Thursday, June 16, 2016

La verdadera razón por la que a algunos israelíes les gusta comparar a su país con la Alemania nazi - Gadi Taub - Haaretz



La comparación cada vez más común dentro de cierta izquierda y de ciertas élites del país entre el Israel de 2016 y la Alemania de la década de 1930 es tan infundada que el propio esfuerzo de responder a esa comparación, según mi humilde opinión, le concede un respeto que no se merece. Cualquiera que piense que hay semejanza entre los fanáticos hinchas futboleros de Israel y las aproximadamente tres millones de personas que formaban parte del ala paramilitar (las SA) del partido nazi - 30 veces el tamaño del ejército alemán de la época - y entre ciertos de nuestros políticos de la derecha, tan dañinos como puedan ser algunos, y Hitler y sus asociados, está sufriendo de algo más que de ceguera histórica.

Y el argumento de que "también fue la forma en que comenzó allí", por supuesto que también carece de cualquier fundamento. Esa no fue realmente la forma en que comenzó allí. Cualquier persona con interés por la forma en cómo comenzaron las cosas necesita reflexionar no en la presencia de extremistas y racistas - un fenómeno que existe en todas partes, incluyendo, por supuesto, en Israel -, sino más bien en la naturaleza de la crisis política, económica y cultural que se convirtió en un terreno tan fértil para los extremistas.

Por el contrario, la cuestión más relevante no es lo que hoy supuestamente tengan en común Israel y la Alemania de la década de 1930, sino lo que une a ciertas personas, algunas de ellas seriamente, a la hora de abrazar con tal fervor esa comparación sin fundamento. La respuesta genérica es su temor por el futuro de la democracia israelí. Hay fuerzas en Israel que de hecho buscan erosionar la democracia israelí, y aquí y allá esa realidad está haciendo incursiones en los márgenes de la sociedad. Sin embargo, visto desde una perspectiva sensata y no sentimental, su éxito en este momento es muy limitado. Las bases de la democracia israelí son suficientemente elásticas para rechazar en última instancia la mayoría de estos ataques.

Sin embargo, vale la pena prestar atención a las repetidas advertencias sobre el fascismo, no a causa de la validez de la comparación, sino más bien debido a su falta de fundamento. Lo suyo no es un análisis político de la situación, sino más bien la utilización del epíteto más dramático posible que estos portavoces puedan encontrar dentro de su léxico político (que no sea el uso abierto de la expresión "nazismo", que incluso a los que les gusta comparar a Israel con la Alemania de los 30 dudan en utilizar de forma explícita, aunque por supuesto dan a entender en sus comentarios). El uso de términos tan extremistas no pretende exactamente una discusión con sus rivales políticos, sino más bien su deslegitimación. Y cuando un rival político es elegido democráticamente, se trata de una deslegitimación del proceso democrático en sí.

Así pues, parece que a pesar de sus pretensiones de ser defensores de la democracia, en la práctica los que hacen un continuo uso de esa comparación (entre Israel y la Alemania de la década de 1930) no están contribuyendo al fortalecimiento de la democracia. En su lugar, están atacando la legitimidad democrática, aunque desde una dirección diferente a como lo hace la extrema derecha. Por lo tanto, se puede suponer que detrás de algunos de estos gritos de angustia existe en realidad un deseo de desvincularse de la democracia israelí en lugar de un deseo de hacer frente a sus supuestos defectos.

Pintar a Israel con los colores más negros posibles no proporciona la base para el fortalecimiento de una oposición efectiva. En su lugar lo que busca es la justificación para dar la espalda a Israel y a los israelíes. En cuanto al impacto real de tales posiciones, está claro que estos argumentos no van a movilizar al público israelí, ni tampoco parece que sea esa su intención. Cuando todo está dicho y hecho, es difícil volver atraer a la gente con la afirmación de que son repelentes e incorregibles.

Por lo tanto, y en mi opinión, esta tendencia tiene que ser contemplada no en términos de construcción de una oposición o de protección de la democracia israelí. El empuje emocional detrás de todo este esfuerzo comparativo pretende construir una identidad sectorial entre los que buscan aislarse de Israel en lugar de competir por los votos israelíes en un proceso electoral.

En este sentido, estos círculos de la intelectualidad son fundamentalmente diferentes de la antigua élite del movimiento sionista. Esta nueva élite de la izquierda está construyendo su propia identidad basándola en su alienación de Israel en lugar del servicio a Israel. Es decir, se definen a si mismos como una antítesis de la israelidad en lugar de formar parte de ella.

Y desde que Israel parece obviar las esperanzas diplomáticas, estos círculos buscan aislarse de Israel en lugar de tratar de reconducirlo. Tal vez todo esto puede generar una gran satisfacción narcisista, pero ciertamente no es el comienzo de un cambio o una reforma de Israel.

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