Desentrañando al judío antisionista contemporáneo: La Moralidad de la Vanidad, I Parte - Anthony Julius - ZWord

Siempre existieron diferentes motivaciones dentro de las “objeciones judías al sionismo”. Se han considerado como evidentes, por ejemplo, las formuladas por los judíos dedicados al estudio de la Torah ("la objeción religiosa"), las expresadas por aquellos judíos de la diáspora que se consideraban asimilados a la nación en la que vivían y de la que se sentían ciudadanos ("la objeción patriótica"), y las definidas por aquellos judíos adeptos a diversos proyectos de emancipación universal, ya sea frente al capitalismo ("la objeción izquierdista"), y/o frente a todo particularismo étnico o religioso ("la objeción liberal").
En el período previo a 1948, cada una de estas objeciones tuvo mucha relevancia:
- La objeción religiosa existió tanto dentro de los grupos ortodoxos como en los afines al judaísmo reformista o a las versiones liberales.
- La objeción patriótica, que a menudo funcionaba conjuntamente con la religiosa, fue asumida por partes sustanciales de las comunidades judías en la mayoría de las naciones de la Europa Occidental y de los Estados Unidos. En efecto, la antipatía hacía el sionismo fue uno de las pocos posicionamientos, según Michael B. Oren, alrededor del cual y a principios de los años 1900, podían estar de acuerdo la mayor parte del pueblo judío americano. Mientras tanto, en Alemania, además de una objeción patriótica dominada por el elemento menos reflexivo (N.P.: un mero patriotismo), existió la lealtad propia del "sentido común" de la mayor parte del pueblo judío alemán procedente en gran parte a la profundidad teológica del pensador alemán Herman Cohen (1842-1919).
- La objeción liberal consistió en interpretar el sionismo como una tentativa - más aún, como la última dentro una serie de tentativas similares dentro la historia judía - de distanciar al judío occidental de la cultura occidental.
- Finalmente, la objeción izquierdista fue avanzada durante la III y la IV Internacional, es decir, a través de los sectores estalinistas y trotskistas del movimiento comunista revolucionario.
Todas estas objeciones se debilitaron con el establecimiento del estado judío, no repentinamente, pero sí paulatinamente con el paso del tiempo.
La objeción religiosa tuvo que aceptar la presencia y acomodación dentro del estado judío de partidos religiosos no sionistas; la objeción patriótica desapareció casi completamente cuando los judíos descubrieron que era posible ser a la vez ciudadanos de su propio país y conservar su orgullo por los logros de otro, Israel; por último, la objeción izquierdista tuvo que sufrir ante el espectáculo de los remanentes judíos del Holocausto reconstruyendo sus vidas construyendo un nuevo estado. Asimismo, los no sionistas, pero tampoco antisionistas, se convirtieron poco a poco en ardientes defensores de la seguridad y del éxito del joven estado, tanto o más que los propios sionistas. Los antisionistas, ante todo ello, tuvieron que esperar la llegada de tiempos más propicios.
Y eso no ocurrió hasta 1967. A finales de los años 1960, por una variedad de motivos, la objeción izquierdista resurgió nuevamente entre los jóvenes judíos pertenecientes a la Nueva Izquierda. Se pensó que era necesario "romper" con el sionismo para así “liberar el potencial revolucionario” de la clase obrera israelí; "una relación dialéctica" comenzó a percibirse entre la lucha contra el sionismo en Israel y la lucha por la revolución social dentro del mundo árabe.
En cambio, las objeciones religiosas y las patrióticas siguieron sin contar demasiado. Hasta que hacia 1989 el proyecto socialista fue prácticamente abandonado y la transformación radical de la sociedad fue considerada imposible. Y fue precisamente en estos momentos cuando surge el antisionismo judío contemporáneo (aunque existieron ejemplos previos de él en ciertas posiciones tomadas por los judíos de la diáspora tras la Guerra del Líbano de 1982).
Mientras las objeciones izquierdistas se marchitaban, la objeción religiosa volvió a reanimarse, aunque en unos términos reformulados radicalmente. Este nuevo antisionismo judío inauguró una “forma de retorno de muchos de estos judíos hacia una especie de identidad judía”. Ya no buscaban como las generaciones anteriores aliviarse del lastre de sus orígenes judíos; ahora pretendían "asumir" nuevamente ese lastre a fin de “cargar” con los judíos a su vez. Por supuesto, fue un retorno condicionado por muchos factores y entre ellos en parte consistió en una respuesta involuntaria a lo que entendían como una falta de sensibilidad por parte de Israel con respecto a la población de origen judío de la Diáspora. Evidentemente, también consistió en un "plus" especialmente considerado dentro de un contexto de activismo pro-palestino y obviamente también era el resultado de un cierto post-izquierdismo que buscaba nuevas lealtades o filiaciones políticas.
La nueva formulación de la objeción religiosa tiene dos aspectos: (1) está enmarcada en términos de "justicia", entendida como un concepto claramente judío. La causa palestina es "justa”; así pues la causa de Israel es "injusta"; (2) se encuadra dentro de unos ámbitos de lealtades universalistas, sobreentendidos como próximos al carácter judío (defensa del judío cosmopolita o universalista). Vamos a desarrollar a continuación estos dos aspectos.
(1) En primero lugar, tenemos la objeción a Israel en nombre de la justicia. Las "Voces judías Independientes" (IJV en adelante), por ejemplo, en una declaración de 2007 se reclamaban como insertos en "la tradición judía de apoyo a las libertades universales, a los derechos humanos y a la justicia social". "Judaísmo", decían, "no significa nada si no significa justicia social". Y el mandato de Moisés a Israel es muy citado: "Justicia, la justicia buscarás" (Deuteronomio 16:20). Esta exhortación realmente es “una brújula o guía que nos dirige hacia toda la humanidad". "Como judío, siento como un deber particular oponerme a la injusticia que sufren los palestinos", decía un signatario de IJV. "Las acciones de Israel traicionan las tradiciones éticas judías", afirma otro grupo favorable a un boicot judío antisionista. No sólo son judíos como los demás; su desacuerdo con respecto a una lealtad al sionismo los convierte en mejores judíos. Ellos restauran el buen nombre del judaísmo, puesto que para ser un buen judío se debe ser antisionista.
El historiador Eric Hobsbawm, por ejemplo, afirmó cuando las IJV vieron la luz: "es importante para los no judíos saber que existen judíos... que no están de acuerdo con el aparente consenso dentro de la comunidad judía de que el único buen judío es aquel que apoya a Israel". Esta respuesta negativa a la hora de "apoyar a Israel" conduce a la siguiente formulación: "Israel es una cosa, el pueblo judío otra". Hasta ahora el sionismo estaba inextricablemente implicado dentro de la identidad judía, pero hoy en día la fidelidad al judaísmo exige que Israel sea criticado y que se produzca un distanciamiento respecto al sionismo. Por ello consideran tan importante como medida de afirmación propia su repudio público del "derecho de retorno", garantizado legislativamente por Israel a todos los judíos.
(2) En segundo lugar, existe la objeción en nombre del universalismo. El proyecto nacional ha degradado el hecho judío “haciéndolo ordinario”. El verdadero judío es el universalista, es ese que paradójicamente ha rechazado toda "la parafernalia de la identidad lingüística, religiosa y nacional". Así pues, el “contenido judío" se convierte en pura subjetividad. La pertenencia a un estado, la nacionalidad, la raza y la pertenencia étnica, todo ello son falsos iconos. Todo "particularismo judío", de cualquier tipo, debe ser rechazado; los judíos no deberían diferenciarse de sus compañeros de estudios, de sus compañeros de trabajo, de sus vecinos; los judíos deberían buscar una "judeidad no encerrada detrás de las paredes de la convicción, sino abierta a las infinitas posibilidades del mañana".
Esa ambición se resume en el lema de Karl Krauss: "!Por la disolución hacia la redención!". Debe ser una "cualidad judía" el no tener "ninguna cualidad en absoluto"; la asimilación supone "una renuncia a esas características”; los judíos sólo deberían diferenciarse por ser “ejemplos de pura humanidad”. Israel supone un “test” respecto a ese compromiso con una identidad cosmopolita. Anteriormente fue una prueba de su patriotismo (israelí y judío); ahora, por contra, debe ser la prueba de su independencia frente a todo tipo de patriotismo, frente a cualquier lealtad que sea inferior a la del indivisible género humano. El único nacionalismo judío aceptable es un extra nacionalismo, el único sionismo aceptable es el que renuncia a una estructura estatal judía. Así, dentro de los principios del IJV, y formulado por uno de sus fundadores, se incluye: "lo primero, los derechos humanos; el rechazo a toda forma de racismo; y dar una prioridad igualitaria a palestinos e israelíes en su búsqueda de un futuro mejor". Éstos son los "principios que unen a la gente de buena voluntad. La lealtad étnica o al grupo, por contra, no son principios, o al menos, no son principios dignos".
Al contrario de Freud, cuya actitud hacia el sionismo fue siempre algo reservada, que afirmó que “nunca había perdido el sentimiento de solidaridad con su pueblo", estos judíos no tienen “favoritos”. Muchos judíos antisionistas no se consideran ligados por una obligación de lealtad a ningún proyecto judío. Y en efecto, no son adeptos a ninguna de sus empresas. Sus vínculos con Israel son como mucho afectivos.
(Continuará...)
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