Saturday, July 28, 2018

La ley del Estado-nación y la política de sentimientos de la izquierda - Akiva Bigman - Israel Hayom



El profesor Mordechai Kremnitzer del Instituto de Democracia de Israel (IDI) fue entrevistado el miércoles en el programa de radio del periodista Yinon Magal y habló sobre la ley del Estado-nación. O más precisamente, gimoteó al respecto. Aunque sabe cómo expresarse, los gemidos mismos se convirtieron en su principal argumento. Para resumir sus gemidos, Kremnitzer piensa que la ley es mala porque "este no es un país [en el que] quisiera vivir".

Es difícil contrarrestar ese argumento. No porque presente un desafío intelectual, sino porque lleva el debate a un lugar donde la confrontación está ausente. Kremnitzer, un hombre del Meretz que tiene una cosmovisión de izquierda, a veces radical, no quiere vivir en el país en el que muchos ciudadanos israelíes quieren vivir. Es una realidad que comparte una parte muy conocida de la izquierda israelí. Esta sensación crea incomodidad; es desagradable escuchar a una persona de su nivel llorando, y es por eso que Magal estaba avergonzada.

Naturalmente, las decisiones políticas y diplomáticas hacen que algunas personas sonrían y otras lloren. El desafío que enfrentan los que toman las decisiones es cómo superar los argumentos sentimentales y ejercer un juicio responsable y bien pensado.

Piensen por un momento en el rastro de lágrimas creado por las políticas que personas como Kremnitzer han estado promoviendo durante décadas: el sufrimiento de los evacuados de Gush Katif (la IDI fue un defensor principal de la campaña para desarraigarlos); la miseria de las familias de las víctimas del terrorismo ante personas como Kremnitzer, miembro de la junta directiva de B'Tselem, que trabajan para reducir la capacidad del IDF de neutralizar a los terroristas y limitar el alcance de la ley en la lucha contra el terrorismo; los residentes del sur de Tel Aviv, que sufren la violencia y el crimen cometidos por los inmigrantes ilegales que Kremnitzer quiere conservar en Israel; y la familia del tirador de Hebrón Elor Azaria, con quien Kremnitzer se mostró contrario a la clemencia. ¿Y qué hay de los muchos padres en Israel cuyos valores están siendo socavados por la revolución Kremnitzer en los estudios cívicos en las escuelas?

Cualquiera que viva en Israel puede encontrar muchas razones para llorar por las acciones que Kremnitzer y sus colegas han promovido, a menudo explotando las debilidades en el escalafón político y los defectos en el proceso democrático.

El país en el que Kremnitzer desearía vivir, ese "País radical, progresivo y binacional", no es un país en el que la abrumadora mayoría de los ciudadanos israelíes desearía vivir. Pero en lugar de descargar sus lagrimas en la radio, prefieren votar en contra.

Pero las lágrimas de los Kremnitzer de Israel reflejan algo más profundo. En los últimos años, la izquierda se ha sometido a un profundo proceso de desracionalización y han protagonizado una huida hacia los sentimientos. Este es resultado de su continua frustración ante los sucesivos gobiernos derechistas del primer ministro Benjamin Netanyahu. Algunos en la izquierda han perdido toda esperanza de influir en las personas a través de un discurso racional, moderado y considerado, y han desviado su discurso hacia la predicación, el sentimiento y la violencia.

Tenga en cuenta la retórica de las protestas. El acuerdo marco sobre el gas natural no es un cálculo erróneo de los límites fiscales, sino un "robo"; la deportación de inmigrantes ilegales es una repetición de las prácticas del "Holocausto"; el debate sobre la radiodifusión pública no tiene que ver con la financiación gubernamental de los medios, sino con "silenciar a los medios progresistas" y la "libertad de expresión"; el status quo es una "religión"; todo debate sobre la excesiva autoridad e intromisión del Tribunal Superior de Justicia y del papel del fiscal general es "un ataque a la democracia", por no mencionar asuntos relativos a la familia y el género, donde las acusaciones de "homofobia" y "misoginia" han reemplazado al sentido común. Y ni siquiera hemos tocado el "fascismo", el "racismo" y los "días malos".

Cuanto más extremas crecen las posiciones y las tácticas de la izquierda, más son excluidas del público en general, hasta el punto en que incluso los miembros de la Knesset de izquierda como Nachman Shai y Eitan Cabel (Unión Sionista) se dan cuenta de que existe un problema con esa deriva. La evidencia es que a medida que las protestas de la izquierda aumentan, los israelíes aparecen en un índice tras otro como uno de los grupos de personas más felices del mundo, orgullosos de su país, que confían en el gobierno y están contentos con su suerte.

Entonces, dejemos que Motti Kremnitzer siga llorando.

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