Monday, April 23, 2018

El (nada) sorprendente racismo del editor del Haaretz, Amos Schocken - Liel Leibovitz - Tablet



Como tanto le gusta recordar tanto a sus lectores como a sus críticos, el periódico israelí Haaretz representa a “la voz de la intelectualidad asediada de la nación”, una publicación descarada y sesgadamente progresista que gasta mucha tinta criticando las fallas de Israel, pequeñas o grandes, reales o imaginarias. Es por eso que el eslogan de marketing del periódico es "un periódico para personas que piensan" -, una distinción que presumiblemente no se aplicaría a aquellos que emplean sus mañanas, por ejemplo, leyendo el Yediot Aharonot, y es por eso que el Haaretz ha optado por celebrar el 70 aniversario de la independencia de Israel eligiendo entre sus reporteros la canción clásica israelí, incluido el himno nacional, que más desprecian o detestan.

Más o menos sé trata del mismo tipo de condescendencia hilarantemente inconsciente e irritante, y por supuesto absolutamente políticamente correcta, que se puede cosechar diariamente en el The New York Times o en cualquier otro bastión de esas élites que se autoproclaman progresistas en cualquier lugar del mundo, pero este fin de semana sucedió que el propio editor del periódico, Amos Schocken, cruzó la línea roja.

Como usuario muy activo en Twitter, Amos Schocken, hijo del editor original del periódico, se metió el sábado pasado en una discusión en esa plataforma después de que varios lectores tuitearan que conmemorar el Día de la Independencia de Israel burlándose del himno era, en el mejor de los casos, de bastante mal gusto. Schocken no tardó en reaccionar  y en varios de los intercambios se fue calentando. En un momento dado, una mujer mizrahim, Ravit Dahan, le contestó a Schocken que era gente como ella, con un mentalidad que se preocupaba por la seguridad del país, quien mantenía a Israel a salvo y le permitía a Schocken "continuar viviendo aquí como un rey y seguir publicando su surrealista periódico sin interrupción". El editor ante esta respuesta perdió los nervios.

"¡Eres una mujer insolente!", tuitteó. "Mi familia lideró el movimiento sionista cuando tú todavía no te habías bajado de los árboles”.

No pasó mucho tiempo para que la gente señalara que un hombre asquenazi, privilegiado y rico, Schocken en este caso, utilizaba ante una mujer mizrahim, muy previsiblemente con muchos menores privilegios, un lenguaje para decirlo suavemente bastante racista.

Schocken también debió darse cuenta, ya que borró su tweet y emitió una disculpa, alegando que no pensó que acusar a alguien de descolgarse de los árboles tuviera alguna connotación racial.

Uno puede sentirse tentado a considerar esta historia como un ejemplo más de alguien que tiene un lapso de juicio momentáneo en una plataforma social perniciosa que alienta a los usuarios a emplear estupideces sin sentido y un lenguaje bilioso. Pero el tuit de Schocken es difícil descartarlo como un desafortunado error: más bien, es una expresión asombrosamente evidente de una visión del mundo sistemáticamente racista que ha formado parte del alma de la izquierda israelí durante al menos cuatro décadas.

Cualquiera que desee comprender mejor esta sorprendente paradoja, que un campo político que defiende los derechos de los palestinos, los trabajadores migrantes y otros grupos en apuros, recurra rápida y sistemáticamente a los estereotipos más prejuiciosos cuando se trata de los judíos mizrahim, mayoritariamente inclinados hacia la derecha, haría bien en estudiar las elecciones seminales de 1977, las que vieron el surgimiento del Likud de Menachem Begin después de 29 años de gobiernos liderados por los laboristas. Con sus trajes anticuados y su anticuado hebreo, Begin visitó barrios y ciudades que la izquierda apenas visitó y que no tuvo en cuenta, construyendo su base social entre los judíos mizrahim que se sentían traicionados por los laboristas.

Y no sin razón: como revelaba un explosivo documental israelí emitido a finales del año pasado, producto del descubrimiento de materiales de archivo previamente clasificados, los gobiernos dirigidos por los laboristas en la década de 1950 deliberadamente despacharon a los inmigrantes recién llegados de países del norte de África a las pequeñas y polvorientas ciudades del sur, prohibiendo que se mudaron a Tel Aviv y a otras grandes ciudades, una restricción que no se aplicó a los inmigrantes polacos que llegaron pocos años después, llegando incluso a amenazar con llevarse a los hijos de cualquiera de los mizrahim que cuestionara su política. Al mismo tiempo, los mismos arquitectos de estas horrendas políticas hablaban, y aún hablan, arrogantemente sobre la paz y los derechos humanos, y se sorprendieron, y aún lo hacen, cuando los judíos mizrahim que habían pasado toda su vida siendo despreciados finalmente se levantaron y votaron en contra de ellos.

Por ejemplo, escribiendo en el Haaretz poco después de las elecciones de 1977, Zeev Sternhell, un conocido historiador y sociólogo nacido en Polonia, se lamentaba del desastre que las hordas de incultos mizrahim habían traído sobre el país que él y sus compañeros intelectuales asquenazis habían contribuido arduamente a construir. Existía ahora, tronaba, dos sionismos, "uno para una población más madura y mejor educada que era asquenazí, occidental y acomodada, y el otro, agresivo, extremista , y religioso que negaba los derechos civiles de los demás, y que era el sionismo de aquellas personas que vivían en barrios malos y poco agradables".

Los votantes israelíes, como era de esperar, continuaron rechazando esta repugnante y elitista visión del mundo, dando un golpe electoral tras otro a la izquierda.

Y es una verdadera lástima. Israel podría emplear a esos liberales reales, no a esos falsos que se felicitan de ser progresistas mientras ven a los israelíes de derecha y a los de ascendencia norteafricana como unos incultos que habitaban los árboles.

En suma, una auténtica vergüenza para los Amos Schocken que comparten esos ocultos puntos de vista.

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