Recomendable (Dos pueblos y la jungla - Alexander Yakobson – Haaretz)

Los bagdadíes, una familia judía en Aleppo, Siria, alrededor de 1940
Durante la década de 1970, mientras estaba aprendiendo hebreo en un ulpán en Jerusalén, un hermano y una hermana de Siria se unió a nuestra clase. Los dos tenían unos 13 o 15 años, el hermano era más alto y el mayor. Alguien dijo que habían sido introducidos de contrabando en Israel a través de Líbano por el Mossad.
Había algo extraño en ellos, nunca se abrieron, y nunca sonreían. Se mantuvieron juntos durante los muchos meses de las clases del ulpán, pero ni una sola vez una sonrisa afloró en su rostro. Eso era muy extraño. La mayor parte de los demás estudiantes eran como yo, es decir, jóvenes procedentes de la Unión Soviética. Llegamos con nuestros padres procedentes de un país antisemita y de su régimen opresivo. Yo ya estaba familiarizado con el antisemitismo en Rusia por mi propia experiencia personal. Pero ninguno de nosotros se parecía a estos jóvenes judíos procedentes de Siria. No, de ninguna manera.
Pocos meses después de que el ulpán hubiera terminado, me encontré con el hermano en otro lugar. Estaba solo, sin su hermana. Me sonrió y me dijo: "Hola Alex, ¿cómo estás?". Las palabras eran bastante normales, pero tengo la impresión de que no lo eran. No los he visto desde entonces, pero no los he olvidado.
Con los años me solía acordar de ellos cada vez que los miembros árabes del Parlamento israelí realizaban su enésima peregrinación a Damasco, cubriendo de las mayores alabanzas a los Assad, tanto al padre como al hijo. Azmi Bishara se esforzó mucho en esta labor, pero no fue el único. El diputado Abdulwahab Darawshe dijo una vez a su regreso de Damasco:
"Ojalá los árabes en Israel disfrutaran de las mismas condiciones que los judíos en Siria"De hecho, pensaba yo, bien podía existir un cierto número de partidarios de esta idea dentro de los sectores izquierdistas de la opinión judía.
Hace unos años participé en un encuentro entre israelíes y palestinos. Los jóvenes palestinos que participaron hicieron sus reclamaciones habituales: que el pueblo palestino está pagando el precio del antisemitismo europeo. Yo les recordé que la mitad de la población judía de Israel tiene sus orígenes en el Oriente Medio, no en Europa. En fin, los argumentos ideológicos e históricos habituales prosiguieron. Al final, les dije que quería compartir una historia personal, y le conté la historia de los dos hermanos judíos de Siria, de su sonrisa final y de su "¿Cómo estás?". El silencio se propagó a través de la habitación. Nadie ponía en duda la autenticidad de mí historia. Por último, uno de los jóvenes palestinos suspiró y dijo:
"Vale, vale, ya sabemos cómo nos tratan a los palestinos en los países árabes. ¿Por qué deberíamos de sorprendernos al saber cómo tratan a los judíos?”Durante la pausa para el café, uno de los jóvenes palestinos se me acercó y me preguntó: "¿Sabes lo que le pasó a ese joven?". "No", le contesté, "perdí el contacto con él. Supongo que todo le iría bien y se convirtió en un israelí más". Ese fue un momento surrealista, pero en un sentido positivo, pues era obvio que el joven palestino se mostró complacido de que el judío sirio se hubiera convertido en israelí.
Oudeh Basharat (un articulista árabe israelí) escribe en el Haaretz sobre el dolor de sus hermanos y hermanas, los refugiados palestinos, abandonados en esa jungla de estados árabes, y parte de los cuales, sobre todo en Siria, están en llamas en estos momentos. Tiene razón: esa frase tan popular entre muchos israelíes…"ellos ya tienen 22 estados (donde vivir)" es insensible y vacía cuando se trata de los palestinos.
No hay un estado que se defina a si mismo como un hogar nacional para los palestinos, o incluso un refugio en tiempos de necesidad. Debería existir tal estado. Tal estado también debe existir - y debe seguir existiendo - para el pueblo judío. La creencia en la igualdad entre los seres humanos y los pueblos, y no en la ley de la selva, debe ser compatible con el derecho de ambos pueblos a la independencia. Deben apoyar el derecho del pueblo palestino a un Estado, pero sin engañarse a sí mismos sobre el hecho de que el derecho del pueblo judío a un estado está garantizado y ya no es cuestionado.
PD. Del artículo de Matti Friedman, "Una historia diferente de desplazamiento y de perdidas":
El 30 de noviembre de 1947, un día después de que Naciones Unidas aprobara la partición de Palestina en dos estados, uno para los árabes y otro para los judíos, Aleppo estalló. Una muchedumbre acechó los barrios judíos, saqueó las casas y quemó las sinagogas. Un hombre al que entrevisté se recordaba huyendo de su casa, descalzo y con nueve años de edad, momentos antes de que la incendiaran. Instigados por el gobierno, los manifestantes quemaron 50 tiendas judías, cinco escuelas, 18 sinagogas y un número indeterminado de viviendas. Al día siguiente, las familias más ricas de la comunidad judía huyeron, y en los siguientes meses el resto comenzó a partir a escondidas en pequeños grupos, la mayoría de ellos se dirigieron al nuevo estado de Israel. Con su huida perdieron sus propiedades, y se enfrentaron a la prisión y a la tortura si eran capturados. Algunos desaparecieron en el camino. Sin embargo, el riesgo parece que valió la pena: en Damasco, la capital, los manifestantes mataron a 13 judíos, entre ellos a ocho niños, en agosto de 1948, y hubo eventos similares en otras ciudades árabes.
En el momento de la votación en la ONU, había alrededor de 10.000 judíos en Aleppo. A mediados de la década de 1950 aún había 2.000, que vivían con temor ante las fuerzas de seguridad y las mafias. A comienzos de 1990 no quedaba más que un puñado, y hoy en día no hay ninguno. Guiones similares se dieron por todo el mundo islámico. Unas 850.000 judíos fueron obligados a abandonar sus hogares.
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