Sunday, July 15, 2018

¿Cuál es el problema con un Estado judío? - Jonathan Tobin - JNS



Es probable que la primera reacción de la mayoría de la gente ante la noticia de que la Knesset aprobará dentro de poco un proyecto de ley que define a Israel como un "Estado judío" sea de incredulidad. Puesto que casi todo lo que concierne a su gobierno y sus instituciones ya refuerzan el propósito de la nación como el hogar nacional del pueblo judío, tal legislación parecería superflua. Pero muchos israelíes parecen pensar que señalar lo obvio sobre su país no es suficiente.

No importa lo que piensen sobre la idea, la mayoría de los israelíes probablemente estén de acuerdo en que las últimas personas que deberían tener algo que decir sobre esta cuestión sean los judíos de la diáspora. Están hartos y cansados ​​de que los kibitzers (término yiddish para ese espectador ajeno que sin embargo opina sin estar involucrado) estadounidenses los juzguen, y en su mayoría sienten que sus primos de la diáspora ignoran las realidades del conflicto con los palestinos, o ven las acciones israelíes a través de una lente crítica distorsionada. Además, dados los enormes problemas demográficos a los que se enfrentan los judíos estadounidenses, muchos israelíes piensan que deberían ordenar su propia casa antes de darles más consejos no solicitados.

Sin embargo, mientras luchan por mantener la naturaleza de su estado, los israelíes que están preocupados por su judaísmo no pueden ignorar el hecho de que tales esfuerzos están ampliando la brecha entre las dos comunidades que aún se necesitan mutuamente.

Estos son tiempos sombríos para aquellos que se preocupan por promover la unidad judía.

Cuestiones culturales, religiosas y demográficas que se han estado infectando durante décadas ya presentaban obstáculos para el entendimiento mutuo. Pero ahora ese abismo se está exacerbando por la política, ya que los estadounidenses y los israelíes siguen profundamente divididos sobre dos cuestiones principales de estos momentos: el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, y el proceso de paz en Oriente Medio. A los israelíes les gusta Trump casi tanto como los judíos estadounidenses lo desprecian. Los judíos estadounidenses parecen pensar que la falta de paz se debe a las políticas del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, una opinión que solo comparten una pequeña minoría de votantes israelíes.

Como señala un importante ensayo publicado este mes por la revista Mosaic, estas duras divisiones deberían estimular aún más los esfuerzos para fomentar el conocimiento y la unión de estadounidenses e israelíes. El artículo, cuyos autores han sido el presidente saliente de la Agencia Judía para Israel, Natan Sharansky, y el erudito Gil Troy, argumenta que aún es posible enfocarse en un futuro compartido. Si bien el artículo detalla los factores que impulsan estas divisiones, la pareja cree que los elementos comunes, aún poderosos entre estadounidenses e israelíes, dictan no solo esfuerzos adicionales, sino también un camino que implica más comunicación y consulta.

Es una lectura que vale la pena y también contiene una propuesta para un Consejo del Pueblo Judío que tratará de dar a ambos lados de la división un foro para expresar sus diferencias e influirse mutuamente. El consejo es una idea loable, incluso si es extremadamente improbable que alguna vez se convierta en realidad. Sin embargo, la controversia sobre la legislación estatal judía ilustra exactamente por qué más de nosotros deberíamos pensar acerca de cómo los estadounidenses y los israelíes se separan, y qué podemos hacer al respecto.

El ímpetu para esta legislación se debe, como lo ha explicado Netanyahu, a la necesidad de mantener un equilibrio entre la identidad de Israel como un Estado judío y democrático. Los miembros de su coalición creen que se necesita una nueva ley básica (tales leyes forman el contorno de una constitución para Israel) para asegurar que su gobierno incorpore el carácter judío nacional y religioso del país en sus leyes. Pero el problema es cómo hacerlo sin socavar la democracia o infringir los derechos de las minorías no judías.

La mayor parte de la ley estatal judía no es controvertida. Existe un consenso abrumador a favor de reconocer el idioma hebreo, el calendario judío y las vacaciones en una ley básica. Lo mismo se aplica a la naturaleza del estado. La Declaración de Independencia de Israel proclama "el establecimiento de un Estado judío en la tierra de Israel" que serviría como un lugar para la "reunión" de judíos de todo el mundo, al mismo tiempo que protegía la libertad y los derechos de todas las personas que vivan allí.

Mantener el equilibrio entre los carácteres judío y democrático no ha sido fácil, especialmente desde que Israel ha sido atacada por aquellos que buscan su destrucción desde el día en que el primer primer ministro, David Ben-Gurion, leyó esa declaración. Si muchos miembros de la coalición de Netanyahu sienten que la ley es necesaria, es porque creen que algunos de sus oponentes de la izquierda han tratado de socavar su naturaleza judía. Pero han dañado su caso agregando una enmienda al proyecto de ley que permitiría el establecimiento de comunidades donde la residencia pudiera estar restringida por motivos de religión o nacionalidad según el criterio de sus habitantes, y degradando el estado del idioma árabe, que se habla y usa en la señalización en todo el país... pero que no figuraría al mismo nivel que el hebreo. Mientras que la implicación obvia de tal redacción sería la exclusión de los árabes, potencialmente también podría generar un medio legal de excluir a toda persona que no se ajustara a la forma de vida o la visión religiosa de la comunidad en cuestión, pudiendo afectar a judíos, cristianos, árabes, no veganos...

Tanto Sharansky como el presidente israelí Reuven Rivlin han señalado que la Knesset entregaría munición a los enemigos del país si la ley se aprueba en su forma actual. Ellos tienen razón. Igual de importante es que alienará a los judíos de la Diáspora, quienes lo verán como un acto ofensivo de discriminación y de socavación de los valores judíos.

Lo más desalentador de este debate es que algunos políticos israelíes parecen bastante indiferentes al impacto de sus acciones, pues no solo se trata del esfuerzo por defender al Estado judío, sino también el esfuerzo por fomentar la unidad judía. Lo mismo ocurre a menudo con los judíos estadounidenses que hablan sobre el conflicto con los palestinos de una manera que convence a muchos israelíes de que ni entienden ni se preocupan por su seguridad.

Las consecuencias de que los estadounidenses e israelíes continúen ignorando la brecha creciente entre ellos (y las acciones que la amplían) son incalculables. Es hora de que los israelíes recuerden que si quieren un Estado judío, deben tener en cuenta las necesidades de todo el pueblo judío, y que los judíos de la diáspora se relacionen con los israelíes en lugar de simplemente darles lecciones o presumir de moral a su costa. Es por eso que las ideas como las presentadas por Sharansky y Troy deben ser escuchadas. Es vital que hablar sobre la unidad judía y cómo promoverla deje de ser dominio exclusivo de los académicos y comience a ser una prioridad para nuestros líderes en ambos lados de la brecha.

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