Saturday, December 09, 2017

No hay ningún vínculo entre ser débil y tener razón - Gadi Taub - Haaretz



Todavía hay personas que piensan en la corrección política como en un tipo de urbanidad que quizás es un tanto impuesta con demasiada fuerza. Originalmente, era una buena idea, creen, pero es una lástima que haya llegado hasta los límites del absurdo.

Tomen la reciente audiencia de una asistente de enseñanza llamada Lindsay Shepherd en una universidad canadiense donde mostró un vídeo de su clase que presentaba un debate. Uno de las partes abogó por el uso de pronombres neutrales al género, y el otro lado, el profesor Jordan Peterson, insistió en llamar a la gente solamente con "él" o "ella".

Shepherd afirmó en su defensa que ella no había tomado partido en el debate. Pero el santo sínodo de su departamento la reprendió, comparando su fracaso a la hora de tomar una posición en contra de Peterson como "aceptar neutralmente un discurso de Hitler", nada menos.

Todo esto no es una coincidencia. La corrección política no es demasiado buena. Fue algo malo desde el primer momento. Es una forma de racismo y de chovinismo, aunque a la inversa. Es culpable de las mismas generalizaciones de las cuales se acusa a los otros, pero lo hace contra grupos que no están en la lista de víctimas certificadas.

Lo que no se puede decir sobre las mujeres se puede decir sobre los hombres, lo que no se puede decir sobre mizrahim se puede decir sobre asquenazis, y lo que no se puede decir sobre los árabes se puede decir sobre los judíos. Por ejemplo, se considera perfectamente correcto ofrecer un curso antisemita en Berkeley, cuya justificación es la "descolonización" de Palestina, y en el que los estudiantes examinarán las posibilidades de destruir el estado-nación judío.

¿Por qué la corrección política permite tratar a diferentes grupos con diferentes estándares? Porque su cosmovisión se basa en lo que he denominado un "kitsch moral": quien tiene más poder es automáticamente el sinvergüenza, y quien tiene menos poder automáticamente tiene razón. Así es como el mundo está dividido entre víctimas justas y victimarios perversos.

Desde una visión moral, es claramente absurdo. El guardián de la prisión tiene mucho más poder que el prisionero, pero eso no prueba que el prisionero siempre tenga razón y que el alcaide siempre esté equivocado.

Además, la lista de impotentes es arbitraria, y los diversos grupos se juzgan en función de los sentimientos de culpa existentes en el momento, en lugar de una evaluación seria de su historia. Los judíos fueron unas víctimas absolutas del racismo europeo a quienes se les pudo haber perdonado todo, pero que en un momento diferente se los considera emisarios del orientalismo europeo y no se les puede perdonar nada, ni siquiera su aspiración a algo a lo que todas las naciones tienen derecho… su autodeterminación.

En el mundo real, por supuesto, no existe una correlación entre ser débil y tener la razón, y a veces sucede lo contrario (vean a nuestros vecinos palestinos, por ejemplo). Adlai Stevenson una vez revirtió el proverbio diciendo: "El poder corrompe, pero la debilidad corrompe absolutamente".

Los liberales de matiz sentimental son especialmente vulnerables al kitsch moral de la corrección política, y les es fácil caer en su falsa lógica: dado que el liberalismo exige un trato igual para todas las personas, y dado que los valores son parte de la identidad de una persona, debemos respetar los valores de todas las personas Por lo tanto, el liberalismo mismo nos ordena respetar también su rechazo.

Así es como hemos llegado a la situación absurda en la que, por razones liberales, Suecia no actúa para evitar el matrimonio forzado de niños pertenecientes a sus comunidades de inmigrantes, y en los Estados Unidos una activista musulmana que apoya la sharia como Linda Sarsour se convierte en el líder de una marcha feminista. (Sarsour cree que hay una contradicción necesaria entre el sionismo y el feminismo, pero por alguna razón no hay contradicción entre la sharia y el feminismo). Y por supuesto, Sarsour considera que cualquier crítica a la actitud del Islam hacia las mujeres es "islamofobia".

Esta marcha hacia la locura no terminará hasta que dejemos de confundir la igualdad entre las personas con la igualdad entre los valores, y hasta que reconozcamos que la "democracia" entre los valores obstaculiza, no promueve, la democracia entre las personas.

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