Saturday, January 04, 2014

Con el nuevo año, un gran artículo sobre lo que se avecina sobre Europa: "Los judíos son árabes como los demás", una operación ideológica de gran amplitud - Shmuel Trigano


Judíos de Argelia

Una increíble campaña publicitaria e ideológica se ha desplegado en Francia durante las últimas semanas. Ha tenido como blanco a la opinión pública global y vectorialmente a los judíos, especialmente a los sefardíes, perdón, según la doxa políticamente correcta, los "judíos árabes". Su magnitud se mide por su carácter transatlántico, por su despliegue editorial y audiovisual, así como por sus defensores y patrocinadores.

¿De qué se trata? De una serie de televisión de cuatro episodios en el canal franco-alemán Arte, lanzada con mucha publicidad en multitud de medios de comunicación y titulada “Judíos y Musulmanes, tan lejos tan próximos”; un libro de 1.150 páginas recogiendo una multitud de contribuciones publicado simultáneamente en francés e inglés en los Estados Unidos, y titulado "La Historia de las relaciones entre los judíos y los musulmanes desde sus orígenes hasta la actualidad".

Conjuntar esa serie y ese libro no se justifica únicamente sobre la base de su lanzamiento coordinado, sino porque encontramos mencionado en la serie de Jean Mouttapa al editor del libro (y de hecho, su verdadero artesano, ya que esa interpretación de la historia no procede del dominio académico de los dos directores del libro) y porque entre los entrevistados en la serie nos encontramos con uno de los directores del libro, Abdelwahab Meddeb, y con algunos de sus colaboradores. Además, la publicidad de ambos productos se hace simultáneamente en los Estados Unidos y ambos son vendidos conjuntamente en Amazon Francia.

Si consideramos el contenido del mensaje (yo sólo voy a tratar en este contexto de la serie de TV), el proyecto está claro. Bajo la intención anunciada de aproximar a judíos y árabes, "tan cerca, pero tan lejos" - los equidistantes judíos y musulmanes, como ha declarado Meddeb a propósito del libro -, se trata especialmente de promover la causa y la imagen del Islam y el mundo árabe a través de su relación con los judíos, marcada en Francia hoy en día, sobre todo tras el caso Merah, por la hostilidad.

El escenario de la serie de televisión es simple. Se trata de crear una connivencia entre judíos y árabes, contrapuestos ambos a la hostilidad de un tercero multiforme: la Europa cristiana, Occidente, los judíos occidentales (culpables de haber desconectado a los otros judíos de sus "hermanos" árabes), y por supuesto - los más culpables -, los sionistas y el Estado de Israel. Esta “connivencia” se obtiene borrando por completo la memoria y la voz de los judíos del mundo árabe, reescribiendo su historia de manera etnocéntrica y paternalista (la famosa "tolerancia" del Islam). Los "expertos" entrevistados no son todos especialmente representativos. Gran parte de ellos son declarados antisionistas. Algunos no tienen relación con el objetivo de la serie a menos que su testimonio se haya reducido de forma selectiva para que digan lo que el director quiere oír. También hay que comentar la voz de sus colegas árabes, que eso sí ha sido "normalizada", porque si se observa bien todos los "expertos" musulmanes entrevistados viven en Europa y Estados Unidos, y ninguno en el Oriente Medio Oriente o África del Norte, aunque algunos son paquistaníes o indios, lo que también implica una experiencia histórica muy diferente. El discurso apologético de tales testigos se explica con claridad: ellos defienden esa imagen de "connivencia en un Occidente" enfrentado a la jihad global, pero ese no es el caso de sus colegas que viven en el mundo árabe y cuyo discurso hostil hacia los judíos es diariamente audible en Francia y en Europa a través de la televisión por satélite.

El argumento central de la serie consiste, por supuesto, en afirmar que el antisemitismo era desconocido en el Islam, pero sin embargo era una tara endémica de Occidente, el cual finalmente ha terminado por trasplantarlo al Oriente Medio a favor de la dominación colonial y la "invasión" de Palestina, todo lo cual ha chocado con el nacionalismo árabe que, sin embargo, y según nos dicen, “sí tenía un lugar en sus sociedades para los no musulmanes”, y por lo tanto también para los judíos. De hecho, la serie vuelve varias veces (el segundo episodio sobre las Cruzadas y el tercero sobre la emancipación de los judíos de Argelia) sobre la idea de que los "musulmanes fueron las víctimas, al mismo tiempo que los judíos, de las acciones de Occidente". El "otro" de Occidente es retratado en primera lugar con las trazas del Islam, y posteriormente de los judíos (a través de la descripción del antisemitismo europeo). El sionismo no existiría por otra parte más que por su articulación con el antisemitismo, ya que no tendría ninguna relación con la religión y en el mesianismo judío, y de hecho "no significaría nada para los judíos árabes".

Por lo menos en dos ocasiones se nos dice que lo que se considera un pogrom en Occidente no lo es tal en el mundo árabe. Allí los pogromos son conflictos "inter-étnicos", "inter-tribales", por ejemplo en tiempos de Mahoma - que pasó a cuchillo a toda la población masculina judía de un oasis en la península arábiga, y que bajo el juicio de un mediador certificado por los judíos, se nos trata de decir que hubo una culpabilidad judía para esa masacre -. Esas violencias anti-judías también serían acciones "nacionalistas" cuando se trata de los pogromos de 1929 en la Palestina del Mandato. Y es que los judíos occidentales serían en realidad los "culpables de esa confusión", ya que habrían equiparado dicha violencia con la de los pogromos de la Rusia zarista, envenenando las cosas y creando una causa judía (preconizando una identificación con los judíos palestinos). Por otro lugar, nos dice Michel Abitbol, existía un "racismo asquenazi" contra los judíos árabes... Todo este subterfugio llega a su clímax con los pogromos de 1929 promovidos por el Mufti de Jerusalén, ese que se convertiría años más tarde en un dignatario del Tercer Reich, cuando son presentados como la mayor "revuelta anticolonial" que ha existido en el Imperio Británico. Esta negación de la realidad puede ser aún peor cuando la situación envilecida y de sometimiento de los dhimmis es redefinida como el "fruto" de un antiguo "trato" con los "conquistadores" árabes (una descripción de una historia que sólo puede ser escrita por los amos y no por los vencidos a ojos de esos "conquistadores", los cuales en realidad fueron los "invasores" que les robaron y redujeron a la servidumbre).

El modelo argumental es a la vez apologético y poco autocrítico: difunde una ligera crítica del Islam y de su relación con los judíos a la que vez que se le excusa sistemáticamente. El método es por regla general el mismo: se hace preceder cada hecho histórico molesto para el Islam del argumento de una supuesta falta o pseudo responsabilidad de los propios judíos, a menos que dicha responsabilidad se pueda achacar a Occidente y al colonialismo. Así, la política anti-judía del Islam desde sus orígenes no habría sido más que una reacción de "enemistad tribal", "natural" para la época, al igual que el pogrom de Córdoba (donde hubo 4.000 muertos) sería la culpa de unos fanáticos pero no del Islam, y el antisemitismo contemporáneo árabe sería la reacción al colonialismo y a la “invasión judía” de Palestina bajo la influencia del sionismo etcétera. No obstante, la serie televisiva acusa el golpe de ciertos hechos demasiado evidentes que, si no son asumidos, debilitan la apología del Islam y la consideración del judaísmo como su reflejo ("la influencia del islam en la religión judía"). Es como cuando en las familias se susurra la idea de que hay altas y bajas...

Se puede "jugar" a identificar el perfil que de los judíos se describe puntillosamente en la serie. En ello parece resonar una fórmula que se resume en lo siguiente: "Los judíos son árabes como los demás", del que se hace eco un profesor de la Universidad Hebrea que establece que "los judíos son árabes de religión judía". Así es posible oír la expresión "árabes judíos y musulmanes", que no tiene ningún sentido a menos que un país donde vivieran plácidamente esos judíos se llamara "Arabia" (pero cuidado, hoy ya existe tal país, pero se califica de “saudita”, y por su constitución, que sigue las directrices del Corán, prohíbe la residencia de judíos). Este vocabulario pretende sugerir una promiscuidad que no solamente representa una negación de la auténtica historia judía. Es también un fracaso en términos de conocimiento. "Árabe", en realidad, designa un origen étnico, y "musulmán" una religión que no solo practican los árabes, como por ejemplo los turcos e indios (a excepción de los periodistas que hicieron de los "musulmanes" bosníacos una nacionalidad). Es cierto que debido a que el Corán está escrito en árabe apega el Islam a la arabidad. Pero "árabe" también puede designar una causa política e ideológica (el panarabismo de los nacionalistas árabes). En el pasado, los judíos eran solamente "arabófonos", inscritos objetivamente en esa área cultural en la cual se hallaban objetivamente marginados, con un rango secundario incluso en el más alto grado de creatividad cultural. Y ellos hoy en día apenas son “arabófonos”: esa época de su historia se ha extinguido definitivamente, como muchos otras durante sus 30 siglos de existencia.

Esta manipulación terminológica implica la afirmación subyacente: "no hay un pueblo judío". Hay árabes judíos de un lado, y asquenazis occidentales, sionistas, del otro (que parecen no existir más que por su relación con el antisemitismo), que además solo parecen existir para enturbiar y malograr la tolerancia, la armonía y la universalidad del Islam. Este es el tema de los dos últimos episodios de la serie. La huida de la historia judía en favor de otra historia escrita desde la perspectiva de un etnocentrismo árabe-musulmán.

Sólo podemos especular sobre los efectos sociales y políticos perseguidos por la operación puesta en marcha por esta serie. La base económica de una empresa de tal amplitud, en tiempos de crisis, nos enseña sobre la manera en que se ha "vendido" a sus financiadores y por lo tanto su intención profunda. Entre los patrocinadores declarados de la serie de televisión se encuentra la "Alianza de Civilizaciones", de la que está detrás la Organización de Cooperación Islámica, que propone la tarea de cambiar el discurso de Occidente sobre el mundo arabo-musulmán interviniendo en su cultura a través de empresas culturales. Toda su comunicación mediática se basa en la reivindicación de la "España de las tres religiones", "la edad de oro de Andalucía", todo ello bajo la "égida de una tolerancia islámica" que supuestamente definía esos famosos modelos. La subvención de la Agencia Nacional para la Cohesión Social y la Igualdad de Oportunidades, que milita por "hacer evolucionar las imágenes estereotipadas de los cuales podían ser víctimas de los habitantes de los barrios problemáticos" – población inmigrada de origen magrebí – es significativa.

Otras subvenciones son más sorprendentes e inesperadas, como las de ciertas regiones francesas: Bretaña, Ile-de-France, Nord Pas de Calais... ¿Podría ser que la relación entre judíos y musulmanes es tan importante para la República francesa que necesita invertir en semejante operación ideológica al servicio de una causa que no debería ser la suya? ¿Para luchar contra el antisemitismo (muy presente entre la población musulmana) o más bien contra la islamofobia? Encontrar entre los patrocinadores y padrinos empresas mediáticas como Rue 89, France Info, Le Nouvel Observateur, por el contrario, no nos sorprende. Los medios de comunicación de la élite gubernamental y de la izquierda están a la vanguardia del discurso políticamente correcto y de la práctica de la "reprobación de los judíos pro Israel".

Los conceptos y palabras clave empleadas para describir el lado negativo de la relación judeo-árabe  ("inter-tribal", "inter-alguna cosa", a fin de dividir la responsabilidad y poder acusar a los judíos del antisemitismo que sufren) recuerdan irresistiblemente el circunloquio utilizado por los medios de comunicación para obviar el hallazgo del antisemitismo árabe-musulmán en la Francia de los últimos años: las "tensiones intercomunitarias".

La serie apunta, de hecho, directamente a Francia, pues a lo largo de su segunda parte los judíos de Argelia (¡desaparecidos hace ya 50 años!) son el elemento clave de toda esta operación político-ideológica. Incluso proporciona la culminación y clímax final de la serie con una escena que tiene lugar en el metro de París, donde están sentados el uno al lado del otro una mujer argelina y un judío que se ignoran, sobre el trasfondo de un comentario que llama a reconocernos más allá de las "prisiones de nuestra identidad" (un evidente guiño al libro de Jean Daniel “La prisión judía”), ambos respectivamente, como "indígenas", frente al colono francés que nos había separado y dividido. Esta prisión está rodeada por un lado por el "nacionalismo árabe" (uno se pregunta qué fantasma del pasado provoca su utilización y no la del islamismo y la yihad global que le han sucedido), y por el otro por el "sionismo", dos "prisiones identitarias" generadoras de los "repliegues comunitarios”.

Hay en todo esto un argumento de una violencia infinita que quizás busca compensar el resentimiento (supuesto) de los ciudadanos franceses de identidad dual, los franco-argelinos, inmigrados a Francia después de la independencia de Argelia. Pues, ¿por qué en efecto recordar a los "judíos de Argelia" que no existen desde hace más de 50 años, si no es para reintegrarlos simbólicamente con ellos, asimilándolos con los "argelinos" (algo que difícilmente podrían ser ya que "Argelia", como nación, no existía antes de la conquista francesa) cuando ellos ya se habían convertido en franceses, una vez liberados de su segregación promovida por las leyes de la dimmitud. Eligiendo como punto de referencia a los judíos de Argelia, se parece intentar hacer recordar a los nuevos ciudadanos franceses de origen argelino (musulmanes) que ellos ahora son tan franceses como los "judíos de Argelia", como para demostrarles que los judíos no son sus “argelinos” preferidos. Para ello, se cancela simbólicamente 144 años de historia. Los judíos de Argelia son convertidos en unos “inmigrados argelinos” sin más. Se trata de una forma de desnacionalización.

Así pues, su "comunitarismo" sería tan peligroso como el comunitarismo musulmán, y parece querer decirnos que la sociedad francesa espera de esas "dos comunidades" (según la expresión tortuosa de Mitterand) que se reconcilien para el reinado de la paz civil en Francia sobre todo, y más ampliamente en Europa, debido a que su hostilidad "recíproca" pondría en peligro a la sociedad francesa y europea.  Ahora entendemos mejor por qué ciertas regiones francesas se han sentido obligadas a contribuir a su financiación. Se espera especialmente de los judíos de Argelia que desempeñen ese papel, probablemente debido a que por su pasado, convirtiéndose en franceses sin dejar de ser “indígenas árabes”, despertaron los celos y la competencia con los musulmanes.

Si los judíos (es decir, en la traducción políticamente correcta, los "judíos comunitarios") siguen mostrándose fieles a su "sionismo" y al privilegio del que se habrían beneficiado con el colonialismo francés, serían como la marca viva del colonialismo francés, el vestigio de la disociación colonial en la sociedad francesa contemporánea donde ahora vive una numerosa población musulmana, esa misma que fue excluida anteriormente de la ciudadanía en la Argelia colonial (no así los judíos). De ahí a pensar que los judíos serían los precursores del actual comunitarismo musulmán solo hay un paso. Por lo tanto, el consejo que da a los judíos procedentes de mundo árabe es que "se desvinculen de Israel", su propia "cárcel identitaria", la cual les opone a los "nacionalistas árabes", para así poder vivir en paz en Europa, lejos del "conflicto importado" (como dicen los periodistas) y no del todo "francés".

La serie pone en escena un discurso novedoso: el discurso de la identidad árabe-musulmana europea, que no ha renunciado para nada a sus fundamentos (el Islam, la causa palestina), aunque se distingue de los excesos habituales del mundo árabe, y que por eso resulta necesario reescribir la historia de los judíos - y de los sefardíes sobre todo -, a no ser que se trate del discurso identificatorio que la Unión Europea desea insuflar entre los musulmanes europeos (la cadena europea Arte obliga). Esta última posibilidad aún sería más grave, ya que demostraría que Europa sacrifica a los judíos en el orden simbólico para así poder instalar la identidad musulmana que desea ver en Europa. Esta posibilidad es bastante plausible a medida que descubrimos, a la luz de las resoluciones del Parlamento Europeo sobre la circuncisión o el sacrificio kosher, que la UE está desarrollando una doctrina de la condición judía, que además la liga a la condición musulmana (circuncisión, sacrificio animal…). Su política hacia Israel – un tema simbólico de la más alta importancia – no hace más que ratificarlo.

Esta reescritura europea de la historia de los judíos - y de los sefardíes - por necesidad de una apología o reivindicación del Islam o de una "paz civil" en Europa, por supuesto, niega la noción misma de la historia judía y no tiene en cuenta el testimonio de los sefardíes aún vivos que experimentaron la exclusión masiva que padecieron en los países árabes durante la segunda mitad del siglo pasado. Desde este punto de vista, y desde el punto de vista de su historia pasada, lo que práctica esta serie es simplemente una nueva forma de negacionismo.

Sin embargo, es sorprendente ver como los poderes públicos (las regiones) se dedican a dicha actividad ideológica unidimensional bajo el disfraz de un conciliador pseudo-equilibrio "multicultural" que perjudica la memoria de otra parte de la sociedad francesa no menos respetable, y que para ello no duda también en promover que Europa, el cristianismo, la misma Francia, se disculpe por una "convivencia" con un sistema que es todo lo contrario de la laicidad.

Abdelwahab Meddeb, al que vimos en el Senado hacer una apología pública de la dhimma (las leyes de la dhimmitud de los judíos en el mundo árabe) mediante su comparación con la situación de los judíos en la Europa pre-moderna, tuvo el hermoso detalle de reconocer que era inaceptable a la luz del concepto moderno de igualdad. Y si felizmente así lo hizo, ¿qué sucede entonces con sus apologías de los antiguos modelos culturales de "Bagdad" y "Córdoba" como una “lección para hoy, para la Europa actual”? Los cristianos y los judíos eran unos dhimmis bajo el dominio del Islam. Y la cultura que ellos produjeron, y que involucró a una pequeña minoría privilegiada, no cambia en nada lo que fue el destino de la gran mayoría de la población cristiana y judía. Se trata bajo todos los aspectos de modelos obsoletos y medievales. Hoy en día, no queremos ese modelo: a la "convivencia" bajo la tutela religiosa o bajo la sombra de las religiones, preferimos sin duda la ciudadanía de la laicidad. A ese "vivir juntos", típico lema de la Unión Europea, se debería preferir el "estar juntos" de la República

Ante el poderoso despliegue mediático orquestado por esta operación político-ideológica, no podemos, como judíos, más que sentir que esta es la forma de robarnos nuestra memoria y ahogarnos bajo la capa de plomo del discurso históricos de los nuevos "maestros de lo políticamente correcto".

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1 Comments:

Blogger Baal said...

Siempre arriba, como el aceitico

9:50 PM  

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