Tuesday, June 17, 2014

El Plan B - Shlomo Avineri - Jewish Review of Books



Resulta fácil culpar a los partes locales por el fracaso del secretario de Estado John Kerry a la hora de conseguir que israelíes y palestinos se sienten realmente a la mesa de negociaciones, y menos aún que lleguen un acuerdo sobre el estatuto final. La insistencia del primer ministro Benjamin Netanyahu en el reconocimiento de Israel como un Estado-nación judío no hizo la tarea más fácil para Kerry, ni la continuación de la construcción en Cisjordania. El presidente de la OLP, Mahmoud Abbas, también conocido como Abu Mazen, agregó otro obstáculo al condicionar las conversaciones a la liberación de cada vez más y más presos palestinos (es decir, terroristas), y él nunca consideró afrontar el desafío de aceptar a Israel como un Estado-nación judío, y así sucesivamente. Pero el quid de la cuestión es más profundo, e incluso los que están más en desacuerdo con las políticas de Netanyahu deberían darse cuenta.

Cuando Ehud Olmert, el líder del partido centrista Kadima, fue primer ministro entre 2006 y 2009, hubo continuas negociaciones con la Autoridad Palestina para llegar a un acuerdo sobre un estatuto final. Ambas partes llegaron a la mesa con el compromiso de una solución de dos estados, y el Partido Laborista, entonces encabezado por el ministro de Defensa Ehud Barak, fue el socio principal de la coalición dirigida por Olmert. Sí las conversaciones hubieran tenido éxito, podría haber sido concebible que Olmert se mantuviera como primer ministro, y que las acusaciones de corrupción en su contra pasaran a segundo plano. Por la misma razón, si Abu Mazen hubiera podido presentar a su pueblo un acuerdo de paz que diera lugar a la creación de un Estado palestino independiente en Cisjordania y Gaza, probablemente podría haber reafirmado su autoridad sobre la separatista Franja de Gaza, y superar a sus rivales islamistas de Hamas.

Durante casi dos años, hubo numerosas reuniones al más alto nivel entre las dos partes: En un momento de descuido durante una entrevista de televisión en vivo de hace varios meses, Olmert espetó que había tenido 36 (o 37, no lo recordaba exactamente) reuniones con Abu Mazen, sin llegar a un acuerdo. Pero argumentar, como hizo en aquella ocasión, que lo que necesitaban era "solamente un poco más de tiempo", resulta absurdo: Si 36 (¿o fueron 37?) reuniones no habían podido producir un acuerdo, entonces algo más fundamental estaba  involucrado.

A pesar de  toda la buena voluntad, y con un nada despreciable depósito de confianza entre las dos partes, y pese a cierta disposición inicial a realizar algunas concesiones importantes, cuando los negociadores abordaron las cuestiones fundamentales, la brecha entre el gobierno israelí más moderado en muchos años y la más facción palestina moderada (Fatah de Abu Mazen) se mantuvo profunda y aparentemente insalvable. Los problemas más difíciles eran las fronteras, los asentamientos, Jerusalén, los refugiados de 1948 y, por último, la seguridad.

Respecto a las fronteras y los asentamientos, los palestinos insisten en que Israel debe retirarse a las líneas de armisticio de 1967 (la "Línea Verde"). Ellos están dispuestos a aceptar algunos intercambios territoriales limitados, pero cualquiera que busque en un mapa puede ver que esto no resuelve la cuestión del futuro de los asentamientos israelíes en Cisjordania. Ahora que hay un cuarto de millón de colonos judíos en la zona, y donde algunos de los cuales llevan allí de 20 a 30 años, incluso los más firmes opositores israelíes al entero proyecto de asentamientos se dan cuenta de que sería extremadamente difícil para Israel hacerles volver a casa. No hay precedentes, por otra parte, de un país democrático que evacuara a entre el 5 y el 7%  de su población de un área disputada, como parte de un tratado de paz. De ahí que cada vez que Olmert y Abu Mazen, o bien sus suplentes, Tzipi Livni (entonces ministra de Asuntos Exteriores) y Abu Ala (Ahmed Qurei, un negociador palestino líder) se acercaron a este tema, se hizo evidente que un acuerdo estaba fuera de su alcance.

El mantra de la "Jerusalén como capital de ambos estados" suena muy bien, pero es totalmente quimérico. No hay ciudad en el mundo que sirva como la capital de dos estados diferentes, y mucho menos de dos estados que se han visto envueltos en un conflicto durante la mayor parte de un siglo.

Con alrededor de 200.000 judíos israelíes viviendo en Jerusalén pero el otro lado de la antigua Línea Verde, ¿donde exactamente dibujar una frontera? ¿Cómo se podría evitar una situación en la que cualquier accidente de automóvil, robo, homicidio o querella de barrio pudieran generar un incidente internacional que podría convertirse en un casus belli? Las ideas que sugieren conceder algún tipo de estatuto internacional a la "Cuenca del Santo" de la Ciudad Vieja parecen igualmente ajenas a la realidad. ¿Qué organismo internacional tendría en última instancia la máxima autoridad? ¿Las Naciones Unidas (con el veto de Rusia y China en el Consejo de Seguridad)? ¿La UE, la UNESCO? El último caso de una entidad internacionalizada de esta especie sucedió de entreguerras, en la ciudad germano-polaca de Danzig, y resultó ser parte del problema y no parte de la solución.

Las discusiones igualmente bien intencionadas sobre un área "sin soberanía" o sobre "la soberanía de Dios" parecen ser, cuando se examinan más de cerca, inmaduras o totalmente carentes de sentido. Incluso la idea de que los lugares santos dejen de estar bajo la jurisdicción de las religiones que los reclaman para ellas, resulta por decirlo ligeramente poco práctico. ¿Quién representará a los cristianos: el Vaticano, la Iglesia Ortodoxa, o el Consejo de Iglesias en Ginebra? Uno sólo tiene que echar un vistazo al centenario conflicto entre las diversas confesiones cristianas por la Iglesia del Santo Sepulcro para darse cuenta de lo ingenuo que resultan las nociones piadosas. No es de extrañar que cada vez que los negociadores, y aún de puntillas, tratan de afrontar estos problemas, rápidamente acaben huyendo de ellos como si fueran un reguero de pólvora.

Los palestinos consideran que el derecho de los refugiados de la guerra de 1948, y sobre todo de sus descendientes (al-houda), a retornar es la piedra angular de su narrativa nacional, algo que nunca podrán abandonar. A veces también se refieren a ella como un derecho individual de cada uno de los refugiados (y de sus descendientes), una cuestión que no puede ser derogada por un acuerdo político. Para hacer justicia a la posición palestina, hay que añadir que de vez en cuando parecen reconocer que no todos los seis millones de palestinos que dicen ser refugiados de 1948, o sus descendientes, regresarán a Israel. Pero cada israelí de derecha, centro e izquierda entiende que el objetivo palestino es utilizar esos datos demográficos para poner fin a Israel como un Estado-nación judío, y por lo tanto, ningún gobierno israelí podrá aceptarlo. Sin duda, es difícil para el liderazgo palestino, que desde hace más de 60 años ha enseñado a todos los niños palestinos en los campos de refugiados que algún día van a regresar a los hogares y propiedades de sus antepasados en Israel, renunciar a tal afirmación profundamente arraigada y emocionalmente poderosa. Pero esa idea debe ser abandonada si de verdad se quiere lograr una reconciliación histórica entre los dos movimientos nacionales.

Como observó una vez el ex ministro de Exteriores alemán Joschka Fischer, “si Alemania hubiera insistido en que los 12 millones de expulsados alemanes étnicos (y sus descendientes) de Polonia, Checoslovaquia y Hungría tenían un 'derecho de retorno' a sus antiguos hogares, nunca habría habido paz en Europa". El propio Fischer, por cierto, venía de una familia de alemanes étnicos expulsados de Hungría después de la Segunda Guerra Mundial.

Profundamente consciente de las necesidades de seguridad de Israel, aunque el gobierno de centro-izquierda de Olmert, Livni y Barak insistió en que el futuro Estado palestino debía estar desmilitarizado y que a Israel se le debía permitir conservar una presencia militar en el Valle del Jordán, con capacidad de validar los derechos de entrada y de salida en la Ribera Occidental. Netanyahu hizo demandas similares en su discurso de Bar-Ilan, cuando, por primera vez, aceptó la idea de una solución de dos estados. Si bien estas consideraciones son compartidas por la mayoría de las palomas israelíes, comprensiblemente parecen considerar como los palestinos que sería una grave intromisión que castraría la soberanía de su futuro Estado.

Estos eran unos problemas insolubles que impedían que Olmert y Abu Mazen llegaran a un acuerdo. Ninguno de estos obstáculos ha desaparecido desde el 2009, al contrario, algunos se han vuelto más formidables. En la actualidad hay más de 300.000 colonos judíos en Cisjordania, y Hamas aparentemente se ha atrincherado poderosamente en Gaza y mantiene su oposición explícita a una negociación, permaneciendo comprometido con la destrucción de Israel. El reciente acuerdo entre la Autoridad Palestina y Hamas aún no se ha implementado, y tres de estos acuerdos previos sugieren lo inestable que probablemente será, lo que ciertamente no ayuda. Tampoco parece que el gobierno de Netanyahu, encerrado en una coalición con el partido de Naftali Bennett (Bait Yehudi), de carácter ultranacionalista y sionista-religioso, será capaz o estaría dispuesto a ofrecer a los palestinos una oferta más generosa que aquella realizada por Olmert y rechazada por Abu Mazen.

Entonces, ¿qué se debe hacer? Algo se puede aprender de ciertos conflictos nacionales recientes en Chipre, Bosnia, Kosovo, e incluso Cachemira. Todos ellos poseen, al igual que el conflicto palestino-israelí, múltiples facetas. Todos ellos tienen una dimensión territorial, pero también son unos conflictos donde contienden movimientos nacionales y narrativas históricas y memoriales en conflicto. Todos ellos implican ocupación militar, resistencia, terrorismo, represalias brutales, limpieza étnica, actividades de asentamiento; y aunque algunos no son conflictos religiosos, todos tienen aspectos religiosos que exacerban los conflictos y hacen la reconciliación y el compromiso aún más difícil.

En todos estos conflictos, las negociaciones de paz destinadas a los acuerdos sobre el estatuto final han fallado. En Chipre, el Plan Annan ha fracasado porque un grupo, los greco-chipriotas, lo rechazó. En Bosnia, los Acuerdos de Dayton han detenido la matanza, las violaciones y la limpieza étnica, pero no han logrado alcanzar la estructura confederal multi-confesional y multi-étnica que sus autores preveían. En Kosovo, los albaneses de Kosovo han logrado la independencia que se merecen, pero Serbia no la ha reconocido, por lo que el conflicto aún no ha sido resuelto. Y en todos estos casos, la participación americana, junto con la diplomacia y la presión, no han logrado superar los desacuerdos fundamentales que dividen a las partes en conflicto. Este es el momento para pararse y considerar que, si después de décadas de intentos la comunidad internacional no ha logrado resolver los problemas de ciudades divididas como Nicosia o Mitrovica, ¿realmente tiene los recursos, o peor, la cara dura, de imaginar que puede resolver los de Jerusalén, que es diez veces más complicado?

Lo que se puede aprender de todos estos conflictos no resueltos es que, en ausencia de un acuerdo sobre un estatuto final, pueden hallarse soluciones parciales: acuerdos limitados, medidas unilaterales, medidas de fomento de la confianza. En los estudios de la jerga internacional esto a veces se denomina "gestión de conflictos proactiva". Una decisión de Turquía de abrir ciertos cruces en Nicosia no resuelve el conflicto de Chipre, pero sí ayuda a bajar la temperatura en la isla dividida. La Unión Europea negoció acuerdos en Kosovo relativos a ciertos acuerdos municipales en ciudades y pueblos dominados por los serbios, pero todo ello no ha resuelto el problema de Kosovo, aunque sí ha contribuido a aliviar las tensiones y ha empujado la situación un poco más cerca de un posible acuerdo futuro.

Algo similar puede ser intentado en el Oriente Medio. Nos vendría bien un poco de “gestión de conflictos proactiva”, una serie de pasos parciales por parte de los israelíes, pero también de los palestinos. En resumen: un plan B. Estas medidas no deben ser contempladas como una coartada o una alternativa a un acuerdo sobre un estatuto final, sino como una serie de medidas de emergencia para paliar una brecha muy grande. Para los israelíes, esto podría implicar un compromiso no coercitivo a la hora no agrandar los asentamientos judíos existentes; y podría exigir a los palestinos que se abstengan de sus intentos poderosamente simbólicos, pero políticamente inútiles, de alcanzar la condición de Estado a través de la ONU. Si piensan creativamente, ambas partes podrían llegar a dar muchos más pasos similares. Sin duda, el esfuerzo va a ser doloroso, pero menos doloroso que un colapso total de las relaciones. ¿Y quién sabe? Incluso podríamos llegar a alguna parte, aunque el progreso resulte muy, muy lento. Sin embargo, este progreso sería real, a diferencia de las esperanzas totalmente utópicas y discontinuas creadas en los últimos 20 años de intentos de llegar a un acuerdo sobre un estatuto final, y ello a través de unas concesiones que ninguna de las partes está dispuesta o es capaz de otorgar ahora.

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