Un lugar en el corazón y en el alma judía - Nadav Shragai - Haaretz
"En un alma judía, nos hemos dicho siempre, un lugar judío está a la espera de su destino", escribía Natan Alterman hace ya muchos años, en su columna en el periódico Davar. "Un judío puede ser manifiestamente instruido o ignorante, inteligente o idiota, quizás tú enemigo o tú amigo…, pero no puede ser un judío sin un lugar judío [en su corazón y en su alma]".
Ese "lugar judío" ha estado ligado a los símbolos del Estado desde que se creó. Esta imbricado con el himno nacional, que declara que "en su corazón, un alma judía anhela y aspira aún a dirigir su mirada hacia Sión"; con en el azul y blanco de la bandera, la cual lleva los colores del talit [N.P.: el manto para la oración]; y con en el escudo de armas, con el candelabro del Templo en el centro. Se trata de un código para recordarnos el judaísmo.
El Dr. Yaakov Herzog pensaba hace muchos años que el Estado de Israel era una paradoja. Él creía que la frase bíblica "una nación que vive sola" exponía el estado natural del pueblo de Israel. Según Herzog, "la normalidad se ha revelado un sin sentido. Esta es un país impregnado por la fe y esta fe impregna sus fundamentos. Un estado que vive en el presente tiene derecho a un presente, pero todas sus fuentes brotan del pasado".
De esta manera, el lugar judío que encarna la memoria histórica judía se ha convertido en el hilo en el que "la normalidad" y el pasado se han entretejido, ese hilo que conecta a una nación que vive en el presente con unos fundamentos compuestos por la religión de Israel y su herencia. Al principio, así era de hecho "el Estado judío", sin ninguna duda o vacilación, y la gente así lo creía, sin implicar para nada cualquier relación con el racismo. En esos grandes años, los padres fundadores se consideraron ellos mismos como un eslabón en la cadena de las generaciones.
Con la aspiración de crear un refugio seguro, la primera generación de este Estado sentía un compromiso con la justicia histórica y con la cultura nacional que iba bastante más allá de una mera preocupación por su existencia física.
A pesar de la rebelión del sionismo laico contra esa vida tradicional y religiosa que formaba parte del judaísmo, existía un acuerdo con la idea de que era imposible resucitar el pasado y la cultura nacional en el Estado de Israel sin contar con esos judíos que habían alimentado la herencia nacional sensibilizando a las generaciones.
Esa fue también la base para la conexión entre la religión y el estado en el período moderno - en el Estado de Israel - y constituyó la base de la conexión entre la religión y la nación. De aquí surge el entendimiento de que usted no puede pertenecer al pueblo judío y ser un miembro de otra fe - un judío cristiano o un judío musulmán -, como un francés puede ser protestante o católico.
Sin embargo, este "lugar judío" - el compromiso no escrito, pero de vital importancia, que establecía el pacto entre el pueblo judío y su estado - ha sido sustituido en los últimos años por una conciencia sustancialmente diferente. Para muchos miembros de la generación más joven, aquellos que nacieron cuando ya existía el estado, la conciencia nacional se ha condensado en algo que se da por sentado, y nada más, por su lugar de nacimiento. Naturalmente, muchas son las personas nacidas aquí que están conectadas con el estado y con la tierra, pero no a causa de su herencia, de la historia, de la religión y de la cultura, sino simplemente por su nacimiento en este lugar.
En cualquier otro país, eso es suficiente para tener una vida saludable, natural y unos elementales lazos con su país, pero no en un estado como el nuestro, que nació a partir del pasado y para el cual no existe un derecho moral a existir en la Tierra de Israel sin esos elementos históricos.
Cualquier persona que se siente libre del bagaje de la historia judía y le baste la relación circunstancial que representa haber nacido aquí, puede romper muy fácilmente su compromiso con esta tierra. Pero al mismo tiempo, perdería la base de nuestro argumento frente al mundo árabe.
En el contexto de esta preocupante evolución, el mundo árabe y musulmán sigue viéndonos como a extraños. Si les fuera posible, serían felices de poder ver como esta isla judía desaparece de la región.
En el mejor de los casos, el Estado judío, desde el punto de vista del mundo árabe, representa un mal necesario y puede llegar a ser tolerado, a veces solamente como un grupo étnico, como el enemigo iraní nos ha definido.
Por lo tanto, la demanda que el Primer Ministro Benjamin Netanyahu ha realizado a los palestinos, reconocer a Israel como un Estado judío, está justificada, pero también debe ser dirigida hacia el interior, hacia nosotros mismos, a todas esas personas para quienes la existencia del Estado se da como algo obvio, y el "nosotros hemos nacido aquí" deja al “lugar judío” entre paréntesis.
Si existe la posibilidad de que los árabes de Israel, por no hablar de nuestros vecinos, reconozcan algún día que nuestra presencia aquí es la continuación de una presencia - y no somos solamente invitados -, dicha posibilidad residirá en nuestra capacidad de reconocernos a nosotros mismos en primer lugar. Porque no se respetaran nuestras raíces judías y nuestra vinculación singular con este lugar si nosotros mismos no lo hacemos.
Ese "lugar judío" ha estado ligado a los símbolos del Estado desde que se creó. Esta imbricado con el himno nacional, que declara que "en su corazón, un alma judía anhela y aspira aún a dirigir su mirada hacia Sión"; con en el azul y blanco de la bandera, la cual lleva los colores del talit [N.P.: el manto para la oración]; y con en el escudo de armas, con el candelabro del Templo en el centro. Se trata de un código para recordarnos el judaísmo.
El Dr. Yaakov Herzog pensaba hace muchos años que el Estado de Israel era una paradoja. Él creía que la frase bíblica "una nación que vive sola" exponía el estado natural del pueblo de Israel. Según Herzog, "la normalidad se ha revelado un sin sentido. Esta es un país impregnado por la fe y esta fe impregna sus fundamentos. Un estado que vive en el presente tiene derecho a un presente, pero todas sus fuentes brotan del pasado".
De esta manera, el lugar judío que encarna la memoria histórica judía se ha convertido en el hilo en el que "la normalidad" y el pasado se han entretejido, ese hilo que conecta a una nación que vive en el presente con unos fundamentos compuestos por la religión de Israel y su herencia. Al principio, así era de hecho "el Estado judío", sin ninguna duda o vacilación, y la gente así lo creía, sin implicar para nada cualquier relación con el racismo. En esos grandes años, los padres fundadores se consideraron ellos mismos como un eslabón en la cadena de las generaciones.
Con la aspiración de crear un refugio seguro, la primera generación de este Estado sentía un compromiso con la justicia histórica y con la cultura nacional que iba bastante más allá de una mera preocupación por su existencia física.
A pesar de la rebelión del sionismo laico contra esa vida tradicional y religiosa que formaba parte del judaísmo, existía un acuerdo con la idea de que era imposible resucitar el pasado y la cultura nacional en el Estado de Israel sin contar con esos judíos que habían alimentado la herencia nacional sensibilizando a las generaciones.
Esa fue también la base para la conexión entre la religión y el estado en el período moderno - en el Estado de Israel - y constituyó la base de la conexión entre la religión y la nación. De aquí surge el entendimiento de que usted no puede pertenecer al pueblo judío y ser un miembro de otra fe - un judío cristiano o un judío musulmán -, como un francés puede ser protestante o católico.
Sin embargo, este "lugar judío" - el compromiso no escrito, pero de vital importancia, que establecía el pacto entre el pueblo judío y su estado - ha sido sustituido en los últimos años por una conciencia sustancialmente diferente. Para muchos miembros de la generación más joven, aquellos que nacieron cuando ya existía el estado, la conciencia nacional se ha condensado en algo que se da por sentado, y nada más, por su lugar de nacimiento. Naturalmente, muchas son las personas nacidas aquí que están conectadas con el estado y con la tierra, pero no a causa de su herencia, de la historia, de la religión y de la cultura, sino simplemente por su nacimiento en este lugar.
En cualquier otro país, eso es suficiente para tener una vida saludable, natural y unos elementales lazos con su país, pero no en un estado como el nuestro, que nació a partir del pasado y para el cual no existe un derecho moral a existir en la Tierra de Israel sin esos elementos históricos.
Cualquier persona que se siente libre del bagaje de la historia judía y le baste la relación circunstancial que representa haber nacido aquí, puede romper muy fácilmente su compromiso con esta tierra. Pero al mismo tiempo, perdería la base de nuestro argumento frente al mundo árabe.
En el contexto de esta preocupante evolución, el mundo árabe y musulmán sigue viéndonos como a extraños. Si les fuera posible, serían felices de poder ver como esta isla judía desaparece de la región.
En el mejor de los casos, el Estado judío, desde el punto de vista del mundo árabe, representa un mal necesario y puede llegar a ser tolerado, a veces solamente como un grupo étnico, como el enemigo iraní nos ha definido.
Por lo tanto, la demanda que el Primer Ministro Benjamin Netanyahu ha realizado a los palestinos, reconocer a Israel como un Estado judío, está justificada, pero también debe ser dirigida hacia el interior, hacia nosotros mismos, a todas esas personas para quienes la existencia del Estado se da como algo obvio, y el "nosotros hemos nacido aquí" deja al “lugar judío” entre paréntesis.
Si existe la posibilidad de que los árabes de Israel, por no hablar de nuestros vecinos, reconozcan algún día que nuestra presencia aquí es la continuación de una presencia - y no somos solamente invitados -, dicha posibilidad residirá en nuestra capacidad de reconocernos a nosotros mismos en primer lugar. Porque no se respetaran nuestras raíces judías y nuestra vinculación singular con este lugar si nosotros mismos no lo hacemos.
Labels: Amenazas, Dia de la Independencia, Israel


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