Un informe (Winograd) fallido y sospechoso - Ari Shavit - Haaretz
El 17 de septiembre de 2006, el gobierno israelí decidió designar a un comité investigador gubernamental para examinar la preparación y el comportamiento del mando político y de defensa durante la Segunda Guerra del Líbano. Sin embargo, cuando el comité publicó su informe final el miércoles pasado, este sólo realizó la mitad de su trabajo. Mientras el Comité Winograd ejecutó un trabajo monumental respecto al desempeño del IDF, no invirtió ningún esfuerzo respecto al mando político.
En la segunda parte del informe, en la analítica, el catedrático Yehezkel Dror y sus colegas dedicaron aproximadamente 200 soberbias páginas a la crucifixión del IDF. Sin embargo, ni una sola página tuvo como objetivo la preparación y la conducta de la Oficina del Primer Ministro. Tampoco hubo interés en evaluar una descripción de la preparación y la conducta del Ministerio de Defensa, del Ministerio de Asuntos Exteriores y del gobierno en su conjunto. A causa de esto, no hay ninguna escusa para aseverar que el Comité Winograd equivocó su tarea. El comité que investigó la campaña del Líbano falló ahí notoriamente, un fracaso que mina su credibilidad y cuestiona la validez ética de sus aseveraciones.
Las declaraciones de Yehezkel Dror al diario Maariv mueven a sospechar el por qué de ese fracaso. La sospecha es que el Comité Winograd se ha comportado como un "comité etrog" (cítrico israelí de fuerte piel protectora), un organismo que ha protegido al Primer Ministro. La sospecha es que la Cumbre de Annapolis ha tenido que ver en ese vacio inexplicable entre el tratamiento del Primer Ministro, Ehud Olmert, en el informe interino, y su tratamiento definitivo en el informe final. La sospecha es que el comité, que fue designado por el propio Olmert, está identificado con él políticamente y por lo tanto lo ha protegido. La sospecha es que los miembros del comité, a sabiendas, devaluaron su tarea debido a extrañas consideraciones.
Es angustioso. No hay ninguna duda de que los miembros del Comité Winograd son gente honesta y válida. Que actuaron con buenas intenciones. Pero cuando uno relaciona las serias lagunas que caracterizaron su trabajo con las palabras incriminatorias de Dror, es imposible evitar la sospecha de la agenda política. El Comité Winograd se ha convertido en un comité sospechoso. Un comité que no ha cerrado y archivado la Segunda Guerra del Líbano, sino que realmente la ha reabierto. Un comité que no ha tranquilizado a la opinión pública, sino que la ha dejado en estado de schock y desconfiada.
La responsabilidad que los miembros del comité investigador asumieron en septiembre de 2006 era demasiado dura. Se conviertieron en el cortacircuito de las abundantes discusiones públicas que se sucedían en el momento. Interrumpieron, de algún modo, el proceso democrático en una sociedad libre. Permitieron que un gobierno fracasado se mantuviera en el poder durante 17 meses cruciales. Por esta razón, al final de proceso, sus honorables miembros tenían la obligación de proporcionar a Israel algo de lo que necesita ahora mismo más que nunca: una palanca de apoyo, de confianza y de impulso. Un punto limpio y estable, desde donde reconstruir las instituciones del gobierno.
Una semana después de la publicación del informe, está completamente claro que Eliyahu Winograd, Ruth Gavison, Yehezkel Dror, Menahem Einan y Chaim Nadel no realizaron su obligación. Malgastaron un tiempo precioso, causaron un daño irreversible y produjeron un documento cuyo contenido es impresionante, pero cuyas ausencias son intolerables.
Ahora ya no hay ninguna opción: elecciones. Sea lo que sea, elecciones. Elecciones porque las cosas han ido demasiado lejos. Porque el suelo que pisamos está putrefacto. Como ese esfuerzo por mantener a un gobierno fracasado e irresponsable contra los deseos, despreciados, de la nación.
El esfuerzo por proteger al primer ministro ha corrompido a parte de los medios de comunicación y hasta se ha infiltrado en el Comité Winograd. El síndrome "etrog" se ha convertido en una verdadera amenaza para la democracia israelí. Zehava Gal-On, Shelly Yachimovich y Yossi Beilin entienden esto. Sus declaraciones en las últimas 24 horas han rescatado la integridad del campo de la paz y de sus valores. Pero sus palabras no son bastante. Ahora, en ausencia de una alternativa digna, es imperativo dejar a la sociedad que se pronuncie. La opinión pública es ahora la única palanca en donde apoyarse.
Dror tiene razón: Benjamin Netanyahu puede ganar. Pero su victoria no está decretada por el destino. El escándalo Winograd puede hacer que Ehud Barak recobre su juicio, corrija su error y se convierta en el líder ético que debe ser. Una candidatura conjunta entre Barak y la ministra de Asuntos Exteriores, Tzipi Livni, tendría verdaderas posibilidades contra la derecha. Además ofrecería a una mayoría israelí un camino hacia una división de la tierra sin corrupción añadida.
Sin embargo, si gana Netanyahu, debería respetarse. Aquellos que se dicen a favor de la democracia no pueden usar del engaño para impedir que la nación decida. Después de 18 meses de estancamiento bajo Olmert y bajo la sombra de Winograd, Israel necesita un liderazgo limpio que disfrute de la confianza del público. Un nuevo lidrazgo, un liderazgo legítimo, un liderazgo que no este protegido.
En la segunda parte del informe, en la analítica, el catedrático Yehezkel Dror y sus colegas dedicaron aproximadamente 200 soberbias páginas a la crucifixión del IDF. Sin embargo, ni una sola página tuvo como objetivo la preparación y la conducta de la Oficina del Primer Ministro. Tampoco hubo interés en evaluar una descripción de la preparación y la conducta del Ministerio de Defensa, del Ministerio de Asuntos Exteriores y del gobierno en su conjunto. A causa de esto, no hay ninguna escusa para aseverar que el Comité Winograd equivocó su tarea. El comité que investigó la campaña del Líbano falló ahí notoriamente, un fracaso que mina su credibilidad y cuestiona la validez ética de sus aseveraciones.
Las declaraciones de Yehezkel Dror al diario Maariv mueven a sospechar el por qué de ese fracaso. La sospecha es que el Comité Winograd se ha comportado como un "comité etrog" (cítrico israelí de fuerte piel protectora), un organismo que ha protegido al Primer Ministro. La sospecha es que la Cumbre de Annapolis ha tenido que ver en ese vacio inexplicable entre el tratamiento del Primer Ministro, Ehud Olmert, en el informe interino, y su tratamiento definitivo en el informe final. La sospecha es que el comité, que fue designado por el propio Olmert, está identificado con él políticamente y por lo tanto lo ha protegido. La sospecha es que los miembros del comité, a sabiendas, devaluaron su tarea debido a extrañas consideraciones.
Es angustioso. No hay ninguna duda de que los miembros del Comité Winograd son gente honesta y válida. Que actuaron con buenas intenciones. Pero cuando uno relaciona las serias lagunas que caracterizaron su trabajo con las palabras incriminatorias de Dror, es imposible evitar la sospecha de la agenda política. El Comité Winograd se ha convertido en un comité sospechoso. Un comité que no ha cerrado y archivado la Segunda Guerra del Líbano, sino que realmente la ha reabierto. Un comité que no ha tranquilizado a la opinión pública, sino que la ha dejado en estado de schock y desconfiada.
La responsabilidad que los miembros del comité investigador asumieron en septiembre de 2006 era demasiado dura. Se conviertieron en el cortacircuito de las abundantes discusiones públicas que se sucedían en el momento. Interrumpieron, de algún modo, el proceso democrático en una sociedad libre. Permitieron que un gobierno fracasado se mantuviera en el poder durante 17 meses cruciales. Por esta razón, al final de proceso, sus honorables miembros tenían la obligación de proporcionar a Israel algo de lo que necesita ahora mismo más que nunca: una palanca de apoyo, de confianza y de impulso. Un punto limpio y estable, desde donde reconstruir las instituciones del gobierno.
Una semana después de la publicación del informe, está completamente claro que Eliyahu Winograd, Ruth Gavison, Yehezkel Dror, Menahem Einan y Chaim Nadel no realizaron su obligación. Malgastaron un tiempo precioso, causaron un daño irreversible y produjeron un documento cuyo contenido es impresionante, pero cuyas ausencias son intolerables.
Ahora ya no hay ninguna opción: elecciones. Sea lo que sea, elecciones. Elecciones porque las cosas han ido demasiado lejos. Porque el suelo que pisamos está putrefacto. Como ese esfuerzo por mantener a un gobierno fracasado e irresponsable contra los deseos, despreciados, de la nación.
El esfuerzo por proteger al primer ministro ha corrompido a parte de los medios de comunicación y hasta se ha infiltrado en el Comité Winograd. El síndrome "etrog" se ha convertido en una verdadera amenaza para la democracia israelí. Zehava Gal-On, Shelly Yachimovich y Yossi Beilin entienden esto. Sus declaraciones en las últimas 24 horas han rescatado la integridad del campo de la paz y de sus valores. Pero sus palabras no son bastante. Ahora, en ausencia de una alternativa digna, es imperativo dejar a la sociedad que se pronuncie. La opinión pública es ahora la única palanca en donde apoyarse.
Dror tiene razón: Benjamin Netanyahu puede ganar. Pero su victoria no está decretada por el destino. El escándalo Winograd puede hacer que Ehud Barak recobre su juicio, corrija su error y se convierta en el líder ético que debe ser. Una candidatura conjunta entre Barak y la ministra de Asuntos Exteriores, Tzipi Livni, tendría verdaderas posibilidades contra la derecha. Además ofrecería a una mayoría israelí un camino hacia una división de la tierra sin corrupción añadida.
Sin embargo, si gana Netanyahu, debería respetarse. Aquellos que se dicen a favor de la democracia no pueden usar del engaño para impedir que la nación decida. Después de 18 meses de estancamiento bajo Olmert y bajo la sombra de Winograd, Israel necesita un liderazgo limpio que disfrute de la confianza del público. Un nuevo lidrazgo, un liderazgo legítimo, un liderazgo que no este protegido.
