Sunday, August 27, 2017

Los estudiantes son los nuevos maestros y el resultado es la tiranía en el campus - Brendan O'Neill - Spectator



En pocas semanas, llegará una nueva remesa de estudiantes, todos frescos y emocionados, a las universidades de todo el país. Estarán emocionados ante la perspectiva de escapar del dedo protector de mamá y papá, ansiosos por absorber nuevas ideas. Pero me temo que están de camino a un rudo despertar. A menos que sean muy afortunados, pronto se encontrarán envueltos en un mundo que es más censurador que estimulante y que les enseñará no a cuestionar ideas, sino a aprender de memoria el credo progresista. Se necesitará a un joven valiente y resistente para sobrevivir a esta universidad con su curiosidad intelectual intacta.

Cada aspecto de la vida en el campus, desde lo que se puede decir sobre cómo debes ir de fiesta, es minuciosamente vigilado por lo que denominé “estudiantes carentes de sentido crítico" hace tres años. Las políticas de Not Plataform rigen estrictamente quién puede hablar en el campus. Cualquier persona, no importa cuál sea su trasfondo político o credenciales supuestamente liberales y progresistas, pueden sentirse ajenos al campus por tener la opinión equivocada a los ojos de la Stasi de la política estudiantil.

Los famosos "espacios seguros", esas zonas libres de controversias (que desafían a lo políticamente correcto) donde los estudiantes no pueden enfrentarse al mundo real y donde pueden llorar y abrazar "a animales en busca de apoyo emocional" (esto no es una broma), son casi obligatorios. Los periódicos están en la lista negra: un creciente número de sindicatos estudiantiles han prohibido el Sun, el Mail y el Express sobre la base de que “son racistas y sexistas, y por lo tanto perjudiciales". En el último año académico, incluso los estudiantes de la City University de Londres, famosos por su escuela de periodismo, justificaron la prohibición de los tabloides. ¿Una escuela de periodismo donde no se puede leer el periodismo popular? Gracias a los jóvenes botarates de la Unión Nacional de Estudiantes (NUS, organización izquierdista y políticamente correcta, enfocada en las minorías, y con gran comprensión con el Islam)  y a los rectores y vicerrectores que se inclinan ante ellos, la lista de lo infranqueable, indecible e impensable crece cada año. Todo lo adulto ha sido suprimido.

Cualquier sociedad estudiantil cuya visión del mundo no sea una copia de lo que patrocina la NUS vive bajo una permanente amenaza de censura. Los eventos de la sociedad de Israel, por ejemplo, son boicoteados violentamente; a los grupos pro-vida se les niega el espacio en las ferias de estudiantes de primer año. En la University College de Londres, una sociedad nietzscheana fue prohibida por temor a que pudiera alimentar el pensamiento de extrema derecha. Así hablan los Censores.

El mensaje del oficialismo estudiantil es implacable: piensen como nosotros, o ya saben a lo que se atienen. El resultado es que la universidad se vuelve cada vez menos una universidad. Ahora se asemejan a fábricas de conformismo, entrenando a su cuerpo estudiantil para no pensar libremente, sino más bien a temer a los librepensadores y excéntricos; a esconderse de la provocación; y a entrenar y premiar su autoestima mucho más que su desarrollo intelectual.

En los tres años transcurridos desde que en el The Spectator se habló de estos “estudiantes carentes de sentido crítico", la situación se ha vuelto mucho peor. La locura del campus se ha intensificado. Peor aún, se ha americanizado. No contentos con someter los sueños a los prejuicios de la Not Platform y la clase media sobre los periódicos sensacionalistas y la cultura popular, estos jóvenes clones están importando alegremente los peores excesos de la histriónica cultura de los campus de los Estados Unidos. Estas son muy malas noticias, porque si ustedes miran lo que está sucediendo en los campus de América, podrán comprender la aterrorizadora penetración y la funesta influencia que las políticas de la identidad puede tener en la vida y la libertad diarias. El problema es que la mentalidad del "espacio seguro" ya no permanece contenida en los campus. Un año después de graduarse, los estudiantes que han sido entrenados para ver la seguridad políticamente correcta como preferible a la libertad y a las preguntas difíciles, permanecen hipersensibles en su autoestima al enfrentarse al mundo real, llevándose su mentalidad del "espacio seguro" con ellos. Al igual que los amasijos de las películas B, los espacios seguros se liberan y ahora amenazan con tragarse la vida pública.

Los estudiantes radicales en los Estados Unidos castigan regularmente a los oradores con los que no están de acuerdo. Los activistas estudiantiles de la Universidad de Brandeis lograron cancelar un título honorario para Ayaan Hirsi Ali por ser "islamofóbica". A principios de este año, los estudiantes de Middlebury College en Vermont agredieron físicamente a un académico que intentaba proteger a Charles Murray, un orador conservador invitado al que consideraban racista. Los activistas y los estudiantes "Antifa" en Berkeley promovieron fuegos para prevenir que hablara el provocador líder de la alt-derecha Brit Milo Yiannopoulos. Berkeley fue el lugar de nacimiento del Movimiento por la Libertad de Expresión en la década de 1960, cuando los estudiantes exigieron más debate, no menos. Pero los manifestantes anti-Milo incluso quemaron una réplica de una simple pancarta que decía "Libertad de palabra".

Nuestros propios líderes y activistas estudiantiles asumen que sus compañeros son moralmente débiles y deben ser protegidos de las palabras dolorosas (las que desafían la corrección política) o de la controversia. Pero en los Estados Unidos han ido mucho más allá. El autoritarismo del campus es más oscuro, más impulsado por la raza. No sólo gobierna en la ideología y en la opinión, sino en la conversación cotidiana, e incluso en la vestimenta. En los Estados Unidos, el estudiante/activista modelo Stasi condena con furia la "apropiación cultural", que es cuando un miembro de un grupo racial toma prestada la cultura de otro (con disfraces por ejemplo, o en la cocina). Intervienen minuciosamente en la interacción entre negros y blancos. Vean el vídeo del año pasado de un estudiante negro en la Universidad Estatal de San Francisco enfrentándose físicamente a un estudiante blanco con rastas, y amenazándole con cortarle sus rastas porque "esa es mi cultura", y verán lo aterrorizadora que es esta miopía racial.

O bien observen lo que sucedió en el Evergreen State College en Washington en mayo. Cuando el profesor de biología Bret Weinstein se negó a tomar parte en la proposición de un día de segregación racial - un "día de la ausencia", así se denomina entre los estudiantes, por el cual docentes y estudiantes blancos debían estar de acuerdo en ausentarse de la universidad para así “comprender” el rechazo vivido por los estudiantes negros - todo el infierno se desató. Las turbas estudiantiles invadieron las conferencias, exigieron la renuncia de Weinstein y rodearon efectivamente a los jefes universitarios en sus oficinas y se negaron a dejarlos marchar hasta que aceptaran la agenda racial y divisiva de los estudiantes. Este fue un paso adelante de los “estudiantes carentes de sentido crítico”, un autoritarismo estudiantil al estilo de la novela “El Señor de las Moscas”: jóvenes amenazantes usando tácticas de la mafia para hacer cumplir un programa izquierdista pero profundamente reaccionario.

Tanto si nos gusta admitirlo como si no, en Gran Bretaña nos inclinamos hacia la cultura norteamericana, especialmente en la cultura juvenil. Y ahora nuestros estudiantes, siempre en busca de nuevas maneras de afirmar su autoridad de pacotilla, están comenzando a imitar lo que está sucediendo a través del Atlántico.

Este año, la Unidad de igualdad y diversidad de Oxford advirtió al personal que el no realizar un contacto visual (no mirar) con ciertos estudiantes podría ser interpretado como racista y que preguntarle a un estudiante sobre sus orígenes representaba una microagresión que puede perjudicar su salud mental. La NUS ha declarado la guerra a las microagresiones raciales, que describe como formas "encubiertas, sutiles" de racismo. Se trata de coletillas y dichos habituales en la conversación que no tienen ninguna intención racista pero que los activistas sienten que deben ser prohibidos.

Así como las universidades estadounidenses están bajo presión para quitar las estatuas de viejos prohombres blancos "problemáticos", así el Instituto de Psiquiatría, Psicología y Neurociencia del King's College de Londres (KCL) anunció este año que eliminaría todos los retratos y estatuas de sus fundadores porque... bueno, son todos blancos. Esta limpieza histórica de la KCL para prevenir y detener la furia racial de los estudiantes y activistas radicales, sólo intensificará por supuesto las demandas estudiantiles para una mayor corrección política racial. Los estudiantes quieren que un busto de Cecil Rhodes en el Oriel College de Oxford sea removido, que los currículos de todo el país sean "descolonizados" y que los estudiantes negros y de las minorías no deban leer tanta "filosofía hecha por blancos". Esta fue en una demanda de los estudiantes del SOAS de este año, que los "filósofos blancos", incluyendo pensadores ilustrados como Kant, no aparezcan en el plan de estudios para que los estudiantes negros se sientan menos aislados.

La desagradable y paternalista política estadounidense del pensamiento racial se impone al por mayor en la vida del campus británico, a pesar de que la historia social de Gran Bretaña está mucho menos afectada por el racismo que la de los Estados Unidos. En el pasado año académico, Cambridge fue criticado por los estudiantes por servir comida "culturalmente insensible" (platos exóticos que no reflejan adecuadamente la comida de los países a los que pertenecen); el musical Aida fue cancelado en la Universidad de Bristol después de una "revuelta estudiantil" por los estudiantes blancos que aparecían como esclavos egipcios; y en la Universidad de Edimburgo la policía estudiantil insistió en que los estudiantes blancos no debían vestir nunca como Pocahontas.

Si nuestros estudiantes censores van a importar la locura de los campus de los Estados Unidos, necesitan saber que significa que también importarán sus consecuencias. Y esas consecuencias son terribles. Nadie puede imaginarse que es una buena cosa crear una generación incapaz de aceptar cosas que no le gustan o con las que no están de acuerdo. ¿Cómo sobrevivir así en una democracia pluralista? Es vital poder escuchar a la gente, tener un desacuerdo civilizado, participar en un debate, cambiar de opinión.

El "espacio seguro", al proteger a los estudiantes de lo desagradable, está produciendo un ejército de dogmáticos hipersensibles. Ya podemos ver esto en los EEUU, con el actual estallido de polémicas con las estatuas. Y lo podemos ver en Europa con la alarmante revelación de que cada vez menos jóvenes creen en la libertad de expresión y en la democracia.

Otra consecuencia de esta totalitaria corrección política en los EEUU ha sido el surgimiento de Trump. Está cada vez más claro que el cada vez más incómodo totalitarismo académico, extendiéndose en la política y en la vida pública en los Estados Unidos, ha generado perplejidad y a veces furia entre la gente común. La mentalidad del "espacio seguro" ha creado una reacción muy insegura. Los estadounidenses eligieron a Trump precisamente porque parecía enfurecer a los liberales de izquierda que pretendían sofocar la libertad de expresión. Y Trump inflama deliberadamente la indignación de los electores de la izquierda al defender una nueva política de identidad para la derecha. Los trumpistas ahora existen en gran parte para molestar a la izquierda radical, y la izquierda radical, por su parte, vive para enfurecerles.

¿Esta política polarizada llegará aquí también?

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Sunday, April 30, 2017

Esta histeria y obsesión sin fin con Israel es cosa de locos - Brendan O'Neill



Para ver cómo el intolerante e irracional sentimiento anti-Israel ha llegado a estos niveles, no busquen más, solo hace falta que observen el miedo y el horror que se ha apoderado del SOAS por la visita del embajador israelí Mark Regev.

En una brillante jugada de relaciones públicas, el astuto Regev, el embajador de Israel en el Reino Unido, accedió a conversar acerca de las perspectivas de paz en el Oriente Medio en el SOAS, la escuela universitaria archiconocida por su agitación anti-israelí. Es como si unos ateistas radicales tuvieran que visitar un convento de clausura, algo hilarante.

Por supuesto, a la gente del SOAS no les resulta divertido. Es cuestionable si alguna vez encontraron algo gracioso, tan impregnadas están sus mentes con los deprimentes credos de los estudios postcoloniales y la teoría etnográfica. No, ellos han pensado que la visita de Regev haría que se desatara una epidemia de “angustia” dentro de la comunidad SOAS. De veras.

Según The Guardian, existían “temores” de que la visita de Regev no solamente “provocara disturbios” - eso ya forma parte de sus estudios: cada visita de un representante de Israel a un campus británico desata disturbios -, sino que también daría lugar a una “considerable angustia entre los estudiantes" (entre los más política e ideológicamente correctos).

Más de 150 académicos del SOAS y de otras universidades escribieron a la directora del SOAS, Valerie Amos, para suplicarle que suspendiera la reunión con Regev y evitara así a los estudiantes del SOAS esa “tremenda angustia” que supone tener que escuchar a alguien con una opinión diferente a la suya en el campus.

La primera cosa a tener en cuenta es el cobarde nivel macartista de estos académicos exigiendo el silenciamiento de una voz con la que no están de acuerdo.

Las universidades están destinadas, en teoría, a ser un foco de libre discusión y de desacuerdo, y los académicos deberían tener el propósito de proteger esa zona de libre debate. Sin embargo, aquí tenemos a 150 académicos pidiendo el silenciamiento de alguien, su expulsión al estilo medieval de una escuela, simplemente porque él piensa de manera diferente a la de ellos. De vergüenza.

La segunda cosa a tener en cuenta es el uso exagerado y extravagante de la palabra “angustia” para describir cómo los estudiantes pueden sentirse en la charla de Regev al oír opiniones diferentes a las que están habituados de una manera uniforme.

Angustia, según mi Diccionario Oxford, implica “extrema ansiedad, tristeza o dolor”. Lo siento, pero si sienten una ansiedad extrema, tristeza o dolor al escuchar unos puntos de vista que no les gustan - o simplemente se dan cuenta que alguien con unos puntos de vista que no les gustan los expondrá en su mismo campus - entonces no deberían estar en la Universidad. Deberían estar en su casa y escondidos detrás del delantal de su madre.

La idea de que Regev, hablando del Oriente Medio, haría que unos estudiantes sumamente políticamente correctos pidieran a gritos socorro - tal vez incluso tuvieran “dificultades para respirar”, otra parte de la definición de la angustia -, nos dice mucho sobre el culto a la censura consecuencia de la fragilidad en la que se asientan los campus británicos.

Los libros vienen con una advertencia sobre su contenido, se crean espacios seguros en las que ciertas cosas no se pueden decir y ahora se están haciendo esfuerzos para perseguir a los israelíes incluso de fuera de la universidad, no sea que sus ideas invadan las mentes de los estudiantes e interrumpen su cordura ideológica. Esto no sólo es un insulto a Regev, es incluso más insultante para los propios estudiantes, que son descritos como niños creídos que no pueden hacer frente a este hecho básico de la vida adulta: algunas personas no están de acuerdo con usted.

Las cosas israelíes - sus políticos, sus partidarios, sus académicos, sus productos - son la víctima nº 1 de esta nueva censura en el campus. La intolerancia en el campus hacia las personas e ideas israelíes han alcanzado niveles alarmantes.

En la UCL el año pasado, una multitud persiguió al ex soldado del IDF Hen Mazzig y a sus partidarios fuera de la escuela. Los académicos demandan boicots de las universidades israelíes, los estudiantes judíos o pro-Israel  dicen no sentirse seguros en los campus británicos, donde sus reuniones son boicoteadas a gritos y sus organizaciones son amenazadas de cierre.

La ironía es que los activistas anti-Israel siempre hablan del “apartheid israelí”, sin embargo, hacen cumplir un sistema discriminatorio y vejatorio en contra de todas las cosas israelíes. Tratan a los profesores, artistas y políticos de esa nación como personas venenosas, susceptibles de deformar las mentes - o causar una gran angustia -, y por lo tanto merecedores de censura o de destrucción. Ellos dedican al pueblo israelí una constante censura y un tratamiento desagradable, para luego acusar a Israel de fomentar un apartheid.

¿Y por qué este enfoque obsesivo con Israel, cuando hay muchas otras naciones que participan en guerras o tienen conflictos con sus vecinos? Esta es la pregunta del millón. Siempre es Israel. Curioso. Uno podría pensar que esta histeria y obsesión sin fin con Israel es algo sustancial a los locos.

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Thursday, October 22, 2015

Para la izquierda occidental, los ciudadanos israelíes merecen ser asesinados - Brendan O'Neill - JewishNews



Ha quedado claro desde hace años que la izquierda ha ido perdiendo su componente moral. Pero nunca pensé que iba a verla contemplar como disculpa, e incluso defiende, el apuñalamiento a muerte de los judíos. El lado positivo de todo esto es que parece imposible que la izquierda pueda hundirse más bajo. Este es un precio que sin duda se merece.

La respuesta de Occidente a la ola de asesinatos con cuchillos, atropellos y cuchillos de carniceros en Israel ha sido casi tan impactante como los propios asesinatos. Muchos en la izquierda han permanecido en silencio, una versión global de la "cultura del espectador", donde la gente dirige torpemente su mirada hacia otra parte como alguien es maltratado al lado de ellos. Los medios de comunicación occidentales son actualmentes unos "espectadores" que observan desvergonzadamente los asesinatos y los intentos de asesinato en Israel.

Otros, por el contrario, se han preguntado: "Bueno, ¿qué se esperaban los israelíes?". El atropello de rabinos que esperan en una parada de autobús y el apuñalamiento de ciudadanos israelíes que hacen su compra semanal se tratan como una respuesta normal de los palestinos a sus males.

Cuando el The Guardián glorifica a estos asesinatos denominándolos la "Intifada de los cuchillos", y los escritores radicales que allí escriben describe esta violencia como una reacción natural ante la "humillación constante" de los palestinos, realmente están diciendo que los ciudadanos israelíes merecen ser asesinados.

Esto es entendible, tiene sentido. Estos ofrecedores de explicaciones que ven razonable qué un rabino tenga que ser embestido por  un coche, realmente deshumanizan tanto a los israelíes como a los palestinos. Tratan a los israelíes como colectivamente culpables por lo que hace su gobierno, lo que significa que una anciana en un autobús es un objetivo legítimo para un apuñalamiento.

Y con su descarado sesgo sobre "la desesperación palestina", con un escritor afirmando que los palestinos están arremetiendo con cuchillos porque es "la única opción que les queda", lo que hacen es infantilizar a los palestinos, reduciéndolos a seres robotizados portadores de cuchillos que en realidad "no son responsables de lo que hacen". Con esto, nos muestran su enorme desprecio por ambos lados, demonizan por una parte a los ciudadanos israelíes e infantilizan tanto a los palestinos que al final terminan representándolos como una especie de deficientes mentales, sin más remedio que apuñalar al judío más cercano.

Pero lo peor de todo es que algunos en Occidente están apoyando, de manera implícita, el asesinato de judíos con destornilladores y objetos punzantes.

Esta semana, en Nueva York, vi lo que sólo puede ser descrito como una demostración pro-apuñalamientos: cientos de activistas anti-Israel gritando que Palestina debe ser libre "desde el río hasta el mar, por cualquier medio necesario". "Bombas, pistolas, cuchillos, la resistencia es la resistencia", dijo uno de ellos.

En Londres, similares portadores de keffiyeh, estas clases medias que se odian a sí mismas y que se autojustifican con su pro-palestinismo, se reunieron para condenar no los apuñalamientos - no sean tontos - sino a su bestia negra, ese objeto odiado que les hace levantarse de la cama cada mañana para clamar contra él: Israel.

Una de los asistentes tenía un cartel que decía: "Ladrones, asesinos israelíes, iros a vuestra casa en Polonia, Alemania, EEUU".

Tal grado de antisemitismo sería impactante en cualquier momento. Pero aparecía ahora a plena luz del día, durante esta ola de apuñalamientos, lo que resulta verdaderamente preocupante. Estos izquierdistas radicales occidentales que se han reunido para gritar acerca de Israel, incluso mientras se apuñalan a sus ciudadanos, representan la configuración de una narrativa política del asesinato elevado al nivel de una respuesta legítima a la situación en el Oriente Medio. "Vayan a matarles", ese parece ser el mensaje implícito.

De hecho, los izquierdistas están mucho más alarmados por la respuesta de Israel a los apuñalamientos que por esas mismas puñaladas. Ellos castigan y reprueban a Israel por poner más soldados en las calles y por facilitar que sus ciudadanos porten armas (nada asusta más a la izquierda que un judío con un arma). Parecen esperar que Israel deje a sus ciudadanos indefensos ante los ataques palestinos.

Haciéndose eco del estúpido artículo de un escritor del Haaretz, Rogel Alpher, quien escribió una demente columna en la que expresaba su sorpresa ante el hecho de que un palestino nunca le hubiera agredido con "una sierra o un martillo, y me hubiera asesinado", algunos radicales occidentales no sólo están glorificando los apuñalamientos, sino que además están condenando a aquellos israelíes que tienen la temeridad de protegerse a sí mismos de ser apuñalados. ¿Por qué los judíos no se dejan matar?

Resulta realmente depravado. Independientemente de lo que pensaran de la actividad guerrillera de la OLP en la década de 1970, estos apuñalamientos son claramente muy diferentes. Esto es antisemitismo. Y con respecta a lo que algunos occidentales están tratando de presentar como un estallido natural de desesperación, eso nos dice mucho más acerca de sus brújulas morales que sobre lo que está sucediendo en el Oriente Medio.

Pero dejemos los eufemismos al desmenuzar la cháchara acerca de una "Intifada de los cuchillos", y es que no hay escapatoria ante el hecho - de por si horrible - de que algunos occidentales estén defendiendo el apuñalamiento a muerte de personas por ser judías.

Este es un día sumamente triste para la izquierda. ¿Qué pasó con esa izquierda que era la heredera de los guerreros de la Ilustración y que ayudaron a liberar a los judíos de Europa de sus guetos? ¿Esa izquierda que arremetió contra el "socialismo de los tontos" antisemita (el antisemitismo de la izquierda)? ¿Esa izquierda que, incluso en el momento más oscuro de la historia humana - el Holocausto -, arriesgó su vida para ayudar a los judíos? Esa izquierda está muerta. Y es una tragedia de proporciones épicas.

Los apuñalamientos palestinos en Israel no sólo han puesto de manifiesto el feo rostro del nuevo islamismo en el Oriente Medio. También han puesto de manifiesto la grave confusión moral de aquellos que en Occidente se hacen pasar por progresistas. La izquierda universalista, la tolerante, la que fue sensible ante la búsqueda como chivos expiatorios de los judíos ante los problemas del mundo, esa ya no existe más. Y permaneciendo completamente indiferente ante el hecho de que sólo los judíos defiendan a los judíos agredidos, carente de solidaridad, Occidente, simplemente, opta por encogerse de hombros.

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Saturday, September 05, 2015

Estos modernos antisemitas que no se reconocen como tales II - Los antisionistas no son tan diferentes de los antisemitas, tal como les gustaría creer - Brendan O'Neill - JewishNews



No hay evidencia de que Jeremy Corbyn sea un antisemita. Pero la tormenta desatada sobre sus muy dudosos socios ha promovido la considerable evidencia de que la izquierda moderna no toma el antisemitismo en serio.

Y esto resulta extraordinario. La nuestra es una era de super-sensibilidad hacia la raza y los prejuicios. Un político que haga comentarios equívocos sobre la gente de color puede esperar una tormenta de reprobación en Twitter y en las otras redes sociales. Criticar el Islam y supone que te diagnostiquen la enfermedad mental de islamofobia. Compartir una plataforma con grupos derechistas o evangélicos cristianos que odian a los gays te expulsan de la buena sociedad.

Sin embargo, ¿cuál ha sido la respuesta de la izquierda a las revelaciones de que el candidato radical Jeremy Corbyn se ha estado codeando con antisemitas? En pocas palabras: "Calma, relájense. No hagan un alboroto por nada".

Todas esas sensibilidades raciales a flor de piel propias del este siglo XXI en Gran Bretaña parecen volar por la ventana cada vez que los judíos están involucrados. Corbyn, lejos de verse cuestionado del conjunto de la gente guay y progresista por haberse mezclado con racistas antisemitas, está protegido de las críticas por esa misma gente guay y progresista de su partido. Han erigido un campo de fuerza moral que le rodea y protege.

Así Yasmin Alibhai-Brown, que con tanta frecuencia esta preocupada acerca de la islamofobia y que tantas disculpas exige por ello, calificó las críticas a Corbyn como un "engaño político". Ella incluso ha vendido una teoría bastante chunga acerca de la resonancia de los ataques a los que se enfrenta Corbyn. Una "alianza impía" de "la derecha, los Blairites (seguidores de Tony Blair) y los sionistas duros" se han lanzado claramente a manchar su buen nombre. Todo es cosa de esos sangrientos sionistas y de sus pestilentes aliados. Y todo esto proviene de una observadora que se ha convertido en un azote de los racistas.

La diputada laborista Diane Abbott, normalmente muy poco tímida a la hora de criticar en voz alta el racismo, también trató de cubrir las espaldas de Corbyn. "Los diputados están demasiado ocupados para comprobar los antecedentes de todos aquellos con los que comparten una plataforma" afirmó, antes de acusar a los críticos de Corbyn de "exagerar unos pocos incidentes en una carrera muy larga".

Un escritor de Electronic Intifada ha escrito que los "partidarios organizados de Israel" - lo que ya suena bastante siniestro - están tirando barro sobre Corbyn porque no les gusta su crítica del militarismo israelí.

Llama la atención que para algunos pro-Corbyn, gente muy anti-Israel de hecho, la gente realmente nociva no son los antisemitas a los Corbyn ha dado la mano, sino las "poderosas alianzas súper-organizadas de sionistas duros" que utilizan su poder para desprestigiar a cualquiera que se interponga en su camino.

Así que, no contentos de extremar la vigilancia sobre las preguntas que se realizan a Corbyn acerca de algunas de las personas con las que se ha asociado, resucitan la desagradable afirmación de que cierto sector de la sociedad utiliza su considerable influencia y sus críticas para silenciar a ciertos críticos. "Las personas que odian a Israel no tienen prejuicios", nos dicen, antes de hablar oscuramente de "grupos extraños que tratan de controlar la política británica".

¿Podrían estas personas oírse a sí mismos?

Mientras tanto, gran parte de la esfera izquierdista en Twitter - y que normalmente acosa a esos usuarios que se niegan a denunciar sentencias o comentarios racistas o sexistas - ha formado un anillo virtual del acero alrededor de Corbyn, censurando a cualquier persona que le ha interrogado sobre sus amistades y alianzas. Un concejal laborista ha llegado a decir en twitter que Corbyn es "anti Estado de Israel, no anti judío".

¿Pero tal vez estar completamente en contra de Israel - y no hablamos de críticas de sus políticas, sino estar "en contra como una idea y una entidad" - implica en sí mismo una especie de prejuicio?

Es por esto que al ver como una gran parte de esa izquierda altanera y autoaduladora ignora las críticas a Corbyn de una forma tan exagerada, o siniestra, nos confirma la idea de que la izquierda tiene un gran problema de antisemitismo: "se trata del antisemitismo como el menos malo de todos los prejuicios".

Si un político británico compartiera una plataforma con un supremacista blanco o con unos misoginos, se desataría la indignación general. Pero parece que mezclarse con aquellos que odian a los judíos no está tan mal, o al menos es excusable, y en todo caso sería mucho menos malo de alguna manera.

¿Qué hay detrás de este extraordinario doble estándar en lo referente a los prejuicios?

Surge de esa frase "anti Estado de Israel". Lamentablemente, hoy en día los antisionistas no son tan diferentes de los antisemitas tal como a ellos les gusta creer. Ambos comparten en común la urgencia de encontrar una cosa en el mundo a la que puedan echar la culpa de todos los problemas mundiales, políticos y sociales.

El antisemita culpa al judío y el antisionista culpa a Israel, viéndolos, y a sus aliados occidentales, como la causa de los conflictos, esas siniestras personas influyentes que controlan los medios de comunicación, y tal como deja claro todo el alboroto desatado alrededor Corbyn, como controladores de la suerte de los políticos aspirantes británicos.

La notable falta de una verdadera agitación (y de interés) entre la izquierda ante el resurgir y la existencia del antisemitismo contemporáneo, aunque sea vagamente, implica un vínculo común entre antisemitas y antisionistas. La izquierda moderna piensa que fuerzas oscuras controlan todos los aspectos de nuestras vidas. Lo mismo ocurre con los antisemitas.

La izquierda no puede condenar convincentemente el antisemitismo porque, y resulta terrible, ve un poco de él en sí misma.

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Saturday, January 17, 2015

Gran, gran artículo: Mientras los judíos son sacrificados, la izquierda se preocupa por la islamofobia - Brendan O'Neill - The Australian



En París, poco después de la masacre en la sede de Charlie Hebdo, un extremista islamista asaltó una tienda kosher, aterrorizó a sus clientes, y asesinó a cuatro de ellos. ¿Su delito? Su judeidad.

Y sin embargo, cuando este acto de barbarie antisemita se estaba llevando a cabo, ¿cuál era el motivo de preocupación del conjunto de formadores de opinión y de las celebridades biempensantes a su alrededor? La islamofobia. La posibilidad de violencia contra los musulmanes tras la masacre del Charlie Hebdo.

Ellos se preocupaban más por una violencia que aún no se había producido, que por la violencia que se desarrollaba ante los ojos del mundo en una tienda frecuentada por judíos.

Así que tuvimos que contemplar el extraño espectáculo de los periódicos británicos tronando contra un posible estallido de locura anti-musulmana en el preciso momento en que un arrebato de locura antisemita estaba teniendo lugar. "Hay que tener cuidado de que los islamófobos se incauten la atrocidad [del Charlie Hebdo] para hacer avanzar su odio", gritaba The Guardian mientras un antisemita irrumpía en una tienda kosher para hacer avanzar el odio más antiguo del mundo.

El día después del asalto a la tienda kosher, tres de los 10 artículos más leídos en la web del The Guardian eran terribles advertencias sobre el potencial de una violencia islamófoba tras Charlie Hebdo. Alguna celebridad parecía más preocupada por los posibles ataques contra los musulmanes de lo que lo estaba por los ataques reales a los judíos.

La enorme desconexión entre estos temores por lo que ocurriría en Francia tras las masacres y lo que en realidad sucedió fue resumida perfectamente por los comentarios realizados por el actor George Clooney. El lunes, cuando se preparaban los cuerpos de los cuatro judíos asesinados para volar a Israel, Clooney exponía sus aduladores frases sobre el flagelo del "fervor anti-musulmán" en Europa. Llegó hasta un punto en que no habría sido sorprendente escuchar a un periodista decir: "¡Oh, no, los judíos han vuelto a ser atacados, eso traerá aún más problemas para los musulmanes!".

Por supuesto, es completamente legítimo preocuparse por una reacción en contra de los musulmanes en la estela del terror islamista. Que algunas granadas de ruido fueran lanzados en el patio de una mezquita en Francia sugiere de hecho que hay exaltados que odian a los musulmanes. Pero no hay escapatoria al hecho de que estos observadores, creadores de opinión y celebridades, tienen dificultades para reconocer la gravedad del antisemitismo.

Les resulta más fácil fantasear acerca de una guerra dirigida contra los musulmanes que hacer frente a lo real, el creciente problema del odio a los judíos y su utilización como víctimas propiciatorias.

Lo vimos también el año pasado, cuando hubo numerosos arrebatos antisemitas durante el conflicto de Gaza. Los que se hacen pasar por progresistas, y que se rasgan las vestiduras cuando los musulmanes u otra minoría sufren abuso, no dijeron mucho.

Se inquietaron y emitieron algunas exclamaciones, o peor aún, ofrecieron una disculpa o apología para el nuevo antisemitismo. "Si Israel no tratara a los palestinos tan mal, tal vez los judíos no serían atacados", dieron a entender. Esta fea excusa ante la violencia antisemita alzó su cabeza nuevamente esta semana cuando un reportero de la BBC en París, Tim Wilcox, le dijo a una aturdida y anciana mujer judía francesa que "los palestinos sufren enormemente a manos de los judíos, así que...".

En pocas palabras: tal vez hay una lógica en la violencia antisemita. Tal vez es sólo una reacción a la maldad de Israel - o como dijo Wilcox , de los "judíos" -. Tal vez ustedes se lo merecen. Wilcox expresaba así un punto de vista común entre las élites y las secciones biempensantes de la sociedad: que el antisemitismo no es tan malo como otras formas de racismo, porque a menudo es ira contra Israel.

Estamos presenciando la aterradora unión del antisionismo y el antisemitismo, por ello los que pretenden simplemente odiar a Israel a menudo caen en expresiones de desdén hacia "los judíos" y focalizan su boicot en las tiendas judías.

De hecho, si Amedy Coulibaly, el asesino de la tienda kosher, pensó que una sencilla tienda kosher era el lugar apropiado para su loco radicalismo, no es difícil ver por qué: los manifestantes anti-Israel han estado atacando a lugares vinculados con Israel o simplemente lugares judíos durante años. Productos judíos, compradores judíos, su acción era justa al parecer.

La naturaleza cada vez más desquiciada de la repugnancia de muchos izquierdistas por Israel les ha llevado a problematizar a los mismos judíos. Ellos hablan oscuramente de lobbys judíos, de fuerzas superpoderosas que hacen que nuestros dirigentes se inclinen ante Israel. Su desquiciado temor conspirativo ante Israel significa que a menudo cruzan la línea de gritarle a Israel para preguntarse muy seriamente sobre la fiabilidad del resto de los judíos.

Es una rehabilitación de la idea de los judíos como culpables. Hace ya tiempo, los judíos fueron obligados a llevar la carga de "haber matado a Cristo", ahora se ven obligados a asumir la responsabilidad por todo lo que Israel dice y hace. Están marcados, son sospechosos, y no son nada simpáticos en comparación con las otras minorías.

Por esto realmente muchos izquierdistas europeos y occidentales tienen dificultades para ponerse de pie ante el nuevo antisemitismo: porque jugaron un papel clave en el nacimiento y desencadenamiento del mismo.

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Saturday, February 01, 2014

Hasby Award mejores artículos de 2013: No hay nada ni remotamente progresista en el odio actual de la izquierda hacia Israel - Brendan O’neill



Para mí, lo más llamativo de la actitud de la izquierda hacia Israel es lo mucho que ha cambiado, la forma arrebatadora en que se ha transformado durante el último par de generaciones. Yo no creo que exista ninguna otra cuestión o causa en la que la izquierda haya cambiado tan drásticamente su pensamiento. En pocas palabras, la corriente principal de la izquierda occidental ha pasado de amar a Israel a sentir repugnancia, de cantar sus alabanzas a echarle la culpa de todos los males del mundo, acusándolo además de ser el único estado bárbaro del mundo.

Resulta difícil de creer en la actualidad, en esta época en la que ser mordaz con Israel es una parte central de lo que significa hoy en día ser de izquierdas, que no hace tantos años los izquierdistas británicos se mostraran temerosos ante la suerte de Israel en el peligroso barrio que habitaba. En las décadas de los años 1950 y 60, incluido el período de la Guerra de los Seis Días en 1967, e incluso más tarde, habría sido difícil o casi imposible encontrar a un izquierdista de la corriente dominante que tuviera una mala palabra que decir sobre Israel [N.P.: apreciación demasiado entusiasta ya que ¿dónde meteríamos a las diversas corrientes comunistas, y por supuesto a los estalinistas y a los troskistas, o acaso no eran dominantes?]. Los líderes izquierdistas del partido Laborista como Michael Foot y Tony Benn eran pro-Israel. Ellos escribieron lo que desde entonces han sido llamados artículos "über-sionistas" por una revista judía llamada Vanguard. A finales de los años 60, incluso algunos izquierdistas radicales coquetearon con la idea de ir a luchar al lado de Israel en la guerra de 1967.

De hecho, si hay un problema con la actitud de la corriente principal de la izquierda con respecto a Israel en aquel entonces era su carácter  poco crítico e ingenuo. La izquierda promovió una narración moral de Israel como un estado admirablemente joven y valiente, sin examinar ninguno de los problemas que la aparición de Israel creó para las poblaciones circundantes. De hecho era un relato muy a menudo carente de empatía por los problemas que enfrentaban los pueblos palestino y árabe.

Si avanzamos rápidamente hasta hoy, el cambio de opinión sufrido por la izquierda de Israel ha sido verdaderamente espeluznante. Hoy en día, la detestación de Israel se expresa con una intensidad peculiar. Se considera a Israel como un pequeño país de mierda. Se sostiene que Israel es responsable de todos los males del mundo (sobre todo de los muchos y diversos que afronta el Oriente Medio). Ahora es común escuchar como los izquierdistas afirman que un "lobby israelí" tiene a Washington y a Londres bajo la palma de su mano y cómo con frecuencia les anima a emprender guerras en el Oriente Medio, y todo esto de la misma manera que lo harían quienes hubieran escuchado, o fueran partícipes, de los teóricos de la conspiración racista y de su "lobby judío/sionista" que gestiona los asuntos mundiales.

La izquierda ahora utiliza un extraordinario doble rasero para juzgar a Israel. Ella considera que todo lo que hace Israel es automáticamente horrible. Así que actualmente ustedes pueden ser testigos de una situación en la que los mismos izquierdistas que defienden a Barack Obama, a pesar de los drones y de las bombas contra los islamistas en el Pakistán rural  (o al menos no le reprochan claramente este tipo de prácticas), acusan a Israel de representar al mal y al fascismo por atacar a los islamistas que lanzan cohetes contra los civiles del sur de Israel. En los últimos meses, Israel y Turquía han lanzado ataques aéreos contra Siria pero sólo los ataques de Israel causaron una gran conmoción y dieron lugar a declaraciones altisonantes contra Israel acusándolo de querer suscitar un conflicto mundial… una vez más.

La mayoría de las personas ni siquiera saben que Turquía ha llevado a cabo una acción militar en Siria, y se debe a que lo único que “ve” - y para lo que tiene ojos - la corriente principal de la izquierda moderna es para los comportamientos del Estado judío que juzga “desagradables y desestabilizadores”.

El doble rasero con relación a Israel es ahora tan enorme que a menudo se oye a los izquierdistas británicos y estadounidenses pedir a sus gobiernos que condenen a Israel por su militarismo en Gaza y en otros lugares. Es decir, recomiendan a nuestros propios gobiernos, que han destruido y bombardeado Irak y Afganistán, y cuyas guerras en el extranjero hacen que el conflicto en Gaza parezca trivial y breve, son investidos por esos mismos izquierdistas de la autoridad moral para regañar a Israel.

Esta situación totalmente surrealista surge del hecho de que Israel es visto como diferente de todos de los demás estados [N.P.: algo gravísimo para estos universalistas que para otras confesiones y etnias reivindican su particularidad], y con una forma de vida más baja y degradada, criminal en suma, y por lo tanto le correspondería a los países occidentales aparentemente más civilizados ponerlo en su lugar. Hay una veta irónicamente imperialista en esta agitación izquierdista occidental que les capacita para sentirse superiores y así poder condenar al estúpido e incivilizado Israel [N.P.: este mismo sentimiento dirigido contra otro país, preferentemente no occidental, sería considerado racismo puro y duro].

Esa doble moral también se puede observar en las campañas de boicot académico de Israel y de los productos israelíes. Estos concienciados individuos de clase media son capaces de sentirse muy felices de poder escuchar a un profesor de la autoritaria Bielorrusia, o de utilizar un iPhone construido en la antidemocrática China, pero si les presentas a un profesor israelí o les das una manzana israelí se vuelven locos y agresivos. Tienen una extraña alergia a todas las cosas israelíes – la literatura israelí, la música israelí, la comida israelí -. Gritan y se burlan cuando un violinista israelí comienza a tocar en un concierto de música clásica. Tal comportamiento incivil e  irracional no sólo nos revela esa doble moral de la izquierda hacia Israel, sino que también nos devuelve ecos muy desagradables de otros boicots anteriores de tiendas y organizaciones judías por parte de racistas y fascistas.

¿Por qué se ha producido este cambio masivo en la actitud de la izquierda con respecto a Israel, un cambio que ha supuesto pasar de un amor acrítico a un odio sin igual?

En primer lugar, no se puede explicar por el comportamiento de Israel: el militarismo de Israel es de un orden más reducido de lo que lo era a finales de 1960 y principios de 1970. Hay otras explicaciones más bien periféricas para poner en perspectiva esta transformación de la izquierda. Por ejemplo, los izquierdistas de los años 1950 y 60 tenían el recuerdo fresco del Holocausto, por lo que sentían más simpatía por el pueblo judío. Además, el sionismo socialista estaba en el poder y a la vanguardia en Israel por aquel entonces, a diferencia de hoy en día. En aquel entonces Israel era visto como una especie de experimento socialista y no un país de derechas y religioso, por lo cual era contemplado con buenos ojos por los izquierdistas occidentales.

Pero esas son sólo razones periféricas. Hay una razón clave más importante, según creo, para ese cambio en la izquierda, y es que la izquierda ha dejado de creer en la modernidad y el progreso, y ve a Israel como la encarnación de esas cosas. Su odio virulento hacia Israel es en realidad una expresión de desprecio y de repugnancia ante lo que podríamos denominar "el proyecto occidental, el modo de vida occidental, los viejos ideales de la nación, de la soberanía, el crecimiento económico, la expansión humana y la experimentación social". Israel es visto como la encarnación de todos esos valores que una vez fueron considerados positivos pero que ahora la izquierda odia, por lo que se ha convertido en la encarnación de algo que se odia [N.P.: más bien el país, o la encarnación, más  fácil de atacar de todas].

La izquierda, después de haber perdido la fe en la modernidad, ha convertido a Israel en una especie de saco de boxeo contra el que puede expresar sus propios sentimientos anti-progreso, anti-modernos y trivialmente anti-occidentales.

En esencia, el caso de Israel resulta en gran medida muy revelador del espíritu de la época, donde las actitudes que genera tienden a revelar más sobre quien las expresa y su visión del mundo que sobre la realidad de Israel. Y la actitud de la izquierda contemporánea hacia Israel revela mucho acerca de dónde se encuentra el propio mundo moderno. Israel es considerado como un símbolo de todo lo que los izquierdistas occidentales y sus aliados una vez celebraron y amaron, es decir, la seguridad en sí mismos a propósito de sus ideales progresistas, seguridad que ahora se ha visto desbordada por el desdén postmoderno. Aquí es donde creo que podemos ver la existencia de una línea muy delgada, y no me gustaría que fuera cierto, entre la moda antisionista actual y el estilo del antiguo antisemitismo.

Por supuesto, es posible odiar a Israel y no odiar a los judíos. Pero históricamente, una línea muy fina separa el antimodernismo del antisemitismo, y tal línea fue a menudo violada. Los judíos, sobre todo a finales del siglo XIX y principios del XX, fueron vistos por algunos como la representación de un cambio disruptivo, como la personificación de la modernidad radical y de las ideas intelectuales desviadas y rupturistas. En esos períodos, algunas personas que fueron despedidas o maltratadas con la propagación de la modernidad, por el rápido ritmo de cambio de las sociedades, a menudo volcaron su ira sobre los judíos, a los que vieron como la fuente y los autores intelectuales de dicha modernidad. Aquí es de donde procede la idea del "socialismo de los tontos", cuando esas personas incómodas por el impacto del capitalismo y del progreso sobre sus vidas culparon de tales cosas a los judíos.

Actualmente estamos presenciando algo similar donde Israel jugaría el papel de "los judíos", y es visto como demasiado moderno y demasiado occidental (sobre todo en un ámbito árabe), demasiado arrogante y demasiado victorioso o exitoso, y se le odia por eso. Y este odio hacia Israel, por ser bastante irracional y por estar impulsado más por las propias emociones occidentales que por la realidad sobre el terreno en el Oriente Medio, resulta impredecible, cambiante, a menudo bastante eruptivo, lo que significa que fácilmente cruza la línea en sus expresiones de desprecio por los "judíos". Consideren el caso de ese diputado británico de los Liberales Demócratas - ni siquiera de un partido izquierdista - que criticó recientemente la crueldad de los "judíos" hacia los palestinos y más tarde se corrigió y dijo que quiso decir "Israel". Estos lapsus sugieren que el antisionismo actual sigue los mismos feos patrones e injustos sentimientos del antisemitismo de antaño.

Para los jóvenes, especialmente para los jóvenes radicales, e incluso para los jóvenes judíos radicales, puede resultar muy tentador unirse a la lucha contra ese “Israel gigante” [N.P.: especie de quijotes de pacotilla contra monstruosos y gigantéscos molinos de viento]. Odiar a Israel es una poderosa y reconfortante tentación en respetables círculos de la izquierda, y las personas que anhelan la reputación que estos círculos proporcionan sienten que deben seguir su ejemplo para ser así considerados políticamente, es decir, para ser considerados de izquierdas.

Yo os recomiendo: "No lo hagáis, no hay nada positivo en ese odio contemporánea de Israel. Nada". De hecho, es una de las perspectivas más retrógradas de nuestra época impulsada más por un pauloviano rechazo de los valores occidentales que por antimperialismo. Debería ser impugnado y ridiculizado sin piedad, dejado aparte y no consentido.

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