Friday, February 01, 2008

Responsabilidad de cada ciudadano - Israel Harel - Haaretz

El Comité Winograd, para disgusto de muchos, no envió a Ehud Olmert al desierto político, y quizás ha sido una buena decisión. Haciéndolo así, ha realizado un acto sumamente educativo: en vez de requerir que Olmert dimita, nos ha requerido a nosotros, a la opinión pública, a dejar de quejarnos y a esperar que otros, como el comité, hagan nuestro trabajo. Ha llegado el momento, nos dice Winograd, de dejar de colocar toda la responsabilidad, y en casi todas las esferas de la vida, en el gobierno, en el ejército, en los tribunales y las distintas organizaciones del gobierno. El concepto en principio de que la opinión pública, y no el comité, debe decidir que conclusiones deberían ser extraídas tras sus duras determinaciones ("la responsabilidad principal está en el primer ministro" declaraba el informe parcial, inseparable del informe final) es educativo y razonable.

En cualquier caso, este concepto no estaba originado por consideraciones extrañas, como señalaron ayer varios comentaristas. El informe parcial, que colocó la "responsabilidad ministerial y personal" en Ehud Olmert, no cambiará. Y ahora el jurado - nosotros -, debemos deliberar y decidir si queremos que este primer ministro, junto con sus colegas que erraron, continue como nuestro líder, o si todos ellos deberían dimitir.

La opinión pública, al menos lo que han revelado las repetidos encuestas desde la guerra, ha expuesto su decisión: Olmert es culpable y la opinión pública no tiene ninguna fe en él. Pero la opinión pública espera que alguien como el Comité Winograd tome la decisión. Porque en general, la opinión pública ha dejado de tomar responsabilidades, y no sólo desde la guerra. Y se las cede al gobierno y al ejército.

Pero el gobierno y el ejército son un reflejo de esa opinión pública que esquiva su responsabilidad. Quien votó a favor de Olmert de forma imprudente e irresponsable, a muchos nos gustaría saber qué tienen que decir hoy. Después de los numerosos años en que ha estado envuelto en políticas e investigaciones interminables de las cuales ha sido protagonista, al menos podrían haber reconocido su impetuosidad. ¿Qué pensaron entonces? ¿Quizá pensaron que al llegar a primer ministro se sometería de repente a un trasplante de personalidad? ¿Cómo dieron su confianza a una persona que durante muchos años fue uno de los portavoces más desenvueltos de la derecha, y de repente, y con la misma desenvoltura, se convirtió en el ejecutor, como un experto lo comentaba ayer, de las políticas de Uri Avnery? Aquellos que votaron a favor de él y no vieron todos estos grandes defectos que deberían descalificar a una persona para ejercer en el servicio público, desde luego en la oficina de primer ministro, no deberían quejarse ahora del Comité Winograd.

La opinión pública no puede reclamar ahora que sean intachables, y sobre todo en el caso del IDF. Dan Halutz no fue el único que determinó que la IAF haría la mayor parte del trabajo. Fue la opinión pública – sobre todo ella –, quien determinó, mucho antes de esta guerra, que los soldados no deberían ser puestos en peligro en operaciones terrestres. Halutz actuó según las normas que le dictaron. El antiguo Jefe de Estado Mayor, Shaul Mofaz, pidió que Madhat Yusuf no fuera capturado en la Tumba de José por miedo a que la incursión causara bajas. El mismo Jefe de Estado Mayor, junto con el del Mando Central GOC, Yitzhak Eitan y el comandante de división Benny Gantz, abandonó durante aproximadamente 10 horas a un grupo de excursionistas que habían sido atacados en el Monte Ebal, aunque hubieran sufrido una baja y hubieran herido a sus miembros, niños incluidos. Esta inactividad se debió a que pensaron que esto era lo que los ciudadanos les exigían: no pongan en peligro a nuestros "niños" - los soldados.

Todos esos ciudadanos que presionaron al gobierno para que liberara a cientos de terroristas - todos sabían que un gran número de ellos volverían al terrorismo - a cambio de unos soldados o de cuerpos de soldados. Y cuando sucedieron desastres durante el período de entrenamiento, o en operaciones especiales, como el desastre de la unidad de comandos navales, hubo una presión inmediata para cortar cabezas dentro del IDF. Los comandantes han interiorizado estas “querencias” y las han transformado, en oposición con los intereses básicos del estado y del espíritu que debería primar en el ejército, en normas. La victoria no es el objetivo de estos comandantes, sino, y sobre todo, su supervivencia y su capacidad para no enredarse en investigaciones militares y ser relevados de su puesto. Pero en el Líbano, la contención no bastaba. Allí, cuando Hezbollah bombardeó el norte del país con miles de Katyushas, tuvieron que luchar. Y luchando contra los medios y corriendo riesgos de pérdidas. La verdad es que el mando, como el gobierno, estaba aturdido, sin determinación y no procuró enfrentarse al enemigo, pero todo esto alcanzó tal grado a causa de lo que los civiles dictaron durante los últimos años.

Es la lección principal de la Segunda Guerra del Líbano y estas conclusiones, que son mucho más importantes que el que Olmert sobreviva o no, han sido expuestas delante de nosotros por el Comité Winograd. Si seguimos centrándonos en la asunción de responsabilidades de Olmert, del gobierno y del ejército - tan importantes como son estos hechos - y así nos aliviamos de nuestra responsabilidad, todo esto significará que no aprendimos, en términos nacionales, las verdaderas lecciones de la guerra.

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