Saturday, May 13, 2017

El Pueblo contra el Haaretz - Shmuel Rosner



El Haaretz es un diario israelí. Admirado por muchos extranjeros y por pocos israelíes, y odiado por muchos o la mayoría de los israelíes. Leído por pocos, denunciado por muchos, se trata de un diario altamente ideológico, de alta calidad. Tiene un historial de excelencia. También tiene una historia de independencia. E igualmente un historial de recuento y recopilación de los errores o mal comportamiento de Israel. Tiene una historia de conseguir crispar los nervios de Israel.

Sin embargo, es sólo un diario La historia del pueblo contra el Haaretz - es decir, la creciente, mayoritaria y abierta aversión de los israelíes por ese diario - es digna de ser contada sólo porque nos dice algo sobre el propio Israel: que la extrema izquierda del país está evolucionando desde una posición política hacia un estado mental y que la mayoría derechista aún no ha evolucionado hacia un público maduro y seguro de sí mismo.

Consideren un incidente de mediados de abril. El Haaretz publicó un artículo de opinión de uno de sus columnistas.  Su argumento muy poco convincente era que los sionistas religiosos eran más peligrosos para Israel que los propios terroristas de Hezbolá y palestinos. Y sin embargo, la respuesta fue abrumadora. El primer ministro, el ministro de Defensa, el ministro de Educación y la ministra de Justicia, todos ellos denunciaron el artículo y al periódico. El presidente también condenó el artículo. El líder del partido del centro, Yesh Atid tildó al artículo de opinión “antisemita”. Los líderes del centro-izquierda, el Laborismo, lo tildaron de odioso. El país casi se unificó en la condena.

Por supuesto, no estuvo completamente unificado. En la extrema izquierda, unas pocas voces apoyaron el artículo y al periódico. Algunos argumentaron que el artículo era sustantivamente válido. Otros argumentaron que no era importante si el artículo era sustancial o no, el ataque al Haaretz era una cínica estratagema para sacudir nuevamente a los pilares de la izquierda, tal vez su pilar más visible.

Si existía tal estratagema, no parece estar funcionando. La semana pasada, en la víspera del Día de los Caídos de Israel, un sombrío día de reflexión, el Haaretz volvió a la carga. Un artículo de un destacado columnista explicaba que ya no podía enarbolar la bandera de Israel. Otro parecía estar llamando a una guerra civil. Estos artículos no son excepciones, son la regla para un periódico que en los últimos años ha llegado a depender de tales provocaciones.

El objetivo de sus provocaciones es servir a su ideología. El Haaretz y el núcleo de sus lectores se oponen fuertemente a la ocupación de Cisjordania, al apoyo del gobierno a los colonos, a la ampliación ideológica del Tribunal Supremo, al status quo del Estado y la religión en Israel y a otras tendencias conservadoras.

Cuatro factores han convergido para que el Haaretz irrite más que nunca a los israelíes. En primer lugar, el país es menos receptivo a una agenda de izquierdas ya que la mayoría de sus ciudadanos se inclinan hacia la derecha. En segundo lugar, el país siente que sufre un injustificado e hipócrita cerco internacional, y por lo tanto es mucho menos indulgente con esos israelíes a los que percibe como proporcionando munición a los hipercríticos de Israel. Recientemente, los judíos israelíes clasificaron a “la izquierda radical” como uno de los grupos que menos contribuyen al éxito de Israel. En tercer lugar, la izquierda de Israel se ha convertida en muy pequeña, y ha interiorizado en estado de sitio. En cuarto lugar, la frustración de la izquierda con Israel la ha vuelto amargada y antagónica. Esto hace que sea más propensa a castigar la paciencia del resto de israelíes subiendo la apuesta retórica en su crítica del país, de sus líderes y de su población.

El resultado de este discurso cada vez más provocador es a menudo bastante patético, a veces cómico, y en ocasiones preocupante. Haaretz molesta a la mayoría de los israelíes, dando voz a descripciones absurdas de lo que es o hace Israel (“fascismo”, “apartheid”), de lo que son la mayoría de sus líderes y su población, provocando que piquen el anzuelo y monten en cólera. Es un juego infantil y, a la larga, Israel sale perdiendo. De ser un periódico de calidad de una disidencia coherente, necesario en una sociedad plural, se ha convertido en una plataforma para arrebatos y rabietas infantiles. De una oposición de izquierdas, a la que daba voz el Haaretz, se ha convertido en sinónimo de un antagonismo innecesario, improductivo y radical. Así el debate público se ha hecho más contundente y menos constructivo, y el público está más irritado y se muestra menos tolerante con la disidencia.

Tentadora como es, la historia del pueblo contra el Haaretz no es la historia de un país cuyo población ya no está dispuesta a tolerar un sano debate. Es la historia de un grupo ideológico de Israel que está perdiendo su capacidad de comunicarse con el resto de la sociedad y de tener alguna posibilidad de influir en su futuro. Es la historia de un grupo ideológico que solamente encuentra autoestima y cierto relieve provocando al resto del país para que se levante en su contra, y así justificar su reprobación del país.

Trabajé en el Haaretz durante más de una década, como editor y jefe de la división de noticias, y durante tres años como corresponsal en jefe en los Estados Unidos. Mi estancia en Washington terminó en 2008, cuando se dio por terminado mi empleo. Pero siempre valoré la independencia de Haaretz frente al dogma y su excelencia profesional, a pesar de que no siempre estuve cómodo con su inclinación ideológica. El hecho de que ya no le considere un diario de lectura obligada responde, probablemente, a la misma razón por la que la mayoría de los israelíes se sienten incómodos con él: el Haaretz todavía emplea a buenos periodistas, y en ciertos casos presentan casos importantes apoyados por pruebas. Pero en líneas generales, la lectura del Haaretz en las últimas décadas es cada vez más el ejercicio de anticipación de una muerte anunciada.

El diario desvela bastantes historias verídicas, pero su visión general de la historia de Israel es equivocada. Tiende a pintar un cuadro sombrío de las acciones de Israel, y se lanza por la borda con la predicción de graves consecuencias para Israel, que rara vez se materializan. Tienden a olvidar que Israel es hoy un país más fuerte militar, económica y culturalmente de lo que lo era cuando el diario, y su círculo de lectores fieles, comenzó a explicar que casi todas las acciones y decisiones del país eran equivocadas.

Y tal vez esa sea la fuente de frustración del Haaretz: No se trata de que Israel no escucha. Es que Israel no escucha (y no les hace caso), y aún así tiene éxito y sigue prosperando.

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