Ahora no es el momento - Aluf Benn - Haaretz
El informe final del Comité Winegrad sobre el papel desempeñado por la jefatura del país durante la Segunda Guerra del Líbano todavía no se ha publicado, pero ya algunos piden la dimisión del primer ministro Ehud Olmert.
Puede ser comprensible el deseo de castigar a Olmert, aunque con retraso, por sus errores antes y durante la guerra, comenzando con la designación de Amir Peretz como ministro de defensa, la precipitada decisión de lanzarse a la batalla, el permitir que el IDF fuera arrastrado a una guerra de desgaste y finalizando con una última batalla innecesaria.
Pero la cólera no es una buena consejera para la política práctica, y la pregunta principal es si destituir a Olmert en este momento sería beneficioso o contraproducente para el país.
Tras finalizar la guerra Olmert ha conseguido éxitos impresionantes en el objetivo que él se marcó: "ocuparse del funcionamiento del país". Según cualquier tipo de criterio, Israel funciona mejor bajo Olmert que bajo todos sus precursores.
La economía esta en auge, el terrorismo ha disminuido, el sistema político disfruta de estabilidad, y se reconstruye la fuerza del IDF bajo un ministro de defensa con experiencia. Olmert ha reanudado las negociaciones de paz con los palestinos, y actúa para congelar los establecimientos evitando los enfrentamientos internos.
Su arriesgada decisión de seguir adelante con el ataque del IAF en Siria no condujo a una confrontación, ni causó daños en el frente internacional. El "mundo" es más amistoso con Israel que antes, y el presidente de los Estados Unidos está de camino a Jerusalén, por primera vez en su mandato.
Pero Olmert ha fallado a la hora de dar esperanzas sobre el futuro. Un año y medio después del alto el fuego en el Líbano, el estado de ánimo nacional reflejado en las encuestas está aún bajo. El crecimiento financiero y los escasos ataques terroristas no sirven para calmar a la gente, que teme por el futuro de su país enfrentado a las amenazas del Islam radical bajo un liderazgo impopular. La opinión pública parece bostezar ante las nuevas conversaciones inestables con el presidente palestino Mahmoud Abbas.
La declaración final de la cumbre de Annapolis, donde se prometió "hacer todo lo posible" para conseguir un acuerdo israelí palestino, fue contemplada como una nueva colección de palabras vacías.
El manejo impresionante de la coalición gubernamental que permitió al gabinete aprobar a tiempo el presupuesto nacional y sin escándalos, se percibe como fruto del mercadeo político, y como un ejercicio de supervivencia más que como una dirección gubernamental apropiada.
La lección principal que podemos obtener de la jefatura de Olmert es que el poder de decisión y la capacidad de tomar las decisiones adecuadas no es suficiente. La solidez nacional requiere un liderazgo popular que transmita seguridad.
Pero supongamos que Olmert sea obligado a dimitir después de la publicación del Informe Winograd: ¿qué haría su sucesor? ¿ofrece algunos de los contendientes y aspirantes al puesto una solución diferente para los problemas del país? ¿ofrecen un rumbo diferente? ¿manejaría la ministro de Asuntos Exteriores Tzippi Livni las negociaciones con los palestinos de manera diferente? ¿tendría el ministro de Defensa Ehud Barak un respuesta mejor para enfrentarse a los cohetes Qassam que aterrizan en el norte del Negev ? ¿cambiaría el líder de la oposición Benjamin Netanyahu su melodía sobre Irán si tomara el timón? ¿detendría las conversaciones con Abbas , tan importantes para los americanos? ¿cualquiera de ellos reanudaría las conversaciones con Siria, ahora que hasta Francia boicotea al presidente Bashar Assad?
Israel hoy en día no tiene un argumentario político genuino como el que tenían el antiguo primer ministro Yitzhak Shamir con Shimon Peres , o Netanyahu con el antiguo primer ministro Yitzhak Rabin.
Todos los candidatos parecen señalar una misma ruta: unas negociaciones cautelosas con los palestinos moderados, el boicoteo diplomático de Hamas, un progreso cero de la vía siria, un temor presente ante la nuclearización de los iraníes y proseguir con el crecimiento económico.
En tal situación, sustituir al primer ministro sólo generaría ruido y pondría el país ante una campaña electoral innecesaria cuyos resultados no cambiarían nada.
El año 2008 estara determinado por la finalización de la era Bush, y su capacidad política determinará los movimientos de los frentes diplomáticos y de los frentes de seguridad. Antes que nada, determinará la decisión de Israel de si hay que golpear a Irán o dejarlo en paz, con la esperanza de que la siguiente administración estadounidense tenga éxito a la hora de alcanzar un entendimiento que ablandaría a la República Islámica.
También se requerirá que el gobierno haga tantos progresos como pueda en las negociaciones de paz, que consiga un alto el fuego estable con Hamas en Gaza y que recupere a los soldados secuestrados.
El próximo año, las cosas serán diferentes. La Casa Blanca verá a un nuevo líder que tratará de diferenciarse de Bush, y de aplicar un nuevo liderazgo americano en el Oriente Medio.
Esto sería un momento apropiado para una nueva instrospección sobre el liderazgo israelí, y su reacondicionamiento a una nueva era en la región. Por eso tiene sentido ir a las elecciones en 2009, cuando el foco de la atención defina un liderazgo apropiado para el país, en vez de pasar facturas pendientes por la última guerra.
Puede ser comprensible el deseo de castigar a Olmert, aunque con retraso, por sus errores antes y durante la guerra, comenzando con la designación de Amir Peretz como ministro de defensa, la precipitada decisión de lanzarse a la batalla, el permitir que el IDF fuera arrastrado a una guerra de desgaste y finalizando con una última batalla innecesaria.
Pero la cólera no es una buena consejera para la política práctica, y la pregunta principal es si destituir a Olmert en este momento sería beneficioso o contraproducente para el país.
Tras finalizar la guerra Olmert ha conseguido éxitos impresionantes en el objetivo que él se marcó: "ocuparse del funcionamiento del país". Según cualquier tipo de criterio, Israel funciona mejor bajo Olmert que bajo todos sus precursores.
La economía esta en auge, el terrorismo ha disminuido, el sistema político disfruta de estabilidad, y se reconstruye la fuerza del IDF bajo un ministro de defensa con experiencia. Olmert ha reanudado las negociaciones de paz con los palestinos, y actúa para congelar los establecimientos evitando los enfrentamientos internos.
Su arriesgada decisión de seguir adelante con el ataque del IAF en Siria no condujo a una confrontación, ni causó daños en el frente internacional. El "mundo" es más amistoso con Israel que antes, y el presidente de los Estados Unidos está de camino a Jerusalén, por primera vez en su mandato.
Pero Olmert ha fallado a la hora de dar esperanzas sobre el futuro. Un año y medio después del alto el fuego en el Líbano, el estado de ánimo nacional reflejado en las encuestas está aún bajo. El crecimiento financiero y los escasos ataques terroristas no sirven para calmar a la gente, que teme por el futuro de su país enfrentado a las amenazas del Islam radical bajo un liderazgo impopular. La opinión pública parece bostezar ante las nuevas conversaciones inestables con el presidente palestino Mahmoud Abbas.
La declaración final de la cumbre de Annapolis, donde se prometió "hacer todo lo posible" para conseguir un acuerdo israelí palestino, fue contemplada como una nueva colección de palabras vacías.
El manejo impresionante de la coalición gubernamental que permitió al gabinete aprobar a tiempo el presupuesto nacional y sin escándalos, se percibe como fruto del mercadeo político, y como un ejercicio de supervivencia más que como una dirección gubernamental apropiada.
La lección principal que podemos obtener de la jefatura de Olmert es que el poder de decisión y la capacidad de tomar las decisiones adecuadas no es suficiente. La solidez nacional requiere un liderazgo popular que transmita seguridad.
Pero supongamos que Olmert sea obligado a dimitir después de la publicación del Informe Winograd: ¿qué haría su sucesor? ¿ofrece algunos de los contendientes y aspirantes al puesto una solución diferente para los problemas del país? ¿ofrecen un rumbo diferente? ¿manejaría la ministro de Asuntos Exteriores Tzippi Livni las negociaciones con los palestinos de manera diferente? ¿tendría el ministro de Defensa Ehud Barak un respuesta mejor para enfrentarse a los cohetes Qassam que aterrizan en el norte del Negev ? ¿cambiaría el líder de la oposición Benjamin Netanyahu su melodía sobre Irán si tomara el timón? ¿detendría las conversaciones con Abbas , tan importantes para los americanos? ¿cualquiera de ellos reanudaría las conversaciones con Siria, ahora que hasta Francia boicotea al presidente Bashar Assad?
Israel hoy en día no tiene un argumentario político genuino como el que tenían el antiguo primer ministro Yitzhak Shamir con Shimon Peres , o Netanyahu con el antiguo primer ministro Yitzhak Rabin.
Todos los candidatos parecen señalar una misma ruta: unas negociaciones cautelosas con los palestinos moderados, el boicoteo diplomático de Hamas, un progreso cero de la vía siria, un temor presente ante la nuclearización de los iraníes y proseguir con el crecimiento económico.
En tal situación, sustituir al primer ministro sólo generaría ruido y pondría el país ante una campaña electoral innecesaria cuyos resultados no cambiarían nada.
El año 2008 estara determinado por la finalización de la era Bush, y su capacidad política determinará los movimientos de los frentes diplomáticos y de los frentes de seguridad. Antes que nada, determinará la decisión de Israel de si hay que golpear a Irán o dejarlo en paz, con la esperanza de que la siguiente administración estadounidense tenga éxito a la hora de alcanzar un entendimiento que ablandaría a la República Islámica.
También se requerirá que el gobierno haga tantos progresos como pueda en las negociaciones de paz, que consiga un alto el fuego estable con Hamas en Gaza y que recupere a los soldados secuestrados.
El próximo año, las cosas serán diferentes. La Casa Blanca verá a un nuevo líder que tratará de diferenciarse de Bush, y de aplicar un nuevo liderazgo americano en el Oriente Medio.
Esto sería un momento apropiado para una nueva instrospección sobre el liderazgo israelí, y su reacondicionamiento a una nueva era en la región. Por eso tiene sentido ir a las elecciones en 2009, cuando el foco de la atención defina un liderazgo apropiado para el país, en vez de pasar facturas pendientes por la última guerra.


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