Sunday, November 26, 2017

Fenomenal artículo sobre la relación de los judíos estadounidenses con Israel: La desaparición del colectivo judío - Hillel Halkin - Mosaic

 
Los últimos judíos de Ankara

Estoy totalmente de acuerdo con Daniel Gordis (y con Elliott Abrams en su ensayo anterior en Mosaic) que algunos están poniendo el carro delante del caballo cuando atribuyen la creciente distancia de los judíos estadounidenses con respecto a Israel a las fallas morales percibidas en Israel, ya sea de cara a los palestinos o algo más. De hecho, hay políticas israelíes hacia los palestinos que merecen ser criticadas por cualquiera que se preocupe por los derechos humanos, como lo hacen muchos judíos estadounidenses. Pero si los judíos progresistas estadounidenses se preocuparan tanto por Israel como dicen, expresarían sus críticas de manera diferente. Lo expresarían con más dolor y menos indignación; serían más empáticos y no condenarían con tanta arrogancia; tratarían de comprender las razones del comportamiento de Israel incluso si lo encuentran injustificado; y sobre todo, continuarían siendo judíos para identificarse tan firmemente como siempre con Israel como un estado judío. Seguirían sintiendo que es su estado a pesar de sus reservas sobre su conducta. El hecho de que no se sientan de esta manera tiene menos que ver con las deficiencias de Israel que con su propio y atenuado sentido de miembros de un pueblo judío, unas razones por las cuales Gordis los critica con determinación.

Un número cada vez mayor de judíos estadounidenses se preocupan por Israel solo en la medida en que Israel valida su propia imagen de sí mismos, y se desentienden, o se vuelven contra Israel, cuando no devuelve dicha imagen. Y sin embargo, para ser justos, ¿la mayoría de los israelíes son diferentes en su actitud hacia los judíos estadounidenses? Además del apoyo de los judíos estadounidenses a Israel, ¿se interesan por ellos, se molestan en conocer su historia e instituciones, saben algo de su vida religiosa e intelectual, hacen un esfuerzo por comprenderlos o se preocupan por su futuro? También existen para ellos, para los israelíes, solo instrumentalmente, en la medida en que ellos y sus intereses coinciden. Si la asimilación rampante de los judíos estadounidenses les alarma, esto es solamente porque temen un debilitamiento consecuente de la base política de Israel en los Estados Unidos, no porque la desaparición de los judíos en la diáspora les preocupe per se. Y aunque en general poseen el sentido de pertenencia a un pueblo judío del que muchos judíos estadounidenses carecen, tienden a pensar en Israel y consideran que la diáspora deben identificar a Israel como la única expresión significativa de este pueblo.

Por supuesto, como Gordis observa, existe una gran excepción a esta regla: son las comunidades tradicionalmente religiosas de ambos países, que son conscientes de un vínculo entre ellas y del ideal de un vínculo entre todos los judíos que una vez solía llamarse klal yisra'el, es decirm el colectivo judío. Quizás estas comunidades, en un futuro, establecerán el tono para las relaciones judías israelí-estadounidenses como menciona Gordis al mencionar el auge de la demografía ortodoxa en los EEUU, pero con razón advierte contra la extrapolación ciega de las tendencias demográficas actuales hacia el futuro.

Mientras tanto, sin embargo, la mayoría de los judíos israelíes y estadounidenses continuarán alejándose cada vez más. Y una razón adicional de que lo harán, además de las enumeradas por Gordis, es que tendrán menos en común con respecto a sus orígenes compartidos. Durante gran parte del siglo XX, los judíos de América y los judíos de Israel tenían un mismo origen en Europa del Este, por sus padres o abuelos. Ahora, estas raíces europeas han retrocedido al pasado y, con ellas, un vínculo más entre los dos grupos.

La principal diferencia entre la perspectiva de Daniel Gordis y la mía es que me siento menos perturbado por estos hechos que él. ¿La distancia entre los judíos israelíes y estadounidenses está creciendo? Déjenla crecer. Es natural. Las dos poblaciones viven en mundos diferentes, hablan diferentes idiomas, enfrentan diferentes problemas, desafíos y peligros, tienen diferentes preocupaciones, miedos y experiencias de vida, se adhieren a diferentes valores y piensan en sí mismos y en su entorno de diferentes maneras. En ausencia de un fuerte sentido de klal yisra'el, ningún incremento de la concienciación, educación, turismo, programas de Birthright o la superficial "americanización" de la vida israelí, y mucho menos el establecimiento de un estado palestino o un estallido de la paz en el Oriente Medio, podrá cambiar esto. La mayoría de los judíos estadounidenses no pasarán mucho tiempo pensando en Israel, y los israelíes aún menos pensarán en los judíos estadounidenses. ¿Y qué ?

Una de las premisas del pensamiento sionista clásico, ampliamente confirmada en nuestros tiempos, es que en las sociedades democráticas liberales de la diáspora moderna la asimilación de la mayoría de los judíos será inevitable. Siempre me divierte escuchar que se proclame, en nombre del sionismo, que la asimilación en América debe combatirse. ¿Por qué o cómo combatir aquello que tus propias creencias te dicen que tendrá lugar, ya sea combatido o no? Este no es un argumento en contra de la educación judía en América. Es un argumento en contra de la ilusión de que tal educación, aún llevándola a cabo de manera vigorosa, puede detener una marea histórica. Y porque creo que el análisis del sionismo clásico de la condición judía es totalmente correcto, también creo, como la mayoría de los israelíes, que el único vehículo viable para la gente judía en nuestros tiempos es un estado judío. A pesar de mi origen americano,

¿Qué pasa con el temor de que un judaísmo norteamericano cada vez más pequeño y menos pro israelí pueda afectar a la política estadounidense hacia Israel? Una vez, a decir verdad, compartí este miedo. Pero miren las últimas dos décadas de la historia estadounidense. Han elegido en ellas a dos presidentes republicanos muy favorables a Israel que recibieron (y esperaban recibirla) poco ayuda de los votos judíos, y un presidente demócrata que se mostró muy frío con Israel, que fue el favorito de un gran número de judíos estadounidenses. Sin duda, esto sugiere que a pesar de la noción generalizada de que la política estadounidense hacia Israel ha sido moldeada por la presión política judía, otros factores son más importantes. Israel ha sobrevivido a estos primeros 70 años de su existencia y ha prosperado a pesar de ello. Sobrevivirá también al debilitamiento del apoyo judío estadounidense.

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