Sunday, October 29, 2017

Gran artículo: ¿Por qué los judíos estadounidenses idealizaron (e idealizan) el comunismo soviético? - Ruth R. Wisse - Tablet



[En] este país hubo un  tiempo en que virtualmente toda la vitalidad intelectual derivaba, de una forma o de otra, del Partido Comunista. Si no estabas en algún lugar dentro de la amplia órbita del partido, entonces probablemente estarías en la oposición, lo que significaba que gran parte de tu pensamiento y energía debía dedicarse a mantenerte en esa oposición. En cualquier caso, fue el Partido Comunista el que finalmente determinó qué se habría de pensar y en qué términos.
Esto no fue escrito en la Unión Soviética o en uno de sus países satélites, sino en la Nueva York de 1947 por Robert Warshow en la revista Commentary y sobre la cultura estadounidense de la década anterior. Si bien era un poco hiperbólico (los agraristas sureños, los académicos, etc.), describía fielmente la cultura judía estadounidense de la época, incluyendo enfáticamente su rama yiddish. En el extremo de este movimiento se encontraban personas como Julius Rosenberg, George Koval y Mark Zborowski, quienes espiaron activamente para la Unión Soviética. Al mismo tiempo, los editores de publicaciones comunistas, Hollywood y activistas sindicales, escritores del partido y líderes institucionales fueron todos dirigidos por Moscú y se unieron a miembros de base para promover las virtudes del estalinismo sobre los males de la democracia constitucional estadounidense.

Una fuente más actual, la Enciclopedia del Archivo de Mujeres Judías, nos asegura que de los aproximadamente 83.000 miembros del Partido Comunista en 1943, las mujeres suponían alrededor del 46%:
Los historiadores del PC estiman, además, que casi la mitad de los miembros del partido eran judíos en la década de 1930 y 1940, y que aproximadamente 100.000 judíos pasaron por el partido en esas décadas con una alta rotación de militantes. Parece seguro decir, entonces, que las mujeres judías fueron uno de los sectores más importantes del PC durante la Depresión y los años de la guerra, y por cada uno que era un comunista "portador del carnet", había varios que formaban parte de organizaciones de masas dirigidas por el partido pero que no pertenecían al propio partido.
El tono aquí es de celebración, enorgulleciéndose de la prominencia judía en las actividades comunistas. Al igual que el personaje de Barbra Streisand en The Way We Were ("Tal como éramos" en España), que enamora al representante de los acomodados WASP estadounidenses, representado por Robert Redford, estas mujeres comunistas eran presentadas como campeonas de una noble causa. Vivian Gornick hablaba recientemente con entusiasmo en el New York Times sobre los comunistas que empujaron a los Estados Unidos "a convertirse en la democracia que siempre dijo que era".

Estamos hablando del comunismo soviético, el que mató a unos 30 millones de sus propios ciudadanos, incluso a través de una hambruna forzada por el gobierno en Ucrania, cuyos detalles incluso las personas endurecidas por la literatura del Holocausto tienen problemas para leer. Hitler mató a un millón de niños judíos, pero Stalin mató a más del doble de niños solamente en Ucrania. Este es el movimiento que estableció un pacto con Hitler precipitando la guerra contra Polonia, y construyó el Gulag, el que superó con creces la red de campos de concentración de Hitler en número de víctimas. Este fue el régimen totalitario que perfeccionó el lenguaje orwelliano con una cultura de mentiras y que no solo camufló su maldad con una terminología inocua, al estilo de lo que hicieron los nazis, con términos como reasentamiento para exterminar y limpiar por asesinato, sino que justificó una cultura de espionaje, expropiación, asesinatos en masas y un dominio tiránico en nombre del "igualitarismo" y la "paz internacional".

Con respecto a los judíos y el judaísmo, el comunismo soviético prohibió la práctica de la religión y el estudio del hebreo. La sección judía del Partido Comunista tomó la delantera en la persecución de rabinos y maestros, matando a algunos y enviando a otros a una muerte segura. Los soviéticos elogiaron las masacres árabes de judíos de 1929 em Palestina, así como el comienzo de la Revolución Comunista Árabe y formularon los eslóganes del antisionismo que son la base argumental del antisemitismo actual en los Estados Unidos. La propaganda soviética acusó a los judíos de imperialismo en la década de 1930 y (con los árabes) de racismo en la década de 1970. Atrajo a los judíos con falsas promesas al asentamiento avanzado de Birobidzan, en el Extremo Oriente, y demonizó al yishuv judío en la Tierra de Israel. Los soviéticos usaron el Comité antifascista Judío para ganarse el apoyo estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial, y luego ejecutaron a su liderazgo en 1952. ¿Podría decir Gornick que de esta forma el "comunismo empujó a los judíos" a convertirse en las personas justas que siempre aspiraron a ser?

Nosotros, estadounidenses y judíos, pedimos a las naciones que alguna vez sucumbieron al fascismo y practicaron el genocidio en su nombre que reconozcan los males que cometieron en el pasado. Lo hacemos no para perpetuar la culpa, sino porque la autoconciencia por sí sola impide la repetición del mismo comportamiento. ¿Cómo pueden entonces los estadounidenses, y en particular los judíos entre ellos, perpetuar el romance - o la inocencia - del régimen bolchevique?

Hoy nadie tiene la excusa de que "no sabíamos lo que estaba sucediendo". Sabemos y conocemos, y si pretendemos no saber, dejemos que Roberto Conquest, Alexander Solzhenitsyn y Martin Amis, con "Koba el Temible", se conviertan en nuestra lectura obligatoria junto a Elie Wiesel.

De ninguna manera esto implica que los judíos sean responsables del comunismo, como algunos de sus antiguos súbditos europeos intentan afirmar. Esa falsa acusación debe ser expuesta tan enérgicamente como cualquier libelo de sangre o acusación de deicidio. El comunismo causó al menos tanto daño a los judíos como a cualquier otro pueblo, pero en nombre de ese daño, también estamos obligados a tomar en serio que muchos judíos apoyaron uno de los regímenes más asesinos de la historia, y recapacitar sobre cómo, por qué y en qué medida se equivocaron. Que las audiencias públicas del senador McCarthy en la década de 1950 fueron casi tan "antiamericanas" como las propias actividades investigadas, ya no pueden seguir siendo utilizadas como una excusa del daño perpetrado por el comunismo estadounidense al ocultar los crímenes soviéticos, subvertir las instituciones estadounidenses y oponerse a la recuperación de los judíos de su patria ancestral.

Los judíos aceptaron la Torah en el Sinaí para salvarlos de las malas consecuencias de las buenas intenciones. Las prohibiciones de la Torah contra la idolatría estaban destinadas a protegernos de los horrores que las "buenas intenciones" del comunismo impusieron en su lugar. El idealismo no justifica los atajos morales, y la revolución no puede sustituir a la civilización.

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