Saturday, January 03, 2015

Shlomo Sand se alía con los ultra-ortodoxos y deja a los judíos seculares progresistas y a la izquierda judía antisionista plantados y sin "novio"



Shlomo Sand a los judíos seculares: Yo no soy judío y vosotros tampoco - Anshel Pfeffer - Haaretz

Tal vez el elemento más significativo en el nuevo libro de Shlomo Sand - "Cómo dejé de ser judío" acontece a la mitad del libro, cuando menciona la famosa reunión celebrada en 1952 entre el primer ministro de Israel , David Ben-Gurion, y el rabino Avraham Yeshayahu Karelitz (conocido por sus seguidores como el Hazon Ish), en aquel momento uno de los rabinos ultra-ortodoxos más influyentes. Según una versión de lo que sucedió en esa reunión, el rabino Karelitz disertó ante Ben-Gurion de que, en caso de colisión entre la religión y el estado, los rabinos deberían prevalecer. Para apoyar esa deducción, mencionó la cita talmúdica de los dos carros que se bloquean entre sí al querer pasar en el mismo momento por un camino estrecho. El fallo talmúdico es que el carro vacío debe dejar paso al carro lleno o más cargado. La analogía inferida de la cita, que los judíos seculares son el carro vacío, carente de patrimonio y de herencia judía, mientras que sólo los ortodoxos tienen una auténtica cultura judía, ha representado una especie de insulto permanente desde entonces para muchos israelíes seculares

Pero Sand, el polémico e iconoclasta historiador de la Universidad de Tel Aviv, cuyos anteriores libros "La invención de la Tierra de Israel" y "La invención del pueblo judío" causaron furor dentro y fuera de los círculos académicos, y que se enorgullece de ser un completo ateo, se sitúa aquí del lado del rabino Karelitz. No sólo, según Sand, "no hay una cultura judía que no se derive de la religión o de la religiosidad judía, sino que la noción misma de judaísmo secular es de hecho algo vacío, ya que no existe tal cosa". Su nuevo libro, en realidad un breve ensayo, más bien debería haberse llamado "Por qué yo nunca fui judío", ya que Sand se muestra enfático en que nada en lo que realmente ha creído era judío. Toda su vida, o mucho de ella, tal como sale a la luz en lo que también es una autobiografía abreviada, le condujo hasta el momento en que se dio cuenta de su falta total de una identidad judía.

Pero más que nada, al leer el nuevo libro de Sand, me sentí nuevamente un reportero de asuntos religiosos, una vez más, como en aquellos días cuando debía leer los periódicos ultra-ortodoxos diariamente. Sand podría haber sido fácilmente un experto o un escritor para alguno de ellos. No me refiero a los de la secta rabiosamente anti-Israel de los Neturei Karta, sino más bien a las publicaciones de la corriente mayoritaria Haredi, como los diarios Yated Neeman, Hamodia y Mahane Haredi, cuya línea estándar es ridiculizar y denigrar cualquier manifestación de laicidad judía.

Al igual que los ideólogos haredi, Sand niega que exista tal cosa como una cultura judía secular. Los logros de los seculares judíos, dice, puede ser considerados como obras de personas de origen judío, pero que son más bien universales o pertenecientes a las naciones en donde vivieron. La participación de personas con ascendencia (y herencia cultural) judía en dichos logros sería totalmente incidental. Este es el pensamiento haredi clásico: el judaísmo y la judeidad sólo se manifiestan en la práctica religiosa rabínicamente prescrita, todo lo demás es cosa de goyishe (no judíos en yidish).

Una vez más, la entrega más reciente de Sand ha causado mucha rabia, sobre todo entre los israelíes y los partidarios judíos de Israel situados a la derecha. Esta vez, la mayor parte de su furia se ha dirigido a su caracterización de Israel como "una de las sociedades más racistas del mundo occidental", tal como argumentaba en un resumen abreviado del libro que publicó en The Guardian. Pero mientras eso era de esperar, la nueva entrega de Sand plantea pocas amenazas a los judíos de derecha, siendo sobre todo a los de izquierda, a los izquierdistas seculares judíos, y sobre todo a los antisionistas, a los que plantea un verdadero reto.

Me di cuenta de esto en una conferencia que dio el mes pasado en el Instituto del Oriente Medio de Londres y en el Centro de Estudios Judíos de la Escuela de Estudios Orientales y Africanos de la Universidad de Londres. Cerca de 300 personas se acercaron a escuchar la conferencia de Sand sobre su nuevo libro, perteneciendo un gran número de esos asistentes a un grupo demográfico específico que, a falta de una mejor descripción, podría ser etiquetado como "judíos en conflicto con su judeidad, o bien con Israel, o bien con el judaísmo". A la hora de los Ruegos y Preguntas, tras finalizar la conferencia, dos de ellos preguntaron a Sand, con un verdadero dolor que se traslucía en su voz, que porque "en lugar de ‘Como dejé de ser judío’ no había escrito 'Cómo dejé de ser israelí?' "

Ellos, simplemente, no podían entender cómo su admirado escritor, el cual ha dedicado una parte importante de su carrera a tratar desmantelar lo que interpreta como la falsa mitología del nacionalismo judío y a censurar al Estado israelí, podía ahora negar la parte judía de su identidad en favor de una identidad israelí. Pero Sand ha hecho lo contrario de lo que ellos esperaban de él (y algunos realmente no se lo esperaban). No sólo ha construido para sí una nueva forma de identidad israelí, sino que también niega a estos judíos seculares progresistas no sionistas o antisionistas su integridad, progresista e intelectual. Sand se burla de los que dicen defender los valores judíos mientra critican a Israel, y escribe que no son diferentes de los "abiertamente pro-sionistas". Estos "judíos antisionistas" que nunca han vivido en Israel, escribe Sand, "reclaman un derecho especial, diferente al de los no judíos, a realizar acusaciones contra Israel”. Aquellos que "viven en la diáspora”, un término que él despacha citándolo con comillas, se "conceden a sí mismos el privilegio de intervenir activamente en las decisiones sobre el futuro y el destino de Israel".

Sand niega el derecho especial de estos judíos seculares progresistas no sionistas o antisionistas de agruparse como judíos (“no en mi nombre”, “la otra voz judía”, “judíos por la justicia”, "como descendiente de un superviviente del Holocausto"…), tal como lo hacen en decenas de organizaciones y foros, y allí sentarse a poner en tela de juicio a Israel. Él va más allá, acusándolos del mismo pecado que los nacionalistas judíos, “de tratar de afirmar que hay algo especial o mejor en su judaísmo”. "Pero el sionismo también recogió un montón de cosas del judaísmo", argumenta Sand. "E incluso si el sionismo no es el judaísmo, eso no quiere decir que el judaísmo sea una religión ética, ya que el judaísmo no facilita casarse con un no judío. La ética judía no es la ética con la que yo sueño, no es una ética universalista".

Sand aquí se hace eco tanto de los ultra-ortodoxos, que acusan a los seculares de trasplantar ideales extraños al "auténtico judaísmo", como de Benjamin Netanyahu, quien en una cita muy conocida dijo que "los izquierdistas se habían olvidado de lo que representa ser judío". Sand quiere que los judíos elijan: Puedes ser religioso o nacionalista (o ambas cosas), pero si no eres nada de eso, entonces no eres un judío. Y que no le molesten con la charla sobre la ascendencia judía y el ADN, porque si esa es realmente su alternativa, entonces su definición de lo que es un judío es una definición racial, al igual que la de los antisemitas.

"No hay nada ético (de la ética universalista) en el judaísmo", dice Sand, disparando contra esa noción liberal tan preciada del Tikkun Olam. Si usted es una persona ilustrada, entonces usted es universalista y por lo tanto no es judío. Las largas listas de valientes revolucionarios y de defensores judíos de los derechos humanos que tanto les gustan a los judíos progresistas no significan nada, según afirma Sand. En todo caso, ellos negaron sus raíces judías particularistas y se unieron a una hermandad mundial mucho más grande y mejor de hombres y mujeres.

Sand también se ha convertido en el flagelo de los judíos seculares antisionistas. Ellos critican a Israel por todos los medios, "pero si luego se identifican a sí mismos como judíos, al hacerlo, resultan ser unos farsantes". Ustedes no consiguen ninguna posición moral especial solamente por el accidente del nacimiento. Ustedes no son mejores que los goyim.

Sand, por supuesto, sí tiene un derecho especial a criticar Israel. Él es un israelí y prefiere la ciudadanía de Israel a ser un judío, y ello a pesar de las muchas faltas de Israel y del racismo que le lleva a creer que "quizás pronto" sea una sociedad tan mala como la "Alemania de 1930" (aunque "no la Alemania de 1940", según insiste). Su visión de un mejor Israel es simplemente un Israel menos judío. "Yo he crecido aquí y vivo aquí", y estos lazos lo atan para siempre: "Mi cultura es la cultura israelí" (sí es que existe tal cosa). Incluso termina su libro con la exhortación de Theodor Herzl, "Si lo queréis, no será ninguna leyenda".

Y aquí viene la siguiente gran decepción para la izquierda antisionista, judía y no judía. Por supuesto, Sand quiere que Israel renuncie a sus nociones de supremacía judía y que ponga fin a la ocupación, con la esperanza de que se ponga fin al conflicto con los palestinos, pero él tampoco está dispuesto a aceptar la narrativa palestina. Muchos de los asistentes antisionistas a sus conferencias se vieron en apuros al escuchar que Sand se opone al "derecho de retorno" palestino porque "es una negación de la existencia del Estado de Israel". Esto llevó a una atónita académica británico-palestina a decirle: "Me ha gustado mucho lo que dice hasta que usted se ha opuesto a ello (al retorno)".

Qué horrible debió ser para esta académica, una feroz crítica del nacionalismo judío, cuando comprobó que también se negaba a abrazar el nacionalismo palestino en su lugar. Además, ella se habría sentido devastada si hubiera comprobado como su estimado Sand estaba de acuerdo con la derecha sionista al considerar que el pueblo palestino es una invención. En 2012, afirmó en una entrevista en el Haaretz que "los palestinos eran árabes que vivían en esta región desde hace cientos de años. La colonización sionista forjó al pueblo palestino". Muchos de sus argumentos en contra de un retorno de los refugiados palestinos reflejan perfectamente los utilizados por la derecha sionista.

Sand dice que la Guerra de Independencia de Israel de 1948 fue como otras "guerras de la década de 1940, donde el mayor golpe lo sufrieron las minorías", y asegura que los palestinos no se merecen ningún derecho especial al retorno sólo porque, a diferencia de los expulsados ​​en otras guerras, se vieron obligados a permanecer como refugiados. Sand culpa a los estados árabes por perpetuar el problema de los refugiados, junto a Israel por la creación del mismo. "Los árabes mantuvieron a esta gente en los campamentos y tienen su responsabilidad, además de su bonita solidaridad. Que estas personas abandonen de una vez esa mierda de campamentos".

Sand aboga por la igualdad de derechos para todos los ciudadanos israelíes, de hecho, una de sus razones para proclamar que él no es judío es que no quiere pertenecer a un grupo de "privilegiados" israelíes. Incluso en un momento de su conferencia se hizo eco de las opiniones de Avigdor Lieberman cuando se planteó la siguiente posibilidad: "¿Qué pasa si los árabes de Galilea quieren tener un Kosovo?". También rechazó la ecuación Israel = apartheid, tan querida por la izquierda antisionista, y no porque Israel sea menos racista según su visión, sino porque a diferencia de Sudáfrica, donde la población blanca no podía existir sin la población negra, la economía de Israel es lo suficientemente robusta como para prescindir de los palestinos.

El desafío de Sand a los judíos seculares que rechazan definirse por la creencia y la práctica religiosa, es poderoso y elocuente. En ausencia de la religión, según Sand, sólo hay identidades sucedáneas, como “aferrarse a los recuerdos de las persecuciones”, que han desaparecido en gran parte del mundo. “Todo el mundo quiere ser un sobreviviente”, dice, “esa es la auténtica industria del Holocausto". Sin embargo, buena parte de la judeidad actual de muchos judíos seculares viene definida por su relación artificial con Israel, ya sea de apoyo o de repudio.

Sand se aprovecha de una particular vulnerabilidad de los judíos no religiosos de hoy: su incapacidad para articular lo que significa ser judío en un siglo en el que nadie está tratando de encerrarles en un gueto o asesinarles. "Ser judío sin religión", insiste Sand, "significa vivir en el pasado, y no tiene una base en el presente y tampoco la tendrá en el futuro".

Pero su insistencia en que si no se puede definir, entonces no existe, es también su punto más débil. Al igual que la visión de los Haredi, la visión de Sand del judaísmo es fundamentalista. Él no tiene en cuenta el hecho de que la ultra-ortodoxia también es otra reinvención del judaísmo - en este caso, una reacción al empuje de la Ilustración en el siglo XVIII y a la auto-emancipación en los dos siglos siguientes -. En cada generación, los judíos lucharon con las contradicciones de su fe y debieron escoger y elegir. Siempre fue una identidad nebulosa, pero nunca fue más débil por ello.

La identidad de los judíos escépticos, de los herejes y de los rebeldes era una identidad judía, precisamente porque ellos decidieron que así fuera y porque negaron a los rabinos el derecho de decidir por ellos. ¿Quién puede entonces negársela?

Sand implora a sus lectores y correligionarios que, como él mismo, dejen de ser judíos, y que ese debería ser su derecho. Pero al mismo tiempo, cede el derecho de definir quién es judío a los rabinos. Para ganarse su libertad de definirse a sí mismo como le gusta, quiere privarnos al resto de nosotros de nuestra libertad de seguir siendo judíos en nuestros propios términos.

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