Se puede decir más alto pero no más claro (Y durante este tiempo en Jerusalem...) - Luc Rosenzweig - Causeur
(Título original: Y durante este tiempo en Jerusalem... Nada de tregua olímpica para Olmert y Abbas)
Mientras los ojos de cuatro millones de espectadores miran a un lado y a otro, entre Beijing y Tiflis, a la manera de los aficionados de Roland-Garros, los "affaires" Oriente Medio continúan.
Dos muertos políticos, Ehud Olmert y Mahmoud Abbas, tratan de hacer creer a su pueblo y al mundo de que todavía son capaces de influir en el destino y dejar en los libros de historia algo más que una nota a pie de página.
Las últimas peripecias de esta carrera de "patos sin cabeza" pasó casi inadvertida en nuestras vacaciones olímpicas, pero no están ausentes de interés. El principal negociador palestino, Ahmed Qoreia, conocido como Abu Ala, ha amenazado con abandonar el objetivo de "dos estados para dos pueblos" para replegarse sobre la reclamación de un único estado bi-nacional, si es que Israel se niega a restituir íntegramente los territorios ocupados desde 1967, objeta el que Jerusalén oriental sea la capital del futuro estado palestino, y no acepta el principio del derecho al retorno a Israel de los refugiados de 1948 y sus descendientes.
Dos días más tarde, Ehud Olmert dejo escapar en el Haaretz "su" plan de paz: establecimiento de un estado palestino en el 93% de Cisjordania y la totalidad de Gaza (Israel conservaría los bloques de asentamientos adyacentes a Jerusalén, y el asentamiento de Ariel). A cambio de ello, se entregaría una zona del territorio israelí del Negev, cercana a Gaza, equivalente a un 5,5% de la superficie de la Cisjordania, siendo el resto compensado por la creación de un vínculo entre Gaza y la Cisjordania bajo soberanía israelí, pero por el que los palestinos podrían viajar sin control. Sin embargo, la aplicación de este plan estaría sujeta a que la Autoridad Palestina retomara el control de la Franja de Gaza y dejara abierta la cuestión de Jerusalén. Por otra parte, el plan se opone a las reclamaciones palestinas sobre la cuestión de los refugiados.
En otras palabras, se trata de volver a los parámetros de "Camp David", donde el fracaso de las conversaciones entre Arafat y Barak fue el preludio de la segunda intifada, y cuya naturaleza no es probable que haga avanzar un milímetro la resolución del conflicto árabe-israelí.
Mahmoud Abbas al igual que Ehud Olmert saben perfectamente que es imposible recuperar la Franja de Gaza para el primero y que sea aceptada por una mayoría de israelíes la división de Jerusalém para el segundo.
Lo que es peor: Mahmoud Abbas sabe que podría ser derrocado, incluso eliminado físicamente, si las fuerzas del IDF se retiran de la Cisjordania, lo que dejaría el campo libre a los activistas locales de Hamas ebrios de ansias de venganza después de lo que han sufrido a manos de las fuerzas de seguridad leales al Fatah.
La solución de "dos estados para dos pueblos", alfa y omega del consenso internacional sobre el conflicto, está en agonía. La insalvable brecha que se ha ampliado entre Fatah y Hamas la vuelve impracticable: Israel ya no tiene delante de si a un pueblo unido bajo una única dirección que encarna el proyecto nacional palestino, sino que ahora existen dos facciones que persiguen objetivos contradictorias, sin contar los clanes y las tribus más o menos autónomas.
Los debates y conversaciones, oficiales o paralelas, que se celebran durante estos meses entre la Autoridad Palestina y el gobierno israelí constituyen un ejercicio obligatorio diseñado para satisfacer a los EE.UU. y a Europa. Israel no quiere "chocar de frente" con una administración americana patrocinadora de una solución de "dos estados para dos pueblos", y la Autoridad Palestina sabe que el maná financiero internacional, condición de su supervivencia, está ligado a mantener un diálogo con Israel.
Sin embargo, los que podrían verse tentados a creer que podría conseguirse un acuerdo próximo entre las dos partes, incluso recurriendo a fórceps, es probable que cosechen una amarga decepción.
Sólo basta escuchar los sonidos de la calle, la palestina como la israelí, para convencerse de que la etapa iniciada por los acuerdos de Oslo en 1993 está cerrada, y que no es probable que resucite en breve.
Por parte israelí, la idea más extendida más allá de las divisiones políticas es la necesidad de una separación lo más radical posible con los palestinos - y con los otros vecinos árabes -, como la única manera de conseguir un nivel de seguridad compatible con el desarrollo económico, social y cultural del país. La globalización vuelve secundaria la integración regional, y por lo tanto, no hay necesidad de hacer concesiones innecesarias a un adversario que es sospechoso de doble lenguaje.
Por el lado palestino, todos aquellos que no comparten los ideales jihadistas de Hamas tampoco son unos grandes defensores de la creación de un estado palestino laico y democrático: el sabor dejado por el funcionamiento de la Autoridad Palestina de Arafat es más bien amargo. La corrupción, la arbitrariedad, el nepotismo y la arrogancia de los dirigentes han generado que el pueblo retome formas de supervivencia que tienen como fundamento los clanes y el clientelismo, o bien la salida de la emigración, sobre todo en el caso de lo cristianos.
La idea de volver a la solución de un estado bi-nacional, donde Israel debería renunciar a su carácter judío para convertirse, desde el Mediterráneo hasta el Jordan, en un "estado de todos sus ciudadanos", es prioritaria en la agenda oculta de las elites palestinas anti-Hamas, esas a las que las declaraciones de Ahmed Qoreia representan un guiño de reconocimiento. No es casualidad que desde ese lado palestino se mencione cada vez con más frecuencia el modelo de Sudáfrica como modelo de salida o de solución al conflicto: se vería muy favorablemente que los judíos compartieran su prosperidad económica con los palestinos, a los que por otro lado su demografía les garantizaría a corto o medio plazo el predominio político…
Este nuevo paradigma exige de los actores internacionales del conflicto una adaptación doctrinal: ¿de qué sirve aferrarse desesperadamente a un esquema del cual se puede constatar diariamente que cada vez tiene menos relación con la realidad?
Todo el mundo sabe que la imaginación no es la principal cualidad de las cancillerías, y eso cuando se manifiesta en esos políticos cuyo horizonte no se delimita únicamente por las encuestas. Cuando los "patos sin cabeza" hayan terminado sus vagabundeos por el tribunal planetario, puede que el tiempo este maduro para reflexionar seriamente.
Mientras los ojos de cuatro millones de espectadores miran a un lado y a otro, entre Beijing y Tiflis, a la manera de los aficionados de Roland-Garros, los "affaires" Oriente Medio continúan.
Dos muertos políticos, Ehud Olmert y Mahmoud Abbas, tratan de hacer creer a su pueblo y al mundo de que todavía son capaces de influir en el destino y dejar en los libros de historia algo más que una nota a pie de página.
Las últimas peripecias de esta carrera de "patos sin cabeza" pasó casi inadvertida en nuestras vacaciones olímpicas, pero no están ausentes de interés. El principal negociador palestino, Ahmed Qoreia, conocido como Abu Ala, ha amenazado con abandonar el objetivo de "dos estados para dos pueblos" para replegarse sobre la reclamación de un único estado bi-nacional, si es que Israel se niega a restituir íntegramente los territorios ocupados desde 1967, objeta el que Jerusalén oriental sea la capital del futuro estado palestino, y no acepta el principio del derecho al retorno a Israel de los refugiados de 1948 y sus descendientes.
Dos días más tarde, Ehud Olmert dejo escapar en el Haaretz "su" plan de paz: establecimiento de un estado palestino en el 93% de Cisjordania y la totalidad de Gaza (Israel conservaría los bloques de asentamientos adyacentes a Jerusalén, y el asentamiento de Ariel). A cambio de ello, se entregaría una zona del territorio israelí del Negev, cercana a Gaza, equivalente a un 5,5% de la superficie de la Cisjordania, siendo el resto compensado por la creación de un vínculo entre Gaza y la Cisjordania bajo soberanía israelí, pero por el que los palestinos podrían viajar sin control. Sin embargo, la aplicación de este plan estaría sujeta a que la Autoridad Palestina retomara el control de la Franja de Gaza y dejara abierta la cuestión de Jerusalén. Por otra parte, el plan se opone a las reclamaciones palestinas sobre la cuestión de los refugiados.
En otras palabras, se trata de volver a los parámetros de "Camp David", donde el fracaso de las conversaciones entre Arafat y Barak fue el preludio de la segunda intifada, y cuya naturaleza no es probable que haga avanzar un milímetro la resolución del conflicto árabe-israelí.
Mahmoud Abbas al igual que Ehud Olmert saben perfectamente que es imposible recuperar la Franja de Gaza para el primero y que sea aceptada por una mayoría de israelíes la división de Jerusalém para el segundo.
Lo que es peor: Mahmoud Abbas sabe que podría ser derrocado, incluso eliminado físicamente, si las fuerzas del IDF se retiran de la Cisjordania, lo que dejaría el campo libre a los activistas locales de Hamas ebrios de ansias de venganza después de lo que han sufrido a manos de las fuerzas de seguridad leales al Fatah.
La solución de "dos estados para dos pueblos", alfa y omega del consenso internacional sobre el conflicto, está en agonía. La insalvable brecha que se ha ampliado entre Fatah y Hamas la vuelve impracticable: Israel ya no tiene delante de si a un pueblo unido bajo una única dirección que encarna el proyecto nacional palestino, sino que ahora existen dos facciones que persiguen objetivos contradictorias, sin contar los clanes y las tribus más o menos autónomas.
Los debates y conversaciones, oficiales o paralelas, que se celebran durante estos meses entre la Autoridad Palestina y el gobierno israelí constituyen un ejercicio obligatorio diseñado para satisfacer a los EE.UU. y a Europa. Israel no quiere "chocar de frente" con una administración americana patrocinadora de una solución de "dos estados para dos pueblos", y la Autoridad Palestina sabe que el maná financiero internacional, condición de su supervivencia, está ligado a mantener un diálogo con Israel.
Sin embargo, los que podrían verse tentados a creer que podría conseguirse un acuerdo próximo entre las dos partes, incluso recurriendo a fórceps, es probable que cosechen una amarga decepción.
Sólo basta escuchar los sonidos de la calle, la palestina como la israelí, para convencerse de que la etapa iniciada por los acuerdos de Oslo en 1993 está cerrada, y que no es probable que resucite en breve.
Por parte israelí, la idea más extendida más allá de las divisiones políticas es la necesidad de una separación lo más radical posible con los palestinos - y con los otros vecinos árabes -, como la única manera de conseguir un nivel de seguridad compatible con el desarrollo económico, social y cultural del país. La globalización vuelve secundaria la integración regional, y por lo tanto, no hay necesidad de hacer concesiones innecesarias a un adversario que es sospechoso de doble lenguaje.
Por el lado palestino, todos aquellos que no comparten los ideales jihadistas de Hamas tampoco son unos grandes defensores de la creación de un estado palestino laico y democrático: el sabor dejado por el funcionamiento de la Autoridad Palestina de Arafat es más bien amargo. La corrupción, la arbitrariedad, el nepotismo y la arrogancia de los dirigentes han generado que el pueblo retome formas de supervivencia que tienen como fundamento los clanes y el clientelismo, o bien la salida de la emigración, sobre todo en el caso de lo cristianos.
La idea de volver a la solución de un estado bi-nacional, donde Israel debería renunciar a su carácter judío para convertirse, desde el Mediterráneo hasta el Jordan, en un "estado de todos sus ciudadanos", es prioritaria en la agenda oculta de las elites palestinas anti-Hamas, esas a las que las declaraciones de Ahmed Qoreia representan un guiño de reconocimiento. No es casualidad que desde ese lado palestino se mencione cada vez con más frecuencia el modelo de Sudáfrica como modelo de salida o de solución al conflicto: se vería muy favorablemente que los judíos compartieran su prosperidad económica con los palestinos, a los que por otro lado su demografía les garantizaría a corto o medio plazo el predominio político…
Este nuevo paradigma exige de los actores internacionales del conflicto una adaptación doctrinal: ¿de qué sirve aferrarse desesperadamente a un esquema del cual se puede constatar diariamente que cada vez tiene menos relación con la realidad?
Todo el mundo sabe que la imaginación no es la principal cualidad de las cancillerías, y eso cuando se manifiesta en esos políticos cuyo horizonte no se delimita únicamente por las encuestas. Cuando los "patos sin cabeza" hayan terminado sus vagabundeos por el tribunal planetario, puede que el tiempo este maduro para reflexionar seriamente.
Labels: Annapolis, Antisionismo, Israel


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