Deconstruyendo algunas de las teorías preferidas (de la izquierda israelí) - Amiel Ungar - Haaretz

El ensayo del viernes pasado del editor del Haaretz, Amos Schocken, ("La necesaria eliminación de la democracia", del 25 de noviembre) representa un intento artificial de introducir hoy en día y con calzador las teorías preferidas y tan largamente respaldadas por la izquierda israelí.
La izquierda israelí siempre ha sostenido que si el proyecto de asentamientos más allá de la Línea Verde se mantenía, su funesta influencia podría filtrarse y trasladarse dentro de la Línea Verde, contaminando así la democracia israelí. Como para Schocken el gobierno israelí actual no es más que un continuador del Gush Emunim, el movimiento de los colonos, algo que ve refrendado por la actual campaña legislativa y sus tres ejes principales: la prevención de la intromisión extranjera a través de unas ONG politizadas, el restablecimiento dentro de la Corte Suprema de Justicia la moderación judicial que la caracterizaba antes de que el Likud llegara al poder en 1977 [N.P.: alusión a un enfrentamiento ideológico con el gobierno, y donde la Corte Suprema funciona como reserva espiritual de la izquierda, tratando de imponer su sesgo ideológico de izquierdas a las medidas de unos gobiernos de derechas], y un restablecimiento del equilibrio entre la prensa y las víctimas de difamación por dicha prensa.
Habiendo considerado que el caballo pura sangre de la democracia se dirigía peligrosamente hacia su extinción aceleradamente, Schocken también saca a relucir dos destacados y lamentables acontecimientos: el asesinato de Yitzhak Rabin, que según Schoken interrumpió abruptamente un proceso que habría descartado para Israel todo posible descenso hacia las tinieblas de la dictadura y del apartheid; y el hecho de que Israel "haya pagado o haya sido castigado" por abandonar el "legado de Rabin" con el aislamiento y con una impotencia agravada a la hora de enfrentarse al programa nuclear iraní.
El eje principal del discurso de Schocken recuerda la vieja broma de aquel judío que consumía vorazmente la prensa antisemita. Cuando se le inquirió que explicara y justificara su perverso deleite, el mencionado judío respondió que le gustaba descubrir como los judíos tenían y ejercían tanto poder. El movimiento de los asentamientos parece representar dentro del discurso de Amos Schocken el papel de esos judíos tenebrosos y todopoderosos de la prensa antisemita, tal es el poder y la influencia que les atribuye.
En todo caso, Schocken debería haber hecha pública esta argumentación en 1980, en lugar del 2011, y aunque aún así hubiera sido errónea, su discurso hubiera resultado meno violento e inverosímil. Por aquel entonces, el movimiento de los colonos sí se hallaba en su apogeo, tras el ascenso al poder de Menahem Begin en 1977, y su promesa festiva de numerosos Elon Moreh (el asentamiento que supuso el buque insignia del aquel movimiento ya hace bastante tiempo fallecido, el Gush Emunim, ese mismo que Schocken resucita ahora de entre los muertos en su artículo de opinión). En el período del apogeo de Gush Emunin, tanto el gobierno Begin como dicho movimiento asumieron la decisión de la Corte Suprema, que por entonces gozaba de una mayor reputación de imparcialidad, la cual en su sentencia sobre el caso Elon Moreh de 1979 recomendó la evacuación del asentamiento por estar construido sobre tierras privadas sin una justificación convincente de seguridad.
Desde entonces, el movimiento de colonización ha estado en retirada, en lugar de acumular poder constantemente, tal como argumenta Schocken. Las comunidades judías están desde entonces confinadas a la "zona de Residencia" delimitada en la década de 1980, y la construcción ha sido efectivamente congelada por el gobierno de Netanyahu en la medida en que el anuncio de la construcción en Efrat (profundizando en el consenso sobre esos bloques de asentamientos que se conservarían bajo cualquier acuerdo) o incluso en Jerusalén, despierta la atención de todo el mundo. Por el contrario, la construcción árabe sigue sin restricción alguna, con la nueva ciudad palestina de Rawabi ofreciendo un testimonio convincente de ello.
Si las supuestas carreteras del apartheid existen en Judea y Samaria, para los viajeros judíos representan una excepción, algunas veces extendida onerosamente en los viajes al trabajo o a la escuela. Las principales arterias que utilizan los judíos están abiertas al tráfico palestino. En el 2005 experimentamos una desconexión/expulsión que arrasó las comunidades judías de Gaza y el norte de Samaria. Una nueva desconexión se estaba gestando bajo Ehud Olmert, quien anunció al año siguiente en medio de la campaña de la Segunda Guerra del Líbano, que el éxito en esa guerra aceleraría aún más la expulsión de las comunidades judías en Judea y Samaria. Fue solamente el fracaso en la Segunda Guerra del Líbano el que desacreditó de tal manera al gobierno de Olmert que fue suficiente para frustrar dicho plan.
Paradójicamente, fue ese mismo gobierno Olmert, cuya política sobre los asentamientos era en gran medida congruente con las posiciones de Amos Schocken, el que trató de recuperar parte de esa autoridad usurpada por una Corte Suprema militante. El hombre clave en esa política fue el entonces ministro de Justicia, Daniel Friedmann, profesor de derecho político y cuya casa ideológica era el Meretz (partido netamente de izquierdas). Friedmann, bajo ninguna circunstancia, podría ser presentado como un aliado o una herramienta de los colonos. Simplemente sintió la necesidad de restablecer el equilibrio entre las distintas ramas del gobierno.
Es increíble que alguien a estas alturas aún pueda afirmar que el asesinato de Rabin frustró el proceso de Oslo, en lugar de dotarlo de una nueva oportunidad de vida. Rabin, que sobornó a dos miembros de la Knesset para avanzar y pasar a Oslo B (una táctica que, utilizada en beneficio de una causa bendecida por la izquierda israelí, automáticamente deja de ser considerada como una amenaza para la democracia), se estaba hundiendo en las encuestas como una pesada roca tras la ofensiva palestina de atentados suicidas. Seguramente habría cosechado malos resultados en unas elecciones, o bien podría haber tomado el camino de los generales Moshe Ya'alon y Uzi Dayan, que en un principio apoyaron el proceso de Oslo para al final convertirse en críticos del mismo.
El asesinato de Rabin marcó el comienzo de un período de terror intelectual patrocinado por las mismas personas que actualmente se lamentan de la supuesta amenaza a la democracia. Escudarse en un espurio "legado de Rabin", para consagrar y radicalizar el proceso de Oslo, resulta tan manipulador y fraudulento como una campaña de reclutamiento de Stalin tras la muerte de Lenin.
Igualmente fantástico es el argumento de Schocken de que con el sacrificio de los asentamientos, Israel se habría asegurado un mayor apoyo internacional contra Irán. En realidad, Olmert ya vendía ese gran acuerdo en Annapolis y recibió a cambio la “Evaluación Nacional de Inteligencia” de los EEUU, la cual minimizaba el programa nuclear iraní. Europa aún no estaba dispuesta a abandonar su “diálogo crítico y lucrativo” con Irán antes de que se hubiera convertido en una farsa evidente en la década anterior, y la administración Obama - con independencia de los asentamientos - aún seguiría perdiendo unos años vitales preconizando el diálogo con el régimen de Irán, mientras que China y Rusia se habrían mantenido aferrados a una política de priorizar su seguridad energética, su comercio y su entorpecimiento del deseo de Washington de poner freno a las centrifugadoras iraníes.
El abismo ideológico entre mi punto de vista y el de Amos Schocken es amplio, pero lo que lo hace más trágico es que no se centra en unas diferentes conclusiones extraídas de unos hechos, sino en los hechos mismos.
Labels: AUngar, Izquierda israelí, Rabin


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