Annapolis: una aclamación, un bostezo, una perspectiva cínica - Barry Rubin - JPost
Antes de la reunión de Annapolis, unos opinaron que la operación salvaría al paciente; y los otros que, por contra, mataría al paciente. De hecho, el paciente esta como siempre pero los doctores tenían una intervención infernal y se congratularon de haber realizado un trabajo fabuloso.
Terminaremos el conflicto hacia diciembre de 2008, dice el Presidente George Bush. Queremos hacer la paz y mantenerla por mucho tiempo aseguran Israel y la Autoridad Palestinas (AP). Los medias occidentales lo aclaman como un gran éxito ya que cada uno pronunció las palabras correctas; nadie atacó a nadie ni insultó a nadie. Es bastante para hacer creer que la paz está al alcance de la mano.
Pero existe una enorme distancia entre las reacciones generadas por la reunión entre los medios occidentales y los del Oriente Medio. Mientras los primeros lo celebran, los segundos saben mejor que no hay que esperar demasiado.
No es sorprendente que los mediadores occidentales no puedan finalizar un conflicto cuando no entienden por qué existe. Ni el conflicto israelí-árabe, ni el conflicto israelí-palestino están basados en un malentendido, ni en la intransigencia israelí, ni suponen una brecha que puede ser soldada por unos gerentes del conflicto bien intencionados, pero ignorantes.
La razón de que el conflicto persista es doble:
- Primero, los palestinos y una parte muy grande de los árabes todavía quieren y esperan una victoria total. Ellos no buscan el compromiso porque realmente no desean una solución de dos estados, al menos, no más que como una etapa temporal que conduzca a la desaparición de Israel del mapa.
Así, mientras existen conversaciones interminables sobre posibles concesiones y compromisos israelíes, prácticamente nada se dice sobre lo que se requiere de la otra parte. ¿Por qué? Pues porque que ellos no darán nada, e indicándolo de forma tan explícita muestran que no hay ninguna posibilidad de un verdadero progreso.
- Segundo, la política árabe necesita la continuación del conflicto. Los regímenes actuales necesitan una cabeza de turco para así poder movilizar un apoyo popular y a la vez utilizarla como excusa para justificar sus propios y múltiples fracasos.
La oposición islamista la necesita además como lema en su búsqueda del poder.
Fatah estaría dentro de la primera categoría; Hamas dentro de la segunda.
Consecuentemente, cualquier análisis que culpe piadosamente a cada lado de forma equitativa es incapaz de entender la política en el Oriente Medio. Aún así, los agentes por la paz creen que su eficacia requiere cierta falsedad que ratifica su propio fracaso. Así fingen que la intransigencia, el terrorismo, y la incitación a la violencia provienen de ambas partes.
El futuro es fácilmente previsible: conversaciones interminables y ningún acuerdo. El único progreso será el de un incremento de las ilusiones confortadoras generado por vagos discursos como los pronunciados en Annapolis.
Pero eso tendrá poco efecto a pie de tierra. Las tentativas de atacar a Israel continuaran diariamente, incluso de miembros del Fatah que obtendrán una formación estadounidense, pero que rechazarán un final del conflicto o hasta la reubicación de los refugiados palestinos en un estado palestino (Cisjordania-Gaza). La AP no detendrá a casi nadie y no mantendrá a nadie en la cárcel durante mucho tiempo. La incitación anti Israel proseguirá.
Y así ha pasado, el día después de que la conferencia terminara, la televisión de la AP emitió múltiples veces una película que mostraba a Israel transformado en una Palestina árabe. Lo que es asombroso no es que la AP haga tentativas inadecuadas para fomentar la paz y un compromiso, sino que no hace ningún tipo esfuerzo en esa dirección.
Sólo se puede considerar como elemento novedoso, dentro del marco elaborado por la administración Bush y que se vende como un importante avance, el que los EE.UU juzgarán si los palestinos y los israelíes cumplen sus compromisos. Este elemento suena poderoso y decisivo. Pero no es del todo nuevo.
Durante los dos períodos anteriores, la política estadounidense se ubicó en una posición similar. La primera vez fue en el período 1988-1990, cuando la Casa Blanca - bajo la presión del Congreso - tuvo que certificar que la OLP detenía el uso del terrorismo a fin de continuar con el diálogo con dicha organización. Como consecuencia de ello, el Departamento de Estado, encargado de esta misión, ignoró repetidamente los ataques de la OLP con la oportuno y simple excusa de que no fueron realizados por la OLP como tal, sino por grupos que resultaban estar formados por miembros de la OLP. Solamente cuando se frustró un importante ataque terrorista y éste fue elogiado por los propios líderes de la OLP, los EE.UU se vieron obligados a terminar con el diálogo.
El segundo ejemplo sucedió durante el proceso de paz de 1994-2000. La AP, habitualmente, no hacía ninguna tentativa seria de impedir los ataques terroristas desde áreas que controlaba, ni trataba de detener o castigar a sus responsables. Era difícil encontrar un programa de los medias de la AP que, internamente, impulsará una reconciliación.
Al contrario, la incitación era el pan de cada día. Pero los EE.UU tuvieron que permanecer silenciosos o, como máximo, culpar equitativamente a ambos lados, a fin de mantener el proceso vivo.
Como único juez, los EE.UU no podrá decir públicamente que la AP no cumple sus compromisos, o denunciar el escándalo de la continuación de la incitación, o el lastimoso y mínimo esfuerzo antiterrorista o la corrupción masiva. Después de todo, demostrar que la AP incumple todos sus compromisos a un nivel tan elevado sería declarar que el proceso de paz no funciona. Esto supondría también enfadar a los árabes, que alegarían que los EE.UU son favorables a Israel y no un mediador imparcial. Ah, y a propósito, esta política de evitar afrontar el incumplimiento palestino también puede ocasionar que los EE.UU se vean incapaces de propiciar un verdadero progreso.
El objetivo público de la administración americana es la paz pero su verdadero fin es mantener las conversaciones hasta que el actual equipo abandone sus puestos. La opinión pública israelí también es consciente de este hecho. Según las encuestas, mientras el 53% apoyaba los objetivos de la conferencia de Annapolis, sólo el 17% consideró a esa reunión "un éxito", mientras que el 42% lo catalogó como "un fracaso". Ellos no esperan, sin embargo, ni ningún tipo de presión seria, ni tampoco grandes concesiones de Washington.
¿Esta contradicción aparente es tan terrible? Mucho menos de lo que pueda parecer. Si los EE.UU han reforzado su posición en la región, aunque sea sobre la base de la ilusión, no es ninguna mala cosa. Teniendo ese marco se mejoran relativamente las tensas relaciones entre Israel y la AP, enseña a quienes quieren escucharlo que Israel quiere la paz, y ayuda a Fatah a sobrevivir ante Hamas, lo que resulta una contribución positiva.
Además, Israel podrá hablar de todas las concesiones que realizaría si realmente tuviera a un partenaire sincero, decidido a corresponder, sabiendo que ese guión no pasará.
El hecho importante para la administración Bush es que no se crea su propia propaganda. Si lo hace sería un error, y tratar de presionar a Israel y así apaciguar a la parte árabe con un establecimiento negociado - que no se materializará finalmente - pondría las cosas peores. Pero no pienso que eso vaya a llegar a un nivel considerable. Lo que se necesita es lo que podría ser denominado acertadamente como cinismo constructivo.
Terminaremos el conflicto hacia diciembre de 2008, dice el Presidente George Bush. Queremos hacer la paz y mantenerla por mucho tiempo aseguran Israel y la Autoridad Palestinas (AP). Los medias occidentales lo aclaman como un gran éxito ya que cada uno pronunció las palabras correctas; nadie atacó a nadie ni insultó a nadie. Es bastante para hacer creer que la paz está al alcance de la mano.
Pero existe una enorme distancia entre las reacciones generadas por la reunión entre los medios occidentales y los del Oriente Medio. Mientras los primeros lo celebran, los segundos saben mejor que no hay que esperar demasiado.
No es sorprendente que los mediadores occidentales no puedan finalizar un conflicto cuando no entienden por qué existe. Ni el conflicto israelí-árabe, ni el conflicto israelí-palestino están basados en un malentendido, ni en la intransigencia israelí, ni suponen una brecha que puede ser soldada por unos gerentes del conflicto bien intencionados, pero ignorantes.
La razón de que el conflicto persista es doble:
- Primero, los palestinos y una parte muy grande de los árabes todavía quieren y esperan una victoria total. Ellos no buscan el compromiso porque realmente no desean una solución de dos estados, al menos, no más que como una etapa temporal que conduzca a la desaparición de Israel del mapa.
Así, mientras existen conversaciones interminables sobre posibles concesiones y compromisos israelíes, prácticamente nada se dice sobre lo que se requiere de la otra parte. ¿Por qué? Pues porque que ellos no darán nada, e indicándolo de forma tan explícita muestran que no hay ninguna posibilidad de un verdadero progreso.
- Segundo, la política árabe necesita la continuación del conflicto. Los regímenes actuales necesitan una cabeza de turco para así poder movilizar un apoyo popular y a la vez utilizarla como excusa para justificar sus propios y múltiples fracasos.
La oposición islamista la necesita además como lema en su búsqueda del poder.
Fatah estaría dentro de la primera categoría; Hamas dentro de la segunda.
Consecuentemente, cualquier análisis que culpe piadosamente a cada lado de forma equitativa es incapaz de entender la política en el Oriente Medio. Aún así, los agentes por la paz creen que su eficacia requiere cierta falsedad que ratifica su propio fracaso. Así fingen que la intransigencia, el terrorismo, y la incitación a la violencia provienen de ambas partes.
El futuro es fácilmente previsible: conversaciones interminables y ningún acuerdo. El único progreso será el de un incremento de las ilusiones confortadoras generado por vagos discursos como los pronunciados en Annapolis.
Pero eso tendrá poco efecto a pie de tierra. Las tentativas de atacar a Israel continuaran diariamente, incluso de miembros del Fatah que obtendrán una formación estadounidense, pero que rechazarán un final del conflicto o hasta la reubicación de los refugiados palestinos en un estado palestino (Cisjordania-Gaza). La AP no detendrá a casi nadie y no mantendrá a nadie en la cárcel durante mucho tiempo. La incitación anti Israel proseguirá.
Y así ha pasado, el día después de que la conferencia terminara, la televisión de la AP emitió múltiples veces una película que mostraba a Israel transformado en una Palestina árabe. Lo que es asombroso no es que la AP haga tentativas inadecuadas para fomentar la paz y un compromiso, sino que no hace ningún tipo esfuerzo en esa dirección.
Sólo se puede considerar como elemento novedoso, dentro del marco elaborado por la administración Bush y que se vende como un importante avance, el que los EE.UU juzgarán si los palestinos y los israelíes cumplen sus compromisos. Este elemento suena poderoso y decisivo. Pero no es del todo nuevo.
Durante los dos períodos anteriores, la política estadounidense se ubicó en una posición similar. La primera vez fue en el período 1988-1990, cuando la Casa Blanca - bajo la presión del Congreso - tuvo que certificar que la OLP detenía el uso del terrorismo a fin de continuar con el diálogo con dicha organización. Como consecuencia de ello, el Departamento de Estado, encargado de esta misión, ignoró repetidamente los ataques de la OLP con la oportuno y simple excusa de que no fueron realizados por la OLP como tal, sino por grupos que resultaban estar formados por miembros de la OLP. Solamente cuando se frustró un importante ataque terrorista y éste fue elogiado por los propios líderes de la OLP, los EE.UU se vieron obligados a terminar con el diálogo.
El segundo ejemplo sucedió durante el proceso de paz de 1994-2000. La AP, habitualmente, no hacía ninguna tentativa seria de impedir los ataques terroristas desde áreas que controlaba, ni trataba de detener o castigar a sus responsables. Era difícil encontrar un programa de los medias de la AP que, internamente, impulsará una reconciliación.
Al contrario, la incitación era el pan de cada día. Pero los EE.UU tuvieron que permanecer silenciosos o, como máximo, culpar equitativamente a ambos lados, a fin de mantener el proceso vivo.
Como único juez, los EE.UU no podrá decir públicamente que la AP no cumple sus compromisos, o denunciar el escándalo de la continuación de la incitación, o el lastimoso y mínimo esfuerzo antiterrorista o la corrupción masiva. Después de todo, demostrar que la AP incumple todos sus compromisos a un nivel tan elevado sería declarar que el proceso de paz no funciona. Esto supondría también enfadar a los árabes, que alegarían que los EE.UU son favorables a Israel y no un mediador imparcial. Ah, y a propósito, esta política de evitar afrontar el incumplimiento palestino también puede ocasionar que los EE.UU se vean incapaces de propiciar un verdadero progreso.
El objetivo público de la administración americana es la paz pero su verdadero fin es mantener las conversaciones hasta que el actual equipo abandone sus puestos. La opinión pública israelí también es consciente de este hecho. Según las encuestas, mientras el 53% apoyaba los objetivos de la conferencia de Annapolis, sólo el 17% consideró a esa reunión "un éxito", mientras que el 42% lo catalogó como "un fracaso". Ellos no esperan, sin embargo, ni ningún tipo de presión seria, ni tampoco grandes concesiones de Washington.
¿Esta contradicción aparente es tan terrible? Mucho menos de lo que pueda parecer. Si los EE.UU han reforzado su posición en la región, aunque sea sobre la base de la ilusión, no es ninguna mala cosa. Teniendo ese marco se mejoran relativamente las tensas relaciones entre Israel y la AP, enseña a quienes quieren escucharlo que Israel quiere la paz, y ayuda a Fatah a sobrevivir ante Hamas, lo que resulta una contribución positiva.
Además, Israel podrá hablar de todas las concesiones que realizaría si realmente tuviera a un partenaire sincero, decidido a corresponder, sabiendo que ese guión no pasará.
El hecho importante para la administración Bush es que no se crea su propia propaganda. Si lo hace sería un error, y tratar de presionar a Israel y así apaciguar a la parte árabe con un establecimiento negociado - que no se materializará finalmente - pondría las cosas peores. Pero no pienso que eso vaya a llegar a un nivel considerable. Lo que se necesita es lo que podría ser denominado acertadamente como cinismo constructivo.


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