo, esto no debe conducir a la desesperación o a la aceptación del status quo porque "no haya nada que podamos hacer".

Conflictos multidimensionales

Uno puede aprender de conflictos nacionales actuales similares, pero por desgracia la mayoría de los israelíes están tan inmerso en debates internos que no son conscientes de algunas de las similitudes. Los conflictos nacionales en Chipre, Kosovo, Bosnia e incluso la lejana Cachemira tienen ciertas similitudes con el conflicto palestino-israelí. En todos ellos, una dimensión territorial es evidente: la ocupación turca del norte de Chipre, el aspecto territorial de los conflictos multinacionales en Bosnia, la percepción serbia de Kosovo como parte de su patria histórica, la ocupación india de partes de Cachemira.

Pero todos estos conflictos son multidimensionales, no sólo territoriales, son conflictos entre movimientos nacionales en los que por lo general una de las partes no acepta la legitimidad de la otra parte. Todos estos conflictos se relacionan con narrativas y recuerdos históricos contrapuestos, así como a reclamaciones de soberanía; lo cual implica la ocupación, la limpieza étnica, los colonos, la resistencia a la ocupación, el terrorismo, las represalias y la guerra de guerrillas. Ellos no son conflictos religiosos como tales, pero cada uno de ellos tiene una dimensión religiosa ligada a lugares sagrados y a recuerdos religiosos que suelen exacerbar el conflicto y vuelven a los compromisos pragmáticos mucho más difíciles.

La multidimensionalidad de todos estos conflictos es la razón por la cual ninguna resolución se ha encontrado todavía a ninguno de ellos, incluso después de décadas de sinceros, aunque a veces ingenuos, esfuerzos internacionales: el Plan Annan para Chipre, los Acuerdos de Dayton en Bosnia, etc. Todos estos planes por lo general se centraron en el aspecto territorial principalmente, debido a su obvia visibilidad, pero pasaron por alto las raíces mucho más profundas de los conflictos que son mucho más difíciles de resolver. Sin embargo, esto no impidió que se experimentaran algunas formas prácticas de búsqueda de acuerdos parciales de diferentes tipos, destinados a atenuar el conflicto y a prevenir la violencia y la guerra abierta.

La derecha israelí está interesada en mantener el status quo, y el objetivo de Netanyahu es claro: aumentar el número de colonos judíos, evitar la entrega del control sobre los territorios a los palestinos y evitar - o retrasar en lo posible - el establecimiento de un Estado palestino.

Aquellos que piensan que el único objetivo de Netanyahu es sobrevivir en el poder están equivocados (después de todo, este es el objetivo de todos los líderes políticos). Él ve su permanencia en el poder como una misión nacional para mantener el control israelí sobre tanto territorio de la Tierra de Israel como sea posible. Centrarse en la amenaza iraní es, entre otras cosas, una estratagema para desviar la atención de la cuestión palestina, aun cuando es evidente que nunca va a atacar a Irán.

Pensar fuera de lo habitual

La oposición que dirige Isaac Herzog de la Unión Sionista, no propone una alternativa a esta política. Herzog acierta en su insistencia de que Israel debe volver a la mesa de negociaciones. Pero esto no es suficiente, ya que este no es un plan político. ¿Cree Herzog que si el gobierno de Netanyahu regresa a las negociaciones el resultado sería un acuerdo basado en la solución de dos estados? Además, incluso si él mismo lo hiciera - como espero que lo haga - cuando sea el primer ministro, ¿podrá ofrecer a los palestinos más de lo que Ehud Barak les ofreció en Camp David y Olmert a Abbas -, ofertas que en ambos casos fueron rechazadas por los palestinos?

Del mismo modo, la idea comprensiblemente tentadora de abrazar la iniciativa de paz de la Liga Árabe es una quimera: En momentos en que el mundo árabe es presa de violentos conflictos internos y de guerras civiles, y al menos cuatro países árabes se encuentran en diversas etapas de una radical desintegración, la Liga Árabe no representa a un jugador real, aunque Israel deba abordar el desafío planteado por esa iniciativa y a pesar de que se trata básicamente de un callejón sin salida.

Herzog debe ir más allá del mantra de "volver a las negociaciones" e iniciar una llamamiento alternativa a la creatividad y a la valentía política. Él debe declarar que sí, que hay que volver a las negociaciones, pero siendo consciente de las dificultades de llegar a un acuerdo formal. Un gobierno encabezado por él debería iniciar las siguientes políticas:
- Un cese total e incondicional de toda la construcción en los asentamientos.
- Desmantelar los asentamientos ilegales, según lo prometido por los gobiernos israelíes anteriores.
- Fomentar un generoso programa de apoyo financiero para los colonos que estén de acuerdo a ser reubicados voluntariamente en el propio Israel.
- Evitar la toma del control judío de casas árabes en Jerusalén Este, lo que provoca disturbios y violencia.
- Declarar ilegales las actividades vinculadas a organizaciones del "price tag", de conformidad con las leyes y los reglamentos existentes.
- Fomentar y facilitar las inversiones extranjeras en la Ribera Occidental.
- Abolición de los restos del bloqueo de la Franja de Gaza y tratar de establecer, con la Unión Europea y Egipto, un mecanismo sostenible de entrada y salida de personas y mercancías hacia y desde la Franja.
Estos pasos no son "concesiones" a los palestinos. Dado que no va a haber negociaciones serias con los palestinos en un futuro previsible, tampoco debemos aceptará el veto palestino a un acuerdo como una causa para continuar con el control israelí de millones de palestinos. Tales medidas indicarán claramente que Israel no está interesado en ampliar o perpetuar su dominio sobre zonas pobladas por palestinos.

Soy consciente de que estos son pasos no son fáciles y no serán bienvenidos por muchos israelíes, ni tampoco supondrán una "solución" del conflicto, sino que constituyen una alternativa al status quo existente que está socavando la estructura de la sociedad israelí como país judío y democrático.

La confederación no es una solución

Una última palabra sobre una idea recientemente reflotada, entre otros por el presidente Reuven Rivlin, una confederación. Agradezco enormemente la campaña sionista y humana de Rivlin para garantizar la igualdad de derechos de los ciudadanos árabes de Israel, por lo que él es un verdadero seguidor de los aspectos liberales del legado de Jabotinsky. Pero Rivlin es también partidario de continuar con el control sobre toda la Tierra de Israel y se opone al establecimiento de un Estado palestino en Cisjordania y Gaza. Cuando se le preguntó cómo se enfrenta a la contradicción evidente entre estas dos posiciones, de vez en cuando menciona la idea de una confederación.

A un nivel verbal esto puede parecer una plausible, incluso agradable, salida. Pero es un espejismo. En primer lugar, no existe una confederación en cualquier parte del mundo (por razones históricas, Suiza se refiere a sí misma como una confederación, pero en realidad es una federación). Las ideas confederales se plantearon durante la desintegración de la Unión Soviética y Yugoslavia, pero todas fracasaron. La razón principal fue que la creación de una confederación implica el establecimiento de fronteras mutuamente aceptadas entre los diversos miembros de la confederación, y esto, después de todo, es uno de los principales puntos de fricción en los conflictos nacionales.

¿Alguien se imagina que los palestinos estarían de acuerdo con una entidad palestina dentro de una confederación que no incluya a los asentamientos judíos? Por otro lado, ¿estaría Israel de acuerdo en que los asentamientos estuvieran bajo la jurisdicción de la entidad palestina de la confederación? Es igualmente obvio que un sistema confederal no será capaz de hacer frente a la cuestión de Jerusalén. Además, en una confederación - a diferencia de una federación - cada entidad confederal se considera un Estado reconocido internacionalmente, incluyendo una posible adhesión a la ONU. ¿Va a Israel a estar de acuerdo con esto? Esta confederación, si es que se produce, en ocasiones tendrá un presidente palestino (probablemente en forma rotativa): ¿Es esto algo que la mayoría de los israelíes encuentran aceptable?

Otro elemento y desagradable sería las diferentes estructuras políticas de las dos entidades de la confederación. ¿Cómo puede uno imaginar la creación de instituciones comunes dentro de una confederación entre Israel y Palestina cuando una entidad (Israel) es una democracia pluralista, mientras que la otra sería otra cosa, con toda probabilidad, con un régimen del tipo Mukhabarat (dominado por la policía secreta) como la mayoría de los países árabes? No me puedo imaginar a muchos israelíes estando dispuestos a vincularse como ciudadanos a una estructura tan despótica. En resumen, con el debido respeto por el presidente Rivlin, tal idea no puede ocurrir debido a sus generales contradicciones intrínsecas y incorporadas.

No hay más remedio que admitir que no hay posibilidad para cualquier tipo de acuerdo mutuamente aceptado en un futuro previsible. Este pronóstico pesimista obliga a la oposición, y a su líder, a reconocer que tienen que pensar de otro manera a lo ya formulado y ofrecer alternativas no con el fin de "resolver" el conflicto, sino para mitigar su gravedad y quizás promover que ambas partes se mueven finalmente a un acuerdo.

Pero no debería existir ninguna ilusión: mientras los palestinos sostengan que ellos están luchando - militar o diplomáticamente - contra una entidad colonial sionista e imperialista, un compromiso histórico no estará, por desgracia, en la agenda. Por lo tanto un llamamiento a alternativas creativas y audaces es necesario con el fin de ir más allá del status quo y asegurar el futuro de Israel como un Estado judío y democrático.

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