Saturday, December 15, 2018

Cuando los túneles del antisionismo pasan por debajo de su casa - Bret Stephens - NYT



En el 2002, el secretario general de Hezbolá, Hassan Nasrallah, pronunció un discurso en el que señaló que la creación del estado de Israel le había ahorrado a sus seguidores el problema de perseguir a los judíos por "los confines del mundo". El grupo terrorista tiene prominentes apologistas en Occidente, y algunos de ellos se apresuraron a afirmar que Nasrallah no había pronunciado tal cosa.

Excepto que sí lo había hecho. Tony Badran, de la Fundación para la Defensa de las Democracias, rastreó la grabación original del discurso, en el que Nasrallah continuaba hablando de la "Palestina ocupada" como el lugar designado por Alá para la "batalla final y decisiva" contra los judíos. Y por "Palestina ocupada", no estaba hablando de Cisjordania.

A veces los antisionistas son - oh ¡sorpresa! - también unos antisemitas homicidas.

Ese es un pensamiento que no puede estar lejos de la mente de cualquiera que viva en el norte de Israel, donde en los últimos días el ejército israelí ha descubierto al menos tres túneles excavados por Hezbolá, y con la intención de hacer infiltrar a través de ellos a comandos bajo la frontera en una acción (cada vez más probable) de guerra. Dada la amplitud de las capacidades de Hezbolá, la profundidad de su fanatismo y la experiencia de los proyectos de túneles de Hamas en Gaza, es justo asumir que se encontrarán otros túneles.

¿Y qué haría Hezbolá si sus combatientes se introdujeran en Israel? En 1974, tres terroristas palestinos cruzaron la frontera desde el Líbano y tomaron 115 rehenes en una escuela primaria en la ciudad de Ma'alot. Asesinaron a 25 de ellos, incluidos 22 niños.

Otra infiltración desde el Líbano en 1978 dejó 38 israelíes muertos. Dado el largo historial de Hezbolá de perpetrar masacres desde Buenos Aires a Beirut, en pueblos y ciudades de Siria, parece que no tendría muchos más escrúpulos en una guerra por Galilea.

Todo esto es para comunicar que los israelíes experimentan el antisionismo de una manera diferente que, digamos, los lectores del The New York Times o The New York Review of Books: no como una manifestación audaz dentro del mundo de las ideas, sino como una amenaza inminente para su existencia terrenal que mantienen a raya solo por la fuerza de las armas.

Y es que representa algo así como diferenciar lo que implica discutir los efectos del marxismo-leninismo en un seminario de pregrado en el Reed College, alrededor del año 2018, y experimentar lo que implica esa doctrina en Berlín Occidental, por ejemplo alrededor del año 1961.

En realidad, es peor que eso, ya que los soviéticos simplemente querían dominar o conquistar a sus enemigos y apoderarse de sus propiedades, no borrarlos del mapa y terminar con sus vidas. El antisionismo podría haber representado un punto de vista respetable antes de 1948, cuando la cuestión de la existencia de Israel era algo futurible y se debatía. Hoy en día, el antisionismo es un llamamiento a la eliminación de un estado, un detalle interesante y a seguir con respecto a la suerte que correrían aquellos que actualmente viven en él.

Observen la distinción: los antisionistas no abogan por la reforma de un estado, como cuando Japón se reformó después de 1945. Tampoco piden el ajuste de las fronteras de un estado, tal como la frontera de Canadá con los Estados Unidos se ajustó periódicamente en el siglo XIX. Tampoco hablan del nacimiento de un estado separado, como Sudán del Sur nació en Sudán en 2011. Y ciertamente no están defendiendo la partición de un estado multiétnico en componentes étnicamente homogéneas, como Yugoslavia se dividió después de 1991.

El antisionismo es ideológicamente único al insistir en que un estado, y solo ese estado, no es que tenga cambiar, es que debe desaparecer. Resulta sorprendente que sus seguidores insistan en que son totalmente inocentes, y que la culpa final de esa desaparición la tendría el propio estado judío, lo que implica que esos antisionistas sean o bien los ideólogos más deshonestos, o bien los más obtusos. Cuando el colaborador de la CNN Marc Lamont Hill pidió el mes pasado una "Palestina libre desde el río hasta el mar", y luego confesó que ignoraba lo que realmente significaba ese eslogan, era difícil decir en qué categoría se encontraba.

¿Eso hace que alguien con los puntos de vista de Hill sea antisemita? Es como preguntarse si una persona que crea en una relación separada pero igual, debe ser necesariamente un racista. En teoría, no. En realidad, es otra historia. El objetivo típico de los antisemitas es la discriminación legal o social contra algunos judíos. El objetivo explícito del antisionista es despojarlos política o físicamente.

Lo que es peor: ¿Se te niega ser miembro de un club de campo porque eres judío o bien eres expulsado de tu patria y estado soberano ancestral por la misma razón? Si el antisemitismo y el antisionismo son significativamente distintos (creo que no lo son), las consecuencias humanas de este último son más graves.

La buena noticia es que la conversación sobre el antisionismo sigue siendo principalmente académica porque los israelíes no han sucumbido a la ilusión fatal de que, si se comportaran mejor, sus enemigos los odiarían menos. En la medida en que los padres israelíes duermen profundamente, se debe a que saben a qué se enfrentan. Y, para tomar prestada una cita de Kipling, nunca se burlan de los uniformes que los protegen mientras duermen.

No se puede decir lo mismo de esa clase de reprimendas que sobresalen por excusar siempre a los malvados y encontrar faltas en los buenos. Cuando alguien se encuentra del mismo lado que Hassan Nasrallah, Louis Farrakhan y David Duke sobre la cuestión del derecho a existir de un país, es hora de volver a examinar cada opinión que tenga.

Que tengan tanta obsesión negativa por Israel es fanatismo en sí mismo.

Olvidan a los judíos y a sus sensibilidades. Los israelíes, sí, la mayoría de los cuales son judíos, tienen sus propias sensibilidades. Quieren respeto, consideración y comprensión. Ellos merecen un trato justo. No merecen ser señalados por una obsesión crítica mientras otras comunidades mucho peores, en países mucho peores, no la padecen. Se merecen que se les oiga cuando supuestos expertos, activistas y políticos, distantes de ellos y de donde viven, proponen como políticas para su país que es impracticable y peligrosa. Los israelíes tienen derecho a estar seguros y tienen derecho a proteger su cultura. Tienen todas las razones del mundo para decir sin disculpas: cualquiera que cuestione mi país, él o ella no obtendrá una justificación solo porque pueden probar que no son también antisemitas.

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