Saturday, August 26, 2017

El Atlantic publica todo lo que se necesita saber sobre la izquierda - Dennis Prager



Hace unas semanas, el Atlantic prestó un gran servicio a aquellos de nosotros que afirmamos que América está en medio de una guerra civil entre la derecha y la izquierda. Proporcionó un arma humeante - en realidad, se disparo en sí mismo - a aquellos de nosotros que afirmamos que la izquierda (que nunca debe confundirse con los liberales) tiene la intención de desmantelar la civilización occidental.

Publicó artículos de dos escritores de la izquierda, uno de Peter Beinart titulado "La paranoia racial y religiosa del discurso de Trump en Varsovia", y otro de su corresponsal nacional, James Fallows, escrito sobre el mismo tema que el de Beinart.

El tema de ambos artículos fue el discurso del presidente Donald Trump en Varsovia, Polonia, hace unas semanas, un discurso descrito por The Wall Street Journal como "una defensa decidida y afirmativa de la tradición occidental".

Sin embargo, para los escritores del Atlantic defender la civilización occidental no es más que una defensa del racismo blanco.

Beinart comienza su artículo diciendo: "En su discurso en Polonia ese jueves, Donald Trump se refirió 10 veces a Occidente y cinco veces a nuestra civilización. Sus partidarios nacionalistas blancos comprenderán exactamente lo que él quiso decir, y es importante que otros estadounidenses también lo hagan".

Y Fallows comienza diciendo, "lo que él llamó 'civilización'... se reduce a los lazos de etnicidad y sangre".

¿Existe algún americano liberal o conservador que piense que las palabras "Occidente" y "civilización occidental" signifiquen una celebración de la pureza de la sangre blanca?

Lo dudo.

Lo que tenemos aquí son dos lecciones vitales.

Una es que el izquierdismo es la principal ideología racista de nuestro tiempo, al verlo todo en términos de raza, mientras que el liberalismo y el conservadurismo convencionales abogan por una sociedad racialmente ciega como se manifiesta en la famosa línea de "contenido de su carácter" de Martin Luther King. La izquierda por el contrario desprecia esta visión.

Por citar uno de los innumerables ejemplos, la Universidad de California ha publicado una lista de frases de "microagresión" que los estudiantes y la facultad deben evitar. Uno de ellos es: "Sólo hay una raza, la raza humana".

En otras palabras, la izquierda, que controla nuestras universidades, enseña a los estudiantes estadounidenses que es incorrecto creer en una sola raza humana. Eso era precisamente lo que los nazis enseñaban a los estudiantes alemanes. Y ahora tenemos otra expresión de esta doctrina enunciada en las páginas del Atlantic: que aquellos que desean proteger o salvar la civilización occidental están hablando de salvar a la raza blanca.

Ciertamente no estoy comparando al izquierdismo con el nazismo. La izquierda no pretende aniquilar a todos los judíos (simplemente apoya a los palestinos, que buscan aniquilar el Estado judío). Simplemente estoy declarando una verdad inatacable: ningún movimiento político significativo desde los nazis han "honrado" a la raza o han equiparado la civilización occidental con la raza, como lo hacen Beinart y Fallows.

El segundo servicio prestado por los escritores del Atlantic es la prueba de que la izquierda detesta a la civilización occidental y, por lo tanto, se ha convertido en el enemigo interno de la civilización occidental tanto en América como en Europa.

A los ojos de la izquierda, la mera sugerencia de que la civilización occidental necesita ser salvada es, por definición, un llamamiento a la preservación de la raza blanca. Por lo tanto, la izquierda se opone a los llamamientos para salvar a la civilización occidental. Como Beinart escribió: "La frase más impactante en el discurso de Trump - quizás la frase más impactante en cualquier discurso presidencial pronunciado en suelo extranjero en mi vida - era su afirmación de que la cuestión fundamental de nuestro tiempo es si Occidente tiene la voluntad de sobrevivir... La frase de Trump sólo tiene sentido como una declaración de paranoia racial y religiosa".

Aquellos de nosotros que hemos equiparado a la izquierda con la oposición a la civilización occidental somos reivindicados. No necesitábamos a Beinart y Fallows - ya teníamos innumerables ejemplos, como el Departamento de Inglés de la Universidad de Pensilvania que eliminó de su antiguo poster a William Shakespeare porque era un hombre blanco - pero en su articulación explícita de la visión de la izquierda ellos son inmensamente útiles.

Shakespeare se lee en todos los idiomas que tienen un alfabeto no porque fuera blanco o europeo, sino porque es considerado como el dramaturgo más grande que jamás haya existido. Pero los izquierdistas que dirigen ese departamento de inglés ubican la raza (y el género) por encima de la excelencia, con un profundo rechazo de los valores occidentales.

Irónicamente, fuera de los liberales y los conservadores, los más propensos a celebrar los valores occidentales es probable que no sean occidentales. Los japoneses se burlarían de la idea de que Bach y Beethoven no escribieron la mejor música jamás compuesta. Es por eso que algunas de las mejores grabaciones de Bach de nuestro tiempo provienen de músicos japoneses que viven en Japón. Tampoco los japoneses niegan que los valores democráticos de su moderno país provienen de Occidente.

El desdén de Occidente por sus propios valores parece cada vez más estridente con cada día que pasa. El presidente Trump está haciendo un importante y loable esfuerzo por revertir esta tendencia. Está caminando en buena compañía. En un discurso ante el Congreso Científico Panamericano en Washington DC, el 10 de mayo de 1940, el entonces presidente Franklin D. Roosevelt dijo: "Los estadounidenses tendrían que convertirse en guardianes de la cultura occidental, el protector de la civilización cristiana". FDR habló con frecuencia sobre la protección de la civilización occidental y cristiana.

Debemos una deuda de gratitud al Atlantic, a la CNN (cuyo principal corresponsal de la Casa Blanca, Jeff Zeleny, describió a la gente de Trump como la "clase blanca de América, América la primera en el discurso") y otros. Han dejado claro que la izquierda desprecia a la civilización occidental y por lo tanto constituye la mayor amenaza para su supervivencia.

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Tuesday, August 01, 2017

¿Etiquetando al hecho nacional como racismo? La siguiente elección podría colocar el hecho nacional y la nacionalidad en manos racistas - Gadi Taub - Haaretz



Durante mucho tiempo la izquierda, incluso la izquierda más sana, ha estado abandonando la arena de la nacionalidad a la derecha. Los resultados se pueden ver a nuestro alrededor con el fortalecimiento de la extrema derecha en todo el mundo democrático, desde los Estados Unidos hasta Europa Occidental y Europa Oriental. Y en Israel también.

Durante mucho tiempo esta izquierda ha estado explicando sus valores democráticos, socialdemócratas y liberales en términos de oposición a la nacionalidad. Al hacerlo, ha creado una contradicción engañosa entre la libertad, por un lado, y la nacionalidad, por el otro. Ha condenado cualquier aspiración nacional y la ha considerado como un desarrollo del fascismo, etiquetando a cualquier persona que quería proteger su identidad nacional como un "racista".

Pero el contraste creado por la izquierda entre libertad y derechos humanos, por un lado, y la nacionalidad o condición nacional, por el otro, ha generado un boomerang contra ellos. Está vaciando el centro del mapa de su contenido democrático: Porque la democracia no es solamente libertad limitada a la esfera privada, también es una expresión de ese básico derecho político por el que luchan las naciones oprimidas: el derecho a la autodeterminación. El estado-nación democrático es increíblemente precioso. Permite a las personas ser ellas mismas.

Y "ser ellas mismas" no significa convertir el yo en un proyecto nietzscheano de autocreación, en una versión con la que sueñan las mimadas élites defensoras de las políticas de la identidad. Este concepto es adecuado para aquellos individuos cuya seguridad existencial se da por sentada y que pueden imaginar (con cierto grado de superficialidad) que la propia movilidad es su auténtico hogar, y los salones VIP de aeropuertos o conferencias internacionales son ámbitos suficientes para satisfacer sus necesidades de identidad. Ciertamente, no es un sustituto de la independencia nacional, el cual es el marco más eficaz para permitir a la gente "ser ellos mismos".

No hay necesidad de mencionar los peligros que implica el ultranacionalismo después de los horrores del siglo XX. Pero tampoco debemos olvidar la naturaleza nacional de la democracia y el hecho de que es la expresión más estable que conocemos del derecho a la autodeterminación. La democracia canaliza la identidad cultural en la esfera pública y permite cumplirla.

Los intentos de "trascender" la nacionalidad y el hecho nacional socavan este derecho básico, pero no solamente. Afectan directamente al corazón de la democracia: el gobierno por el consentimiento de los gobernados. No es difícil notar que las instituciones internacionales que "trascienden" a la nación al mismo tiempo trascienden también a la democracia, en otras palabras, trascienden a la capacidad de los seres humanos de controlar su destino.

Desde la Unión Europea, el Banco Mundial y la Corte Penal Internacional en La Haya, estas instituciones tienen una influencia dramática en la vida de unos ciudadanos que no pueden influir en sus políticas de la manera en que pueden ejercer influencia en el contexto de un estado-nación democrático.

Una división acelerada del mapa político entre un nacionalismo anti-liberal y un liberalismo anti-nacional está segando la hierba bajo los pies de aquello consolida y une a las democracias. Porque el prestigioso club del liberalismo abstracto y supranacional es inaccesible a las personas cuyas vidas están más arraigadas en el tiempo y en un lugar, y el resultado de todo esto es dirigir el impulso democrático hacia la derecha, hacia el ala ultranacionalista.

Si las élites liberales continúan condenando el hecho nacional y el derecho a la autodeterminación, y consideran a ambos como una expresión de racismo, sólo los racistas seguirán defendiendo esas ideas. Y eso permitirá que la extrema derecha se fortalezca en Europa y en los Estados Unidos. Y lo mismo también podría suceder en Israel.

David Frum comentó recientemente en la revista The Atlantic que "cuando los liberales insisten en que sólo los fascistas defenderán las fronteras, los votantes entonces contratarán a los fascistas para hacer el trabajo que los liberales no desean hacer y no harán".

Y lo que es cierto para las fronteras, lo es también para la identidad. Si la élite liberal de izquierdas sigue burlándose del deseo de la gente de preservar su identidad cultural, el impulso democrático hacia la autodeterminación también se canalizará hacia la extrema derecha, a expensas del centro y de la izquierda.

Cualquier persona que desprecie el hecho nacional y la nacionalidad, y lo presente como mero racismo, obtendrá una nacionalidad racista en las próximas elecciones.

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