Thursday, October 18, 2007

Ahmadinejad & Annapolis - Amnon Rubinstein - JPost

La declaración del presidente Mahmoud Ahmadinejad en cuanto a un referéndum mundial musulmán sobre la transferencia de Israel a Europa, América o Alaska, sirve para subrayar el hecho de que tratamos con un lunático - astuto, quizá, pero un lunático.

El problema es este: el mundo - y sobre todo nosotros, los judíos - ha tenido malas experiencias con los lunáticos que poseen un poder militar; hemos visto que sus locas visiones tratan de hacerse realidad.

Irán es una superpotencia regional y el temor de que se armará dentro de poco con armamento nuclear no es una paranoia.

Hitler habló "de aniquilar al pueblo judío", Ahmadinejad estaría satisfecho con "limpiar a Israel del mapa." En ambos casos, la amenaza estaba acompañada por una tremenda campaña de odio e incitación.

En efecto, desde la acometida antijudía nazi, no se ha visto en el mundo una campaña tal de odio histérico y psicótico como la que se ha emprendido actualmente en las capitales del mundo árabe y musulmán.

¿Qué podemos hacer?

Durante muchos y largos años hemos contemplado nuestra seguridad nacional como relacionada directamente con nuestra capacidad de prevalecer sobre los ejércitos de los países árabes en el campo de batalla convencional. El hecho de que hayamos logrado prevenir otras invasiones de ejércitos árabes, de que hayamos firmado acuerdos de paz con Egipto y Jordania, demuestra los logros excepcionales alcanzados por la diminuta y valerosa isla israelí.

Ahora observamos que el odio hacia Israel toma nuevas formas ajenas al campo de batalla tradicional: el desarrollo de misiles de largo alcance equipados con armas de destrucción masiva, el bombardeo "convencional" de objetivos civiles en Israel desde el exterior y el terrorismo suicida.

Todos estos peligros pueden ser rastreados desde Irán, pero de todos ellos el más terrible es la amenaza nuclear.

Inclusive nuestra doctrina de seguridad ante una amenaza nuclear ha sido socavada - puesto que aunque Israel es capaz de contraatacar, sus dimensiones diminutas debilitan su posición en el equilibrio de terror, sobre todo a la vista del hecho de que el líder iraní parece dispuesto a absorber serios golpes a fin de restaurar el poderío musulmán-chiíta a su antigua gloria, y provocar el retorno del imán ocultó.

Peor aún, aún si la nuclearización de Irán se retrasará (debido a la presión internacional o un ataque militar), esto sólo obstruiría temporalmente su deseo de conseguir una bomba atómica. Oriente Medio afronta el peligro de la proliferación nuclear, tanto sí los países musulmanes la desarrollan solos - Libia estaba mucho más cerca de lo que la inteligencia occidental era consciente - o por otros medios. En última instancia los países musulmanes ricos serán capaces de comprar directamente armamentos nucleares, o bien comprarán la maestría para fabricarlos.

En un Oriente Medio nuclearizado, el control de Israel del campo de batalla tradicional desaparecerá y su debilidad por sus diminutas dimensiones se hará más evidente. Y, ciertamente, si algún día hay alguien a quién nosotros podamos dirigirnos y confiar en él, Israel tendrá que consentir en desmilitarizar enteramente el Oriente Medio, Israel incluido, de armamento nuclear. Lo que preparamos durante "un día lluvioso" en los años 1950 y años 1960 puede convertirse finalmente en un escollo.

Hasta que ese día llegue, Israel debe defenderse principalmente de dos modos: el primero es invertir en un supremo esfuerzo nacional en los sistemas anti mísiles. El ministro de defensa dijo recientemente que Israel sería capaz de interceptar el 90% de todos los misiles disparados - y eso es alentador, pero debemos hacer un esfuerzo supremo para alcanzar un nivel de interceptación más elevado. Según los expertos, se puede hacer; el éxito depende principalmente de la cantidad de recursos invertidos.

El segundo camino es desalentar al enemigo de utilizar armas de destrucción masiva contra nosotros.

Esta disuasión puede ser alcanzada si Israel forma parte de un sistema de defensa mucho más grande, preferentemente en el contexto de la OTAN. Esto dejaría claro al mundo árabe musulmán de que Israel se defendería no sólo a sí mismo, sino también por medio de poderosos aliados.

De acuerdo, quizá esto no influya en Ahmadinejad, pero el resto de los dirigentes iraníes probablemente se desalentarían ante la amenaza de un conflicto con la OTAN.

Y es importante presentar esta demanda antes de hacer algún otro tipo de concesiones, y antes de que la cumbre internacional en Annapolis se celebre.

Las concesiones que nos piden que hagamos a los palestinos no son fáciles: hemos visto ya lo que pasó como consecuencia de la retirada de Gaza. No tenemos ninguna garantía de que un acuerdo de paz con los palestinos impedirá en un futuro ataques con mísiles al centro de Israel, como los actuales sobre Sderot y todo el Negev occidental.

El elemento de equilibrio implica algo más que un único acuerdo - incluso un acuerdo interino - con los palestinos, requiere que la firma de ese acuerdo sea inequívoca y firme y lleve consigo la demanda de su sanción por parte de los Estados Unidos y de Europa. El acuerdo debe ser acompañado por una serie de arreglos estratégicos de seguridad en el contexto de la OTAN.

Para llevar a cabo esto, no debemos excluir a priori el ingreso paralelo de Palestina en esta organización. Después de todo, la entrada de Israel no tendrá ninguna posibilidad del éxito a menos que se vea acompañada por la entrada de un país árabe.

Ahmadinejad no estará físicamente presente en Annapolis, pero sus amenazas estarán allí, cerniéndose encima de la mesa de negociaciones. La respuesta a estas amenazas debe incluir a los palestinos en el contexto de una alianza de defensa.

Una alianza de esta clase minimizaría los peligros existenciales planteados a Israel, comparados con los cuales los otros peligros - que en efecto, existen realmente - son mucho menores.

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