Sunday, March 09, 2014

Reprobar (únicamente) a Netanyahu no traerá la paz más cerca - Jeff Jacoby - Boston


En el Oriente Medio de Barack Obama la explicación de la persistente falta de paz entre Israel y los palestinos es clara: todo es culpa de Bibi Netanyahu. Las cosas serían mucho más fáciles si el primer ministro israelí hiciera de tripas corazón.

"Una de las cosas que mi mamá siempre me contaba... es que si hay algo que usted sabe que tiene que hacer, incluso si es difícil o desagradable, debe ser capaz de ir hacia adelante y hacerlo, porque la espera no va a ayudar" , dijo Obama en una entrevista al Bloomberg publicada justo antes de la llegada de Netanyahu a Washington esta semana. "Esta no es una situación en la que usted espera y el problema desaparece", advirtió. Sería mucho mejor que el líder israelí "aprovechara el momento" para concluir un acuerdo de paz con los palestinos, o por el contrario prepararse para una reacción mundial dolorosa que Estados Unidos será incapaz de detener. Detener la construcción de asentamientos en toda la Línea Verde, dar a los palestinos el estado que demandan, o "nuestra capacidad para gestionar las consecuencias internacionales va a ser limitada".

¿Les suena familiar? Por supuesto. Esta es la fantasía del Oriente Medio, en el que la paz es responsabilidad solamente de los israelíes y el rechazo palestino no es más que una excusa para que el Estado judío arrastre sus pies. Es parte de un mundo de fantasía mucho más grande, uno en el que los gobernantes rusos revanchistas cambian dulcemente sus políticas ante el empuje de las críticas occidentales y en el que el brutal régimen sirio abandona sus armas químicas por miedo a cruzar una "línea roja americana".

Según este ambiente de fantasía, también existe un robusto campo pro paz palestino deseoso de una solución de dos Estados: un Estado soberano de Palestina conviviendo en armonía junto al Estado judío de Israel. Si esa preciosa solución no se ha materializado hasta ahora sólo se debe a la desagradable terquedad de los israelíes y de su líder electo. Después de todo, el líder palestino Mahmoud Abbas es un amante de la paz  que, como dice Obama, "es sincero acerca de su disposición a reconocer a Israel y a su derecho a existir, y está comprometido con la no violencia y con los esfuerzos diplomáticos".

Pero eso sólo es cierto para los creyentes en ese Oriente Medio de fantasía. En el verdadero Oriente Medio, Netanyahu ya suspendió unilateralmente la construcción de asentamientos durante 10 meses - un gesto de buena voluntad sin precedentes - y su Gabinete ya indicó el mes pasado que se tragaría sus reparos y aceptaría el marco propuesto por John Kerry para las negociaciones entre israelíes y palestinos .

El verdadero Abbas, por su parte, rechazó la oferta israelí de un Estado palestino en el 2008, luego se negó durante años a participar en las conversaciones auspiciadas por Estados Unidos con Israel ante la confianza de que Washington, es decir, Obama, presionara a Israel para hacer concesiones dolorosas con el fin de atraer a los palestinos a la mesa de negociaciones. Esas concesiones finalmente incluyeron la liberación de decenas de asesinos palestinos encarcelados, que fueron aclamados por Abbas como "héroes" en la manifestación que celebraba su liberación. Sin embargo, en lugar de negociar de buena fe, Abbas quiere aún más concesiones por adelantado, una demanda que repitió el lunes.

La ilusión que está en el núcleo del proceso de paz entre israelíes y palestinos es que la falta de soberanía palestina es lo que mantiene vivo el conflicto, y que la tensión y la violencia terminaría si solamente los árabes de Palestina consiguieran un Estado propio.

Pero esa nunca ha sido la verdad. Lo que impulsa el conflicto no es el hambre de un Estado palestino, sino un rechazo profundamente arraigado a la existencia de un Estado judío. Fueron los líderes árabes quienes rechazaron con vehemencia cualquier "solución de dos estados" que las Naciones Unidas recomendó en 1947. Casi 70 años después, los palestinos aún no están dispuestos a reconocer a Israel como el Estado-nación del pueblo judío, es decir, a reconocer que los judíos tengan derecho a un estado soberano en su patria nacional, al igual que los irlandeses tienen derecho a Irlanda, los italianos a Italia y los japoneses a Japón.

Sin embargo, los líderes palestinos insisten con vehemencia que nunca van a estar de acuerdo en una cosa así. "Eso está fuera de cuestión", dijo Abbas el mes pasado, mientras el principal negociador de la Autoridad Palestina, Saeb Erekat, se quejaba: "Cuando usted dice aceptar a Israel como un Estado judío, usted me está pidiendo que cambiemos nuestra narrativa".

Justamente eso. Y es esa narrativa precisamente, que los judíos son extranjeros en el Oriente Medio y que cualquier soberanía judía sobre cualquier territorio es intolerable, lo que debe cambiar si este conflicto ha de resolverse. Atacar verbalmente a Netanyahu para agradar a los anti-Israel, no traerá ni una hora más cerca una paz justa y duradera.

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