Sunday, October 15, 2017

La falsa paz entre el Partido Laborista y los judíos - Howard Jacobson - NYT



Del 23 al 27 de septiembre, el Partido Laborista celebró su conferencia anual en Brighton, Inglaterra, creyendo que tenía el viento en la espalda. Los Tories están en pleno desorden sobre el Brexit. La primera ministra Theresa May está tremendamente enferma por heridas autoinfligidas, y de cualquier manera su probable sucesor - Boris Johnson o Jacob Rees-Mogg - será un bufón.

El líder del Partido Laborista, Jeremy Corbyn, fue hasta hace poco criticado por los que dudaban de él dentro de su propio partido como un político del pasado, pero ahora es venerado por esa misma razón. Y por él sonaron las canciones en Brighton, se agitaron las pancartas y los laboristas marcharon hacia el pasado con el lema de Shelley: "Para muchos, no para pocos".

Pero hay una mosca en el ungüento: el antisemitismo. Cómo el laborismo ha sustituido a los viejos conservadores en el rol de enemigos de los judíos es una historia que no se puede contar brevemente, pero como algunos de los consejeros más cercanos del Sr. Corbyn, parece un regreso a la época de Stalin.

Consciente de la críticas, aunque nunca parezca tomarlas realmente en serio, el Sr. Corbyn organizó su propia investigación hace un año. Sharmishta Chakrabarti, una ex directora del grupo de derechos humanos Liberty, la llevó a cabo de una manera breve y de mala calidad. La investigación de la Sra. Chakrabarti habló con muy pocas personas que acusaban al partido de antisemitismo e investigó aún menos sus argumentos.

Señaló una "atmósfera tóxica ocasional" en el partido y recomendó desterrar las analogías con Hitler y los nazis cuando se hablaba de Israel. No dejar de pensar en nazi, sino simplemente dejar de hacerlo en público. Y eso fue todo más o menos. En respuesta a la continua crítica de los judíos, el Sr. Corbyn elevó a la Sra. Chakrabarti a la nobleza.

Así pues, la Conferencia de Trabajo concluyó que no había ningún señal de antisemitismo, ya que el partido se acercaba cada vez más al centro y los modestos consejos de la Sra. Chakrabarti sobre Hitler y los nazis habían sido atendidos. Aún  así, hubo llamamientos a que algunos grupos judíos dentro del laborismo fueran excluidos del partido (por su proximidad a Israel), se entregó un documento apoyando la afirmación de Ken Livingstone, el ex alcalde de Londres, de una colusión entre judíos alemanes y nazis, e inclusive se propuso una moción para poder cuestionar la verdad del Holocausto.

A modo de apoyo a los críticos, se adoptó una norma de advertencia contra una conducta que podría ser perjudicial para el partido, reprobándose la hostilidad a la discapacidad, la reasignación de género, la asociación civil, el embarazo y la maternidad... y el antisemitismo. Pero la condena del sionismo fue tan febril como siempre y cualquier judío - en particular cualquier judío israelí - dispuesto a unirse a ese antisionismo podía contar con una ovación de la sala puesta en pie. Ningún hombre es un profeta en su propia tierra, pero un israelí antisionista es todo un héroe en éste mundo.

Si los argumentos eran antiguos, la perspectiva del poder les daba nueva urgencia. En un momento que vivirá en la infamia, el distinguido director de cine Ken Loach defendió cuestionar el Holocausto. "Creo que la historia debe estar abierta a todo tipo de discusión", afirmó tratando de esquivar la cuestión de por qué el Partido Laborista debería haber elegido el Holocausto, de todos los acontecimientos históricos - y no la esclavitud, por ejemplo - como objeto de un posible escrutinio sin limitaciones. Pero sabemos la respuesta a eso. Cuando la temperatura política aumenta, el extremismo se convierte en una indulgencia permisible. Todas las cosas de repente parecen posibles; en la euforia no hay nada que no se diga.

George Eliot escribió un ensayo sobre la condición de los judíos a finales del siglo XIX, titulado "The Modern Hep! Hep! Hep!", una referencia al grito de los cruzados mientras recorrían Europa aniquilando las comunidades judías que aparecían en su camino. Hep representaba "Hierosolyma Est Perdita" - Jerusalén es destruida. Hep! Hep! Hep!

Cuando un ejército vengador va de camino, no hay ningún control sobre su júbilo en busca de justicia y sacrificio. Los delegados del partido laborista son apenas cruzados, pero el soplo de la lujuria de la sangre se eleva incluso en Brighton.

Pero para el señor Corbyn y los más cercanos a él se muestran malhumoradamente indiferentes. El Sr. Corbyn se desvía a su manera con tal de no usar la palabra "antisemitismo", y cuando se ve obligado a condenarlo invoca la plausibilidad de que el Partido Laborista se opone a todo tipo de racismo y discriminación. El "todo" es importante. Enterrar el antisemitismo entre ofensas como la intimidación y el acoso sexual es una forma de esquiva para igualar cosas que no son iguales, y en el proceso se aseguran de que el antisemitismo rara vez es privilegiado con una mención propia.

Hay método en esta evasividad. Negar implícitamente la existencia del antisemitismo - como algunos continúan negando el Holocausto - es convertirlo en una fantasía enfermiza autofabricada por los judíos, una patología cuya función es romper la posibilidad de la crítica antisionista. Que los judíos invocan el antisemitismo principalmente para silenciar a los críticos de Israel es un embuste rutinario y cansino, pero sigue siendo utilizado como medio defensivo. Y sirve a un propósito: difama a los judíos como mentirosos en el acto de protestar contra la supuesta inocencia de tal ofensa. Y si el antisemitismo es una quimera, entonces el antisionismo, tan a menudo confundido con él, no tiene nada de lo que disculparse después de todo.

Desesperados por ganar cualquier tipo de concesión de los laboristas, algunos judíos británicos se han conformado con una falsa paz. Absténgase los laboristas de un discurso manifiestamente antisemita, invocando la malignidad de nuestra apariencia y ambiciones, y les permitiremos su antisionismo. Pero el acuerdo está comenzando a desenredarse, algo que parecía obligado. Porque la verdad es que no puedes mantener a los judíos fuera del sionismo.

Una ignorancia histórica intencional sostiene el antisionismo. En algunos relatos los israelíes abandonan un claro cielo azul en 1967 y ocupan la Ribera Occidental, en otros el sionismo es una ideología relativamente reciente siempre disputada dentro de la propia sociedad judía. Lo que se oculta es la historia de 2.000 años de judíos que regresaron al país del cual habían sido exiliados, ya sea en respuesta a los anhelos de una patria, a orar donde habían orado una vez, o para encontrar un lugar de seguridad.

En 1862, el socialista Moses Hess, colaborador de Karl Marx, publicó "Roma y Jerusalén", un argumento a favor de los judíos ya que todos los otros intentos de vivir libres de persecución habían fracasado. Regresar a esa "patria ancestral inalienable" estuvo en la mirada judía durante milenios. "Ningún pueblo moderno que se esfuerce por tener una patria propia", continuó Hess, "puede negar al judío la suya, al menos sin cometer un suicidio moral".

El sionismo fue, tal como lo resume una frase de Simon Schama, un movimiento de gestación prolongada para una "transformación regenerativa", más espiritual que política, y no en absoluto la aventura imperialista que los antisionistas le acusan de ser. Una gran ambición, obligada a perder su brillo cuando declinó en las banales y a veces crueles exigencias de la estatalidad, pero ¿podemos odiar una cosa en retrospectiva porque no nos gusta en lo que se convirtió? Y si lo odiamos, ¿dónde está nuestra comprensión de la desesperación que lo hizo necesario?

Lo que hay que insistir es que el sionismo - la idea, no los acontecimientos políticos a los que ha dado lugar - es parte integral de la mente y la imaginación judías. Aquellos que dicen estar en contra del sionismo, pero no de los judíos, están hablando de enigmas. No es el judío el que necesita verse a sí mismo ajeno al antisionismo, es el antisionista quien tiene que preguntarse qué es lo que alimenta su fervor y si, en su supuesta justa rabia, está cometiendo lo que Moisés Hess denominó "suicidio moral". Hasta entonces, el lema del Partido Laborista seguirá leyendo: "Para los muchos, no para los judíos".

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