Sunday, March 06, 2016

Como Occidente trata de socavar la supervivencia judía - Melanie Phillips - JPost



Hace unos días participé en una mesa redonda en la Semana del Libro Judío de Londres sobre las cuestiones más apremiantes a las que se enfrentan hoy en día los judíos.

Levanté un tema que me ha estado preocupando bastante y que trata de cómo los valores seculares occidentales estaban socavando la capacidad del pueblo judío para sobrevivir.

A través de Occidente, se ha producido un incremento en las sensaciones aterradoramente anti-judías. Esto ha sido alimentado por una campaña sin precedentes de mentiras y calumnias contra Israel que trataban de destruirlo a través de la deslegitimación.

En esta campaña se utilizan similares motivos y mantras de odio a los empleados contra los judíos a través de los siglos.

Pero algunos de sus principales líderes o exponentes son a su vez judíos. Así pues el odio a los judíos no puede ser toda la historia.

El núcleo de este problema es el enorme cambio cultural que ha tenido lugar en Occidente. Centrado en la inteligencia y la cultura, se ha deshecho de los códigos morales judeocristianos que sustentaban la civilización occidental favoreciendo un hiper-individualismo.

"Lo que es lo correcto" ha sido reemplazado por "lo que es adecuado para mí". Y los sentimientos han sustituido al sentido de autoridad. Ya no hay tal cosa como una verdad objetiva. Todo es subjetivo y relativo.

Con todos los estilos de vida reclamando en la actualidad el mismo valor, no puede haber ninguna jerarquía de valores o grupos. La cultura occidental, identificada con la opresión de los poderosos del mundo, ha sido condenada como discriminatoria y racista. Los únicos valores legítimos son los universales, lo que indica una creencia utópica en la hermandad del hombre.

Pero esto representa un problema para los judíos, ya que el judaísmo se interpone en el camino de todos los credos universalizadores y uniformadores. Y se debe a que los judíos son, por excelencia, un pueblo diferente, y el carácter único de su identidad depende indeleblemente de una historia única y de unos preceptos morales propios.

Esos preceptos judíos fueron primeramente adoptados y luego modificados por el cristianismo, y sustentaban de alguna manera la civilización occidental. El secularismo, que procede de las mismas fundaciones cristianas de Occidente, intentó apropiarse de estos valores como propios. Y así lo hizo, pero despojándolos de su carácter judío y cristiano, y pretendiendo que la igualdad, los derechos humanos o amar a los demás como a ti mismo eran unos preceptos universales y definitivos.

Pero no lo son. Fuera del mundo judío y cristiano, no existen, y negando su contexto religioso los despojamos de su sentido y sellamos su eventual desaparición.

Ellos tampoco pueden defenderse, ya que, bajo la apariencia de que todo el mundo debe estar apegado a ellos, en realidad nadie los reclama. En su lugar, se vuelven contra ellos.

Por lo tanto, el secularismo ha erosionado esa moral al insistir en que sus resultados beneficiosos debían ser compartidos por igual, independientemente de las diferencias de comportamiento. Denigrar la motivación individual sobre la base de que lo material sólo trae consecuencias, niega la defensa de la víctima frente el agresor, tratando de eliminar la diferencia entre ellos. Negar la noción de una verdad objetiva provoca que Occidente no pueda reconocer que está siendo alimentado con una sarta de mentiras.

Es una ironía desesperada que algunos a la vanguardia de esta tendencia universalizante - Spinoza, Marx - hayan sido a su vez judíos. Los efectos están por todas partes y se aplican a judíos y no judíos por igual.

Los que tienen un punto de vista secular - y esto se aplica a algunos que pertenecen a iglesias y sinagogas, así como aquellos que no siguen ninguna religión -, rechazan el particularismo judío de Israel.

Desnudando a Israel de su historia y del contexto en el que vive, lo ven falsamente no como una víctima de una guerra de aniquilación, sino como un colonizador desagradable y agresivo.

Entre tanto, en la diáspora y entre los judíos de Israel, el universalismo está teniendo efectos trágicos. En los EEUU, el judío medio estadounidense que está comprometido con el hecho de ser judío bajo formas no ortodoxas está decreciendo rápidamente, y la indiferencia o las sospechas sobre Israel crecen particularmente entre los jóvenes.

Los judíos universalistas quieren que Israel sea igual que cualquier otro país. Con sus cada vez más limitados conocimientos de la historia y de la religión judía, no pueden entender por qué eso no puede ser así. Como resultado de todo ello, se sienten cada vez más desmoralizados y confundidos, y se vuelven más hostiles.

Un ejemplo de todo este daño salió a la superficie esta semana en un artículo de opinión para The Guardian de David Rieff, cuyo nuevo libro, “Elogio del olvido”, está a punto de ser publicado.

Su argumento es que la memoria histórica colectiva nos impide vivir en armonía junto a los demás y da lugar más bien al conflicto y a la violencia.

Si estuviera diciendo simplemente que no deberíamos estar atrapados o dominados por el rencor, que hay que seguir adelante, sin duda será un punto de vista justo. Pero él no está diciendo eso. Él está cuestionando toda la memoria histórica colectiva.

La memoria implica ineludiblemente la verdad. No se puede recordar algo que no sucedió. Los hechos no sucedidos no se convierten en memoria, sino en mitos. Rieff falla, sin embargo, a la hora de distinguir la memoria de la fantasía. Y cuando se trata de los judíos, repudia su memoria colectiva como si fueran mitos y reescribe su historia como mentiras.

Dice, por ejemplo, que los colonos de Israel, apelando a "una gran distorsión de la historia [bíblica]”, se asemejan a la fantasía islamista de una "supuesta continuidad entre el reino medieval de Jerusalén y el estado moderno de Israel".

Pero eso es totalmente falso. Los islamistas afirman mentiras claramente desmontables sobre su pretensión de Jerusalén. Pero la afirmación de los "colonos" se basa en el hecho de que, con independencia de cualquier creencia en las promesas de Dios, existió efectivamente el antiguo reino judío de Judea y Samaria en el que los judíos - las únicas personas para quienes ese reino fue siempre su reino nacional - vivieron durante cientos de años antes del Islam, incluso cuando llegó a la escena.

Esa historia se está excavando y revelando constantemente gracias a los descubrimientos arqueológicos de Israel. Y esos descubrimientos nos ofrecen sorprendentes evidencias de lo que se describe en la Biblia: el suministro de agua del rey Ezequías construida para defender Jerusalén, o monedas y sellos de la dinastía de David, las piedras del templo allí arrojados por los romanos con su conquista, etcétera. Sin embargo, Rieff se burla de todo esto como si fuera una "manipulación de la historia".

Bueno, esa es una afirmación que de una manera más apropiada podría achacarse sobre su propia escritura. Así David Rieff afirma que cuando las fuerzas israelíes rodearon Beirut en 1982, el primer ministro Menachem Begin anunció que tenían a los "nazis rodeados en su bunker", a pesar de que se trataba de Yasser Arafat y del Fatah

Pero como el Centro Begin en Jerusalén ha señalado, la afirmación de Rieff distorsiona lo que en realidad dijo Begin. Él escribió al presidente Reagan que se sentía "como un primer ministro competente para solicitar a un valiente ejército que hiciera cara a un 'Berlín' donde, entre civiles inocentes, los Hitler y sus secuaces se escondían en un búnker debajo de la superficie".

Mi generación”, continuó Begin, “juró que todo aquel que amenazara con aniquilar a los judíos sellaría su destino, de modo que lo que ocurrió una vez por instrucciones de Berlín no volvería a suceder".

De modo que él no estaba llamando nazis a Arafat y Fatah, tal como afirma Rieff. Estaba usando la analogía del búnker de Berlín para destacar que, al contrario que lo que sucedió en el período nazi, Israel tenía ahora un líder judío con el poder de salvar las vidas judías.

"La memoria histórica colectiva", escribe Rieff, "no es capaz de aceptar y superar el pasado". Pero en el judaísmo todo es acerca de recordar y respetar el pasado. Para los judíos, recordar su historia es un deber sagrado impuesto por el Todopoderoso para permanecer sujetos al mandato de conformar una nación santa.

Por lo tanto, denegar la memoria es denegar el judaísmo. Y eso es lo que hace precisamente  David Rieff utilizando para ello la afilada hacha del universalismo contra la singularidad del pueblo judío - su memoria de la historia y de los valores judíos -, esa singularidad que ahora es atacada por una cultura que, descansando en gran medida sobre los principios del judaísmo, repudia a su propio núcleo y corazón.

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