Sunday, April 30, 2017

Esta histeria y obsesión sin fin con Israel es cosa de locos - Brendan O'Neill



Para ver cómo el intolerante e irracional sentimiento anti-Israel ha llegado a estos niveles, no busquen más, solo hace falta que observen el miedo y el horror que se ha apoderado del SOAS por la visita del embajador israelí Mark Regev.

En una brillante jugada de relaciones públicas, el astuto Regev, el embajador de Israel en el Reino Unido, accedió a conversar acerca de las perspectivas de paz en el Oriente Medio en el SOAS, la escuela universitaria archiconocida por su agitación anti-israelí. Es como si unos ateistas radicales tuvieran que visitar un convento de clausura, algo hilarante.

Por supuesto, a la gente del SOAS no les resulta divertido. Es cuestionable si alguna vez encontraron algo gracioso, tan impregnadas están sus mentes con los deprimentes credos de los estudios postcoloniales y la teoría etnográfica. No, ellos han pensado que la visita de Regev haría que se desatara una epidemia de “angustia” dentro de la comunidad SOAS. De veras.

Según The Guardian, existían “temores” de que la visita de Regev no solamente “provocara disturbios” - eso ya forma parte de sus estudios: cada visita de un representante de Israel a un campus británico desata disturbios -, sino que también daría lugar a una “considerable angustia entre los estudiantes" (entre los más política e ideológicamente correctos).

Más de 150 académicos del SOAS y de otras universidades escribieron a la directora del SOAS, Valerie Amos, para suplicarle que suspendiera la reunión con Regev y evitara así a los estudiantes del SOAS esa “tremenda angustia” que supone tener que escuchar a alguien con una opinión diferente a la suya en el campus.

La primera cosa a tener en cuenta es el cobarde nivel macartista de estos académicos exigiendo el silenciamiento de una voz con la que no están de acuerdo.

Las universidades están destinadas, en teoría, a ser un foco de libre discusión y de desacuerdo, y los académicos deberían tener el propósito de proteger esa zona de libre debate. Sin embargo, aquí tenemos a 150 académicos pidiendo el silenciamiento de alguien, su expulsión al estilo medieval de una escuela, simplemente porque él piensa de manera diferente a la de ellos. De vergüenza.

La segunda cosa a tener en cuenta es el uso exagerado y extravagante de la palabra “angustia” para describir cómo los estudiantes pueden sentirse en la charla de Regev al oír opiniones diferentes a las que están habituados de una manera uniforme.

Angustia, según mi Diccionario Oxford, implica “extrema ansiedad, tristeza o dolor”. Lo siento, pero si sienten una ansiedad extrema, tristeza o dolor al escuchar unos puntos de vista que no les gustan - o simplemente se dan cuenta que alguien con unos puntos de vista que no les gustan los expondrá en su mismo campus - entonces no deberían estar en la Universidad. Deberían estar en su casa y escondidos detrás del delantal de su madre.

La idea de que Regev, hablando del Oriente Medio, haría que unos estudiantes sumamente políticamente correctos pidieran a gritos socorro - tal vez incluso tuvieran “dificultades para respirar”, otra parte de la definición de la angustia -, nos dice mucho sobre el culto a la censura consecuencia de la fragilidad en la que se asientan los campus británicos.

Los libros vienen con una advertencia sobre su contenido, se crean espacios seguros en las que ciertas cosas no se pueden decir y ahora se están haciendo esfuerzos para perseguir a los israelíes incluso de fuera de la universidad, no sea que sus ideas invadan las mentes de los estudiantes e interrumpen su cordura ideológica. Esto no sólo es un insulto a Regev, es incluso más insultante para los propios estudiantes, que son descritos como niños creídos que no pueden hacer frente a este hecho básico de la vida adulta: algunas personas no están de acuerdo con usted.

Las cosas israelíes - sus políticos, sus partidarios, sus académicos, sus productos - son la víctima nº 1 de esta nueva censura en el campus. La intolerancia en el campus hacia las personas e ideas israelíes han alcanzado niveles alarmantes.

En la UCL el año pasado, una multitud persiguió al ex soldado del IDF Hen Mazzig y a sus partidarios fuera de la escuela. Los académicos demandan boicots de las universidades israelíes, los estudiantes judíos o pro-Israel  dicen no sentirse seguros en los campus británicos, donde sus reuniones son boicoteadas a gritos y sus organizaciones son amenazadas de cierre.

La ironía es que los activistas anti-Israel siempre hablan del “apartheid israelí”, sin embargo, hacen cumplir un sistema discriminatorio y vejatorio en contra de todas las cosas israelíes. Tratan a los profesores, artistas y políticos de esa nación como personas venenosas, susceptibles de deformar las mentes - o causar una gran angustia -, y por lo tanto merecedores de censura o de destrucción. Ellos dedican al pueblo israelí una constante censura y un tratamiento desagradable, para luego acusar a Israel de fomentar un apartheid.

¿Y por qué este enfoque obsesivo con Israel, cuando hay muchas otras naciones que participan en guerras o tienen conflictos con sus vecinos? Esta es la pregunta del millón. Siempre es Israel. Curioso. Uno podría pensar que esta histeria y obsesión sin fin con Israel es algo sustancial a los locos.

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