Tuesday, August 01, 2017

¿Etiquetando al hecho nacional como racismo? La siguiente elección podría colocar el hecho nacional y la nacionalidad en manos racistas - Gadi Taub - Haaretz



Durante mucho tiempo la izquierda, incluso la izquierda más sana, ha estado abandonando la arena de la nacionalidad a la derecha. Los resultados se pueden ver a nuestro alrededor con el fortalecimiento de la extrema derecha en todo el mundo democrático, desde los Estados Unidos hasta Europa Occidental y Europa Oriental. Y en Israel también.

Durante mucho tiempo esta izquierda ha estado explicando sus valores democráticos, socialdemócratas y liberales en términos de oposición a la nacionalidad. Al hacerlo, ha creado una contradicción engañosa entre la libertad, por un lado, y la nacionalidad, por el otro. Ha condenado cualquier aspiración nacional y la ha considerado como un desarrollo del fascismo, etiquetando a cualquier persona que quería proteger su identidad nacional como un "racista".

Pero el contraste creado por la izquierda entre libertad y derechos humanos, por un lado, y la nacionalidad o condición nacional, por el otro, ha generado un boomerang contra ellos. Está vaciando el centro del mapa de su contenido democrático: Porque la democracia no es solamente libertad limitada a la esfera privada, también es una expresión de ese básico derecho político por el que luchan las naciones oprimidas: el derecho a la autodeterminación. El estado-nación democrático es increíblemente precioso. Permite a las personas ser ellas mismas.

Y "ser ellas mismas" no significa convertir el yo en un proyecto nietzscheano de autocreación, en una versión con la que sueñan las mimadas élites defensoras de las políticas de la identidad. Este concepto es adecuado para aquellos individuos cuya seguridad existencial se da por sentada y que pueden imaginar (con cierto grado de superficialidad) que la propia movilidad es su auténtico hogar, y los salones VIP de aeropuertos o conferencias internacionales son ámbitos suficientes para satisfacer sus necesidades de identidad. Ciertamente, no es un sustituto de la independencia nacional, el cual es el marco más eficaz para permitir a la gente "ser ellos mismos".

No hay necesidad de mencionar los peligros que implica el ultranacionalismo después de los horrores del siglo XX. Pero tampoco debemos olvidar la naturaleza nacional de la democracia y el hecho de que es la expresión más estable que conocemos del derecho a la autodeterminación. La democracia canaliza la identidad cultural en la esfera pública y permite cumplirla.

Los intentos de "trascender" la nacionalidad y el hecho nacional socavan este derecho básico, pero no solamente. Afectan directamente al corazón de la democracia: el gobierno por el consentimiento de los gobernados. No es difícil notar que las instituciones internacionales que "trascienden" a la nación al mismo tiempo trascienden también a la democracia, en otras palabras, trascienden a la capacidad de los seres humanos de controlar su destino.

Desde la Unión Europea, el Banco Mundial y la Corte Penal Internacional en La Haya, estas instituciones tienen una influencia dramática en la vida de unos ciudadanos que no pueden influir en sus políticas de la manera en que pueden ejercer influencia en el contexto de un estado-nación democrático.

Una división acelerada del mapa político entre un nacionalismo anti-liberal y un liberalismo anti-nacional está segando la hierba bajo los pies de aquello consolida y une a las democracias. Porque el prestigioso club del liberalismo abstracto y supranacional es inaccesible a las personas cuyas vidas están más arraigadas en el tiempo y en un lugar, y el resultado de todo esto es dirigir el impulso democrático hacia la derecha, hacia el ala ultranacionalista.

Si las élites liberales continúan condenando el hecho nacional y el derecho a la autodeterminación, y consideran a ambos como una expresión de racismo, sólo los racistas seguirán defendiendo esas ideas. Y eso permitirá que la extrema derecha se fortalezca en Europa y en los Estados Unidos. Y lo mismo también podría suceder en Israel.

David Frum comentó recientemente en la revista The Atlantic que "cuando los liberales insisten en que sólo los fascistas defenderán las fronteras, los votantes entonces contratarán a los fascistas para hacer el trabajo que los liberales no desean hacer y no harán".

Y lo que es cierto para las fronteras, lo es también para la identidad. Si la élite liberal de izquierdas sigue burlándose del deseo de la gente de preservar su identidad cultural, el impulso democrático hacia la autodeterminación también se canalizará hacia la extrema derecha, a expensas del centro y de la izquierda.

Cualquier persona que desprecie el hecho nacional y la nacionalidad, y lo presente como mero racismo, obtendrá una nacionalidad racista en las próximas elecciones.

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