Tuesday, August 10, 2010

Por fin, un WASP (White Anglo-Saxon Protestant) - Israel Harel - Haaretz





PRINCETON, Nueva Jersey - Días después del matrimonio de Chelsea Clinton con Marc Mezvinsky, el seminario anual del Tikvah Fund abrió sus puertas en la Universidad de Princeton. Allí, el profesor David Novak habló de otra época, esa en la que incluso el hijo de un ex secretario del Tesoro, Henry Morgenthau, tenía problemas a la hora de ser aceptado en la universidad porque era judío. Y cuando finalmente fue aceptado, fue rechazado por todas las asociaciones gastronómicas, el equivale en Princeton de las Fraternidades en otras universidades, y un elemento importante de la vida estudiantil americana y clave de la condición social y económica. Hoy en día, un seminario en el que los judíos discutan acerca de la manera de integrar el pensamiento judío en los estudios de Humanidades se da por sentado en este campus.

Aparte de sus ramificaciones religiosas, la boda de Clinton-Mezvinsky destaca por mostrarnos los enormes cambios sociológicos que han tenido lugar, y cuyo impacto apenas se puede exagerar, en las décadas que culminaron con el matrimonio entre una hija de un grupo que discriminaba al resto de grupos y el hijo de un grupo que fue objeto de discriminación. Para muchos judíos, la aceptación de Mezvinsky en el seno de esta familia WASP de tan alto rango parece poner el sello final al proceso sociológico que los judíos, y especialmente la corriente Reformista, han experimentado en los Estados Unidos. A partir de ahora, la fantasía es general, todos somos Mezvinskys.

Por otro lado, para aquellos que han llevado con temor el proceso de asimilación y desaparición que el pueblo judío ha sufrido en los Estados Unidos y en otros continentes, este "evento que supone un culmen", ha derramado más sal en las heridas ya abiertas. Alrededor del 90% de los jóvenes judíos, según encuestas recientes, no descartan el matrimonio con un no judío. Y los resultados son fáciles de observar: debido a los matrimonios mixtos, el número de judíos en los Estados Unidos han disminuido en más de una cuarta parte desde 1960.

Sólo 5 millones de judíos (cifra que incluye a cerca de los 1 millón de inmigrantes de la antigua Unión Soviética e israelíes) viven hoy en el centro de la segunda mayor población judía del mundo. Los numerosos matrimonios mixtos testimonian el deseo de librarse de la carga que implica la identidad judía - incluso en su versión minimalista propia del Reformismo -, y asimilarse así en el melting pot (crisol) estadounidense (Hay que tener en cuenta que el crisol americano no es lo mismo que el sueño americano. El sueño americano original permitía a la gente progresar y continuar adherido a su propia religión y nacionalidad, algo que se consideraba como legítimo y hasta deseable, y no desde luego como algo que impidiera la realización de ese sueño).

Sólo unos pocos judíos, incluyendo algunos miembros judíos Reformistas, parecen haberse visto afectados por la mínima inclusión de antiguos símbolos judíos, como la rotura de los vasos, junto a la preponderante simbología cristiana en la boda del sábado. El rabino James Ponet, quien co-ofició durante esa mezcolanza, era la imagen de ese conformismo radical. Es decir, ese aparente deseo por parte de algunos judíos de agradar hasta al último WASP, y por esa vía tratar de resolver los problemas de identidad que se esconden en los profundos rincones del alma judía. Sin embargo, parece dudoso que encuentren la paz y un sentido de pertenencia haciendo como los rinocerontes de Ionesco.

Por otro lado, hay un creciente número de judíos de kippa desgastada y terca en los campus americanos. Y este desarrollo, evidentemente, no se deriva solamente de la creciente fuerza del movimiento ortodoxo y de su creciente interés por los estudios académicos (una tendencia que también se observa en Israel). Más bien, hay un elemento demostrativo en este comportamiento, un elemento de protesta. El mensaje es que el pueblo judío y la civilización judía están vivos y en buen estado, y seguirán existiendo a pesar de la asimilación.

Nosotros, nos dicen ellos, somos la prueba de que es posible formar parte integrante del nuevo colectivo americano sin conceder - como las almas más débiles entre los nuestros - nuestra identidad nacional exclusivamente judía. No le debemos nuestra identidad nacional, y desde luego que no nuestra identidad religiosa, a los Estados Unidos.

Los judíos han contribuido, no menos desde luego, sino que tal vez más, a América que América a los judíos.

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