La lección no aprendida de la 'nakba' acerca del compromiso - Jonathan Tobin - JNS

Los árabes palestinos continúan aprendiendo una lección de historia equivocada. El 15 de mayo, como lo hacen todos los años, reviven la tristeza de 1948, cuando recuerdan todas las cosas terribles que les sucedieron como resultado de la creación del Israel moderno. Su narración de un pueblo mártir que fue expulsado de sus hogares y convertidos en víctimas apátridas es más que una declaración política, representa una fe que forma parte integral de su identidad. El voto anual de "regresar" a todo lo que perdieron hace 72 años, para revertir el veredicto de la historia, está tan profundamente arraigado en su conciencia que ha hecho imposible que ninguno de sus líderes considere siquiera abandonarlo formalmente.
Esta es una vieja historia que ha sido contada tantas veces que incluso muchos de los que simpatizan con la causa palestina se aburrieron de ella. De hecho, aunque hablar de la nakba —el “desastre” o “catástrofe” de 1948 — todavía es suficiente para encender a los enemigos radicales del estado judío en Occidente, gran parte del mundo árabe ha cambiado de canal y está más interesado en la cooperación con Israel que en revitalizar los acontecimientos de una guerra en la que se ganó su independencia.
Pero es de particular importancia en el 2020 porque con el debate sobre un Israel que extendería su ley a algunos asentamientos en Cisjordania, nuevamente se están repitiendo los errores que llevaron a la nakba en primer lugar.
Señalar esto generalmente se suele considerar como insensible. El sufrimiento de los palestinos —la única población de refugiados de los cientos de millones que quedaron sin hogar en todo el mundo desde 1945 que se ha negado a ser reasentada — siempre ha sido el arma más poderosa que poseen. Como tal, han nutrido su estatus de víctimas perpetuas y lo han guardado celosamente de manera que otros defienden su fe, literatura, cultura y aspiraciones. Esto significa que bajo ninguna circunstancia reconocerán que la culpa de la catástrofe que les sucedió fue en gran medida responsabilidad suya.
Desde el comienzo del proyecto sionista moderno, desde finales del siglo XIX hasta el momento en que se concretó con la creación del Estado de Israel, la posición firme de la población árabe fue que nunca aceptarían la creación de un "hogar nacional para el pueblo judío" en cualquier parte del territorio que entonces se conocía como Palestina. Se opusieron a la Declaración Balfour en 1917 y al posterior Mandato Británico para Palestina encargado de la tarea de crear tal hogar, incluso si su derecho a quedarse y vivir en paz nunca fue amenazado por los judíos.
En las décadas posteriores, manifestaron esa oposición con disturbios, revueltas y pogromos sangrientos y una negativa constante a considerar cualquier plan que pudiera dar una soberanía a los judíos incluso sobre una pequeña parte del país.
Eso incluyó el plan de partición de la ONU de 1947 que, además de recomendar la creación de un estado judío, también exigía un estado árabe dentro de las fronteras del antiguo mandato con Jerusalén gobernada por una autoridad internacional. La dirección árabe rechazó el plan.
La guerra que decidiría el destino del país comenzó la mañana siguiente a la adopción de la resolución de partición por parte de la ONU. Los árabes locales, así como otros procedentes de los países árabes vecinos, comenzaron una campaña de terrorismo atacando a comunidades judías aisladas y asediando la Jerusalén judía. Su objetivo era expulsar a los judíos, con la esperanza de que una vez que los ejércitos de cinco países vecinos invadieran el país el 15 de mayo de 1948, harían exactamente eso.
Por supuesto, las cosas no funcionaron así, y el estado judío llevado a esa guerra la ganó luchando por su vida. Y lejos de celebrar la desaparición de los judíos, aproximadamente 700,000 árabes huyeron de sus hogares, ya sea porque temían lo que les sucedería bajo el dominio judío o en algunos casos porque fueron expulsados.
En lugar de reasentarse en las naciones árabes circundantes o en otras partes del mundo musulmán, se mantuvieron en su lugar en campos de refugiados a menudo a escasas decenas de kilómetros de sus anteriores residencias (Jerusalén Este, Gaza y Cisjordania). Las Naciones Unidas crearon una agencia de refugiados exclusivamente para ellos, la UNRWA, distinta de la agencia global que ayudó a los muchos millones de personas sin hogar en todo el mundo, y ello con el objetivo de utilizarla como un arma contra la legitimidad de Israel. Mientras tanto, aproximadamente 800.000 judíos huyeron o se vieron obligados a huir de sus hogares en el mundo árabe y comenzaron nuevas vidas en Israel u Occidente.
Los árabes palestinos podrían haberse comprometido y haber conseguido un estado. Pero se negaron a aceptar nada menos que sus demandas máximalistas, y con el paso de los años sus opciones en términos de recuperación del territorio y el apoyo del resto del mundo árabe disminuyeron. Ni siquiera después de que Israel ofreciera repetidamente a la Autoridad Palestina un estado, aceptaron terminar con su guerra centenaria.
En cualquier momento de esta historia, los palestinos podrían haber aceptado uno de los acuerdos que les ofrecieron. Si hubiera sido así, no habría comunidades judías en los territorios que Israel busca anexionar.
Pero incluso ahora, con su causa abandonada en gran medida por gran parte del mundo árabe, se negaron a negociar con la administración del presidente Donald Trump sobre su propuesta de "Paz y prosperidad" que también les daría un estado, aunque no tan grande como podrían haberlo recibido en el 2000, o en el 2008, y mucho menos en 1948. Y el periódico oficial de la Autoridad Palestina publicó esta semana un artículo de primera plana que promete la destrucción de Israel como un imperativo religioso.
La lección de la nakba no es la indiferencia del mundo, los supuestos pecados de Israel o incluso el sufrimiento de los palestinos. La lección a extraer es la locura del maximalismo, en la que buscar el todo significa terminar consistentemente sin nada. Lo que sucederá verosimilmente este año con las posibles negociaciones, una vez más, es solamente una prueba más del hecho de que "si lo que realmente les importa es preservar el estatus de víctima, el precio de la intransigencia seguirá aumentando".
Labels: Jonathan Tobin, Nabka


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